jueves, 8 de julio de 2010

Suicidio; la última frontera.

“El suicidio, lejos de negar la voluntad de vivir, la afirma enérgicamente. El (suicida) quiere vivir, aceptaría una vida sin sufrimientos y la afirmación de su cuerpo, pero sufre indeciblemente porque las circunstancias no le permiten gozar de la vida. ” Arthur Schopenhauer (1788-1860).

¿Qué puede ser tan terrible, definitivo e imposible de aceptar que motiva a un ser humano a tomar la drástica y enajenante resolución de acabar con su vida? ¿Locura, decepción, miedo, sufrimiento moral o físico, pobreza extrema, invalidez, despecho amoroso?

Sabemos que el suicidio es el resultado de muchos factores socioculturales y que abundan las teorías y respuestas de los expertos, pero ninguna puede satisfacer al hombre común, a la gran mayoría de sujetos medios y normales, que no se han visto en el trance de optar por su autoeliminación.

No obstante la estadística mundial de suicidios, tanto particulares como colectivos es abismante, alcanza a un promedio de un millón de personas al año, un 16 por cada 100.000, lo que equivale a una muerte cada 40 segundos y generalmente se relaciona a una compleja interacción de factores causales, incluidas enfermedades mentales, pobreza, abuso de substancias toxicas, aislamiento social, pérdidas, dificultades para relacionarse y problemas laborales.

Poniendo el dedo en la llaga, para que duela más, ello significa que por cada inexorable minuto que marcan los relojes, alguien encuentra intolerable seguir existiendo, no desea ver más amaneceres, ver crecer a los hijos o mimar a la mujer amada. Para que esto ocurra así, es necesario que al unísono, en diversos puntos del planeta tierra, haya personas que sufren terribles crisis existenciales, que evalúan si vale la pena seguir viviendo y que saben que esa decisión no puede esperar.

Lo más impresionante es concluir que este tipo de muerte autoinfligida, registra una curva ascendente a través de los años, que implica por igual a niños, jóvenes, mujeres u hombres adultos, sin que exista forma de evitar, prevenir o frenar certeramente este fenómeno que constituye una de las tres causas principales de muerte de personas en el planeta y que según la Organización Mundial de la Salud, en los últimos 45 años, ha aumentado en un 60%.
Y lo que resulta más preocupante aún, es que los intentos de suicidio, son 20 veces más frecuentes que los suicidios completos y que, estas desoladoras cifras de muertos, superan en mucho, a todos los fallecidos anualmente en el mismo período a consecuencia de los conflictos bélicos existentes en diferentes áreas el mundo.

No es la intención de esta crónica profundizar en sus causas, sino mostrar algunos suicidios famosos, con personajes históricos o de relevancia social que por tener distintas motivaciones para quitarse la vida voluntariamente, podrían ilustrarnos un poco y quizás hacernos comprender algunas vertientes de donde la mente humana obtiene los recursos reflexivos y desencadenantes que conducen a esta fatal toma de decisión extrema.

El primer suicidio que registra la historia es el de Periandro, (585 a. de C.) uno de los siete sabios griegos, quién siendo rey de Corinto y muy tirano se hizo de numerosos enemigos que deseaban a toda costa eliminar su dinastía.

A pesar de las severas medidas de seguridad que ideó para protegerse él y su familia, que contemplaba una guardia permanente de guardaespaldas, sus enemigos jurados lograron matar a su hijo Licofón. Esto determinó a Periandro a darse muerte por su mano, para no dar gusto a sus asesinos y preservar su cuerpo del descuartizamiento que le vaticinaban.

El historiador griego Diógenes Laercio, nos cuenta que el plan ideado por el monarca para preservar el lugar secreto donde estaba enterrado su cuerpo fue verdaderamente maquiavélico. Escogido un solitario lugar en medio del bosque, juramentó a dos jóvenes soldados para que lo asesinaran y lo enterraran allí mismo. Pero a su vez, otros dos soldados de su confianza habían sido instruidos para dar muerte y enterrar a los dos primeros. Luego otros tuvieron sucesivamente la misma comisión, sin que se sepa exactamente cuántos soldados fueron realmente asesinados para preservar el lugar secreto y despistar a sus enemigos. Un plan brillante desde luego…pero de gran costo en vidas humanas.


El padre de la iglesia, el teólogo Quino Septimio Florente Tertuliano, mejor conocido como Tertuliano (160-220), fue el primero en considerar que la muerte de Cristo fue una suerte de suicidio, dado que él sabía que esto ocurriría, que lo pudo evitar pero no quiso y por el contrario eligió esta vía voluntariamente.
De allí, el comentario de John Donne (1572-1631) el más importante poeta metafísico inglés de la época de la Reina Isabel I, en su obra “Biathanatos”, un ensayo sobre el derecho a escoger la propia muerte, en tiempos en que aún no existían las palabras suicidio o eutanasia, cuando haciendo lo que se considera la primera defensa moral del suicidio escrita, dice: “nuestro bendito Salvador…eligió sacrificar su vida por nuestra Redención, y verter su sangre”. A Donne, se le considera el maestro del concepto, que combina una imagen u objeto con el significado de una idea, lo que conforma una metáfora.

El Antiguo Testamento relata cuatro suicidios: Sansón, Saúl, Abimelech y Achitofel. El Nuevo Testamento, registra el suicidio de Judas Iscariote, el cual es relatado por Mateo (Mateo 27:3-10).
“Entonces Judas, el que le había entregado, viendo que era condenado, devolvió arrepentido las treinta piezas de plata a los principales sacerdotes y a los ancianos, diciendo:
Yo he pecado entregando sangre inocente. Mas ellos dijeron: ¿Qué nos importa a nosotros? ¡Allá tú! Y arrojando las piezas de plata en el templo, salió, y fue y se ahorcó ».
Según la tradición oral, Judas se ahorcó con una cuerda que amarró a un Olivo.

Sébastien-Roch Nicolas, (1741-1794) firmó sus escritos bajo el nombre de Nicolás de Chamfort, moralista francés, miembro de la Academia, brillante y mundano es nombrado por el príncipe de Conde como su secretario para que le escriba sus discursos y órdenes.
En 1789 fue lector de Mme Elisabeth, hermana del rey. Antes de la Revolución francesa fue uno de los escritores más apreciados en los salones parisinos, brillante y espiritual, escribió varias piezas de teatro. Fue secretario del Club de los Jacobinos. En 1792, Jean-Marie Rolland le nombra Director de la Biblioteca Nacional.
Durante la Revolución Francesa, se opone al Terror de Robespierre y es denunciado por el Comité de Seguridad y encarcelado por un breve tiempo por sus críticas y los fallos del partido revolucionario.

Aterrorizado ante la posibilidad de volver a ser detenido y procesado, se pega un tiro en el paladar, con tan mala suerte que se destroza la nariz y la mandíbula pero no se mata. Toma entonces un abrecartas de su escritorio y se apuñala varias veces en el cuello, sin éxito. Desesperado, lo intenta en el pecho y en la pierna, pero pierde la conciencia antes de conseguir matarse. Lo encuentra su criado en un charco de sangre y Chamfort acabará sus días en un hospital entre blasfemias y alaridos de dolor, hasta que le llega la muerte.
Séneca, el filósofo y gran tribuno romano, cayó en desgracia ante el tirano Nerón, del que antes había sido consejero político y Ministro y su maestro mientras cumplía su mayoría de edad.

El emperador Nerón Claudio César Augusto Germánico (37-68), cuya conducta venal y sanguinaria había quedado al desnudo cuando hizo asesinar a su hermanastro Británico, por temor a que éste le quitara el trono y luego a su madre Agripina al pensar que conspiraba en su contra y al que la historia recuerda de cuando Roma ardía, mientras el componía música con su lira, en el año 65, le acusó de estar implicado en la famosa conjura de Pisón, una conspiración en su contra.
Alertado de esta grave acusación, Séneca decide suicidarse, costumbre habitual de los Patricios de aquella época.

Sobre la muerte de Séneca, el historiador Tácito cuenta que el tribuno Silvano fue encomendado para darle la noticia al filósofo, pero siendo aquél uno de los conjurados, y sintiendo una gran vergüenza por Séneca, le ordenó a otro tribuno que le llevara la notificación del César. Cuando Séneca recibió la misiva, ponderó con calma la situación y pidió permiso para redactar su testamento, lo cual le fue denegado, pues la ley romana preveía en esos caso que todos los bienes del conjurado pasaran al patrimonio imperial. Sabiendo que Nerón actuaría con crueldad sobre él, decidió abrirse las venas en el mismo lugar, cortándose los brazos y las piernas. Su esposa Paulina le imitó para evitar ser humillada por el emperador, pero los guardias y los sirvientes se lo impidieron.

Séneca, viendo que su muerte no llegaba, le pidió a su médico Eustacio Anneo que le suministrase veneno griego (jugo de cicuta), el cual bebió pero sin efecto alguno. Pidió finalmente ser llevado a un baño caliente, dónde el vapor terminó asfixiándolo, víctima de la aguda asma que padecía. Al suicidio de Séneca lo siguieron, además, el de sus dos hermanos y el de su sobrino Lucano, sabedores de que pronto la venganza de Nerón recaería también sobre ellos.

Aníbal Barca, (247-183 a. de C.) el general y estadista cartaginés que llevó a cabo una de las hazañas militares más audaces de la antigüedad, atravesar con su ejército los Pirineos y los Alpes desde Hispania, llevando incluso elefantes de batalla, para conquistar el norte de Italia y destruir el imperio romano, también fue colocado por el destino ante grandes desafíos, incluida la elección de su muerte.
Considerado hasta hoy el padre de la estrategia, ha sido admirado incluso por sus enemigos. Cornelio Nepote, (25 a de C.) biógrafo e historiador romano, quien en su obra Sobre los hombres Ilustres, que constaba de 16 libros de biografías sobre reyes extranjeros y romanos, generales, jurisconsultos etc., le bautizó como “el más grande de todos los generales”. También han opinado lo mismo figuras como Napoleón I, Arthur Wellesley y el Duque de Wellington, habiendo sido llevada al cine su vida y su gesta relatada en innumerables documentales sobre las guerras púnicas.

El historiador romano Tito Livio menciona que cuando era un niño y su padre el general Amilcar iniciaba una campaña guerrera, Aníbal le rogó que le permitiera acompañarle y este aceptó con la condición que jurara que durante toda su existencia nunca sería amigo de Roma.
Su respuesta fue: “Juro que en cuanto la edad me lo permita, emplearé el fuego y el hierro para romper el destino de Roma”.

En el 195 a. de C., Aníbal llegó, huyendo de Cartago, a la corte de Antíoco III, y fue a refugiarse al reino Bitinio. Aníbal buscó refugio junto al rey Prusias I de Bitinia, quien estaba en guerra con un aliado de Roma, el rey Eumenes II de Pérgamo, poniéndose Aníbal a su servicio. Pero, por cuestiones políticas y pactos de naciones, se convirtió en un incómodo invitado y el rey bitinio decidió traicionar a su ilustre huésped.
Amenazado de ser entregado al embajador romano Tito Quincio Flaminino, Aníbal decide suicidarse en el invierno de 183 a. de C. utilizando un veneno que llevaba siempre consigo en un anillo, muriendo según estimaciones históricas a los 63 años de edad.
Sexto Aurelio Víctor ( 320-390), historiador y político del Imperio Romano, escribe que su cuerpo reposa en un ataúd de piedra, sobre el que es visible la inscripción: “AQUÍ SE ESCONDE ANIBAL”, el cual nunca ha sido encontrado.

Virginia Woolf, en realidad Adeline Virginia Stephen, nació en Londres en 1882 y durante su vida fue considerada una prolífica escritora, novelista, crítica y ensayista de gran relieve que abrió con sus escritos caminos no explorados en la expresión literaria, con una percepción privilegiada y descarnada de todo cuanto la rodeaba, cuya técnica del monólogo interior y estilo poético se consideran entre las contribuciones más importantes a la novelística moderna.
Durante toda su vida, Woolf luchó contra un desorden bipolar que eventualmente le costó la vida, pero también por la muerte sucesiva de sus seres queridos: Julia, su madre; Stella, su hermana; Leslie Stephen, su padre; y Julian Thoby, su hermano.
El historial médico de Virginia se resume en varios intentos de suicidio, reclusión en sanatorios, convalecencias en su hogar atendida por su esposo y enfermeras, jaquecas, colapsos, taquicardia, y, muy principalmente, insomnio.

Woolf tuvo una relación lésbica con la escritora Vita Sackville-West, que inspiró la novela semi-biográfica “Orlando” (1928), una historia sobre Sackville-West y su familia. La directora Rally Potter adaptó la novela libremente para una película de 1992.
Vita, casada desde hacía tiempo con un hombre que no le ocultaba sus gustos homosexuales, se disfrazaba de hombre, haciéndose llamar Julian, un nombre epiceno para encontrarse con la mujer que cortejaba. Este halo de intrigas forma parte de su encuentro con Virginia y de su relación amorosa. Si bien fueron amantes sólo durante tres años -desde 1925 hasta 1928-, mantuvieron una profunda amistad que perduró hasta el suicidio de Virginia.

En 1941, Virginia Woolf desapareció. Su marido correctamente adivinó que se había ahogado en el río Ouse, cercano a su casa de campo. Trozos de su vestimenta fueron encontrados a la orilla del río, y su cuerpo fue encontrado unos cuantos días después.
Quizás la personalidad de Virginia Woolf queda nítidamente expuesta en su diálogo con un grupo de mujeres profesionales sobre su experiencia como escritora, cuyo tema era "Cómo matar al Ángel de la Casa".

Según ella, el ideal angélico, era sinónimo de los estereotipos sexuales que seguían siendo dominantes en los años 30. De acuerdo a este mito, las mujeres virtuosas vivían en un estado casi incorpóreo, elevándose etéreas sobre los impulsos animales y dedicando su vida al bienestar de la familia.

A pesar de su aura moral, era un cuerpo útil que hacía las tareas domésticas con gran eficiencia, algo muy conveniente para el Señor de la Casa. El Ángel, sostenía ella, "era intensamente amable. Era inmensamente encantador. Era completamente generoso. Se destacaba en las difíciles artes de la vida familiar. Se sacrificaba a diario. Si había pollo, se quedaba con la pata; si había una corriente de aire, se sentaba en ese lugar; en suma, nunca tenía una opinión o un deseo propio, sino que prefería estar de acuerdo con las opiniones o deseos de los otros. Por sobre todo -¿es necesario que lo aclare?- era puro".

Ese falso ideal la había perseguido durante su juventud, porque era el Ángel de sus padres. Ellos habían adoptado esos valores y habían aceptado la desigualdad de roles que prescribían, porque "en ese entonces era imposible lograr una relación verdadera entre hombres y mujeres".
El Ángel había infectado sus vidas de irrealidad. En ciertos aspectos, esa falsedad empeoró después de la muerte de su madre, el primer año de la adolescencia de Virginia. Tras el mito de la virtud hogareña, acechaba la desagradable realidad de que su hermanastro mayor, George, la visitaba de noche en su cuarto para besarla, toquetearla y poseerla. No había a quién acudir en busca de ayuda o consejo, ninguna escapatoria a la culpa y a la confusión sexual. Su padre, estaba demasiado embargado por su pena para advertir la angustia de Virginia. Cada vez más sordo e irascible, sometía a sus hijas a un chantaje emocional insistiendo en que siempre debía haber un Ángel en la casa, y que una de ellas debía heredar ese puesto.

Virginia estaba azorada por la debilidad que había transformado a ese hombre, capaz de ser tan sensible, en una persona cruel y ciega a los sentimientos de los demás. Después de la muerte de su padre el Ángel se volvió más insidioso, y trataba de asfixiarla con su sabiduría convencional para evitar que ella pensara y escribiera con libertad, un ultraje ante el que se rebelaba con violencia. "Me volví hacia él y lo tomé por la garganta -le dijo a sus oyentes-. Hice todo lo que pude para matarlo. Mi excusa, si me juzgaran en un tribunal, sería que actué en defensa propia."
Pero el Ángel, (ella misma), un ser ectoplasmático, regresaba a la vida, ya que "es mucho más difícil matar a un fantasma que a la realidad".

El 28 de marzo de 1941, a los cincuenta y nueve años de edad Woolf se ahogó voluntariamente en el río Ouse, cerca de su casa de Sussex. Se puso su abrigo, llenó sus bolsillos con piedras y se lanzó al río Ouse y consiguió su fin. Su cuerpo no fue encontrado hasta el 18 de abril. Su esposo enterró sus restos incinerados bajo un árbol en Rodmell, Sussex. Había dejado dos cartas, una para su hermana Vanessa Bell y otra para su marido Leonard Woolf, las dos personas más importantes de su vida.

La dramática carta que escribió para su marido decía: “Siento que voy a enloquecer de nuevo. Creo que no podemos pasar otra vez por una de esas épocas terribles. Y no puedo recuperarme esta vez. Comienzo a oír voces, y no puedo concentrarme. Así que hago lo que me parece lo mejor que puedo hacer. Tú me has dado la máxima felicidad posible. Has sido en todos los sentidos todo lo que cualquiera podría ser. Creo que dos personas no pueden ser más felices hasta que vino esta terrible enfermedad. No puedo luchar más. Se que estoy arruinando tu vida, que sin mi tú podrás trabajar. Lo harás, lo sé. Ya ves que no puedo ni siquiera escribir esto adecuadamente. No puedo leer. Lo que quiero decir es que debo toda la felicidad de mi vida a ti. Has sido totalmente paciente conmigo e increíblemente bueno. Quiero decirlo — todo el mundo lo sabe. Si alguien podía haberme salvado habrías sido tú. Todo lo he perdido excepto la certeza de tu bondad. No puedo seguir arruinando tu vida durante más tiempo. No creo que dos personas pudieran ser más felices que lo que hemos sido tú y yo”.

Emilio Salgari (1862-1911) fue un escritor y periodista italiano. Escribió principalmente novelas de aventuras, ambientadas en los lugares más variados, como Malasia, el Mar Caribe, la selva India, el lejano oeste de Estados Unidos e incluso los mares árticos. Creó personajes que alimentaron la imaginación de millones de lectores y una gran mayoría de sus historias fueron llevadas al cine y recrearon a varias generaciones, a lo menos hasta los años setenta u ochenta.
¡Quién no recuerda a Sandokán, “El Tigre de la Malasia”, un príncipe de Borneo desposeído de su trono por los británicos. A esos piratas variopintos de exóticas razas, luchando junto a este héroe de los mares, en contra de las injusticias colonialistas inglesas, malvados mercaderes y políticos corruptos, que se apoderan de las islas, las riquezas y la libertad del sufrido pueblo Malayo!

¡Quién no se emocionó hasta las lágrimas con la extrema lealtad y valentía de sus amigos y compañeros de lucha, el portugués Yáñez, el bengalí Tremal-Naik, el mahrato Kammammuri, Sanbigliog y Ada Corishant! ¡Y también, el alivio y el júbilo, cuando las diezmadas expediciones lograban llegar con sus barcos destrozados y sus tripulaciones diezmadas hasta la su base de operaciones, el escondite secreto sito en la Isla de Mompracem! ¡O cuando la amada de Sandokán, Lady Mariana Guillonk, de nacionalidad inglesa y por lo tanto en principio poco aceptada en este mundo de corsarios, que luego es idolatrada por el pueblo como la “Perla de Labuán”, tiene un trágico final en defensa de su héroe, el Tigre de la Malasia.

Curiosamente, Emilio Salgari, quien describe paisajes y territorios con absoluta soltura, de países localizados en una geografía lejana y muy accidentada, jamás visitó esos lugares y no hay evidencia o constancia de que en alguna etapa de su vida recorriera otros países. Igualmente, Salgari se daba a si mismo el título de “Capitán” con el que incluso firmó algunas de sus obras, pese a que, no obstante haber realizado algunos estudios en el Instituto Técnico Naval “P.Sarpi” en Venecia, nunca llegó a obtener tal título y que su experiencia como marino

se reduce a unos cuantos viajes de aprendizaje en un navío escuela y a otro viaje más, esta vez como pasajero del barco mercante “Italia Una”, en el que realizó una travesía de tres meses por el mar Adriático.

Esto habla de su prodigiosa imaginación e inventiva, unida a una prolija investigación documental, como de su poderosa memoria para conservar datos y detalles, así como características humanas, que más tarde trasladó a infinidad de personajes de su creación.
Emilio Salgari, escribió ochenta y cuatro novelas y un sinnúmero de relatos cortos y cuentos imposibles de determinar, que en el menor de los casos, suman más de cien, de piratas, de aventureros, de descubrimientos fastuosos, muchos de ellos de ciencia ficción, como la atípica novela "Las Maravillas del 2000", que escribió en el año 1907. Sus historias compilan una titánica obra que comprende ciclos compuestos de varios capítulos, entre los que podemos destacar:
Ciclo Los Piratas de las Antillas; Ciclo Piratas de las Bermudas; Ciclo Aventuras en el Far-West; Ciclo Capitán Tormenta; Ciclo La Flor de Perlas; Ciclo Los hijos del Aire; Ciclo Los dos marineros: y, una infinidad de otras novelas independientes.
Emilio Salgari se casa en 1892, cuando tenía treinta años, con la actriz de teatro Ida Peruzzi, una mujer muy joven y exuberante a la que llamó siempre cariñosamente, "Aída", como la heroína de Verdi, con quien tiene cuatro hijos, a los que bautiza con los nombres de personajes de sus libros: Fátima, Nadir, Romero y Omar, estableciendo dos años después su residencia en la ciudad de Turín.

Algunos de sus biógrafos describen a Ida como ninfómana e impúdica, portadora de sífilis, con brotes esquizofrénicos que derivaron en muchas rencillas matrimoniales. A su vez Salgari, cuyo padre se suicidó cuando él tenía 27 años no resulta favorecido, ya que estos mismos lo califican como un alcohólico hosco, desagradable y agresivo que ahogaba en el alcohol y el sexo todos sus complejos, manías y obsesiones, como los tacones altos que usaba para ocultar su baja estatura y los seudónimos rimbombantes con que se presentaba a si mismo, como Capitán Salgari y a veces Almirante Guido Altieri, así como el trato a su esposa a quien obligaba a disfrazarse de "Perla de Labuán", cuando los estudiantes llegaban de visita a la casa del “padre de Sandokan y del Corsario Negro”.

Pese al éxito de sus libros, muchos de los cuales alcanzaron tiradas de 100.000 ejemplares para dar satisfacción a los pedidos de todo el mundo, Salgari nunca logró ganar dinero para vivir decentemente. Con lo que recibe de los editores apenas tiene para sustentar a su familia. Su progresivo alcoholismo y el creciente deterioro mental de Ida le fueron creando una desestabilización síquica que degeneró en un primer intento de suicidio con una espada, en 1909, cuando tenía 45 años.

Dos años después Aida es internada en el manicomio de Collegno provocando en él la desesperación más completa. Salgari, desconsolado y acechado por problemas económicos se suicida abriéndose el vientre con su navaja de afeitar según el rito japonés del seppuku conocido como hara-kiri, propinándose grandes heridas en el abdomen y garganta. Era el 25 de abril de 1911 y Emilio tenía 47 años. Dejó escritas tres cartas, dirigidas respectivamente a sus hijos, a sus editores y a los directores de los periódicos de Turín. La carta a sus editores fue suficientemente elocuente:

"A mis editores: A vosotros, que os habéis enriquecido con mi piel, manteniéndome a mí y a mi familia en una continua semi-miseria o aún peor, sólo os pido que en compensación por las ganancias que os he proporcionado, os ocupéis de los gastos de mis funerales. Os saludo rompiendo la pluma. Emilio Salgari".

A los Directores de los periódicos de Turín: Vencido por todo tipo de desgracias, reducido a la miseria a pesar del enorme trabajo, con mi mujer loca en el hospital, a la que no puedo pagar sus gastos, me quito la vida.
Tengo muchos admiradores en Europa y América.
Les pido señores directores, que abran una suscripción para sacar de la miseria a mis cuatro hijos y pagar los gastos de mi mujer mientras esté en el hospital.
Debería haber tenido otra situación y suerte, debido a mi nombre.
Estoy seguro que Uds., señores directores, ayudarán a mis desgraciados hijos y a mi mujer.
Con las gracias más sentidas, me despido,
Emilio Salgari”.

“A mis hijos:
Queridos hijos:
Soy un vencido. La locura de vuestra madre me ha partido el corazón y todas mis fuerzas.
Yo espero que los millones de mis admiradores, a los que durante años he distraído e instruido, os saldrán al encuentro. Os dejo sólo 150 liras, más un crédito de 600 liras, que recogeréis de la señora Nusshaumar. Os dejo la dirección.
Que me entierren como pobre, ya que estoy arruinado. Manteneos buenos y honestos y pensad, en cuanto podáis, en ayudar a vuestra madre.
Os besa a todos, con el corazón sangrando, vuestro desgraciado padre.
Emilio Salgari.
Voy a morir al Valle di San Martino, junto al sitio en el que, cuando vivíamos en Via Guastella, íbamos a desayunar. Encontrarán mi cadáver en un barranco que ya conocéis, porque allí íbamos a coger flores”.

El gran periodista y escritor estadounidense Ernest Miller Hemingway (1899-1961), es considerado uno de los principales novelistas y cuentistas del siglo XX. Conocido como el último de los autores neohumanistas, impuso un estilo directo, duro y cínico. El principal tema de su obra es la muerte, única certeza inevitable en la incertidumbre de la vida humana.

En esencia fue un aventurero que recorrió medio mundo, dejando profunda huella a su paso, por su arrolladora personalidad y actitud frente a la vida. En su juventud y en un anticipo de lo que sería su vida, fue un apasionado de la caza y la pesca, fue alumno destacado en Lenguas, estudiaba música y tocaba el violonchelo, formaba parte de la orquesta River Forest High School, jugador de waterpolo y de rugby. Se interesaba también por el boxeo y empezó a mostrar sus aptitudes literarias en el diario escolar, donde se firmaba con el seudónimo de Ring Lardner, Jr.

Al acabar sus estudios, en 1917 no quiso ir a la Universidad, como quería su padre, ni quiso perfeccionar sus estudios de violonchelo, como su madre anhelaba. Se trasladó a Kansas y comenzó a trabajar de reportero en el Kansas City Star. Sus comienzos literarios no fueron nada fáciles ganándose la vida como corresponsal y viajando por toda Europa llegando a trabajar como sparring de boxeadores y cazando palomas en las plazas y parques cuando el dinero no le llegaba para cubrir las necesidades de él y de su esposa.

Cuando Estados Unidos entró en lo que sería la Primera Guerra mundial, Ernest intentó seguir los pasos de sus amigos escritores a quienes admiraba, John Dos Passos, quien se alistó como voluntario en las ambulancias militares de Italia, William Faulkner, que lo hizo como piloto de la RAF, la Fuerza Aérea Británica y F. Scott Fitzgerald, quien se alistó en el ejército estadounidense, para lo cual postuló al Cuerpo de Expedición Americano, pero fue excluido como combatiente por un defecto en el ojo izquierdo y solo consiguió ser admitido como conductor de ambulancias de la Cruz Roja.

En tal condición desembarcó en Burdeos en mayo de 1918 para marchar a Italia. Fue tal su comportamiento que fue condecorado por el gobierno italiano por salvar la vida de un soldado de ese país. Luchó en el frente de batalla, sufriendo graves heridas en sus piernas.

Enamorado de Europa, retrató el Paris bohemio de los años veinte en su primera novela “Fiesta” así como la España y sus fiestas taurinas, las cuales le apasionaban, en “Muerte en la tarde”.
Vivió la guerra civil española de la que escribiría en “Por quién doblan las campanas” después de moverse por Africa cuyas vivencias como cazador dejaría plasmadas en su novela “Las verdes colinas de Africa”.
Participó asimismo en la II Guerra Mundial como corresponsal de guerra y como soldado siendo uno de los primeros en entrar en el París liberado después de desembarcar en la Normandía.
Vivió después más de 20 años en Cuba donde escribiría “El viejo y el mar” que le reportaría el Premio Pullitzer en 1953. Un año después recibiría el Premio Nobel de Literatura.
En Cuba, donde fue dilecto amigo de Fidel Castro, se hospedó por años en el Hotel "Ambos Mundos", de la Habana, donde escribió su novela “Por quién doblan las Campanas”. Luego adquirió la finca Vigía en el poblado San Francisco de Paula, a 25 kilómetros de La Habana, viviendo allí entre 1939 y 1960, mansión que hoy es un museo que da cuenta de su vida en la isla.

Hemingway, dejó un profundo recuerdo en las localidades cercanas a su casa, en sus restaurantes, como Cayo Paraíso, en la costa norte de Pinar del Río, “La Bodeguita del Medio” y El Floridita, negocios que frecuentaba y en particular en un poblado de pescadores llamado Cojímar, donde acostumbraba anclar su yate “El Pilar”, que le sirvió para ambientar su famosa novela “El Viejo y el Mar”. En este poblado, como homenaje del cariño de la gente, los pobladores levantaron una glorieta que guarda un busto colocado en su honor por voluntad popular.

Después de una vida de intensas aventuras y de grandes exitos como escritor, el 2 de julio de 1961 Heminway enfermó de Alzheimer y afectado de una gran depresión, fue hallado muerto en su habitación con la cabeza destrozada por una bala de escopeta de matar tigres, tal cual lo hicieran antes su abuelo y su padre. Su viuda, declararía que se trató de un accidente, pero esa versión se contradice con la experiencia en el uso de armas de Hemingway además que el orificio de bala entró por el paladar, herida eminentemente de tipo suicida.

Hemingway además experimentaba en su vejez un temor casi patológico a parecer o ser identificado como homosexual. En una entrevista posterior a su deceso, su hijo Gregory dijo que “su padre cada día se levantaba con la urgencia de probar que era un hombre. Esa necesidad lo llevó a practicar deportes, caza, pesca, tauromaquía. Creo que bebía tanto para no soñar con ese conflicto. Yo no creo que haya sido un homosexual, sentía una gran atracción por las mujeres, pero sí tenía un gran niedo a sentirse homosexual. El estaba muy preocupado con la masculinidad. Un día me dijo que ser hombre era un trabajo muy duro.”

"No tuvo una infancia muy feliz. Su padre se suicidó en 1928 debido a una enfermedad incurable. Queda traumatizado por una madre autoritaria que lo vestía de niña y, posteriormente, a causa de una dolorosa experiencia al verse obligado a acompañar a su padre (ginecólogo), en el difícil parto de una india cuyo marido se suicidó por no poder soportar los gritos de su mujer"...

Margaux Hemingway, la famosa modelo y actriz de cine, nieta de Ernest (nacida en 1955) padecía de depresión autodestructiva y se suicidó el 1 de julio de 1996, un día antes del aniversario de la muerte de su famoso abuelo.
Greg, el hijo menor del escritor, a quien este siempre rechazó y del cual tenía prohibido hablar en su presencia, por el rechazo que Hemingway hacía de su homosexualidad, se casó después de su muerte con la secretaria de su padre, la periodista irlandesa Valerie Danby-Smith con la que tuvo tres hijos. Este matrimonio fue muy infeliz por el desequilibrio síquico de Gigi, como llamaban a Greg, quien en octubre de 2001, seis años después de haberse sometido a una operación de cambio de sexo, murió en una cárcel de mujeres, a la que había sido conducido en total estado de desorientación.

El 23 de Marzo, Ronald Opus se encontraba en la terraza de un edificio, dispuesto a saltar al vacío para acabar con su vida. Mientras caía al vacío, en su recorrido descendente por la 9ª planta, un disparo fortuito que se produjo a través de una ventana, acabó con su vida.

El suicidio no habría tenido éxito, porque pocos metros más abajo, había una red de protección en la 8ª planta que habían instalado unos limpiacristales.

La investigación, determinó que en la ventana desde donde se produjo el disparo, vivía un matrimonio mayor. El hombre amenazaba con disparar a la mujer con una escopeta mientras mantenían una riña. Estaba tan enfadado que, sin darse cuenta, apretó el gatillo, sin apuntar a la mujer. La bala perdida por la ventana sería la que mataría al suicida.

La situación legal es incierta. Por un lado, el hombre quería suicidarse. Pero por otro, su suicidio nunca hubiera tenido éxito, así que podía pensarse en un homicidio accidental.
Sin embargo, la investigación continuaba. El hombre que disparó afirmaba que el arma siempre estaba descargada, que no sabía qué había ocurrido. Su mujer confirmó sus palabras: el hombre acostumbraba a apuntarla con un arma descargada, como rutina dentro de sus habituales discusiones.

Después se supo, por un testigo, que el hijo de este matrimonio había cargado la escopeta, aproximadamente seis semanas antes del fatal accidente. La investigación puso al descubierto que la mujer había dejado de mantener a su hijo económicamente y este, conociendo la propensión de su padre a amenazar con la escopeta, cargó en arma con la esperanza de que su padre disparara a su madre.

La decepción del hijo, al ver día tras día como su padre nunca apretaba el gatillo, llevó al hijo a saltar desde la terraza de este edificio de diez plantas, para acabar muriendo por un disparo de bala, a través de la ventana de un piso en la 9ª planta.

El forense determinó que la causa de la muerte había sido suicidio.

Sin embargo esta historia, que motivó una película (Magnolia) y que circuló por años en internet, como ejemplo clásico de un suicidio impredecible y de gran complejidad legal, es falsa.

En 1987, el forense Don Harper Mills, que teóricamente había presentado la historia como cierta en un Congreso de la Academia Americana de Ciencias Forenses, nos cuenta la verdad de la misma:
"Se me ocurrió la historia en 1987, para presentarla en la reunión, como forma de entretenimiento y para ilustrar cómo cambiando unos pequeños detalles las consecuencias legales se ven completamente alteradas. En los últimos dos años he recibido unas 400 llamadas telefónicas sobre el tema de escritores, periodistas, estudiantes de leyes, incluso profesores de derecho que quieren incluir la historia en sus libros de texto..."


1 comentario:

Vivianne dijo...

Excelente columna amigo, quedo corta en elogíos para usted y de su vigorosa pluma que encanta y atrae sin reparos al lector y lo deja pasmado con tanta rigurosidad en sus escritos, un gran abrazo sureño!!!