domingo, 6 de febrero de 2011

De Pan y de Circo. Parte 2.

“Soportaré ser quemado, herido, golpeado y asesinado por la espalda” Parte del Juramento de un Gladiador. (El Sacramentum Gladiatorium).

El imperio Romano, el último de su estirpe en occidente, dejó como legado a las civilizaciones que le sucedieron, una estela luminosa y notable de la capacidad humana para superar todos los desafíos físicos y culturales que la madre naturaleza y la inquietud del hombre son capaces de explorar. Pero al mismo tiempo esta época de contrastes profundos, así como llegó a tocar el pináculo del pensamiento ilustrado y la cultura, también recorrió toda la escala de la bajeza humana con sus componentes de locura, crueldad, lujuria, codicia, irracionalidad, fanatismo, vanidad, odios y pasiones, defectos que también estaban presentes en sus dioses, lo que los hacía justificables a los ojos humanos.

EL Emperador Nerón, vesánico e imprevisible, acuciado por tendencias irreprimibles, salía por las noches cruzando de incógnito las callejuelas mal alumbradas, merodeando en busca de algo que le proporcionara un golpe de adrenalina. Podía ser, atacar a mansalva a un transeúnte clavándole repetidamente su puñal en la espalda, para luego meterlo en las alcantarillas, como robar estatuillas y efigies de dioses en las tiendas y mercados, escapando luego feliz con su botín, que vendía al mejor postor en subastas que organizaba en su palacio. Gustaba de penetrar en las alcobas de las bellas esposas de altos funcionarios del Estado para violarlas, entretención que dejó de practicar cuando un Senador que le sorprendió, sin saber que se trataba de Nerón, lo molió a palos, dejándole varias semanas sin poder moverse de la cama.

De día, también disfrazado y acompañado de un par de sus íntimos iba a las representaciones de luchas y pantomimas a los circos y teatros periféricos, donde se sumaba a los que provocaban desorden o arrojaban piedras a los actores, llegando en una ocasión a fracturarle el cráneo a un Pretor que estaba en la primera fila. Cuando aburrido de las perversiones que realizaba en la ciudad, navegaba por el río Tíber en su barco privado, organizaba orgías con las damas nobles, sus cómplices, consistentes en que estas se prestaban para fingir ser prostitutas que disfrutaban de la playa, obsequiosas con cualquier viajero que llegase hasta allí, con los que a instancias de Nerón, realizaban gratuitamente todos los más obscenos pedidos sexuales de sus eventuales clientes.

En sus banquetes a la nobleza y aristocracia que efectuaba en los jardines del Campo de Marte, introducía homosexuales y prostitutas, para que mezclados entre los invitados sedujeran a sus parejas, gozándose de los escándalos y problemas conyugales que se suscitaban. Incansable sibarita y vividor, seducía a chicos púberes, hijos y mujeres de sus amigos y relaciones que le gustaban.

Pero dejemos que sea el historiador y biógrafo romano Gayo Suetonio Tranquilo mas conocido como Suetonio, quién en la primera parte de su Biografía de Nerón Claudio, de donde he extractado estos apuntes, escrita en el siglo II d. de C., y contenida en el libro "Los Doce Césares", nos relate con sus propias palabras algunas de las barbaridades y aberraciones de este gran psicópata.

“…No hablaré de su comercio obsceno con hombres libres, ni de sus adulterios con mujeres casadas; diré sólo que violó a la vestal Rubria y que poco faltó para que se casase legítimamente con la liberta Actea, con cuya idea sobornó a algunos consulares, que afirmaron bajo juramento que era de origen real. Hizo castrar a un joven llamado Sporo y hasta intentó cambiarlo en mujer; lo adornó un día con velo nupcial, le señaló una dote, y haciéndoselo llevar con toda la pompa del matrimonio y numeroso cortejo, le tomó como esposa; con esta ocasión se dijo él satíricamente que hubiese sido gran fortuna para el género humano que su padre Domicio se hubiese casado con una mujer como aquélla.


Vistió a este Sporo con el traje de las emperatrices se hizo llevar con él en litera a las reuniones y mercados de Grecia y durante las fiestas sigilarias de Roma, besándole continuamente. Se sabe también que quiso gozar a su madre, disuadiéndole de ello los enemigos de Agripina, por temor de que mujer tan imperiosa y violenta tomase sobre él, por aquel género de favor, absoluto imperio. En cambio, recibió en seguida entre sus concubinas a una cortesana que se parecía en gran modo a Agripina; se asegura aun que antes de este tiempo, siempre que paseaba en litera con su madre, satisfacía su pasión incestuosa, lo que demostraban las manchas de su ropa.

Tras haber prostituido todas las partes de su cuerpo, ideó como supremo placer cubrirse con una piel de fiera y lanzarse así desde un sitio alto sobre los órganos sexuales de hombres y mujeres atados a postes; una vez satisfechos todos sus deseos, se entregaba a su liberto Doríforo, a quien servía de mujer, del mismo modo que Sporo le servía a su vez a él, imitando en estos casos la voz y los gemidos de una doncella que sufre violencia. Sé por muchas personas que estaba convencido de que ningún hombre es absolutamente casto ni está exento de mancha corporal, sino que la mayor parte de ellos saben disimular el vicio y ocultarlo con cautela; por esta razón perdonaba todos los otros defectos a aquellos que confesaban francamente delante de él su obscenidad.

No consideraba que la posesión de riquezas pudiese servir para otra cosa que para dilapidar. Para ser avaro y sórdido a sus ojos bastaba contar los gastos; para ser espléndido y magnífico era necesario arruinarse. Lo que más celebraba y admiraba en su tío Cayo era el haber disipado en poco tiempo los inmensos tesoros reunidos por Tiberio.

De modo que no ponía coto a sus gastos y generosidades. Se hace difícil de creer que gastaba para Tirídates ochocientos mil sestercios cada día y que a su partida le dio más de un millón. Al músico Menécrato y al gladiador Spículo les regaló muchos patrimonios y casas pertenecientes a ciudadanos honrados con el triunfo. Celebró funerales casi regios por el usurero Cercopiteco Paneroto, al que había enriquecido con espléndidas propiedades en el campo y en la ciudad. Jamás se puso dos veces el mismo traje. Jugaba a los dados a cuatrocientos sestercios dobles el punto. Pescaba con una red dorada, cuyas mallas eran de púrpura y escarlata. Se asegura que nunca viajaba con menos de mil carruajes, que sus mulas llevaban herraduras de plata, y que sus muleros vestían hermosa lana de Canusa, y que, en fin, sus conductores y corredores mazacos iban adornados con brazaletes y collares.

En nada gastó tanto, sin embargo, como en sus construcciones; extendió su casa desde el palacio hasta las Esquilias, llamando al edificio que los unía Casa de Paso; destruida ésta por un incendio, hizo construir otra que se llamó Casa de Oro, de cuya extensión y magnificencia bastará decir que en el vestíbulo se veía una estatua colosal de Nerón de ciento veinte pies de altura; que estaba rodeada de pórticos de tres hileras de columnas y de mil pasos de longitud; que en ella había un lago imitando el mar, rodeado de edificios que simulaban una gran ciudad; que se veían asimismo explanadas, campos de trigo, viñedos y bosques poblados de gran número de rebaños y de fieras. El interior era dorado por todas partes y estaba adornado con pedrerías, nácar y perlas. El techo de los comedores estaba formado de tablillas de marfil movibles, por algunas aberturas de los cuales brotaban flores y perfumes.

De estas salas, la más hermosa era circular, y giraba noche y día, imitando el movimiento de rotación del mundo; los baños estaban alimentados con las aguas del mar y las de Albula. Terminado el palacio, el día de la dedicación, dijo: "Al fin voy a habitar como hombre". Había empezado, además, baños totalmente cubiertos, que iban desde Misena al lago Averno, que hubiesen estado rodeados de pórticos y a los que proyectaba hacer llegar todas las aguas termales de Baias. Quería, en fin, abrir desde el Averno hasta Ostia un canal, evitando de este modo la navegación por mar, canal de ciento sesenta millas de largo y tan ancho que pudieran cruzarse en él dos quinquerremes. Para terminar estas obras mandó traer a Italia los presos de todas las partes del Imperio, y ordenó que las sentencias que se dictasen en lo sucesivo contra los criminales no impusiesen otra pena que la de estos trabajos.

Impulsaba a esta furia de gastar, aparte la confianza en su poder, la esperanza, repentinamente concebida, de un enorme tesoro escondido, que cierto caballero romano aseguraba había de encontrarse en inmensas cavernas de Africa, por haberlo llevado allí en otro tiempo la reina Dido al huir de Tiro, y el cual podría extraerse, según él, sin gran trabajo.

Desengañado de esta esperanza, empobrecido y agotados sus recursos hasta el punto de retrasar la paga de los soldados y las pensiones de los veteranos, recurrió a las rapiñas y a las falsas acusaciones. Estableció en primer lugar, que se le adjudicarían los cinco sextos en vez de la mitad de las herencias de los libertos que, sin razón plausible, hubiesen utilizado el nombre de alguna familia enlazada con él; que los bienes de aquellos que en su testamento se hubiesen mostrado ingratos con el príncipe, pertenecerían al fisco y que serían castigados los jurisconsultos que lo hubiesen escrito o dictado, y que se perseguiría, en fin, por delito de lesa majestad a todos aquellos a quienes denunciasen por sus palabras y actos.

Obligó a que le devolviesen los regalos que había hecho a muchas ciudades, al otorgarle coronas en los concursos. Había prohibido el uso de los colores púrpura y violeta, y un día de mercado mandó bajo mano a un mercader a que vendiese algunas onzas, con objeto de coger al punto a los demás en falta. Habiendo visto en el espectáculo y mientras cantaba, a una matrona adornada con la púrpura prohibida, mostróla, a lo que se dice, a sus agentes, y habiendo hecho sacarla en el acto, le confiscó el traje y los bienes. No confirió ya ningún cargo sin añadir: "ya sabes lo que necesito", o bien: "Obremos de manera que a nadie le quede nada". Concluyó por despojar la mayor parte de los templos y fundió todas las estatuas de oro y plata, entre ellas las de los dioses penates, que luego fueron restablecidas por Galba…

Empezó por Claudio sus asesinatos y parricidios, siendo, sin duda, si no autor, al menos cómplice de su muerte…Celoso de Británico, que tenía mejor voz que él, y temiendo, por otra parte, que por el recuerdo de su padre se atrajese algún día el favor popular, resolvió deshacerse de él por medio del veneno. Una célebre envenenadora llamada Locusta proporcionó a Nerón un brebaje, cuyo efecto defraudó su impaciencia, pues no produjo a Británico más que una diarrea. Hízose traer a aquella mujer, la azotó por su mano, y la reconvino por haber preparado una medicina en vez de un tósigo; como ella se excusase con la necesidad de mantener el crimen secreto:

Sin duda —contestó con ironía—, temo la ley Julia , y la obligó a preparar en su palacio y delante de él mismo el veneno más activo y rápido que le fuese posible. Lo ensayó en un cabrito, el cual vivió todavía cinco horas; en vista de ello lo hizo fortalecer y concentrar más, tras lo cual se lo dio a un cochinillo, que murió en el acto. Mandó entonces llevar el veneno al comedor y darlo a Británico, que comía a su mesa. El joven, apenas probó el veneno cayó revolcándose, diciendo Nerón que se trataba de un ataque de epilepsia, enfermedad que padecía; a la mañana siguiente le hizo sepultar con prisas y sin ninguna ceremonia, en medio de una lluvia torrencial.

En cuanto a Locusta recibió en premio de su servicio la impunidad, considerables bienes y hasta discípulo…”.
El ojo vigilante y crítico de Agripina veía cuanto decía o hacía Nerón, por lo que él intentó envenenarla tres veces, mas ella siempre se tomó un antídoto por anticipado, hasta que Nerón inventó una maquinaria en el techo de su dormitorio (el de Agripina) para que unas losas cayesen encima durante el sueño. Sin embargo, alguien dio a conocer la conjura.

Luego, Nerón inventó una barca con un camarote, que o debía hundirse o caer el techo sobre Agripina. Nerón se mostró muy contento y de buen humor cuando acompañó a su madre al muelle, y hasta le besó los pechos antes de que ella subiera a bordo. Nerón estuvo en vela toda la noche, muerto de ansiedad, esperando la noticia de la muerte de su madre. Al amanecer, Lucio Agerno, un esclavo libre de Agripina, fue a comunicarle alegremente que aunque el barco se había hundido, su madre había nadado hasta la playa, por lo que no debía temer por ella. A falta de mejor plan, Nerón le ordenó a uno de sus servidores que dejara caer una daga subrepticiamente al lado de Agerno, al que acusó rápidamente de intento de asesinato.

Después concretó el asesinato de Agripina, fingiendo que ésta había enviado a Agerno para matarle a él, pero suicidándose al enterarse que la confabulación había fracasado. Hay autores que aún proporcionan más detalles; parece ser que Nerón al examinar el cadáver de Agripina, movió sus piernas y brazos críticamente, y mientras bebía cínicamente, discutía sus defectos y sus bondades corporales.
También se ha dicho que ordenó que le extirpasen el útero a Agripina para ver el sitio de donde había él salido.
A éste siguieron innumerables crímenes. Uno de ellos fue accidental, y grande su dolor y altas sus lamentaciones por la muerte de su esposa Popea que estaba encinta, y a la que mató de una patada en el estómago.

Mencionaremos dos de sus atrocidades: una vez convirtió en antorchas humanas a unos cristianos cautivos, usándolos para alumbrar una fiesta; y en los juegos, durante la violación de las vírgenes, se entretenía imitando sus gritos de angustia.
Este último emperador de la línea de los Césares murió por su propia mano a los treinta y dos años; su suicidio impidió su asesinato, que era ya inminente. Galba, su sucesor, recibió la noticia con un acto que Nerón seguramente habría aplaudido:

Homosexual, mostraba una preferencia decidida por los hombres maduros. Se dice que cuando Icelo, uno de sus compañeros de cama, le dio la noticia de la muerte de Nerón, Galba le cubrió de besos y le pidió que se desnudara sin demora; tras lo cual tuvo lugar el acto íntimo...”

El espectáculo de fieras luchando entre sí y luego contra humanos, fue sin duda lo que más marcó a la sociedad romana de los primeros siglos y su aparición data aproximadamente del año 186 a. de C., unos ochenta años antes que se pusiesen de moda los combates entre gladiadores, llegando a su ocaso solo a mediados del siglo VI, en que fueron definitivamente prohibidos.

El más antiguo registro pertenece al historiador Tito Livio quien nos dice que en tiempos del Emperador Augusto, los ediles P. Lentulo y Escipión Násica, organizaron un evento donde se exhibieron 63 fieras traídas de Africa, entre panteras, leopardos y hienas , además de cuarenta osos y similar número de elefantes.
El historiador Dión Casio cuenta que Cómodo (180-193), en su afán de demostrar a la plebe su valor, bajó a la arena y mató en un solo día cinco hipopótamos, y en otras jornadas una jirafa, dos elefantes y algunos rinocerontes.

Pero no solo se traían a la arena fieras exóticas e importadas de regiones lejanas, pues era usual, que se hiciera combatir a esclavos con diferentes especies autóctonas de Italia, como osos, corzos jabalíes y ciervos, cuya rapidez para desplazarse ponía en aprieto a sus contendores, que debían aguzar el ingenio para cumplir su cometido.

El traslado de estos animales siempre fue muy dificultoso y las partidas de estas fieras, con mayor razón si provenían de países lejanos, tardaban muchos meses en llegar a destino, siendo frecuente que varios animales muriesen en el viaje por las duras condiciones que debían soportar, falta de comida adecuada al desconocerse sus costumbres o por accidentes de los barcos y caravanas, que debían navegar en mares tumultuosos o transitar por caminos muy accidentados.

Por un edicto del Emperador Teodosio, se pudo saber que era obligación de los municipios por donde tocara atravesar a estas caravanas el alimentar y dar alojo adecuado a estos animales, lo que no siempre cumplían, lo que causaba descomunales problemas administrativos con el poder central. Para prevenir el incumplimiento de la llegada de fieras salvajes a los torneos en la fecha oportuna, los zoológicos locales estaban siempre repletos de fieras, para suplir llegado el caso su presencia, siendo repuestos apenas se podía, para no causar las iras de los organizadores, que a veces significaban azotes, penas de prisión o defender los infractores su vida en el circo romano luchando con tigres o leones.

Estas cacerías y muerte en la arena de especies animales, era aprovechada por los médicos y estudiantes de anatomía. Galeno escribe que los médicos locales conseguían aceites y material para fabricar distintas medicinas de sus cadáveres y para practicar autopsias y mejor conocimiento de sus anatomías. Los artistas también siempre estaban interesados en dibujarlos al natural, realizando desde la primera fila, bocetos y dibujos tanto de las bestias como de los momentos culminantes de una lucha con gladiadores, para venderlos luego a los interesados, dejar registro de sus hazañas y trasladar luego tales dibujos a motivos de adorno en telas y jarrones.

En estos circos romanos de nuestro ayer, no solo había espectáculos de lucha, siempre tan desigual y rezumantes de barbarie, sino que además se representaban auténticas cacerías que incitaban al salvajismo y rapiña de los espectadores, que tenían allí la oportunidad, como ocurre con los televidentes modernos, de saciar sus más recónditas perversiones, protegidos por esta especie de permisión que entrega el saber que hay muchos más que hacen lo mismo y que los antiguos resumían en el refrán popular que reza “consuelo de muchos, consuelo de tontos”.
En la "Historia Augusta", obra de finales del siglo IV, se describe que durante el mandato del emperador Marco Aurelio Probo (276-282), los asombrados espectadores vieron que en toda la extensión del circo se había trasplantado un verdadero bosque de árboles inmensos traídos de exóticas regiones, simulando una selva, en cuya espesura se fueron soltando diversas especies de animales, muchas de ellas desconocidas en la Roma antigua, incitando a la plebe a convertirse en protagonistas del espectáculo, cazando con sus propios medios todos los animales que fueran capaces de matar o capturar.

Para ello se soltaron primero mil avestruces, luego mil ciervos, después mil jabalíes, mil gamos, mil cabritillas y diversos otros herbívoros, en tal cantidad, que la desaforada y enloquecida gente, se dio un auténtico baño de sangre matando y descuartizando a los asustados animales hasta que no tuvieron fuerzas para continuar su macabra tarea de juntar los trozos o pieles que pensaban llevarse, siendo avivados y produciendo el deleite de quienes quedaron de espectadores, que reían a mares de los desaguisados que se producían en estas capturas, así como de lo accidentes de sus protagonistas.

Antes mencionábamos la repulsa que este tipo de actos vandálicos y aberrantes han merecido siempre de los intelectuales. Marco Terencio Varrón, Director de las primeras bibliotecas públicas de Roma, literato que escribió más de seiscientas obras nos dejó la siguiente frase condenatoria de tales juegos: "¿No sois unos bárbaros, los que echáis los criminales a las fieras?"

Su contemporáneo Marco Tulio Cicerón, jurista, filósofo, político y gran orador, también se atrevió a criticar estos actos: "¿Qué placer puede representar para una persona culta ver como un hombre débil es despedazado por una fiera fuerte y gigantesca o cómo un hermosísimo animal es atravesado por una jabalina?"

En otra oportunidad, este mismo Emperador Probo ordenó soltar en el anfiteatro cien leones de espesa melena, a quienes soldados y voluntarios del público debían matar, parapetados tras unas mallas con picas y lanzas. Luego fue el turno de cien leopardos de Libia, cien leopardos sirios, cien leonas y cien osos. Todos ellos fueron acabados por la plebe y la soldadesca con flechas y todo tipo de armas, en medio de los rugidos de dolor y de espanto de estas grandes bestias, sacrificadas cobardemente y a mansalva.

En los juegos que organizó Septimio Severo, en el año 202, la palestra se transformó en pocos momentos en un barco gigantesco, que inmediatamente, por obra de sofisticados artilugios se desencuadernó, quedando al descubierto sobre la arena 700 fieras, leones, panteras, osos, bisontes y avestruces, que fueron sacrificados en los 7 días que duró la fiesta.

Nerón en el año 57 o 58 convirtió la arena del anfiteatro levantado por él en el Campo de Marte en un gigantesco lago, donde se exhibieron toda clase de peces y monstruos marinos, y se reprodujo un encuentro naval entre persas y griegos, que recordaba las Guerras Médicas. Después se vació el lago y sobre la arena lucharon los gladiadores y se simuló un combate terrestre, terrible, sangriento y cruel, por supuesto, para agradar y colmar las expectativas de los espectadores. En el año 64 el mismo emperador en el mismo lugar, organizó por segunda vez una Naumaquía, seguida, como la primera, de un combate de gladiadores y después de un fastuoso festín, una verdadera bacanal, con bailarinas y licores organizado por Tigelino, su brutal y leal Jefe de la Guardia Pretoriana, donde hubo tantos muertos y lesionados por las riñas, como los habidos en las luchas.

El emperador Tito organizó en el año 80 unas fiestas que duraron 100 días y no podían
faltar en ellas los espectáculos acuáticos. En el primer día sobre una tarima de madera
que cubría el lago organizó unos combates de gladiadores y un acoso de fieras, el
segundo día una carrera de carros y el tercero un simulacro de batalla naval entre atenienses y siracusanos, que recordaba los tenidos con ocasión del ataque de Atenas a Siracusa durante la Guerra del Peloponeso, 415-413 a. de C. Como no puede dejar de pensarse, la organización de estos magnos espectáculos significaba movilizar muchos medios humanos y técnicos y su costo era elevadísimo.

Se ha calculado, que la sustentación de estos eventos comprometía a más de un millón de personas de distintos oficios, que proveían, a veces desde el otro lado del mundo, por tierra en caravanas, por distintas rutas marítimas, fieras, esclavos, luchadores, comida, escenografías especiales, fabricación de armas, de carros de tiro, de disfraces, barcos y un sinfín de servicios, que posibilitaban el funcionamiento de esta puesta en escena diaria del teatro, el circo y el anfiteatro en cientos de lugares en diferentes países al mismo tiempo, todos ellos bajo la égida del Imperio, que eran en su mayor parte, incluyendo a los seres humanos, productos desechables, que servían para una o un par de funciones y que había que reemplazar urgentemente.

Todo ello, sin contabilizar los artesanos, artistas, músicos, cantantes, joyeros, herreros, cocineros, carpinteros y otros oficios manuales, así como aquellos agentes de publicidad, apostadores y todo tipo de funciones organizativas que se precisaba para cumplir con las etapas y el desarrollo de estas magnas funciones supervigiladas directamente por el Emperador, donde cualquier fallo, desliz o error, podía costar la vida al responsable. Hay que pensar además, que la sola construcción de los escenarios, distintos cada vez; la anegación del circo o del anfiteatro con millones de litros de agua de los ríos y esteros cercanos y los sistemas de contención de las aguas para que no se inundasen las tribunas y para hacerlos navegables o salinos, si allí se exhibían animales y peces marinos; extraer luego esta masa de agua y dejar el campo apto y seco para el espectáculo de luchas, necesitaba ingentes obras de ingeniería, ejércitos de esclavos y una creatividad extrema de los ingenieros de todas las ramas del saber.

El emperador Domiciano, intentando superar la magnificiencia de las fiestas acuáticas organizadas por su hermano, hizo construir un nuevo y grandioso lago artificial y organizó un gigantesco combate naval. Durante esta representación se desató una gran tormenta sobre los espectadores, pero el Emperador no permitió que se suspendiesen las acciones bélicas ni que nadie abandonase el circo resguardado fuertemente por tropas armadas. El resultado fueron decenas de ahogados en las aguas desbordadas del lago y de enfermos por neumonía, catarros, enfriamientos y numerosos tipos de accidentes.

La Historia Augusta, obra de finales del s. IV, da noticia de otra Naumaquía, celebrada por el Emperador Filipo el Árabe, con ocasión de festejar el milenario de la fundación de Roma. Se sabe que fue uno de los más grandiosos de ese tiempo, que hubo miles de muertos, de humanos y bestias, en una interminable batalla naval, quizás la mas costosa habida hasta entonces, pero no se conocen detalles.

Tales despliegues de crueldad, de desprecio por la vida humana y consecuente gozo y lujuria, ya que también las mujeres fueron usadas para la lascibia pública, con torturas, violaciones de animales como burros y toros y otras depravaciones, sumadas a la habitualidad de contemplar estos espectáculos como diversión natural, que en la práctica constituía el pan de cada día de los soldados romanos, que en batalla, penetraban a sangre y fuego en las poblaciones enemigas tomando las riquezas y las mujeres que precisaban, para darles muerte después o entregarlas a sus subalternos, no pudo dejar de influir en la sociedad romana, contaminando fuertemente a todas sus clases sociales, en especial a quienes ostentaban el poder, con la consecuencia que estos generales y monarcas pasaron a la posteridad como verdaderos monstruos humanos, que practicaban simultáneamente adulterio, incesto, sodomía, hurto, violaciones y homicidio.

Tales costumbres, están reflejadas en la mayor parte de estos emperadores endiosados, que provenían de unas pocas familias de nobles que iban sucediéndose en el reinado, en una sociedad donde era común denominador la veleidad, la prepotencia, la traición, la homosexualidad, el uso de drogas, el incesto y la suma de todas las perversiones, que su poder y riqueza sin límites podía consumar. Tradición que fue recogida posteriormente por todas las teocracias de Europa, sin exceptuar la ejercida por la mayoría de los Papas católicos, que en el ejercicio de sus cargos no fueron otra cosa, -y lo siguen siendo,- que Emperadores teocráticos al estilo romano.

A lo largo de la historia y en distintos ámbitos socioculturales ha primado la prohibición del incesto, incluso legalmente, prefiriéndose la búsqueda de nuevos vínculos de parentesco fuera del grupo parental. De hecho, tal tipo de relaciones es rechazado por la sociedad y tiene serias objeciones médicocientíficas. Esta regla se denomina exogamia, por contraposición a la endogamia. No obstante no siempre esto fue así.

El comienzo de todos los mitos es el incesto divino; la diosa madre se empareja con su hijo para crear con él el mundo y todos sus seres vivos. Lo mismo sucede con Gala y Urano, la diosa de la tierra y el dios del cielo de los griegos.

Cuando cae la gran diosa, son parejas de hermanos los que comienzan a dirigir la Corte celestial. Zeus y Hera en el Olimpo, Isis y Osiris en Egipto, Wotán y Freya entre los germanos. Y lo que es legal para los dioses, también debía serlo para los reyes dioses.


Afrodita (Venus) estaba casada con su hermano Hefesto (Vulcano), pero lo engañaba continuamente con mortales y con otros dioses, entre ellos sus hermanos Ares (Marte), Apolo y Hermes (Mercurio). Su hijo Eros (Cupido) era, al parecer, producto de la unión incestuosa de Afrodita y su padre Zeus y Hades (Plutón), era casado con su sobrina Perséfone (Proserpina).

En algunas dinastías egipcias lo habitual era que el Faraón se casase con su hermana. La calidad sobrenatural de la sangre real se protegía de impurezas mediante el incesto, un motivo antiquísimo que permanece aun vivo entre la alta aristocracia de todo el mundo.
En efecto, la justificación del incesto para mantener la pureza de la sangre ha llegado a estar muy extendido en la historia humana y se ha mantenido a través de los tiempos. Así lo ponía claramente de manifiesto el decreto de un soberano Inca del antiguo Perú..: "Yo, el inca, ordeno que nadie puede contraer matrimonio con su hermana, madre, prima, tía, nieta, pariente o madrina de sus hijos. En caso contrario le serán arrancados los ojos como castigo. Unicamente al inca le está permitido tomar como esposa a su hermana".

En Africa han existido múltiples variantes del incesto. Los Bantúes tomaban por esposas a sus propias hermanas entre las clases superiores, pero estas relaciones eran inimaginables para el pueblo llano y se veían obligados, si querían hacerlo, a desafiar a los espíritus más poderosos. Entonces había que justificarlos utilizándolos como hechizos. Así la religión y la magia se convirtieron también en aliados de las relaciones incestuosas. Algunas tribus del lago Niasa están convencidas de que aquel que se atreve a acostarse con su madre o su hermana, se hace invulnerable. Una comunidad al norte de Zimbawe utiliza el incesto entre hermanos y hermanas como remedio contra las picaduras de serpiente, siempre que se realice al mediodía y en la plaza del poblado...

El poderoso Zeus (después Júpiter para los romanos) era el padre de los dioses griegos y el dispensador de la justicia divina. Soberano de los cielos, llevaba un rayo para representar su poder asociado con el clima y los fenómenos de la naturaleza. Tenía poder de vida y muerte sobre dioses, semidioses y humanos y sobran los episodios donde se comporta caprichosamente, celoso, vengativo, cruel sádico y homicida, tal cual si hubiera sido hecho a imagen y semejanza del hombre.

Desde los tiempos más remotos, este elemento de la sangre preservada por el incesto, se convierte en un fluido misterioso que posee cualidades diferentes a la del resto de los hombres. Aún se dice que los monarcas tienen "sangre azul", aunque se haya perdido el significado de este simbolismo del color, que originariamente obedecía a la idea de que los reyes procedían del cielo, al correr por sus venas el mismo tipo de sangre de los dioses.
Desde épocas pretéritas, quizás desde el principio de los tiempos muchos emperadores, reyes, sacerdotes e incluso pueblos enteros, se han considerado descendientes de seres inmortales, portadores de su sangre regia, sino escogidos entre todos los pueblos para reinar sobre ellos al final de los tiempos.

El Faraón egipcio era un Dios encarnado, el propio Horus que continuaba su mandato en un nuevo cuerpo. Como mandaba la tradición a las deidades, usaba sujeta al cinto una cola de animal y sobre su frente la imagen de la serpiente Reus, que devoraba a sus enemigos. No sólo era el sucesor de los Neteru (los dioses reyes que gobernaron Egipto en una mítica Edad de Oro Original), sino que se afirmaba que su sangre era diferente; era oro puro, incontaminado, el metal del Sol, como la que corría por las venas de los inmortales.

Tal cual como pasaba en Egipto, los dioses celestes mesopotámicos gobernaban a través de sus reyes dioses. Los monarcas Partos eran hermanos del sol y la luna. Los soberanos indúes igualmente eran considerados encarnaciones divinas. En las leyes de Manú se expresaba: "ni siquiera un rey niño debe ser menospreciado por la idea de no ser más que un mortal; porque él es una gran deidad en forma humana". Los emperadores Incas eran "Hijos del Sol" por lo que no podían equivocarse. Los reyes Aztecas eran tenidos por dioses. Así ocurrió con Moctezuma, el último de sus emperadores.

También Africa fue hasta hace muy poco prolífica en reyes dioses. Como a tales adoraron sus súbditos a los monarcas de Benin y de Mombasa. Hasta no hace mucho tiempo, el emperador del Japón, era considerado una encarnación de la diosa del Sol, Amaterasu. Uno de sus títulos era el de "deidad manifestada", y una vez al año los inmortales le visitaban en su corte durante un mes. Este era el mes "sin dioses", durante el cual nadie acudía a los templos, porque éstos estaban de visita en el hogar imperial. El culto de la persona del emperador fue derogado por los aliados tras la Segunda Guerra Mundial; pero, aunque oficialmente éste ya no es tenido por un Dios como hasta entonces, muchos de sus súbditos le siguen considerando como tal.

La tradición del incesto estuvo presente en las monarquías del antiguo Egipto, donde Cleopatra se casó primero con uno y después con otro de sus hermanos. Incesto existió también en los antiguos monarcas Hawaianos y como perdura en la sociedad tibetana, donde varios hermanos pueden compartir la misma esposa. El Patriarca Abraham, según la Biblia, se unió a su media hermana Sara. Herodías, nieta del rey judío Herodes el Grande, estuvo casada con su tío Herodes Filipo,resultando de esta unión la célebre Salomé. Según algunas fuentes, la vírgen María era sobrina política de José, que había estado casado con una hermana de su madre. Agripina, madre de Nerón, se acostó con su hermano Calígula, su tío Claudio y su hijo Nerón. Julia y Drusila, hermanas de Agripina eran también amantes de Calígula. Cuando Drusila murió, el trastornado Calígula la hizo adorar como diosa con el nombre de Pantea.
Los padres de Aldolf Hitler, Alois y Klara eran tío y sobrina. Años más tarde Hitler repitió la historia de sus padres con su sobrina Geli Raubal, la hija de su hermanastra Angela. Fueron amantes hasta que Geli se suicidó en 1931, a los 23 años, tras lo cual Hitler la reemplazó por Eva Braun, entonces de 19 años.

Todo el mundo ha escuchado en este siglo del Papa Rodrigo Borgia, quien tomó el nombre de Alejandro VI; de su simonía al comprar el cargo y luego vender cardenalatos al mejor postor, de sus varias amantes, cuando fue Cardenal y mientras permanecía en la sede papal, de su docena de bastardos tenidos con estas amantes y prostitutas; de como los ayudó usando su influencia para situarlos en cargos expectantes y casarlos con la realeza europea; de como vivió públicamente en incesto con sus dos hermanas y luego con su propia hija Lucrecia, a quien casó varias veces para concretar pactos políticos de conveniencia para la política vaticana y extender su poder dentro de las monarquías europeas; de su famosa orgía sexual habida en el Vaticano el 31 de octubre de 1501, que se dice no ha tenido parangón en los anales históricos de la humanidad, superando incluso las más sonadas bacanales de la Antigua Roma, todo lo cual los interesados pueden verificar en La Enciclopedia Católica (Diarium, Vol.3, pag.167).

O bien, para nombrar al más pintoresco de los varios Papas que se sucedieron en un extenso período de la Historia Vaticana denominado "el reinado de los Papas fornicarios" donde Juan XXII (1410-1415, fue acusado en un Concilio de la Iglesia Católica por 37 Obispos y sacerdotes de fornicación, adulterio, incesto, sodomía, hurto y homicidio, probándose que había seducido y violado a 300 monjas, manteniendo en Bolonia, ciudad italiana cerca de los Apeninos, un harén donde no menos de doscientas muchachas habían sido víctimas de su lujuria. Condenado por 54 cargos, fue depuesto y huyó, sin que la curia lo haya puesto a disposición de la justicia.
El registro oficial de su paso por el Papado mantenido en las oficinas vaticanas reza: “Su señoría, Papa Juan, cometió perversidad con la esposa de su hermano, incesto con santas monjas, tuvo relaciones sexuales con vírgenes, adulterio con casadas y toda clase de crímenes sexuales... entregado completamente a dormir y a otros deseos carnales, totalmente adverso a La vida y enseñanzas de Cristo... Fue llamado públicamente el Diablo encarnado. Para aumentar su fortuna, el Papa Juan puso impuestos a todo, incluyendo la prostitución, el juego y La usura. Se le ha llamado con frecuencia “el más depravado criminal que se haya sentado en el trono papal”.

Curiosamente, estos dioses paganos, tal cual ocurrió luego con el dios del Antiguo Testamento, prohibían expresamente a los humanos el comportamiento tan habitual en ellos mismos de ser posesos de las más bajas pasiones, que manifestaban haciendo uso de sus poderes incontrarrestables. Estaba bien que los dioses mataran, pero no los humanos. El incesto era un procedimiento de los dioses, no del hombre.

No matarás decía uno de los mandamientos del Dios del Antiguo Testamento, pero la Biblia está plagada de aberrantes asesinatos de inocentes provocadas por su ira irracional: "Y aconteció que a la medianoche Jehová hirió a todo primogénito en la tierra de Egipto, desde el primogénito de Faraón que se sentaba sobre su trono hasta el primogénito del cautivo que estaba en la cárcel, y todo primogénito de los animales. Y se levantó aquella noche Faraón, él y todos sus siervos, y todos los egipcios; y hubo un gran clamor en Egipto, porque no había casa donde no hubiese un muerto". Éxodo 12:29-30.

Otros de sus mandatos divinos fueron:
Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen en la tierra que Yahveh tu Dios te da; No cometerás adulterio; No codiciarás la casa de tu prójimo, no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su criada, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna de tu prójimo;

"Entonces Judá dijo a Onán: Llégate a la mujer de tu hermano, y despósate con ella, y levanta descendencia a tu hermano. Y sabiendo Onán que la descendencia no había de ser suya, sucedía que cuando se llegaba a la mujer de su hermano, vertía en tierra, por no dar descendencia a su hermano. Y desagradó en ojos de Jehová lo que hacía, y a él también le quitó la vida". 38:8-10...

Por eso nuestros antepasados, a diferencia de los tiempos modernos nunca adoraron a este Dios Bíblico, solo lo alabaron, lo respetaron, le rendían pleitesía. Jamás le amaron, solo le temieron.
Nuestros abuelos y sus padres y los padres de ellos, aprendieron a vivir bajo la égida del temor a Dios. Cómo no hacerlo si de allí no venían las buenas nuevas, ni la felicidad o la ventura. Solo amenazas, calamidades y malos augurios si no se le obedecía ciegamente. Todo estaba prohibido, porque todo era maligno. Había una obsesión divina por la maldad, por el demonio que según el Dios era el patrón del mal. Y la gente, para agradar a Dios, odiaba a este demonio incitador, fabricante de pecados, capaz de conducir nuestra alma a los infiernos.

No obstante, si repasamos con un mirada gruesa lo que nos cuenta la Biblia Judeo cristiana, vemos que la realidad nos dice algo muy distinto. Es claro que las mayores tragedias sufridas por la humanidad, todos los grandes males y sufrimientos que ha vivido el hombre, provienen justamente de este Dios demencial que lo único que hace en todo el libro es eliminar su obra, destruir humanos y advertirnos del enemigo, del demonio.

La pregunta que salta a la mente es ¿Cómo si Dios creó al mundo y a todos los seres vivientes sobre los que tiene poder de vida y muerte, por qué no ha podido deshacerse del demonio? ¿O es que este es tan o más poderoso que él mismo?. Y Luego, ¿cuál es el mal que este ser le hace a la humanidad, salvo la leyenda del famoso pecado original por haber desobedecido Adán bajo su influencia, de no comer del árbol de la sabiduría? Y a todo ésto ¿por que se opuso Dios a que el hombre fuese sabio, distinguiera del bien del mal e incluso que fuera totalmente a su imagen y semejanza, es decir inmortal? ¿Egoísmo?

¿ Quién mandó el diluvio universal que aniquiló a casi toda la humanidad? (Gn 6, 7);
¿quién destruyó la ciudad de Sodoma, haciendo bajar fuego y azufre del cielo? (Gn 19, 24);
¿Quién convirtió en estatua de sal a la pobre mujer de Lot, sólo por haberse dado vuelta y mirar hacia atrás? (Gn 19, 26);
¿quién volvió estéril a Raquel, la segunda mujer de Jacob? (Gn 30, 1-2);
¿quién hizo nacer tartamudo a Moisés? (Éx 4, 1012);
¿quién mató a los niños de las familias egipcias? (Éx 12, 13);
¿quién provocó las derrotas militares de los israelitas (Jos 7, 215; Jc 2, 14-15);
¿quién hizo morir al hijo del rey David, porque su padre había pecado? (2Sam 12, 15);
¿quién causó la triste división política del reino de Israel, que tantas secuelas funestas acarreó entre los hebreos? (1 Rey 11, 9-1 l);
¿quién dejó ciego al ejército de los arameos, cuando atacaron a la ciudad de Dotán? (2Rey 6, 18-20).

Efectivamente fue Yahvé y no Satanás quien envió las serpientes venenosas que mordieron a los israelitas cuando estaban en el desierto (Núm 21, 6); quien produjo un terremoto para que murieran todos los que se habían sublevado contra Moisés (Núm 16, 3132); quien castigó con la lepra a la hermana de Moisés (Deut 24, 9); quien mandó la peste a Israel, en la que murieron 70 mil hombres (2Sam 24, 15); quien provocó una sequía de tres años en todo el país (1 Rey 17, l).
¿Dónde está la mano del tal demonio en estas citas?.
¿En cuál de estas pestes, infortunios, asesinatos y venganzas lo tenemos como ejecutor?

En el libro de Isaías Dios dice: "Yo, Yahvé, creo la luz y las tinieblas; yo mando el bienestar y las desgracias; yo lo hago todo" (44, 7).

¡A confesión de parte, relevo de pruebas.!.





domingo, 16 de enero de 2011

De Pan y de Circo...

“Ante las atrocidades hay que tomar partido, la posición neutral ayuda siempre al opresor, nunca a la víctima. El silencio estimula al verdugo, nunca al que sufre.”
-Elie Wiesel, Sobreviviente del Holocausto, Premio Nobel de la Paz, 1986.


La frase, antigua y manoseada, reza originalmente «Panem et circenses», (literalmente, «pan y juegos del circo») locución latina que hace referencia principalmente a las malas prácticas políticas de gobiernos populistas y también de facto, que recurren a la fácil pero efectiva receta de proveer a las masas, al pueblo, al populacho generalmente desinformado y empobrecido, de alimentos y granjerías gratuitas y entretenimiento de baja calidad, para mantenerlos tranquilos y leales como aliados para sus ladinos proyectos.

Tal expresión peyorativa deviene del siglo I y pertenece al poeta romano Décimo Junio Juvenal y se encuentra en su famosa “Sátira X”, donde describe la costumbre de los emperadores de regalar trigo y entradas para los juegos circenses, para mantener al pueblo distraído de la política y equivale en la actualidad a los reclamos de “pan y fútbol”, “pan y toros”, “pan y religión” o “pan y realities”, que los intelectuales de todos los tiempos han representado a las autoridades, en la búsqueda de fórmulas serias, constructivas e inteligentes para forjar los valores de la sociedad, en vez de la degradante escalada de mal gusto y de encomio a los antivalores y superficialidades que algunas doctrinas, medios de comunicación y gobiernos predican, promueven y financian.

Julio César, al que se le atribuye la frase dicha a Marco Junio Bruto, su antiguo amante, “Tú también Bruto, hijo mío”, en la conspiración de marzo de 44 a. de C. que le costó la vida, mandaba distribuir trigo gratuitamente a unos 200.000 ciudadanos. Tres siglos más tarde todavía Aureliano (270-275), seguía con la costumbre y repartía panes diariamente a cerca de trescientas mil personas. Esta asistencia, como bien saben estos sátrapas, era y sigue siendo muy valorada entre los desposeídos, que no entienden ni les interesa la verdadera intención del donante. Para ellos ese pan, a veces el único alimento para sus hijos, es vital y lo agradecen sin hacer preguntas. Y ese agradecimiento significa corresponder con el voto, porque el hambre no tiene sentido de clase y el hambriento no tiene tiempo de analizar si tras esa acción hay intenciones retorcidas.

Los reyes, los emperadores, los demagogos y los dictadores precisan el favor popular y la única forma de alcanzarlo es regalando a título personal, pero a costa del erario del Estado estas granjerías. ¡Y qué mejor que algo que acalle el hambre producida por sus mismas administraciones; y para las murmuraciones negativas de la gente, un poco de contentamiento, de diversión gratuita!
En la Roma antigua, más de la mitad de la población no trabajaba ni percibía dineros por la práctica de un oficio esporádico. Vivían en feudos de sus señores o eran parcialmente mantenidos por ellos. Aquellos que trabajaban quedaban libres después del mediodía por lo que había mucho tiempo para el ocio, lo que preocupaba a la clase gobernante porque eso implicaba que la gente pensase en su situación y reclamase políticas públicas, condenase la vida privada de los servidores imperiales, escuchase a los enemigos del estado o desprestigiase a sus gobernantes.

Ello explica el celo de todos los emperadores romanos y de los tribunos y aspirantes al senado de potenciar las dádivas al bajo pueblo, usando si era necesario su dinero particular, para entregarles espectáculos y comida como una forma de ganar prestigio y conseguir votos. Lo hacían con gran generosidad y sobre todo con espectacularidad.

Los Romanos eran los dueños del mundo, sus conquistas eran interminables y los Generales y Patricios victoriosos recibían como paga por su servicio al Estado la administración de países, comarcas y feudos. No olvidemos que Roma, en su apogeo llegó a abarcar desde Gran Bretaña al desierto del Sahara y desde la Península Ibérica al Eufrates, provocando un importante florecimiento cultural en cada lugar en el que gobernó, gracias a su gran flexibilidad para aceptar y hasta adoptar las formas de vida de los pueblos conquistados.
Las actividades agrícolas y la mayoría de los oficios estaban a cargo de sus esclavos y siervos, por lo que el dinero abundaba y el tiempo sobraba
Lo que se intentaba permanentemente demostrar por los Tribunos más sobresalientes, era su inclaudicable devoción a su Emperador y a los dioses de Roma, pero sobre todo se buscaba honores y prestigio, para ser merecedores de un cupo en el Foro, en el Senado Romano.Toda esta parafernalia tenía ocurrencia y se manifestaba en los Circos, enormes construcciones del Estado, destinadas a los espectáculos. En Roma había 165 días de fiesta al año y muchas de estas celebraciones duraban semanas y hasta meses. La inauguración del Coliseo, en verdad el anfiteatro Flavio, por el Emperador Tito, el mayor de los cientos de anfiteatros esparcidos por el imperio, que tenía capacidad para 45.000 espectadores, duró cien días consecutivos y el primer día se exhibieron en su majestuoso ruedo 5.000 fieras importadas especialmente de África. Durante esas memorables fiestas fueron sacrificados 9.000 animales que entraron en lucha con cientos de hombres, esclavos, criminales y enemigos del Imperio, espectáculo que emocionaba a los romanos que aplaudían a rabiar a sus favoritos, hombres o bestias, por su valor, destreza en la lucha y forma de morir.El Circo romano llegó a ser era una de las instalaciones lúdicas más importantes de las ciudades romanas, en las que participaban desde el Emperador hasta el último de los ciudadanos. Junto con el Teatro y el Anfiteatro formaba la trilogía del ocio y la cultura romana por antonomasia.

Trajano, en el año 107, celebró el triunfo sobre Dacia, la actual Rumania, con unas fiestas que duraron 4 meses, en las que intervinieron 11.000 fieras salvajes importadas de diferentes selvas del mundo, que lucharon contra 10.000 hombres. Ríos de sangre mancharon las arenas del gigantesco ruedo, antecesor de las hoy tan populares Plazas de Toros. Se sabe, que todos los animales perecieron, pero no hay registro de las bajas humanas, lo que da una idea de la escasa importancia que las personas tenían para esa sociedad corrompida.
Gran parte de los criminales y de los presos de guerra eran destinados a estas luchas sanguinarias. Existían empresas especiales que proporcionaban partidas de gladiadores y Escuelas de lucha que los adiestraban en estas artes, así como también corporaciones que controlaban las apuestas. Esto último, era una fuerte actividad comercial, muy del gusto del pueblo romano, que producía pingües ganancias.

Con el tiempo, la actividad de gladiador dejó de ser exclusivamente para condenados, prisioneros de guerra o esclavos que buscaban su libertad y pasó a ser un derecho de cualquier ciudadano romano. La diferencia estribaba en que algunos eran obligados a hacerlo para servir de diversión a la plebe y otros tenían la opción de hacerlo libremente. Muchos nobles y soldados fueron famosos en el ruedo e incluso varios Emperadores, abiertamente o de incógnito participaron en estas luchas. Calígula, a veces disfrazado de soldado, gustaba de rematar de su propia mano a los heridos y moribundos, acto que le producía gran placer. Cómodo, se atribuyó más de 700 victorias luchando con los más renombrados gladiadores de la época, apostando cada vez, fuertes sumas de dinero a su favor. Obviamente, siempre salía victorioso.

En contra de la creencia popular, también existían mujeres gladiadoras. En el museo Británico, se encuentra un relieve proveniente de Halicarnaso, donde figuran dos gladiadoras famosas conocidas como Achilia y Amazona.

El historiador Tácito, menciona en sus escritos como el Emperador Nerón gustaba de los espectáculos donde quienes luchaban eran mujeres y en sus “Anales”, refiriéndose a los Juegos organizados por éste, donde participaban mujeres nos dice: “sin embargo, muchas mujeres distinguidas y senadores, aparecían en el anfiteatro deshonrándose a sí mismos.”
Por su parte, Petronio, a quien Nerón obligó a suicidarse habla en su "Satiricón”, acerca de una mujer que luchaba en el circo subida en un carro, al igual que los hombres. Y Dion Casio el senador y escritor , nos informa que durante los Juegos celebrados para divertir al rey de Armenia, Nerón ideó una exhibición de Gladiadores con la participación de etíopes, donde figuraban hombres, mujeres y niños. También, que Domiciano, el hermano menor de Tito, a quien sucedió, incluyó en los Juegos que le tocó organizar a mujeres gladiadoras: “El, celebró cacerías de animales salvajes, combates de gladiadores por la noche a la luz de las antorchas y no solo combates entre hombres, si no también combates entre mujeres..” , e incluso, “algunas veces hacía que se enfrentasen enanos y mujeres…”


La base de la alimentación entregada por las grandes escuelas de entrenamiento de gladiadores consistía en una dieta vegetariana alta en proteínas, o bien solo carne. Así conseguían engordar y dar peso y volumen a los cuerpos a los luchadores para otorgarles gran masa muscular como escudo protector contra las heridas profundas y las fracturas que podían sufrir en combate. Otra base esencial de su entrenamiento estaba dada en los ejercicios, masajes y baños diarios. La noche antes del combate los gladiadores eran homenajeados por las más altas autoridades del Imperio en verdaderas orgías donde estos podían cumplir sus más ansiados deseos y placeres.


El espectáculo comenzaba con una marcha a través de la arena. Todos aquellos que combatirían ese día se formaban ante la tribuna Imperial para gritar a viva voz la fórmula tradicional de «Ave, César Imperator, morituri te salutant» (Salve, César emperador; los que van a morir te saludan).


Los emperadores dieron gran solemnidad a las carreras. Ellos hicieron que los Juegos comenzaran con una procesión que dirigía el magistrado que los presidía, pero que a partir de Calígula dirigió el Emperador. En esta procesión figuraban los magistrados, la flor y nata de la juventud y sociedad romana, los Aurigas, los Gladiadores, cerrando la comitiva los sacerdotes y las corporaciones religiosas, las cuales portaban las imágenes de los dioses romanos, con sus símbolos y atributos. Los gladiadores combatían a pie, a caballo y en carros y se les hacia luchar en parejas o en grupos. Generalmente habían de enfrentarse hombres que tuvieran armas diferentes. Entre los gladiadores se distinguían los samnitas, que se presentaban casi desnudos, y llevaban un gran escudo cuadrado y un sable corvo; los mirmillones, armados como los legionarios; los hoplitas, cubiertos de hierro como los caballeros de la Edad Media; los tracios, cubierta la cabeza con casco de anchas alas; y los reciarios, armados solamente con una red de pescar y un tridente.

Luego se iniciaban combates cuerpo a cuerpo, o grupos contra grupos. Las luchas de Gladiadores tenían un morbo atractivo por la sangre humana que se derramaba. Si uno de los contendientes caía gravemente herido, su vida quedaba al arbitrio del público asistente. Si cerrando el puño levantaba el dedo pulgar hacia arriba, era señal de clemencia. Volverlo en dirección a la yugular significaba la muerte del desgraciado. Esta decisión debía ser ratificada por el Emperador, que generalmente decidía no contrariar al público.

Un aspecto desconocido para el grueso público se refiere a las prácticas mágicas, los encantamientos, las maldiciones y los envenenamientos con que frecuentemente los aurigas debían lidiar.
Como en toda sociedad a través de la historia, sin excepción, la maldad humana unida a la ignorancia y la superstición influyeron poderosamente en estas competencias de fuerza, habilidad y barbarie, donde el precio a pagar era para una gran mayoría, -en particular los profesionales del ruedo-, ser muertos en batalla por otros gladiadores o terminar entre las fauces de un tigre.


El culto por el derramamiento de sangre, el sadomasoquismo presente en la lidia del circo romano, las gruesas apuestas envueltas en cada función, dieron cabida a un submundo de envidias, odios y pasiones que finalizaron en la búsqueda de venganzas y asesinatos como desquite por la muerte o derrota de sus seres queridos. Paralelamente, todos los esfuerzos de la familia, seguidores y amigos para evitar que fuesen derrotados, desembocaron en el oscuro universo de la hechicería. Por tanto, era frecuente que los aurigas mismos o los más allegados a su círculo, tuvieran fama de brujos o de envenenadores, la que se acentuaba si tenían reiterados éxitos, tanto así, que la creencia popular creía que la sangre de los gladiadores tenía poderes mágicos y que curaba enfermedades como la epilepsia.
Esto traía de inmediato su contrapartida, es decir, que sus rivales, los grupos de apostadores o el público fanatizado, contratara las artes de otros expertos hechiceros para dar vuelta el resultado de las próximas justas, sin importar que fuera con trampas, con engaños, acción de sicarios, asesinato o la ayuda de los seres demoníacos.

Tales prácticas y maldiciones, estaban orientadas contra los equipos tradicionales de aurigas, en sus distintos colores de blanco, verde, rojo y azul, como hacia los caballos, aurigas o gladiadores y el efecto buscado era delicadamente expresado como “debilitar, incitar y retardar a los caballos ( “in curriculis equos debilitare, incitare, tardare”). Si esto no resultaba, se buscaba los medios, sin escatimar en gastos, para filtrar venenos en el alimento de las bestias o en la comida de los participantes.
Este tipo de maldición era conocida como devotio y consistía en fórmulas mágicas conformadas por palabras esotéricas, griegas o latinas, que llamaban a las fuerzas subterráneas a desarrollar “el mal”, las que a veces eran acompañadas de dibujos y caracteres enigmáticos, que se grababan en una pequeña lámina de plomo, material favorable a Saturno, divinidad de la que se creía odiaba a los hombres, lo que hacía esta fórmula mas eficaz. Luego, esta lámina, debidamente enrollada se colocaba bajo una tumba, para que el muerto la vigilara, realizándose en el lugar ciertos pases mágicos y rituales para asegurarse de su cooperación.

Se conservan muchas de estas maldiciones en forma de tablillas encontradas en diferentes tumbas. Una de ellas, hallada en la tumba de un infante en Túnez, es una lámina de plomo de 11 por 9 centímetros grabada por ambos lados que dice: "te conjuro, demonio, quienquiera que seas, y te pido que desde esta hora, desde este día, desde este momento, tortures y mates a los caballos de los Verdes y de los Blancos, y hagas chocar y mates a los aurigas Claro, Félix, Prímulo y Romano, y no dejes ni el espíritu para ellos; te conjuro a través de éste que te desligó para siempre, el dios del mar y del cielo."

De la otra cara se ve un demonio parado sobre un barco pequeño, que tiene una cresta de gallo sobre su frente. En su diestra tiene un vaso y en la mano izquierda una lámpara. En su pecho ostenta una inscripción “Baitmo /rbit/to” y a su espalda se leen varias palabras mágicas: Cuigeu / censeu / cinbeu / perfleu / diarunco / deasta / bescu / berebescu / arurara / baxagra. Los espertos opinan que se trata de la maldición de un auriga, que recurre a un demonio para eliminar a los aurigas de la competencia. Importa decir que estas artes de hechicería estaban vedadas y que la pena para los infractores era la muerte.

Con razón, el gran historiador alemán Mommsen, autor de una Historia de Roma, ha podido escribir que estas luchas de gladiadores eran "la manifestación y al mismo tiempo, el fomento de la más crasa desmoralización del mundo antiguo…, un espectáculo de caníbales…, la sombra más negra que pesa sobre Roma".

Los aurigas se veían colmados de privilegios y honores si vencían. Si el auriga era un esclavo, con frecuencia recibía la ansiada libertad. En general, los aurigas salían de su condición humilde y recaudaban grandes fortunas gracias a las primas que recibían de los magistrados o del propio emperador y del elevado salario que exigían a los dueños de las cuadras (domini factionum) bajo la amenaza si no se aceptaban sus condiciones, de fichar por otra factio, tal como hacen hoy los futbolistas, jinetes y otros “deportistas”. Por tanto la leyenda que estos triunfadores solo recibían una palma o una corona de laureles no siempre resultó así, siendo quizás tal la tradición de los primeros tiempos.
Los aurigas más famosos de los que se tiene registro, en especial, aquellos que obtuvieron la victoria en más de mil ocasiones fueron Escorpo, que venció 1.042 veces, Pompeyo Epafrodito 1.467, Muscloso 3.559 y el famoso Diocles unas 3.000 veces con bigae y 1.462 con quadrigae o carros de más tiro. De este último se sabe que ganó más de 35 millones de sestercios. Estos héroes eran ensalzados por los poetas, su retrato aparecía en joyas y jarrones y las damas patricias los querían en sus fiestas y salones.

Curiosamente, en septiembre de 2009 la revista Forbes atribuyó el título de la celebridad deportiva más adinerada a Tiger Woods. El golfista estadounidense fue proclamado el primer atleta cuya fortuna había logrado superar la meta de los 1.000 millones de dólares.

Sin embargo, un año después, el profesor Peter Struck, de la Universidad de Pennsylvania (EE. UU.), presentó resultados de una investigación que privaron de ese título honorífico a Woods.

Struck probó que el deportista más rico de todos los tiempos fue Gaius Appuleius Diocles, el conductor de carros más famoso de la Roma Antigua. Durante su carrera logró ganar 35.863.120 sestercios, lo que equivaldría hoy en día a unos 15.000 millones de dólares.

El término gladiador viene del latín gladius (espada), de ahí Gladiator o portador de la espada. A pesar que muchos de estos competidores alcanzaron gran fama y fueron considerados como héroes, algo equivalente a la denominación de “estrellas” del fútbol por ejemplo, primaba un sentimiento de odio y de desprecio hacia ellos entre el pueblo, debido a la pésima reputación, la vida disoluta y los escándalos y abusos que cometían dada su condición de privilegio y las grandes fortunas que acumulaban, conociéndoseles innumerables aventuras amorosas, fenómeno bastante usual también en nuestros tiempos..


En los ocho juegos que dio Augusto durante su reinado lucharon y murieron unos 100.000 hombres, y otros tantos en los extraordinarios de Trajano a que antes aludíamos. Los autores antiguos, especialmente el biógrafo Suetonio, dan muchos detalles de los combates de Gladiadores y de la intervención que en tales fiestas tomaron algunas veces los emperadores.

Por ejemplo Nerón hizo pelear un día en el anfiteatro a cuatrocientos senadores y doscientos caballeros. En ocasiones, se llegaron a poner en escena auténticas batallas navales. Así Augusto organizó con ocasión de la dedicación del Marte Vengador (Mars Ultor), una naumaquia, para lo cual hizo construir un lago, dentro del cual combatieron 30 naves de guerra con 6.000 soldados. Es preciso añadir que estos combates no eran figurados, sino que se hacían de veras, con objeto de fomentar los bajos sentimientos de los espectadores, como si se tratara de un "divertimento" macabro. Tan en serio eran estos combates, que el agua estaba infectada de cocodrilos e hipopótamos, para asegurarse que nadie escapase de la lucha y que los heridos que cayesen al agua brindaran más espectáculo al ser devorados, a los alucinados espectadores.

Tales festejos se celebraban en el teatro, en el circo y en el anfiteatro y solían empezar muy de mañana para finalizar a la puesta de sol. Cuando asistía el Emperador o las fiestas eran financiadas por él, se repartían sorpresas, golosinas y vino. En los Teatros se representaban comedias, tragedias, farsas y pantomimas. En el Circo había carreras de carros y de caballos.


En Roma estaba el circo Máximo, que tenía cupo para trescientos mil espectadores y estas celebraciones se consagraban generalmente a sus dioses.
Estos circos eran construcciones gigantescas, con una planta en forma de paralelogramo alargado, cerrado por un lado en semicírculo; una especie de cancha de fútbol más ancha, de casi un kilómetro de extensión, dividida al medio en casi todo su largo por un murete llamado espina. Los contendores de la prueba corrían con sus carros a ambos lados y las carreras consistían en dar siete vueltas a la pista. En un extremo estaba la gran puerta triunfal que daba paso a los competidores y las gradas de los espectadores ocupaban tres lados de la construcción.


No solo había carreras de cuadrigas, en verdad esos eventos estaban matizados con exhibiciones de destreza hípica mezcladas con acrobacias, carreras de atletas y las competiciones donde se lucían los famosos aurigas, conduciendo sus carros tirados por dos, tres, cuatro y hasta ocho o diez caballos en un mismo tiro, espectáculo que hacía rugir de entusiasmo al público que repletaba las aposentadurías y que gozaban cada vez que estos carros chocaban entre ellos, volcaban y se despanzurraban tanto animales como competidores, atropellados por los cascos de los caballos y las ruedas de los carros siguientes.

Mientras más sangriento y cruel resultaba el espectáculo, más aullaban y se contentaban las masas fanatizadas por estas presentaciones, durante las cuales libaban y cogían comida colocada allí por cuenta del anfitrión de turno. Había días en que la pista se convertía en lago, y entonces se daban batallas navales rememorando sucesos épicos de la antigüedad, las cuales registraban centenares de muertos; había otros tipos de programas denominados Bestiarios, donde el público sabía de de inmediato que versaría sobre luchas a muerte entre guerreros que mostrarían su valor, o prisioneros que defendían su vida contra fieras salvajes y hambrientas. También había días especiales en que se llevaban al anfiteatro los condenados a muerte cuya pena era ser devorados por tigres y otras fieras hambrientas. Este cruel espectáculo, cuyos protagonistas eran en general delincuentes rematados, complotadores, esclavos y prisioneros de guerra incontrolables, de diversas nacionalidades, era esperado con ansiedad, ya que tales sujetos no tenían armas para defenderse y por lo tanto perecían por horrendas heridas inflingidas por estas bestias y luego eran devorados en el lugar.

Los restos de los animales y hombres esparcidos en la arena, eran rápidamente sacados por esclavos que cumplían esta función de aseo. Había otros con paramentos alusivos al
Dios Mercurio, que estaban encargados de verificar la muerte de los participantes. Para ello tocaban con un fierro candente los cuerpos inanimados desparramados por el ruedo. Los heridos debían continuar luchando, pero aquellos cuya gravedad se lo impedía, eran rematados por estos guardias que le clavaban la espada corta desde el cuello hasta alcanzar el corazón. Los gladiadores que morían en la arena eran arrastrados al Espoliario por otros esclavos que estaban al servicio del anfiteatro, los cuales se valían de un garfio de hierro y los sacaban por la puerta llamada de la Muerte.

El Spoliarium era una dependencia donde se amontonaban los cadáveres que iban muriendo en el ruedo, para despojarlos de sus armas y vestiduras. De este acto nació el concepto de expoliar y la palabra expolio. Si los cadáveres no eran reclamados, eran arrastrados a los fosos de las bestias mediante estos ganchos para servirles de alimento.

Esta sanguinaria actividad era esperada con ansias por el público, que aplaudía y hacía jocosos comentarios cada vez que un herido era rematado o algún cadáver era arrastrado hacia los fosos.
El público romano era exigente y no se contentaba con cualquier fiera. Por eso, abundaban los leones, los tigres y los cocodrilos traídos de África que eran comedores de carne por excelencia. .

Unas cifras nos sitúan mejor en este contexto. En los juegos del Emperador Severo (222-235), que duraron siete días, fueron sacrificadas 700 fieras. No se contabilizaban las vidas humanas que caían destrozadas por estos animales. Nerón lanzó una vez una división de pretorianos contra 400 osos y 300 leones, entre los que se entabló una de las luchas más bárbaras que presenció el circo romano, donde fueron muy pocos los sobrevivientes. En Pompeya, se jactaban de la muerte de diez mil soldados en solo ocho inolvidables jornadas donde arrojaron al ruedo 20 elefantes, 600 leones y 400 leopardos, Los soldados solo tenían dardos para defenderse y acabar con las bestias.

Los emperadores a su vez, se esmeraban por que estas presentaciones fuesen cada vez más fastuosas, mejores y más comentadas que las de sus antecesores, no vacilando en programar las más exorbitantes ocurrencias de sus consejeros, similarmente como ocurre hoy con las competencias entre emisoras televisivas, donde los directores artísticos y sus “creativos” se disputan el dudoso mérito de obligarnos a ver sus deleznables creaciones sadomasoquistas llamadas RealitySshow y los famosos programas de farándula.

Estos realities tan de moda, el símil moderno del circo romano, así como ese fisgoneo periodístico en la vida privada de los famosos, donde se busca el enganche masivo de la teleaudiencia ya cautiva; esa que no precisa de ninguna campaña especial para ser atraídos; que constituyen un publico siempre dispuesto para sufrir con telenovelas lloronas; que sienten veneración por los programas rosa y los culebrones de adivinos, tarotistas, numerólogos. astrólogos y otras sandeces producto de la ignorancia más supina, obligan al televidente ordinario que solo busca sana entretención, a tener que saber en detalle la grosera intimidad de gentes que no conoce, que no le interesan y que generalmente encuentra idiotas, sin posibilidad de escape, salvo apagar el televisor.

Esta arbitraria imposición equivale a retroceder al pasado más oscuro del espectáculo del divertimento, convirtiendo el living de la casa en las gradas del circo romano.
Pero ahora, ya no en un colosal anfiteatro para ver una lidia a muerte entre esclavos y fieras, sino para enterarse de la ropa interior que usan las estrellas de cine, de sus infidelidades, de sus vicios secretos, o bien, condenados a ver durante meses las contingencias más retorcidas de ese encierro demencial del Reality de moda, filmado por entrenados sicópatas segundo a segundo, en el excusado, en la cama, fornicando, borrachos, traicionando a sus amigos, defecando, siendo los momentos cumbres aquellos más promiscuos, degenerados o indecentes de esos humanos en exhibición, que simula las jaulas de las bestias cautivas.

Allí, prostitutas o en vías de serlo, homosexuales en ciernes, enfermos mentales, ex delincuentes e hijitos vagos de padres ricos y famosos, así como los más variados especimenes de la rareza humana, nos transmiten sus bajezas y miserias morales, para el gozo y diversión de los fisgones, generalmente gente ociosa, insegura y tormentosa, que en su aburrimiento, sigue estos bodrios televisivos con pasión digna de mejor causa.

Lo más alarmante de este circo mediático, es que estos estrambóticos personajes, escogidos cuidadosamente por sus antecedentes psiquiátricos o conocidas alienaciones, se convierten en “celebridades”, “rostros televisivos” que pasan a engrosar el jet set criollo merced a las elevadas sumas de dinero, spots o propagandas donde son incluidos, constituyéndose en los futuros protagonistas usados por la fabulosa industria de la farándula, para cubrir sus comentarios de escándalos sexuales, de drogas y otros delitos que nutren la prensa y medios de información amarillistas, que son el lógico colofón para estos pobres seres, que pasan de una vida común y superflua a ser astros y figuras públicas, ricas por añadidura, presión que sus naturalezas por fuerza nunca logran racionalizar.

La apuesta televisiva ya no se juega por la cultura, el arte, las maravillas de la naturaleza ni los valores humanos. La constante es “facturar” dinero rápido con el escándalo, el rating, el fisgoneo, los engaños amorosos y las bajas pasiones en toda su degradante diapasón, tal cual como se hacía en la Roma antigua.

Si un tipo es idiota rematado, se le asigna un rol determinado: galán si es chico y feo. Si tiene voz de pito, pues cantante. Si es poco agraciado, inseguro, tartamudo o inculto, se le convence que puede ser un humorista de nota; si fea y poco agraciada ¿ por qué no vedette?. Si estos seres robóticos no generan “noticia”, se les inventa aventuras y deslices. El lema de estas actividades se basa en el antiguo y maquiavélico axioma de “mentir que algo queda” o la insulsa ambigüedad de achacar estas falsedades a fuentes misteriosas como son los “rumores de fuentes confiables…”.

Para eso sirven esa pléyade de sujetos, que a imitación de los Paparazzi de medios de prensa extranjeros, pero en un nivel nacional más deteriorado, corren tras los vehículos desaforados buscando un par de frases y una foto de la “estrella”, que nunca logran.

Paparazzo, en plural paparazzi, para que lo sepan estos aspirantes a cazanoticias, es una palabra de origen italiano, que se usa para denominar al que tiene una conducta de fisgón entrometido, sin escrúpulos, mientras ejerce su oficio de fotógrafo. El nombre es debido al personaje Paparazzo de la película de Federico Fellini La Dolce Vita, y solo después de esta cinta se denomina así a los cultores de la denominada prensa rosa, hoy farándula.

En su esfuerzo por ser también algún día “famosos”, estos pseudo Paparazzi, hacen largas e inútiles esperas en los aeropuertos, en los hoteles, a la salida de los canales televisivos, macilentos y exhaustos, pero dispuestos a demostrar a sus empleadores, que a pesar de no ser todos periodistas ni comunicadores, pueden cubrir esos discutibles acontecimientos a costa de jadeos, mucho sudor o muertos de frío en las madrugadas de insulsa vigilancia.
Después, a pesar del nulo resultado, el canal responsable anunciará pomposamente que “poseen importantes revelaciones de sus enviados especiales”…

Se juega con los sentimientos de estos desgraciados, con los pseudo paparazzi y con las pseudo “figuras”. A estos últimos se les lanza al ruedo y se orquestan contratos muy jugosos, que se pactan entre quienes más tarde los usarán para fabricar los escándalos donde serán primeras figuras. Ellos se creen estos roles y van de escenario en escenario donde representan sus papeles y llegan a creerse galanes, artistas o comediantes, gozando sus minutos de gloria. Todos sabemos que lo hacen pésimo, pero la gracia es reírse de lo ridículo, del contrasentido de escuchar chistes tan insípidos, canciones sin sentido, ver gente tan grotesca e ingenua... creyéndose divos…

Sus creativos, esos genios de la anticultura, saben que durarán poco. Que su destino natural es agotar su irreal personaje y ver fracasar todas sus ilusiones. En el momento que se derrumben, serán esos mismos programas los que se encargarán de hundirlos, sin piedad, de destrozarlos, rematarlos y conducirlos al foso de las bestias de donde nunca regresarán.

Estos monstruos salidos del laboratorio farandulero, construidos con celo y paciencia por estos iluminados del negocio televisivo, constituyen hoy el símil del ruedo pagano y ventilado del pasado, el caldo de cultivo de donde beben tantos jóvenes que ya no quieren instruirse, esforzarse ni ser gente de bien. Para qué, si tantos infames, tarados y torpes gentes, han demostrado hasta la saciedad que en esta sociedad displicente no se necesitan méritos académicos para vivir en la cresta de la ola social; que han logrado fama y se han enriquecido solo mostrando sus desequilibrios emocionales y desenfrenos en pantalla, esos mismos que hicieron que fueran expulsados de sus escuelas básicas, que enloquecieron a sus padres y causaron el rechazo de sus vecinos.

Hoy, muchos de ellos, en base al despliegue farandulesco son considerados ídolos, estrellas, una especie de prototipo de la sociedad de hoy, de la nueva inteligencia artificial del mundo loco y displicente que algunos quieren, figuras por supuesto absolutamente falsas y engañosas. A todos estos héroes de papel, es fácil encontrarlos tratando de hilvanar un par de malas ideas en cualquier centro nocturno de moda, donde venden una hora de permanencia en el lugar, por solo sacar a relucir algunos pelambrillos.


Y si esto fallase, pues todavía los “cerebros” de la pantallita idiota tienen para esta juventud desorientada más opciones; les dicen que pueden ser héroes y enriquecerse como futbolistas, como toreros, raperos, delincuentes arrepentidos o exhibicionistas eróticos de algún antro de moda narrando sus vidas. Y claro, como adivinos, chamanes, tarotistas, yerbateros… Lo que no calculan, es que toda esa venta de quimeras, no es oficio ni profesión, es solo especulación y moda decadente.., Circo.

Hay Circo en la televisión cuando se quiere vender una idea, un dogma, y también cuando se utiliza esta herramienta de comunicación masiva para darle verisimilitud a las supersticiones populares y las superchería en boga. Una cosa es presentar un esquema de los cultos religiosos existentes y otra cosa es aceptar que uno de estos credos transmita sus ceremonias, misas o actividades. Es obvio que si se acepta que un credo transmita sus enseñanzas, todos los demás pueden hacerlo. Se coopera con la educación pública cuando se reseñan los mitos urbanos o los grupos esotéricos, místicos y sectarios, pero nunca cuando se les cede tribuna para proselitismo.


Personalmente catalogo como degradada y mala televisión, cuando en ella hay espacios para esos vendedores de ilusiones, como sacerdotes, adivinos, predicadores, tarotistas o delincuentes. Ninguno de ellos puede enseñarnos nada valioso y sus prédicas salvíficas y experiencias de vida, solo persiguen el diezmo que cobrarán a sus nuevas víctimas, por esas efigies, amuletos y filtros de amor, que desde luego no han sido encantados merced a los efluvios y vibraciones de la alineación positiva de las conjunciones planetarias, ni tienen el poder que les asignan estos charlatanes.