jueves, 27 de mayo de 2010

EL ABSURDO DE LA INFALIBILIDAD PAPAL.

"Vale más una verdad dolorosa que una mentira piadosa". Anónimo.

Dicen que no hay nada más doloroso que llegar a establecer la verdad sobre algo que creíamos diferente y que teníamos por cierto. Eso es lo que debe haberle ocurrido a unas queridas amigas, señoras de cierta edad y reposada vida, que me reclamaron por mis últimos posts acerca de temas críticos sobre la actividad de la Inquisición y la Iglesia Católica en el medievo. Yo no sabía que ellas eran fervientes católicas practicantes y que por ende todo aquello que se refiere a su credo, es considerado, en cierta forma, como un ataque personal a sus convicciones.

Como no podía ser de otra manera, también recibí en mi correo algunos anónimos y tres o cuatro mensajes de personas de diferentes nacionalidades que planteaban su inquietud referente a determinados puntos analizados en estos artículos. A todos ellos les agradezco sus opiniones. De hecho, a los que pude, les envié respuesta, salvo a aquellos, que por elegir colocarse tras la muralla del anonimato, no me fue posible replantearles ninguna argumentación sobre sus juicios. Si puedo asegurarles desde aquí que no soy el anticristo.

Ello me motiva hoy, a dar una respuesta contundente y satisfactoria para sus interrogantes, en la idea que entre los cientos de personas que leyeron tales crónicas, posiblemente hay muchos más, que como los mencionados, no dieron crédito a lo expuesto.

Y esta contestación, concretamente tiene que ser en referencia a las dudas y aseveraciones, que encuentro de toda lógica, planteadas especialmente por mis amigas, las que se negaban a creer que los papas, tenidos por hombres santos por los fieles y muchos de ellos venerados como mártires de la iglesia y santificados en su momento, e incluso como me lo dijeron, por los cuales se reza y se pide su favor en las misas, pudieran tener alguna tacha en sus vidas.
Me contaron que se habían documentado y pedido a sus hijos que investigaran estas aseveraciones en Internet y que para gran dolor y mayor sorpresa, llegaron a la conclusión que efectivamente estas conductas dolosas de los Jefes de la Iglesia están certificadas en numerosos documentos. Pero insistieron en que la historia del juzgamiento del Papa Formoso por otro Papa cuando ya estaba muerto no podía ser real; que el señor cura de su parroquia, les había dicho que estas eran invenciones de los masones. Y que además, nada podría convencerlas de la infalibilidad papal, que según expresaron, era la palabra misma de Dios en la tierra por medio de su representante y la seguridad que la Iglesia daba a sus fieles de que lo que sale de la boca del sumo pontífice en materia religiosa, es sin duda una verdad santa e indiscutible y que ello estaba probado pues en toda la historia de la Iglesia, nunca estos jerarcas se han equivocado.

De nada sirvió que yo le dijera a estas damas, que muchos papas se han contradicho y cometido errores garrafales en sus bulas y dictámenes administrativos dictados ex cátedra y que incluso, lo que ha afirmado un Papa, su sucesor lo ha desautorizado.

Hoy, como expresé más arriba, creo que es importante disipar aquellas dudas y rechazos, especialmente de fieles católicos, que consideran que estas exposiciones son sesgadas e inventadas tal vez por los “enemigos” del catolicismo, creyentes a quienes solo se puede achacar escaso espíritu investigativo para documentarse debidamente y en algunos casos, excesiva credulidad.

Pero no seré yo quién exponga esta respuesta categórica. No sirve que otra vez repita los mismos argumentos latamente explicados anteriormente. Para este efecto, será bueno que los creyentes escuchen a uno de ellos, a un sacerdote católico, a un erudito de la doctrina cristiana y para mayor claridad a un distinguido Obispo, versado en estas materias.
Si me lo permiten, haremos entre todos un acto de magia cibernética. Viajaremos en la línea del tiempo y nos detendremos justo a tiempo para ser mudos y privilegiados testigos del momento preciso en que se realiza en Roma un Concilio Vaticano. No es cualquier Concilio, sino aquel donde se discutió y se determinó que la opinión de los papas era infalible.

Este Concilio Vaticano I, se conoce así, porque fue el primer Concilio celebrado en la Ciudad del Vaticano. Tuvo 4 sesiones: el 8 de Diciembre de 1869, el 6 de enero de 1870; el 24 de abril de 1870 y el 18 de julio de 1870, que es donde ahora nos encontramos.

Como se puede apreciar, el marco que se ofrece a nuestra vista es impresionante, el imponente recinto es una colmena de murmullos donde ni una sola palabra llega nítida a nuestros oídos. Más de setecientos Obispos, cardenales, teológos y funcionarios eclesiásticos, conversan, se mueven y se preparan para continuar con la larga jornada de intervenciones de Obispos y cardenales que enfocan el tema de la Orden del Día: La Constitución Dogmática Pastor Aeternus sobre la Iglesia de Cristo que declara el dogma de la infalibilidad papal.
Pero antes de concentrarnos en lo que ocurre al interior de esta solemne ceremonia, haremos un necesario paréntesis. Tenemos que situarnos en los hechos históricos de esa época y recordar que el Papa de entonces era Pío IX, elegido en 1846, de nombre Giovanni María Giambattista Pietro Pellegrino Isidoro Mastai Ferretti Sollazzi, (ahora Santo, beatificado 3 de septiembre del 2000) quien para su infortunio, debió vivir la tristeza del movimiento revolucionario europeo, que culminó con lo que se conoce como la Unificación de Italia.

Tristeza decimos, porque desde que Napoleón Bonaparte se adueñó de los Estados Pontificios en 1809 y los anexó al Imperio francés, éstas enormes posesiones del papado conocidas como el Tesoro de Pedro y que como ya comentamos fueron obtenidas en base al chantaje vaticano a los reinos europeos, con la carta falsificada de Constantino, ya no eran administradas por la Iglesia.
En ese momento, Napoleón no solo le arrebató al Vaticano los Estados Pontificios, sino que apresó al Papa de entonces Pío VII y lo mantuvo cautivo en Savona.
Cuando Napoleón fue derrotado, efímeramente estas posesiones espúreas, volvieron gracias a las maquinaciones del papado a su poder, pero los nuevos aires revolucionarios derivaron en toda Europa en políticas de unidad nacional, con concentración de sus territorios definitivos.

Cuando el rey sardo-piamontés Carlos Alberto de Saboya declaró la guerra a Austria, el Papa Pío IX no quiso unirse a la causa, actitud que no le perdonó nunca el pueblo romano. El Reino de Piamonte-Cerdeña fue el que lideró la reunificación italiana y su monarca fue Víctor Manuel II, que fue rey de Italia en 1861. En 1860 Víctor Manuel le solicitó formalmente al Papa la entrega de Umbría y de Marcas, los últimos territorios sobre los que la iglesia aún tenía autoridad, pues el resto, se había subordinado de la tuición papal y por resolución plebiscitaria se anexaron al Piamonte.
El Papa, en rebeldía, juntó un ejército y se enfrentó a las tropas piamontesas, pero fue derrotado en Castelfidardo y Ancona y a partir de esa fecha los famosos Estados Pontificios, quedaron definitivamente desmembrados, después de 11 siglos, más de mil años, en que el Vaticano hizo de ellos estados independientes europeos bajo la égida de la Iglesia Católica.

Pío IX se negó a reconocer el reino de Italia, a establecer relaciones diplomáticas con él y rechazó las garantías personales que se ofrecían y excomulgó al rey Víctor Manuel II de Saboya. Mediante la bula Non Expedit prohibió a los católicos, bajo severas penas canónicas, toda participación activa en la política italiana, incluido el sufragio.
En una muestra de desafío, el Papa Pío IX y sus sucesores se autoproclamaron “prisioneros en el Vaticano”, cuando el reino papal en Roma acabó a la fuerza y se negaron a aceptar la pérdida de los Estados Papales y el poder secular.


A su vez, los Estados Papales se integraron al resto de Italia para formar el nuevo Reino de Italia unificado bajo el rey Víctor Manuel II y la ciudad de Roma se convirtió en la capital.

Tuvieron que pasar 59 años hasta que, el 11 de febrero de 1929, Pío XI y Benito Mussolini suscribieran los Pactos de Letrán, en virtud de los cuales la iglesia reconocía a Italia como estado soberano, y ésta hacía lo propio con la Ciudad del Vaticano, pequeño territorio independiente de 44 hectáreas bajo jurisdicción pontificia.


Bien, Concentrémonos ahora en el desarrollo del Concilio. Se apresta a hacer uso de la palabra el Obispo Joseph Georg Strossmayer. A él me refiero cuando digo que no seré yo quien contestará aquellas dudas. Dejo en buenas manos tal responsabilidad.

Este Obispo, como todos los que asisten a este Concilio Vaticano, es un hombre de iglesia y representa a todos los católicos de Croacia-Eslavonia. Fue ordenado sacerdote católico en 1838. Doctor en Filosofía, graduado en Budapest en 1840. Doctor en Teología, graduado en Viena en 1842. Profesor de Ley Canónica en la Universidad de Viena. El 18 de noviembre de 1849 nombrado obispo de Diakovar, con el título oficial de Obispo de Bosnia, Eslavonia y Srijem. Administrador papal de Belgrado.

Su alocución, pausada, con ejemplos y respuestas improvisadas en las constantes interrupciones de que fue objeto, se dice que demoró tres horas.

Ahora escuchémosle, porque su palabra viene del pasado y a pesar que ha sido ocultada cuidadosamente su intervención por la iglesia, su razonamiento ha permanecido en el tiempo incólume, así como su tremenda valentía en defensa de la decencia y la verdad.

Su testimonio, constituye un juicio valórico para quienes buscan descubrir el significado de la fe, la autoridad de lo expresado en los libros sagrados y la libertad de exponer la opinión personal, reflexiva y fundamentada en cualquier tribuna. Sus objeciones no fueron dichas a la distancia, sino en el mismo lugar donde se fraguaba la invención del nuevo dogma de la infalibilidad del Papa.
Quien presidía el Cónclave, era el propio Papa Pío IX, en ejercicio de su cargo y con toda la potestad de que se encuentran investidos los Jefes de la Iglesia. Los convocados, eran Príncipes de la Iglesia, Cardenales y Obispos, Jefes de Congregaciones y los Teólogos más relevantes del catolicismo, que habían venido de todos los lugares del planeta. Y la atmósfera que se vivía en este recinto secreto, al que estamos accediendo por las expresiones de este valiente Obispo Católico, eran de gran tensión.


El Obispo Strossmayer, siguió siendo Obispo después de este Concilio y murió en su cama habiéndosele otorgado los máximas honores y acreditaciones de su rango por el Papa. Supongo que estos antecedentes serán justamente evaluados por los fieles y que sus dichos y aseveraciones no serán puestos en duda.
TIENE LA PALABRA EL OBISPO DE CROACIA JOSEPH GEORG STROSSMAYER:


Venerables Padres y Hermanos:

No sin temor, pero con una conciencia libre y tranquila ante Dios que vive y me ve, tomo la palabra en medio de vosotros, en esta augusta asamblea.
Desde que me hallo sentado aquí con vosotros, he seguido con atención los discursos que se han pronunciado en esta sala, ansiando con grande anhelo que un rayo de luz, descendiendo de arriba, iluminase los ojos de mi inteligencia y permitiese votar los cánones de este Santo Concilio Ecuménico con perfecto conocimiento de causa.

Penetrado del sentimiento de responsabilidad, por lo cual Dios me pedirá cuenta, me he propuesto estudiar con escrupulosa atención los escritos del Antiguo y Nuevo Testamento y he interrogado a estos venerables monumentos de la verdad, para que me diesen a saber si el Santo Pontífice, que preside aquí, es verdaderamente el sucesor de San Pedro, Vicario de Jesucristo e Infalible doctor de la Iglesia.

Para resolver esta grave cuestión me he visto precisado a ignorar el estado actual de las cosas y a transportarme en mi imaginación, con la antorcha del Evangelio en las manos, a los tiempos que ni el Ultramontanismo ni el Galicanismo existían, y en los cuales la Iglesia tenía por doctores a San Pablo, San Pedro, Santiago y San Jorge, doctores a quienes nadie puede negar la autoridad divina sin poner en duda lo que la Santa Biblia, que tengo delante, nos enseña y la cual el Concilio de Trento proclamó como la regla de la fe y de la moral.

He abierto, pues, estas sagradas páginas: y bien, ¿me atreveré a decirlo..?

Nada he encontrado que sancione próxima o remotamente la opinión de los ultramontanos. Aún es mayor mi sorpresa, porque no encuentro en los tiempos apostólicos nada que haya sido cuestión de un Papa sucesor de San Pedro y Vicario de Jesucristo, como tampoco a Mahoma que no existía aun.

Vos, monseñor Manning, diréis que blasfemo; y vos, monseñor Fie, diréis que estoy demente. ¡No, monseñores, no blasfemo, ni estoy loco! Ahora bien, habiendo leído todo el Nuevo Testamento, declaro ante Dios con mi mano elevada al gran Crucifijo, que ningún vestigio he podido encontrar del Papado, tal como existe ahora.

No me rehuséis vuestra atención, mis venerables hermanos, y con vuestros murmullos e interrupciones justifiquéis a los que dicen como el padre Jacinto, que este Concilio no es libre, porque vuestros votos han sido de antemano impuestos. Si tal fuese el hecho, esta augusta asamblea, hacia la cual todas las miradas del mundo están dirigidas, caería en el más grande descrédito.

Si deseáis ser grandes, debemos ser libres. Agradezco a su excelencia, monseñor Dupanloup, el signo de aprobación que hace con la cabeza. Esto me alienta y prosigo. Leyendo, pues, los santos Libros con toda la atención de que el Señor me ha hecho capaz, no encuentro un sólo capítulo, o un versículo, en el cual Jesús dé a San Pedro la jefatura sobre los apóstoles, sus colaboradores.
Si Simón, el hijo de Jonás, hubiese sido lo que hoy día creemos sea su Santidad Pío IX, extraño es que no les hubiese dicho: "Cuando haya ascendido a mi Padre, debéis todos obedecer a Simón Pedro, así como ahora me obedecéis a mí. Le establezco por mi Vicario en la tierra”.

No solamente calla Cristo sobre este particular, sino que piensa tan poco en dar una cabeza a la Iglesia, que cuando promete tronos a sus apóstoles, para juzgar a las doce tribus de Israel (Mateo, 19:28), les promete doce, uno para cada uno, sin decir que de entre dichos tronos uno sería más elevado, el cual pertenecía a Pedro.

Indudablemente, si tal hubiese sido su intento, lo indicaría. ¿Que hemos de decir de su silencio? La lógica nos conduce a la conclusión de que Cristo no quiso elevar a Pedro a la cabecera del colegio apostólico. Cuando Cristo envió a los apóstoles a conquistar el mundo, a todos dio la promesa del Espíritu Santo. Permitidme repetirlo: si El hubiese querido constituir a Pedro en su Vicario, le hubiera dado el mando supremo sobre su ejército espiritual.

Cristo, así lo dice la Santa Escritura, prohibió a Pedro y a sus colegas reinar o ejercer señorío o tener potestad sobre los fieles, como hacen los reyes gentiles. (Lucas, 22, 25, 26). Si San Pedro hubiese sido elegido Papa. Jesús no diría esto; porque según vuestra tradición, el Papado tiene en sus manos dos espadas, símbolos del poder espiritual y temporal.

Hay una cosa que me ha sorprendido muchísimo: Resolviéndola en mi mente me he dicho a mi mismo: si Pedro hubiese sido elegido Papa, ¿se permitiría a sus colegas enviarle con San Juan a Samaria para anunciar el Evangelio del Hijo de Dios? (Hechos, 2:15).

¿Que os parecería, venerables hermanos, si nos permitiésemos ahora mismo enviar a su Santidad Pío IX, y a su eminencia monseñor Plautier al Patriarca de Constantinopla para persuadirle a que pusiese fin al cisma del Oriente?

Más, he aquí otro hecho de mayor importancia. Un Concilio Ecuménico se reúne en Jerusalén para decidir cuestiones que dividían a los fieles. ¿Quien debiera convocar este Concilio si San Pedro fuese Papa? Claramente San Pedro ¿Quién debiera presidirlo? San Pedro o su delegado. ¿Quien debiera formar o promulgar los cánones? San Pedro.
Pues bien, ¡Nada de esto sucedió! Nuestro apóstol asistió al Concilio, así como los demás, pero no fue quien reasumió la discusión sino Santiago y cuando se promulgaron los decretos se hizo en nombre de los apóstoles ancianos y hermanos. (Hechos, 15).

¿Es esta la práctica de nuestra Iglesia? Cuanto más lo examino, ¡Oh venerables hermanos! tanto más estoy convencido que en las Sagradas Escrituras, el hijo de Jonás no parece ser el primero.

Ahora bien; mientras nosotros enseñamos que la Iglesia está edificada sobre SanPedro, San Pablo, cuya autoridad no puede dudarse, dice en su epístola a los Efesios, 2:2o, que “está edificada sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Cristo mismo”.
Este mismo apóstol cree tan poco en la supremacía de Pedro, que abiertamente culpa a los que dicen: "somos de Pablo, somos de Apolo (1º. Corintios 1:12) ; así como culpa a los que dicen: "somos de Pedro".
Si este último apóstol hubiese sido el Vicario de Cristo, San Pablo se habría guardado bien de no censurar con tanta violencia a los que pertenecían a su propio colega. El mismo apóstol Pablo, al enumerar los oficios de la Iglesia, menciona apóstoles, profetas, evangelistas, doctores y pastores.

¿Es creíble, mis venerables hermanos, que San Pablo, el gran apóstol de los gentiles, olvidase el primero de estos oficios del Papado, si el Papado fuera de divina institución? Este olvido me parece tan imposible como el de un historiador de este Concilio que no hiciese mención de su Santidad Pío IX. (Varias veces: ¡Silencio, hereje, silencio!

Calmaos, venerables hermanos, que todavía no he concluido. Impidiéndome que prosiga, manifestaríais al mundo que procedéis sin justicia, cerrando la boca de un miembro de esta asamblea.

Continuaré: el apóstol Pablo no hace mención en ninguna de sus epístolas, a las
diferentes iglesias, de la primacía de Pedro. ¿Si esta primacía existiese, si, en una palabra, la Iglesia hubiese tenido una cabeza suprema dentro de sí, infalible en enseñanzas, podría el gran apóstol de los gentiles olvidar el mencionarla? ¡Que digo! Más probable es que hubiese escrito una larga epístola sobre esta importante materia.

Entonces, cuando el edificio de la doctrina cristiana fue erigido ¿podría, como lo hace, olvidarse de la fundición, de la clave del arco? Ahora bien; si no opináis que la Iglesia de los apóstoles fue herética, lo que ninguno de vosotros desearía u osaría decir, estamos obligados a confesar que la Iglesia nunca fue mas bella más pura, ni mas Santa que en los tiempos en que no hubo Papa. (Gritos de: ¡No es verdad!)

¿No es verdad? No. Digo monseñor Laval, "No", Si alguno de vosotros, mis venerables hermanos, se atreve a pensar que la Iglesia que hoy tiene un Papa por cabeza, es más firme en la fe, más pura en la moralidad que la Iglesia apostólica, dígalo abiertamente ante el universo, puesto que este recinto es un centro desde el cual nuestras palabras volarán de polo a polo.

Prosigo: ni en los escritos de San Pablo, San Juan o Santiago se descubre traza alguna o germen del poder Papal.
San Lucas, el historiador de los trabajos misioneros de los apóstoles, guarda silencio sobre este importantísimo punto. El silencio de estos hombres santos, cuyos escritos forman parte del canon de las divinamente inspiradas Escrituras me parece tan penoso e imposible si Pedro fuese Papa, y tan inexcusable como si Thievs, escribiendo la historia de Napoleón Bonaparte, omitiese el título de emperador.

Veo delante de mí un miembro de la asamblea que dice señalándome con el dedo: "¡Ahí está un obispo cismático, que se ha introducido entre nosotros con falsa bandera".

No, no, mis venerables hermanos; no he entrado en esta augusta asamblea como un ladrón por la ventana sino por la puerta, como vosotros; mi título de obispo me dio derecho a ello, así como mi conciencia cristiana me obliga a hablar y decir lo que creo sea verdad.

Lo que más me ha sorprendido y que, además, se puede demostrar es el silencio del mismo San Pedro. Si el apóstol fuese lo que proclamáis que fue, es decir, Vicario de Jesucristo en la tierra, él, al menos, debiera saberlo. Si lo sabía ¿como sucede que ni una sola vez obró como Papa?

Podría haberlo hecho el día de Pentecostés, cuando predicó su primer sermón, y no lo hizo; en el Concilio de Jerusalén, y no lo hizo; en Antioquia, y no lo hizo; como tampoco lo hace en las dos epístolas que dirige a la Iglesia. ¿Podéis imaginaros un tal Papa, mis venerables hermanos, si es que Pedro era Papa?

Resulta, pues, que si queréis sostener que fue Papa, la consecuencia natural es que él no lo sabía.
Ahora pregunto a todo el que tenga cabeza con que pensar y mente con qué reflexionar: ¿son posibles estas dos suposiciones? Digo, pues, que mientras los apóstoles vivían, la Iglesia nunca pensó que había Papa. Para sostener lo contrario, sería necesario entregar las Sagradas Escrituras a las llamas o ignorarlas por completo. Pero escucho decir por todos lados: "Pues qué, ¿no estuvo San Pedro en Roma? ¿No fue crucificado con la cabeza abajo? ¿No se hallan los lugares donde enseñó, y los altares donde dijo misa, en esta ciudad eterna?
Que San Pedro haya estado en Roma, reposa, mis venerables hermanos, sólo sobre la tradición; más aún, si hubiese sido obispo de Roma ¿cómo podéis probar con su episcopado su supremacía?

Scaligero, uno de los hombres más eruditos, no vacila en decir que el episcopado de San Pedro y su residencia en Roma, deben clasificarse entre las leyendas ridículas.
("Repetidos gritos: ¡Tapadle la boca; hacedle descender del púlpito).

Venerables hermanos, estoy pronto a callarme, más ¿no es mejor en una asamblea como la nuestra, probar todas las cosas como manda el apóstol y creer todo lo que es bueno?.

Pero, mis venerables amigos, tenemos un dictador ante el cual todos debemos postrarnos y callar, aún su Santidad Pío IX, e inclinar la cabeza. Ese dictador es la historia.
Esta no es como un legendario que puede reformar el estilo con que el alfarero hace su barro, sino como un diamante que esculpe en el cristal palabras, indelebles. Hasta ahora me he apoyado sólo en ella, y no encuentro vestigio alguno del Papado en los tiempos apostólicos; la falta es suya; no es mía.

¿Queréis quizá colocarme en la posición de un acusado de mentira? Hacedlo si podéis.
Oigo a la derecha estas palabras: "Tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi Iglesia" (Mat. 16: 18). Contestaré esta objeción después, mis venerables hermanos; más, antes de hacerlo, deseo presentaros el resultado de mis investigaciones históricas.

No hallando ningún vestigio del Papado en los tiempos apostólicos, me dije a mí mismo: quizá hallaré al papa en los cuatro primeros siglos y no he podido dar con él. Espero que ninguno de vosotros dudará de la gran autoridad del santo obispo de Nipona, el grande y bendito San Agustín. Este piadoso doctor, honor y gloria de la Iglesia católica, fue secretario en el Concilio de Melina. En los decretos de esa venerable Asamblea, se
hallan estas palabras: "Todo el que apelase a los de otra parte del mar, no será admitido en la comunión por ninguno en el África”.

Los obispos de África reconocían tan poco a los obispos de Roma que castigaban con excomunión a los que recurriesen a su arbitrio. Estos mismos obispos en el sexto Concilio de Cartago, celebrado bajo Aurelio obispo de dicha ciudad, escribieron a Celestino, obispo de Roma, amonestándole que no recibiese a los obispos, sacerdotes o clérigos de África; que no enviase más legados o comisionados y que no introdujese el orgullo humano en la Iglesia.

Que el patriarca de Roma había desde los primeros tiempos, tratado de atraerse a sí mismo toda autoridad, es un hecho evidente; y lo es también igualmente, que no poseía la supremacía que los Ultramontanos le atribuyen. Si la poseyese, ¿osarían los obispos de África, San Agustín entre ellos, prohibir apelaciones a los decretos de su supremo tribunal? Confieso, sin embargo, que el patriarca de Roma ocupaba el primer puesto.

Una de las Leyes de Justiniano dice: "Mandamos, conforme a la
definición de los cuatro Concilios, que el Santo Papa de la antigua Roma sea el primero de los obispos, y que su alteza el arzobispo de Constantinopla, que es la nueva Roma, sea el segundo".

Inclínate, pues, a la supremacía del Papa, me diréis.

No corráis tan apresurados a esa conclusión mis venerables hermanos, porque la Ley de
Justiniano lleva escrito al frente: “del orden de sedes patriarcales". Procedencia es una cosa, y el poder de jurisdicción es otra. Por ejemplo: suponiendo que en Florencia se reuniese una asamblea de todos los obispos del reino, la procedencia se daría naturalmente al primado de Florencia, así como entre los occidentales se concedería al patriarca de Constantinopla y en Inglaterra al Arzobispo de Canterbury. Pero ni el primero, segundo o tercero, podría aducir de la asignada posición una jurisdicción sobre sus compañeros.

La importancia de los obispos de Roma procede no de un poder divino sino de la importancia de la ciudad donde está la Sede.

Monseñor Darvoy no es superior en dignidad al arzobispo de Avignón; más, no obstante, París le da una consideración que no tendría, si en vez de tener su palacio en las orillas del Sena se hallase sobre el Ródano.
Esto que es verdadero en la jerarquía religiosa, lo es también en materias civiles y políticas. El prefecto de Roma no es más que un prefecto como el de Pisa; pero civil y políticamente es de mayor importancia aquel.

He dicho ya que desde los primeros siglos, el patriarca de Roma aspiraba al gobierno universal de la Iglesia; desgraciadamente casi lo alcanzó; pero no consiguió ciertamente sus pretensiones, porque el emperador Teodosio II hizo una Ley, por la cual estableció que el Patriarca de Constantinopla tuviera la misma autoridad que el de Roma.

Los padres del Concilio de Calcedonia, colocan a los obispos de la antigua y de la nueva Roma en la misma categoría de todas las cosas, aun en las eclesiásticas. (Can. 28).
El sexto Concilio de Cartago prohibió a todos los obispos que se abrogasen el título de príncipes de los obispos u obispos soberanos.


En cuanto al título Obispo Universal, que los Papas se abrogaron más tarde Gregorio I, creyendo que sus sucesores nunca pensarían en adornarse con él, escribió estas notables palabras: "Ninguno de mis antecesores ha consentido en llevar este título profano, porque cuando un Patriarca se abroga a sí mismo el nombre de universal, el título de patriarca sufre descrédito. Lejos esté pues de los cristianos, el deseo de darle un título que cause descrédito a sus hermanos". San Gregorio dirigió estas palabras a su colegio de Constantinopla que pretendía hacerse primado de la Iglesia.

El Papa Pelagio II llamaba a Juan, obispo de Constantinopla, que aspiraba al sumo pontificado, impío y profano. "No se le importe", decía, "El título universal" que Juan ha usurpado ilegalmente, que ninguno de los patriarcas se abrogue ese nombre profano, porque ¿cuantas desgracias no debemos esperar si entre los sacerdotes se suscitan tales ambiciones?

Alcanzarían lo que se tiene predicho de ellos: "El es el rey de los hijos del orgullo". (Pelagio" Lett. 13).

Estas autoridades, y podría citar cien más de igual valor, ¿no prueban con una claridad igual al resplandor del sol en medio del día, que los primero obispos de Roma no fueron reconocidos como obispos y cabezas de la Iglesia, sino hasta tiempos muy posteriores?

Y por otra parte ¿quién no sabe que desde el año 325, en el cual se celebró el primer Concilio de Nicea, hasta 580, año en que fue celebrado el segundo Concilio Ecuménico de Constantinopla, y entre más de 1,109 obispos que asistieron a los primeros seis Concilios Generales, no se hallaron presentes más que 19 obispos de occidente?

¿Quién ignora que los Concilios fueron convocados por los emperadores, sin siquiera informarle de ello, y frecuentemente aun en oposición a los deseos del obispo de Roma?

O,¿que Osio, obispo de Córdova, presidió el primer Concilio de Nicea y redactó sus cánones? El mismo Osio, presidiendo después el Concilio de Sárdica, excluyó al legado de Julio, obispo de Roma. No diré más, mis venerables hermanos, y paso a hablar del gran argumento a que me referí anteriormente para establecer el Primado del obispo de Roma.

Por la roca (pétrea), sobre que la Santa Iglesia está edificada, entendéis que es Pedro.
Si esto fuera verdad, la disputa quedaría terminada; más nuestros antepasados, y ciertamente debieron saber algo, no se oponían sobre esto como nosotros, San Cirilo, en su cuarto libro sobre la Trinidad, dice: "Creo por la roca debéis entender la fe inmóvil de los apóstoles".

San Hilario, obispo de Poitiers, en su segundo libro sobre la Trinidad, dice: "La roca (pétrea) es la bendita y sola roca de la fe confesada por la boca de San Pedro"; y en su sexto libro de la trinidad dice: "Es sobre esta roca de la confesión, de la fe, que la Iglesia está edificada".

"Dios, dice San Jerónimo, en el sexto libro sobre San Mateo; ha fundado su Iglesia sobre esta roca, y es de esta roca que el apóstol Pedro fue apellidado". De conformidad con él, San Crisóstomo dice en su Homilía 53 sobre San Mateo: "Sobre esta roca edificaré mi Iglesia, es decir, sobre la fe de la confesión".

Ahora bien, ¿cuál fue la confesión del apóstol? Hela aquí: "Tu eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente".

Ambrosio, el santo arzobispo de Milán, sobre el segundo capítulo de la Epístola a los Efesios; San Basilio de Selencia y los padres del Concilio de Calcedonia, enseñan precisamente la misma cosa.

Entre todos los doctores de la antigüedad cristiana, San Agustín ocupa uno de los primeros puestos por su sabiduría y santidad. Escuchad, pues, lo que escribe sobre la primera epístola de San Juan: "¿Que significan las palabras edificaré mi Iglesia sobre esta roca, sobre esta fe, sobre eso que dices, tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente"?

En su tratado 124 sobre San Juan, encontramos esta muy significativa frase: "Sobre esta roca, que tu has confesado, edificaré mi Iglesia, puesto que Cristo mismo es la roca".

El gran obispo creía tan poco que la Iglesia fuese edificada sobre San Pedro, que dijo a su grey en su sermón 13: "Tú eres Pedro y sobre esta roca (pétrea) que tú has confesado, sobre esta roca que tú has reconocido: "Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente. La edificaré sobre mí mismo, y no sobre tí"

Lo que San Agustín enseña sobre este célebre pasaje, era la opinión de todo el mundo
cristiano en sus días; por consiguiente, reasumo y establezco:
1o. Que Jesús dio a sus apóstoles el mismo poder que dio a Pedro.
2o. Que los apóstoles nunca reconocieron en San Pedro al Vicario de Jesucristo y al infalible doctor de la Iglesia.
3o. Que los Concilios de los cuatro primeros siglos, mientras reconocían la alta posición que el obispo de Roma ocupaba en la Iglesia por motivo de Roma, tan sólo le otorgaron una preeminencia honoraria, nunca el poder y la jurisdicción.
4o. Que los Santos padres en el famoso pasaje "Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia", nunca entendieron que la Iglesia estaba edificada sobre San Pedro, sino sobre la roca, es decir, sobre la confesión de la fe del apóstol.

Concluyo victoriosamente, conforme a la historia, la razón, la lógica el buen sentido y la conciencia cristiana, que Jesucristo no dio supremacía alguna a San Pedro, y que los Obispos de Roma no se constituyeron soberanos de la Iglesia, sino tan sólo confesando uno por uno todos los derechos del episcopado. (Voces: ¡Silencio! insolente. Protestante. ¡Silencio!)

¡No soy un protestante insolente! La historia no es católica, ni anglicana, ni Calvinista, ni Luterana, ni Armeniana, ni Griega Cismática, ni Ultramontana. Es lo que es decir, algo más poderoso que todas las confesiones de la fe, que todos los Cánones de los Concilios Ecuménicos.
Escribid contra ella si osáis hacerlo, más no podréis destruirla, como tampoco sacando un ladrillo del Coliseo, podríais hacerlo derribar. Si he dicho algo que la historia pruebe ser falso, enseñádmelo con la historia; y sin un momento de titubeo, haré la más honorable apología. Más tened paciencia, y veréis que todavía no he dicho todo lo que quiero y puedo y aun si la pira fúnebre me aguardase en la Plaza de San Pedro, no callaría, porque me siento precisado a proseguir.

Monseñor Dupanleup, en sus célebres "Observaciones" sobre este Concilio Vaticano, ha dicho, y con razón, que si declaramos a Pío IX infalible, deberemos necesariamente, y de lógica natural, vernos precisados a mantener que todos sus predecesores eran también infalibles. Pero, venerables hermanos, aquí la historia levanta su voz con autoridad, asegurándonos que algunos Papas erraron. Podréis contestar contra esto o negarlo, si así os place; más yo lo probaré.

El Papa Víctor (192) primero aprobó el montanismo y después lo condenó. Marcelino (296 a 303) era un idólatra. Entró en el Templo de Vesta y ofreció incienso a la diosa. Diréis que fue acto de debilidad, pero contesto: Un Vicario de Jesucristo muere, más no se hace apóstata.
Liberio (358) consintió en la condenación de Atanasio; después hizo profesión de Arianismo para lograr que se revocase el destierro y se le restituyese su sede.
Honorio (625) se adhirió al monotolismo; el padre Gatry lo ha probado hasta la evidencia.
Gregorio I (578 a 590) llama Anticristo a cualquiera que se diese el nombre de Obispo Universal; y al contrario, Bonifacio III (607 a 608) persuadió al emperador parricida, Phocas a que le confiriera dicho título.
Pascal II (1088 a 1099) y Eugenio III (1145 a 1153) autorizaron los desafíos, mientras que Julio II (1599) y Pío IV (1560) los prohibieron.
Eugenio IV (1431 a 1439) aprobó el Concilio de Basilea y la restitución del cáliz a la Iglesia Bohemia, y Pío II (1458) revoca la concesión.
Adriano II (867 a 872) declaró válido el matrimonio civil; pero Pío VII (1800 a 1823) lo condenó.
Sixto V (1585 a 1590) compró una edición de la Biblia y con una bula recomendó su lectura; más Pío VII condenó su lectura.
Clemente XIV 1700 a 1721) abolió la Compañía de los Jesuitas, permitida por Pablo II, y
Pío VII la restableció.

Más, ¿a que buscar pruebas tan remotas? ¿No ha hecho otro tanto nuestro santo padre que está aquí, en su bula, dando reglas para este mismo Concilio, en el caso de que muriese mientras se halla reunido, revocando cuanto en tiempos pasados fuese contrario a ello, aun cuando procediese de las decisiones de sus predecesores?

Y, ciertamente, si Pío IX ha hablado ex cátedra, no es cuando desde lo profundo de su tumba impone su voluntad sobre los soberanos de la Iglesia.

Nunca concluiría mis venerables hermanos, si tratase de presentar a vuestra vista las contradicciones de los Papas en sus enseñanzas; por lo tanto, si proclamáis la infalibilidad del Papa actual, tendréis que probar o bien que los Papas nunca se contradijeron, lo que es imposible, o bien tendréis que declarar que el Espíritu Santo os ha revelado que la infalibilidad del Papado es tan sólo de fecha 1870.

¿Sois bastante atrevidos para hacer esto? Quizá los pueblos estén indiferentes y dejen pasar cuestiones teológicas que no entienden y cuya importancia no ven; pero aun cuando sean indiferentes a los principios, no lo son en cuanto a los hechos.
Pues bien, no os engañéis a vosotros mismos. Si decretáis el dogma de la infalibilidad Papal, los protestantes, nuestros adversarios, montarán la brecha, con tanta más bravura cuanto tienen la historia de su lado, mientras que nosotros sólo tendremos nuestra negación que oponerles.

¿Qué les diremos cuando expongan a todos los obispos de Roma, desde los días de Lucas hasta su Santidad Pío IV? ¡Ay! Si todos hubiesen sido como Pío IX triunfaríamos en toda la línea; más, ¡desgraciadamente no es así! (Gritos de: ¡Silencio, silencio! ¡Basta, basta!)


¡No gritéis, monseñor! Temer a la historia es confesaros derrotados. Y, además, aun si pudierais hacer correr toda el agua del Tíber sobre ella, no podrías borrar ni una sola de sus páginas. Dejadme hablar y seré tan breve como sea posible en este importantísimo asunto.

El Papa Virgilio (538) compró el papado a Belisario, teniente del emperador Justiniano. Es verdad que rompió su promesa y nunca pagó por ello. ¿Es esta una manera canónica de ceñirse la tiara?
El segundo Concilio de Calcedonia lo condenó formalmente. En uno de sus cánones se lee: "El obispo que obtenga su episcopado por dinero, lo perderá y será degradado". El Papa Eugenio III (1145) imitó a Virgilio.

San Bernardo, la estrella brillante de su tiempo, reprendió al Papa, diciéndole:" ¿Podrás enseñarme en esta gran ciudad de Roma alguno que os hubiere recibido por Papa sin haber primero recibido oro o plata por ello?

Mis venerables hermanos: ¿será Papa el que establece un banco a las puertas del templo, inspirado por el Espíritu Santo? ¿Tendrá derecho de enseñar a la Iglesia la infalibilidad? Conocéis la historia de Formoso demasiado bien, para que yo pueda añadir nada.
Esteban VI hizo exhumar su cuerpo vestido con ropas Pontificales; hizo cortarle los dedos con que acostumbraba dar la bendición y después lo hizo arrojar al Tíber, declarando que era un perjuro e ilegítimo.
Entonces el pueblo aprisionó a Esteban lo envenenó y lo agarrotaron. Más, ved cómo las cosas se arreglaron. Romano, sucesor de Esteban, y tras él, Juan X, rehabilitaron la memoria de Formoso.

Quizá me diréis, esas son fábulas no historia. ¡Fábulas: Id, monseñores, a la librería del Vaticano y leed a Platina, el historiador del Papado, y los anales del Baronio (897). Estos son hechos qué, por honor de la Santa Sede, desearíamos ignorar; más cuando se trata de definir un dogma que podría provocar un gran cisma en medio de nosotros, el amor que abrigamos hacia nuestra venerable madre la Iglesia Católica, apostólica y Romana, ¿deberá imponernos el silencio?
Prosigo, El erudito cardenal Baronio, hablando de la corte Papal, dice: .....
Haced atención, mis venerables hermanos, a estas palabras. "¿Que parecía la Iglesia Romana en aquellos tiempos?

¡Que infamia! Sólo las poderosísimas cortesanas gobernaban en Roma. Eran
ellas las que daban, cambiaban y se tomaban obispos; y, ¡horrible! es relatarlo, hacían a sus amantes, los falsos Papas, subir al trono de San Pedro". (Baronio, 912).

Me contestaréis: esos eran Papas falsos, no los verdaderos. Séalo así, más en este caso, si por cincuenta años la Sede de Roma se hallaba ocupada por anti - Papas, ¿cómo podréis reunir el hilo de la sucesión Papal?

¡Pues qué! ¿Ha podido la Iglesia existir, al menos por el término de un siglo y medio sin cabeza, hallándose acéfala?

¡Notad bien! La mayor parte de esos anti-Papas se ven en el árbol genealógico del Papado y, seguramente, deben ser éstos los que describe Baronio, por que aun
Genebrardo el gran adulador de los Papas, se atrevió a decir en sus crónicas (901): "Este centenario a sido desgraciado, puesto que por cerca de ciento cincuenta años los Papas han caído de las virtudes de sus predecesores y se han hecho apóstatas más bien que apóstoles".


Bien comprendo porqué el ilustre Baronio se avergonzaba al narrar los actos de obispos romanos.
Hablando de Juan XI (931), hijo natural del Papa Sergio y de Marozia, escribió estas palabras en sus Anales: "La Santa Iglesia, es decir la Romana, ha sido vilmente atropellada por un monstruo.

Juan XII (956), Elegido Papa a la edad de 18 años, mediante las influencias de las cortesanas, no fue en nada mejor que su predecesor".
Me desagrada, mis venerables hermanos, tener que mover tanta suciedad. Me callo tocante a Alejandro VI padre y amante de Lucrecia; doy la espalda a Juan XXII (1219) que negó la inmortalidad del alma y que fue depuesto por el Santo Concilio Ecuménico de Constanza.

Algunos alegarán que este Concilio sólo fue privado. Séalo así; pero si le negáis toda clase de autoridad, deberéis deducir como consecuencia lógica, que el nombramiento de Martín V (1417) era ilegal. Entonces, ¿donde va a parar la sucesión Papal? ¿Podréis hallar su hilo? No hablo de los cismas que han deshonrado a la Iglesia. En esos desgraciados tiempos la sede de Roma se halla ocupada por dos y a veces hasta por tres competidores. ¿Quién de estos era el verdadero Papa?

Resumiendo una vez más, vuelvo a decir que, si decretáis la infalibilidad del actual obispo de Roma, deberíais establecer la infalibilidad de todos los anteriores, sin excluir a ninguno. Más, ¿podréis hacer esto cuando la historia está allí probando con una claridad igual a la del sol mismo, que los Papas han errado en sus enseñanzas? ¿Podréis hacerlo y sostener que Papas avaros, incestuosos, homicidas, simoniacos, han sido Vicarios de Jesucristo?

¡Ay, venerables hermanos!, mantener tal enormidad sería hacer traición a Cristo peor que Judas; sería echarle suciedad a la cara. (Gritos: ¡Abajo del púlpito! ¡Cerrad! la boca del hereje)

Mis venerables hermanos, estáis gritando. ¿Pero no sería más digno pesar mis razones y mis palabras en la balanza del santuario? Creedme, la historia no puede hacerse de nuevo; allí está y permanecerá por toda la eternidad, protestando enérgicamente contra el dogma de la infalibilidad Papal. Podéis declararla unánime, ¡pero faltaría un voto, y ese será el mío. Los verdaderos fieles, monseñores, tienen los ojos sobre nosotros, esperando de nosotros algún remedio, para los innumerables males que deshonran la Iglesia. ¿Desmentiréis sus esperanzas?

¿Cuál no será nuestra responsabilidad ante Dios, si dejamos pasar esta solemne ocasión que Dios nos ha dado para curar la verdadera fe?

Abracémosla, mis hermanos; amémonos con un ánimo santo; hagamos un supremo y generoso esfuerzo. Volvamos a la doctrina de los apóstoles, puesto que fuera de ella, no hay más que horrores, tinieblas y tradiciones falsas. Aprovechemos de nuestra razón e inteligencia, tomando a los apóstoles y profetas por nuestros únicos maestros, en cuanto a la cuestión de las cuestiones:
"¿Que debo hacer para ser salvo? Cuando hayamos decidido esto habremos puesto el fundamento de nuestro sistema dogmático, firme e inmóvil como la roca, constante e incorruptible de las divinamente inspiradas Escrituras. Llenos de confianza, iremos ante el mundo y como el apóstol San Pablo en presencia de los libres pensadores, no reconoceremos a nadie "más que a Jesucristo y éste Crucificado".

Conquistaremos la predicación de la "locura de la Cruz", así como San Pablo conquistó a los sabios de Grecia y Roma, y la Iglesia Romana tendrá su glorioso 89. (Gritos clamorosos: ¡Bájate. ¡Fuera el Protestante, el Calvinista, el traidor a la Iglesia)…

Vuestros gritos, monseñores, no me atemorizan. Si mis palabras son calurosas, mi cabeza está serena Yo no soy de Lutero, ni de Calvino, ni de Pablo, ni de apóstoles, pero si de Cristo.

(Renovados gritos: ¡Anatema! ¡Anatema al apóstata). ¡Anatema, monseñores, anatema!

Bien sabéis que no estáis protestando contra mí, sino contra los santos apóstoles, bajo cuya protección desearía que este concilio colocase a la Iglesia!

¡Ah!, si cubiertos con sus mortajas saliesen de sus tumbas, ¿hablarían de una manera diferente de la mía? ¿Que les diríais cuando con sus escritos os dicen que el Papado se ha apartado del Evangelio del Hijo de Dios, que ellos predicaron y confirmaron generosamente con su sangre?

¿Os atreveríais a decirles: "preferíamos las doctrinas de nuestros Papas, nuestro Belarmino, nuestro Ignacio de Loyola a la vuestra?" No, mil veces no!
A no ser que hayáis tapado vuestros oídos para no oír, cubierto vuestros ojos para no ver, y embotado vuestra mente para no atender.

¡Ah! Si el que reina arriba quiere castigarnos, haciendo caer pesadamente su mano sobre nosotros, como hizo a Faraón, no necesita permitir a los soldados de Garibaldi que nos arrojen de la ciudad eterna. Bastará con decir que hagáis a Pío IX un Dios, así como se ha hecho una diosa a la bienaventurada Virgen.

¡Deteneos!, ¡deteneos! venerables hermanos, en el odioso y ridículo precipicio en que os habéis colocado. Salvad a la Iglesia del naufragio que la amenaza, buscando en las sagradas escrituras solamente la regla de la fe que debemos creer y profesar.




He dicho ¡Dígnese Dios asistirme!.


Este Concilio estuvo plagado de irregularidades y de problemas internos: el 1 de febrero de 1869 la Civilta Cattolica, órgano periodístico vaticano publicó un artículo en el que se mencionaba la posibilidad, deseada, de que la doctrina sobre la infalibilidad del Papa fuera declarada por aclamación durante el Concilio.

Catorce de los 20 obispos alemanes reunidos en Fulda en septiembre de 1869 redactaron una nota que enviaron al Papa en la que solicitaban que el tema de la infalibilidad no se tratase.
Unos días antes de la votación definitiva, 55 padres conciliares enviaron una carta al Papa comunicándole su decisión de no participar en esa sesión: estos obispos se retiraron inmediatamente de Roma.

Los trabajos del concilio comenzaron el 8 de diciembre de 1869. A diferencia de los Concilios Generales anteriores, los jefes de Estado no fueron invitados a participar y solo los obispos, los superiores generales de órdenes religiosas y monásticas y los abades nullius gozaban de voto deliberativo. Se invitó a participar a los jerarcas de la Iglesia Ortodoxa (por medio del breve Arcano divinae providentiae consilio) y a los líderes de denominaciones protestantes (por medio de la carta Iam vos omnes) pero ambos rechazaron la invitación alegando que la forma usada para ello, les denigraba.

El 18 de julio se votó positivamente la infalibilidad papal. La mayoría fue absoluta. De 535 votos, 533 fueron a favor.
De los 774 participantes, por una u otra razón 239 no participaron ni votaron.

El Obispo José Strossmayer, decepcionado de la Iglesia, nunca abandonó los hábitos, pero volcó su gran energía y capacidad a levantar a su patria.
Como era de esperar, luego salió a la luz otro discurso que se le imputó como dicho el 2 de junio de 1870, donde no solo niega la infalibilidad sino también la primacía del Papa. Se dice que el falsificador y autor de su difusión fue un ex cura agustino de nombre José Agustín de Escudero, de nacionalidad mexicana.

También ha circulado en Internet un artículo denuncia, que asegura que Strossmayer nunca dijo en el Concilio lo que dice su famoso discurso. Tal aseveración, se cree que está destinada a crear confusión y se descubrió que pertenece a un sacerdote católico de nombre Juan Carlos Sack

Josip Juraj Strossmayer, como se escribe su nombre en su lengua natal, continuó desempeñando el obispado por 35 años más después del Concilio, rodeado del respeto de sus compatriotas y dignatarios de la Iglesia.
En 1898 el Papa León XIII le confirió el Palio, la mayor dignidad que se puede conferir a un Obispo.
Murió 8 de abril de 1905 a la edad de 90 años. La Universidad de Osijek lleva su nombre y la ciudad de Dakovo le construyó un monumento museo en 1991.


La Iglesia Católica perdió la oportunidad de tener un Papa inteligente, moderno, visionario, capacitado y honrado.

martes, 20 de abril de 2010

LOS PAPAS DE LA INQUISICION. Parte 2.-




“Durante años os he predicado, implorado y llorado para que salgáis del pecado. Pero donde fracase la bendición, prevalecerá la vara. Ahora hago un llamamiento a los prelados para que aúnen sus fuerzas y hagan que muchos muráis a golpe de espada, arruinen vuestras torres, destrocen muros y reduzcan a todos los pecadores a la servidumbre. La fuerza de la vara prevalecerá cuando la dulzura no haya conseguido nada”. (Santo) Domingo de Guzmán.

Una de las singularidades de la Iglesia Católica es su doble discurso, esa habilidad maestra para disfrazar sus conductas y desatinos más bullados y convertir sus derrotas en victorias. Cualquiera otra institución, incluso con menos antecedentes criminales como registra en su largo curriculo la actividad vaticana, ya habría sucumbido a la presión social y moral de los grandes poderes fácticos, de gobiernos y de sus críticos más acerbos.

Sin embargo esta iglesia inquisidora, como los corchos, se hunde una y otra vez en los torbellinos de agua, pero vuelve a reflotar, desafiante, impávida, bajo otra máscara, poniendo la otra mejilla, mostrando nuevas facetas o intentando reescribir la historia, para tornarla a su favor.
Ahí está el caso de Domingo de Guzmán, fundador de la Orden de los Predicadores o Dominicos. Fue el Primer Inquisidor General de la Historia, responsable directo de todos los crímenes, los abusos y brutales métodos de tortura de los inquisidores bajo sus órdenes (arriba, presidiendo el Auto de Fe, según el famoso cuadro de Pedro Berruguete, Museo del Prado).

No obstante ello, fue canonizado por Gregorio IX en 1234, es decir, premiado por su labor represiva contra la herejía, que son hechos que trajeron gran dolor a millones de personas y que la humanidad ha reconocido como uno de los crímenes magnos en detrimento de los derechos inalienables del ser humano, comparable solo con el magnicidio nazi. Pero el Papa Gregorio, insensible a esta tragedia en la oportunidad dijo: "De la santidad de este hombre estoy tan seguro, como de la santidad de San Pedro y San Pablo".
Más aún, en su biografía no aparece una línea de estos luctuosos sucesos, de los varios años que pasó este Santo católico asesinando inocentes; de los miles de personas que envió a la horca, hizo empalar, torturó y mandó a la hoguera. No da cuenta esta biografía que en el sitio de Toulouse, entre otros ataques a mansalva, los Cruzados dirigidos por Domingo de Guzmán, quemaron a sesenta cristianos cátaros en la Hoguera Santa ese día, los cuales no eran soldados, sino familias de seres asustados, mujeres y sus hijos pequeños, los abuelos, los hombres de la casa, ni que tanto el mismo como sus subalternos, por la ferocidad y brutalidad de sus ataques mortales contra miles de inocentes, fueron bautizados por el pueblo como los “Domini canes”, "los perros del señor".
Como dijo Richard Leigh, en su libro La Inquisición, (año 1999): “Pocos Santos pueden haber tenido tanta sangre en sus manos”.Juana de Arco, llamada la doncella de Orleans, de quien muchos conocemos su historia, fue juzgada en una corte eclesiástica por la Inquisición bajo la acusación de brujería, por declarar que escuchaba voces de santos a quienes veneraba. Sus interrogadores decían que esta voz era del diablo. Fue declarada culpable de herejía y hechicería, condenada y quemada en una hoguera. Tenía tan solo diecinueve años de edad. En el momento en que su vestimenta fue totalmente consumida por el fuego, el verdugo apagó las llamas durante unos minutos, para que la multitud contemplara su cuerpo desnudo, de bruja.

Veinticuatro años más tarde, el Papa Calixto III, ante la crítica persistente de todas las sociedades se vio en la necesidad de revisar la decisión de aquella corte eclesiástica y ¡Oooh sorpresa!, encontraron que había fallado la infalibilidad de la iglesia y esta vez los jueces la encontraron inocente. Y no solo eso, la declararon mártir por lo que fue beatificada en 1909 y canonizada rápidamente en 1920, año en que Francia la proclamó su patrona.

Con ello, la iglesia mañosamente cerraba el paso a las objeciones de su barbárico acto y abría un nuevo capítulo; ahora Juana ya no era hereje, era parte de la iglesia..., una querida mujer mártir, una mujer amada. Y así sería conocida por las generaciones venideras.

Si algo hay que reconocerle a la iglesia, es esa tozudez en sus designios, su caradura, su tupé para deslindar responsabilidades y eludir su autoría o justificarse, achacando sus reprobables conductas a los demás, al destino, a las circunstancias ambientales, a la época histórica. Y si eso no es suficiente; a los designios divinos, a las profecías, al Nuevo o Antiguo Testamento, al demonio maldito. Aún así, tiene otros recursos: la infalibilidad papal, la fe, los autos doctrinales, porque según asegura, tiene un origen divino por lo que nunca se equivoca, en cambio los demás, carecen de este privilegio y por lo tanto son ellos los que yerran.

No en vano nacieron con nuestra era, recogieron del paganismo todo lo novedoso; copiaron de otras religiones lo más sustancial: las mejores tradiciones, el ropaje ceremonial , sus ritos ancestrales, sus fiestas y días de guardar, la historia sagrada de sus divinidades. Destruyeron sus templos y encima levantaron sus iglesias. Eliminaron a sangre y fuego la competencia para imponer su Dios, rigieron al mundo por centenas de años, impusieron su calendario, sus santorales, sus creencias y rituales a los estados antiguos y modernos.

Tuvieron los más grandes ejércitos que recuerda la historia, emprendieron las cruzadas más demenciales y sangrientas nunca vistas, asesinaron legiones de seres humanos, sin importar credo, raza o locación. Pusieron de rodillas a los monarcas y los incitaron a las conquistas de otras tierras, siempre buscando el poder y la propagación de su credo y desde luego, el oro, la riqueza de estas civilizaciones, que se agenciaron.

Llevaron su fe por todo el mundo con las conquistas e hicieron el trabajo que saben realizar. Consiguieron hacer desaparecer no menos de cien millones de aborígenes del Nuevo Mundo, por ser desafectos al verdadero Dios Católico, al extremo que la mayoría de estas etnias desaparecieron totalmente, sin que quede ni un solo representante. Otras, más afortunadas, lograron salvar algunas decenas de miles y hoy constituyen las minorías segregadas, empobrecidas y despojadas, de su orgullo, de sus dioses y tradiciones, de la tierra y sus bienes que nunca más recuperaron.
Pero sin duda, otro de los factores de su supervivencia, son sus agentes externos, verdaderas corporaciones de sujetos enquistados en las cúpulas más selectas de la sociedad y a su vez los más conservadores y fundamentalistas, los "duros". Los detentadores de las misiones que los hombres de iglesia no pueden cumplir, los ayudistas, los facilitadores y los cómplices de sus complots, los encubridores de la creación de riqueza y manejo de los negocios sucios y materiales; los cerebros de las relaciones públicas, propaganda y proselitismo, los señorones encargados de cautelar incólumes las tradiciones que no deben ser vinculadas al papado. Los núcleos de poderosos hombres de negocios, políticos, magistrados, intelectuales y educadores, con la misión de usar sus áreas de influencia para la propagación y primacía del poder vaticano.

Estas Órdenes, muy similares a las Logias masónicas en su estructura y secretismo son las encargadas de defender los postulados cristianos y los valores del catolicismo amenazados por los infieles, los ateos, los masones, los endemoniados y los herejes. Constituyen el brazo armado e incondicional del Vaticano y el instrumento de penetración más efectiva en la sociedad de cualquier nación.
Sus integrantes tienen reconocimiento oficial como dignatarios de la iglesia católica y su influencia y autoridad a veces supera la del Cuerpo de Cardenales, la opinión de sus Obispos o el clamor de sus fieles.

El gran público ya los conoce, son esos curiosos personajes del Opus Dei, de los Caballeros de Colón, de la Orden del Santo Sepulcro , los Legionarios de Cristo y muchos otros cuerpos de cruzados, de caballería y religiosos que tienen el mismo fin; recaudar fondos, difundir el catolicismo, defender a la iglesia y la fe. Su listado podemos encontrarlo en esta página de Wikipedia:
http://es.wikipedia.org/wiki/Orden_militar#.C3.93rdenes_militares

Hay mucho que decir de estas organizaciones, que suman cientos y que tienen la capacidad de movilizar millones de personas a la sola orden del Papa, para formar opinión, para impedir que los gobiernos progresistas coloquen leyes como el divorcio; la eutanasia; el control de la natalidad; los métodos anticonceptivos, la píldora del día después, la interrupción del embarazo o el uso del condón en las agendas legislativas. Es decir, los mismos tabúes oscurantistas y retrógrados por los cuales la iglesia eliminó tantas mujeres por medio de la hoguera y persiguió como brujas a las parteras y comadronas en todo el período de la inquisición.

Estas corporaciones mixtas, de laicos con asesoría de religiosos, de las cuales la más antigua, y poderosa es la Orden del santo Sepulcro de Jerusalén, (en la foto) constituyen los altavoces y los estandartes del Vaticano y este les paga apadrinando su quehacer, reconociéndolos como entidades bajo el alero de la iglesia y colocando a sus máximos representantes, a cargo de colegios, universidades, centros de estudio, entidades caritativas y del voluntariado. De allí la Iglesia escoge a sus adalides, a los que serán diputados o senadores de los partidos políticos que financia, “los expertos independientes” que declararán a su favor en casos de litigio o controversia, los que dirigirán, sus bancos e inmobiliarias, sus periódicos y revistas en todo el planeta…

De todos los documentos apócrifos y falsificados por la Iglesia Católica a través de sus dignatarios, se destaca por su importancia histórica, el famoso decreto llamado “La Donación de Constantino”, presentado recién en el siglo XVIII , por el Papa Esteban II a los reyes y gobernantes del mundo, como redactado por el propio Emperador Constantino (+337) en las postrimerías de su vida y que según el prelado, constituía su última y santa voluntad, que debía ser acatada por todo el mundo cristiano unificado en el Imperio Romano.

Recordemos que Constantino representaba el nacimiento del sistema de monarquía absoluta, hereditaria y por derecho divino, copiada después por el catolicismo para imitar su poder terrenal. El emperador era rey y representante de Dios en la tierra y su poder era autocrático.
También, que fue bautizado como cristiano en su lecho de muerte por Eusebio de Nicomedia, Obispo Arriano, doctrina cristiana según la cual Cristo era la primera criatura creada por Dios, pero no era Dios en si mismo. Una vez que la Iglesia definió el dogma de la divinidad del HIJO y posteriormente, de la Trinidad, el arrianismo fue condenado como una herejía.

Fue Constantino el primer emperador romano pagano, que permitió el libre culto a los cristianos mediante el edicto de la tolerancia en el año 313. Y no solo eso, sino que convocó al Primer Concilio Ecuménico (Universal) de Nicea, el 20 de mayo al 25 de julio de 325), para terminar con algunos de los problemas doctrinales que infectaban las Iglesias de los primeros siglos. En ese entonces Constantino practicaba la religión pagana, que era mayoritaria.

Como Emperador de todo el mundo conocido, él presidió este Concilio y se considera el creador del catolicismo tal como lo conocemos, que nació de su deseo de unificar las religiones existentes que le producían divisionismos y problemas políticos a través del imperio y que se forjó bajo su estricta égida, como una mezcla de elementos paganos y cristianos, para conformar las distintas ideologías representadas. Este Concilio de Nicea, 325 de la era cristiana, que tuvo profundas disidencias antes de ponerse de acuerdo, fue quien determinó la elección de los cuatro evangelios actuales, según San Mateo, según San marcos, según San Lucas y según San Juan, de entre los otros numerosos libros y evangelios existentes, por razones políticas que señaló Constantino, y que incorporó además los grandes temas de: la trinidad, la filiación divina de Cristo, el pecado original y la expiación. El Papa Silvestre I no asistió a este Concilio.

Tampoco debe olvidarse, que durante el primer milenio cristiano, todos los Concilios Ecuménicos, ocho en total, se realizaron por iniciativa de los Emperadores de Bizancio o Constantinopla y tuvieron sede en el oriente y que también el símbolo niceno, el Credo, fue elaborado allí palabra por palabra, sin ninguna intervención del Obispo de Roma.

Constantino es reconocido por su falta de piedad. Pueblos enteros fueron masacrados por su orden directa. Ejecutó a su cuñado Licinio, Emperador Romano Oriental por estrangulación en 325. En 326 ejecutó a su hijo mayor Crispo y unos meses después a su segunda esposa Fausta. Luego se arrepintió y vivió atormentado por la muerte de Crispo hasta que fue bautizado, ya que viejo y enfermo, creyó en lo que le prometieron, que “esta ceremonia lavaría sus pecados”.
Constantino es considerado "modelo de la virtud y santidad cristiana" según Lactancio y la Iglesia. Fue llamado “El Grande” por los historiadores cristianos y es reconocido como uno de los Santos Mayores de la Iglesia Ortodoxa.


Esta criminal falsificación de la Donación de Constantino por la Iglesia, conocida también como “Constitutium Constantini” o “Privilegium Sanctae Romanae Ecclesiae” y fechada el 30 de marzo del año 315, elaborada por designio del Papa Esteban II ,( 752-757) fue la “jugada maestra” del Vaticano para presionar y chantajear al rey Franco Pepino y su hijo Carlomagno y forzar una alianza militar con la Iglesia para combatir a los Longobardos, que amenazaban las riquezas y poder del Papa romano. Tras la derrota de los Longobardos, el rey Pepino, convencido al igual que todos los monarcas europeos, por el engaño de que Esteban II era el sucesor de San Pedro y del Emperador Constantino, devolvió a la Iglesia Católica todas las tierras "que por derecho le pertenecían", y que se detallaban en dicho documento.

Este texto de tardía aparición, considerado uno de los documentos falsificados de la Iglesia Católica que más rentabilidad le ha aportado a través de la historia, en una de sus partes decía: “…en tanto más cuanto que nuestro poder imperial es terrenal, venimos en decretar a que su santísima Iglesia romana será venerada y reverenciada y que la sagrada sede del bienaventurado Pedro será gloriosamente exaltada aun por encima de nuestro Imperio y su trono terreno. Dicha sede regirá las cuatro principales de Antioquía, Alejandría, Constantinopla y Jerusalén, del mismo modo que a todas las iglesias de Dios de todo el mundo. (...) Finalmente, hacemos saber que transferimos a Silvestre, Papa Universal, nuestro palacio así como todas las provincias, palacios y distritos de la ciudad de Roma e Italia como asimismo de las regiones de Occidente”.

Mediante este engaño de nivel mundial, la Iglesia Católica acumuló un patrimonio y un poder tan inmenso que aún hoy viven de las rentas de aquel magno e infame delito, que dio origen a la Iglesia-Estado.
El texto más antiguo que se conoce de esta Donación figura en los manuscritos de las Decretales seudo Isidorianas (c.850), pero no fue usado públicamente hasta el siglo XI, cuando ya todos lo daban por auténtico pese a que bien pocos lo habían visto.

El Papa León IX, (1049-1054), en sus escritos, citó amplios pasajes de la falsa Donación para justificar el primado del obispo de Roma, pero no fue sino con el Papa Gregorio VII, (1073-1085), que la doctrina jurídica diseñada por el engaño pasa a ser una base fundamental del derecho canónico. Los Papas posteriores, como Urbano II, (1088-1099), Inocencio III, (1198-1216), Gregorio IX, (1492-1503), lo emplearon con gran fuerza y mayor descaro para imponerse a príncipes, anexionarse territorios, títulos nobiliarios, comarcas etc. en casi todos los países y reinos europeos.

Según estos datos, recogidos del estupendo trabajo de investigación de Primitivo Martínez Fernández, en su libro “La Inquisición, el lado oscuro de la Iglesia”, Gregorio VII, usando este documento apócrifo, escribe una carta a todos los príncipes y nobles que quieran viajar a España estimulandolos a recuperar aquellas tierras de manos de infieles y sarracenos y devolverlas a su legítimo propietario, San Pedro, es decir, al Papa, que era la forma vaticana de reunir los soldados voluntarios, generalmente mercenarios y criminales, para la Cruzada Santa, que financiaban los reinos y los gentilhombres adinerados, para obtener la salvación de su alma y el botín de guerra consistente en tierras, castillos, hacienda, siervos y fortuna propiedad del enemigo. Y en el caso de los criminales, perdón de sus pecados por el papado, condonación de sus condenas por el rey y su oportunidad de saquear, violar y matar bajo la bendición de Dios, el Rey y el Papa.

“No se nos oculta, dice la carta, que el Reino de España, desde antiguo, fue de la jurisdicción de San Pedro, y aunque ese territorio ha estado ocupado tanto tiempo por los paganos, pertenece todavía por la ley de justicia a la Santa Sede Apostólica solamente, y no a otro mortal cualquiera"

En otra carta dirigida al rey de Castilla y León Alfonso VI, el Papa advierte que el Dios Omnipotente ha dado a Pedro y a sus sucesores "todos los principados y las potestades de la tierra".

El Emperador de Alemania Otón III, 983-1002, sabedor del engaño, denunció su falsedad ante el Papa Silvestre II, declarándolo nulo y dejándolo sin efecto. En su documento, 1001, tras denunciar y repudiar la corrupción y malversación de riquezas que había caracterizado al Papado, dice que los Papas: "torcieron las leyes pontificias y humillaron a la Iglesia romana y algunos Papas fueron tan lejos que hasta pretendieron la mayor parte de nuestro imperio.
No preguntaban por lo que habían perdido por su propia culpa, ni se preocuparon por cuanto habían dilapidado en su locura, sino que habiendo dispersado a todos los vientos, por propia culpa, sus posesiones, descargaron su culpa sobre nuestro imperio y pretendieron la propiedad ajena, a saber, nuestra propiedad y la de nuestro imperio. Son mentiras inventadas por ellos mismos (ab illis ipsis inventa) y entre ellos el diácono Juan, por sobrenombre Dedo-cortado, que redactó un documento con letras de oro y fingió una larga mentira bajo el nombre de Constantino el Grande (sub titulo magni Constantini longi mendacii tempora finxit)".

La falsedad fue descubierta también por el secretario pontificio y canónigo de Letrán, Laurenzio Vall, en 1440, pero no lo hizo público por miedo a la venganza del Papa; salió a la luz pública en el 1519, el mismo año en que Martín Lutero criticó con dureza el descarado negocio pontificio de las indulgencias.

La Iglesia, con su cínica política oportunista, defendió la autenticidad del documento hasta el siglo XIX, abandonando ese empeño presionada por los jefes de la naciones europeas, hartos ya de las extorsiones del Vaticano.

En este falso documento apoyó la creación de su Estado Pontificio (propiedades exigidas por el Vaticano a todos los reinos europeos, en general comarcas dentro de estos países bajo gobierno papal, con la amenaza de que si no se otorgaba, los ejércitos vaticanos, conquistarían y anexarían todo el país) y de su Primado, (la autoridad de ser la Iglesia Universal con el Papa representante de Dios en la tierra). Pero, para no perder la tradición, la Iglesia no pidió perdón por las riquezas hurtadas ni manifestó deseos de devolverlas ni de aclarar el asunto del Primado, que desde ese momento pasó a ser un título simbólico privado de jurisdicción, todo ello en contra de sus normas morales que en estos casos, por una especie de amnesia repetitiva, olvida para siempre.

Bonifacio VIII, con el Documento de la Donación y el auxilio del derecho romano, se convierte en Jefe de Estado y para expresarlo en símbolos, añade una tercera corona a su tiara, que había hecho su aparición también en el siglo XIII, para simbolizar el poder temporal. Antes, la tiara tenía una sola corona y luego dos, que, como las dos llaves, simbolizan el doble poder: el de orden y el de jurisdicción de los obispos.
Bonifacio VIII, se siente imbuido de un poder autoritario, como el de Felipe el Hermoso o el mismo Emperador Justiniano y en su persona fusiona el poder mundial absoluto: el religioso y el político. Este último en su propio Estado, El Vaticano.

Decíamos, que esta es una de las tantas falsificaciones y escándalos del catolicismo. Cito aquí un trozo de texto del extraordinario libro “La Biografía no autorizada del Vaticano”, del escritor y periodista Santiago Camacho, quien nos ilustra sobre otras falsificaciones papales.

“El poder de los papas era tal que fueron capaces de destronar a reyes y emperadores, o bien obligarles a usar su poder secular para hacer cumplir la Inquisición, que era conducida por sacerdotes y monjes católicos. La culminación de esta escalada de poder absoluto ocurrió en 1870, cuando el papa fue declarado infalible. Lo que la mayoría de la gente no sabía, y aún hoy desconoce, es que este proceso fue influido por documentos falsificados elaborados para alterar la percepción que los cristianos tenían de la historia del papado y de la Iglesia. Una de las falsificaciones más famosas son los Falsos decretos de Isidoro, escritos alrededor de 845. Se trata de 115 documentos supuestamente escritos por los primeros papas.

LA CASA DE LAS FALSIFICACIONES
Sobre la falsedad de estos textos no existen dudas y la propia Enciclopedia Católica admite que son falsificaciones, aunque en cierto sentido los disculpa. Dice que el objetivo del engaño era permitir a la Iglesia ser independiente del poder secular, e impedir al laicado gobernar la Iglesia, lo que dicho claramente no es otra cosa que aumentar el poder del papa. Más grave, si cabe, que la alteración de documentos era la manipulación de documentos existentes a los que se añadía material según la conveniencia del papa de turno. Esto era muy sencillo, en especial en la época en que para la preservación de los documentos se dependía exclusivamente del trabajo de copistas y bibliotecarios, que, en su totalidad, eran clérigos.

Una de estas manipulaciones es una carta que ha sido atribuida falsamente a san Ambrosio, en la que se hizo afirmar al santo que si una persona no está de acuerdo con la Santa Sede puede ser considerada hereje. Este tipo de cosas ocurría con tanta frecuencia que los cristianos ortodoxos griegos se referían a Roma como «la casa de las falsificaciones». No es de extrañar: durante trescientos años los papas romanos utilizaron este tipo de añagazas para reclamar autoridad sobre la Iglesia en Oriente. El rechazo de estos documentos por parte del patriarca de Constantinopla culminó con la separación de la Iglesia ortodoxa.

Hoy día aún permanecen vigentes muchos de aquellos errores. El Decretum gratiani, una de las bases del derecho canónico, contiene numerosas citas de documentos de dudosa autenticidad. Pero no es el único texto de capital importancia en la historia de la Iglesia cuyas fuentes son harto discutibles. En el siglo XIII, Tomás de Aquino escribió la Summa Theologica y otras obras que se cuentan entre las más trascendentes de la teología cristiana. El problema es que Aquino utilizó el Decretum y otros documentos contaminados pensando que eran genuinos"
.

El descubrimiento de la falsificación de la Donación de Constantino, que se usó para que los reinos aceptaran las bases del poder temporal del Papado en la tierra, fue reexaminado en el siglo XV donde nuevos expertos en filología demostraron la falsedad del documento. Tan escandaloso, espurio e inmoral proceder, sumado a las otras falsificaciones que se han podido establecer, ha sido señalado por diversos estudiosos como la raíz de la decadencia sostenida de la Iglesia Católica.

En esta misma línea de accionar del poder vaticano, ya conocido por lo reiterativo, se encuentra el intento de lavar imagen respecto al inaudito juicio de la inquisición al científico Galileo Galilei en 1633, juzgado por sus trabajos de investigación volcados en su libro “Diálogos de Galileo sobre los grandes sistemas del mundo”, donde entre otras muchas otras teorías, que le valieron en la posteridad ser considerado el padre de la ciencia, de la física y de la astronomía moderna, defendía que el sol era el centro del mundo y que la tierra tenía movimiento.


El tiempo ha dado la razón a los jesuitas, que sostuvieron que Galileo había hecho más daño a la Iglesia Romana que Lutero y Calvino juntos. Ello, porque allí se confrontaron dos mundos distintos, el de la ignorancia dogmática y la del hombre libre pensador, con la mente abierta a las oportunidades de descubrir la verdad mediante el método científico.
La Inquisición persiguió, prohibió y asesinó a muchos intelectuales bajo los mismos cargos que hizo a Galileo, pero nunca la sombra de la injusticia y la reprobación pública fue tan poderosa y persistente como con este hombre pacífico, dedicado a las ciencias, que abrió con sus ideas un nuevo mundo de esperanzas y de claridad respecto de las metas de la humanidad.

Nadie como él había creado las herramientas ni las líneas del pensamiento puro capaz de viajar por el espacio y conocer los fenómenos del cielo, vedados para el hombre hasta entonces. De paso, abrió la brecha del embuste bíblico, desmitificó el cielo como territorio de los dioses, de los ángeles y los arcángeles de grandes alas, los demonios y los feroces dragones voladores, que ya nunca más pudieron situarse allá arriba como aseguraba torpemente la santa iglesia.

Ahora, transitan por allí los aviones, los helicópteros y los cohetes propulsados por energía atómica. El rayo y la tormenta no eran castigos divinos y los planetas tenían leyes que afectaban la madre tierra, sus mareas y sus estaciones, sin necesidad de oraciones y autoflagelaciones físicas ni morales, ni tampoco sacrificios humanos, para satisfacer a ese dios cruel y vengativo, celoso e iracundo, asesino de pueblos, bajo cuya concepción solo se habían cometido trasgresiones y que la ambición ilimitada y vanidosa del hombre quería imitar, con entes que pretendían ser sus sucesores, sus hijos amados, sus representantes en quienes este hacedor había depositado su confianza y su poder divino.

Lejos habían quedado los tiempos en que el vulgo oprimido y privado de instrucción, sometido al poder feudal y al chantaje espiritual de la poderosa iglesia, con sus penitencias como limosnas dominicales y amenaza de excomunión, creía en los delirios papales como el de Inocencio III, quién dejó para la posteridad un mensaje que hoy resulta, por decir lo menos, incongruente y francamente ridículo.

«El señor concedió a Pedro», decía, «no sólo el gobierno de la Iglesia, sino del mundo. Ahora podéis ver quién es el servidor que es puesto sobre la familia del Señor; verdaderamente es el vicario de Jesucristo, el sucesor de Pedro, el Cristo del Señor; puesto entre Dios y el hombre, de este lado de Dios, pero más allá del hombre; menos que Dios, pero más que el hombre; quien juzga a todos, pero no es juzgado por nadie».

La insensatez de la iglesia inquisitorial, con el juicio a Galileo, había roto las cadenas del hombre común, que había abrazado a Dios porque lo sentía en su alma. Ahora tenía elementos de juicio, que le indicaban que Dios no podía ser tan cruel, tan malvado, tan ilógico, tan ignorante y tan dogmático, como aquellos que se habían apropiado de su culto.

Casi un siglo antes, en 1541, el cretense Doménikos Theotokópoulos, conocido como El Greco, popular por su obra de temática religiosa desplegada en Toledo en la que predominaban alargadas figuras manieristas, fue interrogado por la Inquisición debido a que en sus pinturas las alas de los ángeles no eran congruentes con las normas del decoro, esto es, no correspondían con las medidas que presuntamente describía la Biblia. Se le inculpaba de “transgredir la conveniencia armónica que clásicos como Horacio en su Ars poética o Vitrubio en su obra arquitectónica habían elevado a principio o axioma artístico”.

Como muestra el cuadro, estas alas de los angeles fueron encontradas muy cortas y feas por los puritanos inquisidores, poco aptas para volar.
Este y otros esperpénticos juicios del circo inquisitorial no pasaron a mayores y a pesar de haber provocado grave inquietud y retraso cultural en el ambiente artístico y científico, por las persecuciones necias de estos monjes legos y soberbios, ya nadie los menciona, pero ese no fue el caso del juicio a Galileo.

Recomiendo a los lectores, leer en este mismo blog el artículo titulado “Y sin embargo se mueve… para que no lo olvides”, que escribí con fecha 21 de Abril de 2007. Allí publico las partes principales del juicio original llevado contra Galileo. Vale la pena leerlo para entronizarse en la atmósfera siniestra y ominosa del pensamiento del Papado medieval, dado que muchos escritos que circulan en la red, sea porque sus autores no conocen este juicio o intencionadamente, distorsionan el fondo y la forma y por ende la verdad, en su afán de servilismo hacia el dogma católico.

La acusación del inquisidor, que ya contenía la condena, porque jamás existió en estos procesos ningún atisbo de legítima defensa, empezaba como sigue: “La proposición de que el sol es el centro del mundo y no se mueve de su lugar, es absurda y falsa filosóficamente y formalmente herética, porque es en forma expresa contraria a las Sagradas Escrituras.

La proposición de que la tierra no es el centro del mundo e inmóvil, sino que se mueve –y también con movimiento diurno- es igualmente absurda y falsa filosóficamente y considerada teológicamente, cuando menos, errónea de fe.”

“Y con el fin de que tan perniciosa doctrina pudiera ser extirpada por completo y no se instaure más con grave perjuicio para la verdad católica, fue expedido un Decreto por la Sagrada Congregación del INDEX prohibiendo el libro que trata semejante doctrina y declarando esta falsa y totalmente opuesta a las Sagradas Escrituras”.

(¿Dónde encontramos hoy día esas anacrónicas y demostradamente falsas afirmaciones bíblicas en que se basaban estos despistados inquisidores? ¿Cuándo desaparecieron de la Biblia y como es que tampoco la iglesia se ha disculpado por difundir falsedades?)

Galileo fue condenado a prisión perpetua en las cárceles de la Inquisición, cambiada más tarde, por su edad y enfermedad a confinamiento domiciliario, hasta su muerte y se le exigió, salvo ser considerado hereje y por lo tanto quemado en la hoguera que desmintiera su teoría. Tuvo que abjurar, maldecir y detestar su error de creer que la tierra tenía movimiento.
De allí su frase, entre murmullos, “Y sin embargo se mueve”.

Este juicio, clavado como una espina en el corazón vaticano, debió esperar mas de trescientos cincuenta años, para que un Papa, Juan Pablo II, más intuitivo y contemporizador de quienes le antecedieron, hiciera un intento de pedir perdón por los errores que hubieran cometido los hombres de la Iglesia a lo largo de la historia, así como por haber dejado de hacer el bien necesario en favor de judíos y otras minorías perseguidas. En una carta enviada a los Cardenales católicos, exhortó a la Iglesia a reconocer los errores cometidos “por sus hombres, en su nombre” y la anima a arrepentirse.

En el caso Galileo propuso una revisión honrada y sin prejuicios en 1979, pero esta indicación del Papa no fue escuchada, dado que la comisión que nombró al efecto en 1981 y que dio por concluidos sus trabajos en 1992, repitió una vez más la vieja monserga de la iglesia, que Galileo carecía de argumentos científicos para demostrar el heliocentrismo y sostuvo la inocencia de la Iglesia como institución y la obligación de Galileo de prestarle obediencia y reconocer su Magisterio, justificando la condena y negándose este pedido del Papa de rehabilitación.

Por lo tanto, no existe este perdón institucional de la iglesia Católica. No se llegó a formular. Solo permanece la palabra e intención de este Papa pidiendo un pronunciamiento que no se concretó. Al revés, no solo esta comisión no elevó ninguna proposición de disculpa pública DURANTE TRECE AÑOS al Papa Juan Pablo II, que como dice la canción "se murió esperando", sino, que al cabo de este tiempo salió con otra agenda, más ampliada.

La Comisión ya no se pronunciaría sobre el juicio a Galileo, sino que lo haría sobre todo el período de la Inquisición. Ello, con gran difusión pública y prensa mundial, anunciando que se haría un simposio de alto nivel, auspiciado por el Vaticano, de 30 expertos "de prestigio internacional", el cual estaría moderado por el profesor de Historia en la Universidad de Roma "La Sapienza" y director del Instituto Italiano de Estudios Ibéricos Agostino Borromeo .

Este profesor, editor también de la obra publicada por la Biblioteca vaticana sobre el análisis del Simposio y además docente de historia en varias universidades católicas de Roma, explica en esta entrevista, que aparece en la dirección electrónica que damos a continuación, cuyo contexto pasaremos a comentar, el significado del trabajo a la luz de la petición de perdón llevada a cabo por el Papa durante el Jubileo del año 2000. http://www.fluvium.org/textos/cultura/cul115.htm

Lo más seguro es que Juan Pablo supo que esta negativa de la iglesia a pedir perdón sobre el caso Galileo, iba a ocurrir. El, mejor que nadie, sabía el pensamiento mayoritario de la iglesia, su intransigencia y testarudez para reconocer sus errores del pasado. Pero también debió haber considerado que este intento sería una gran oportunidad de replantear el punto de vista de la iglesia y que la palabra perdón, sería interpretada por la gente común, como así ocurrió, como un gesto de buena voluntad del catolicismo para cerrar un ciclo penoso para los fieles.

Este mentado Magisterio de la iglesia que se menciona, y que Galileo no habría respetado, corresponde a esa megalomanía del vaticano de creer que la Iglesia puede controlar la vida de las gentes, vetar sus ideas, asesinarlas si no obedecen. Ese supuesto poder mesiánico heredado, es otro galimatías hecho a la medida de los cortos de entendimiento y para aquellos fundamentalistas que no usan la razón sino la fe para evaluar los hechos.

Según el diccionario “Megalomanía es un estado psicopatológico caracterizado por los delirios de grandeza, poder, riqueza u omnipotencia -a menudo el término se asocia a una obsesión compulsiva por tener el control”. Es un término muy interesante. Calza tan bien con lo que es la Iglesia Católica, que hace pensar si no fue creado pensando en ella.

Este "magisterio", se basa en los anacrónicos “Ejercicios espirituales” de Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús (jesuitas), quien siendo militar es herido por una bala de cañón que pasa por entre sus piernas. En la historia no se dice exactamente que daños produjo este proyectil entre sus piernas y partes íntimas, pero el hecho es que sale mal herido y cojo. Tanto lo afecta este hecho física y anímicamente, que deja el ejército y se retira de toda actividad mundana. Se esconde en una cueva y allí medita por largo tiempo. (Quizás de allí, viene el antiguo adagio popular que dice que no hay cojo bueno.)

De esas sesudas reflexiones en la cueva, sale esta frase para el bronce, convertida en doctrina por la Iglesia para reforzar las endebles motivaciones que existían, para declarar la infalibilidad Papal. Pongan atención, por que es de tal profundidad, que cualquiera queda confuso.

Loyola escribió esta joya literaria: “Debemos siempre tener para en todo acertar, que lo blanco que yo veo, creer que es negro, si la Iglesia jerárquica así lo determina, creyendo que entre Cristo nuestro Señor, esposo, y la Iglesia su esposa, es el mismo espíritu que nos gobierna y rige para la salud de nuestras ánimas, porque por el mismo Espíritu y Señor nuestro, que dio los diez Mandamientos, es regida y gobernada nuestra Santa Madre Iglesia”.

Más claro echarle agua. Si la iglesia dice que es de noche siendo pleno día, los creyentes tienen que decir que es noche. Si no lo hacen, faltan a su deber de fieles católicos. Como bien dice un amigo mío: “una imbecilidad con patas”. Pero, aunque a alguien pudiera parecerle increíble, estas frases hilvanadas planteando un absurdo, que no es el único del ramillete de estos “ejercicios espirituales”, que quizás no eran más que la letra de una canción, o delirios del anacoreta, fueron consideradas con el tiempo preciosas para el Vaticano. Por supuesto Ignacio es ahora Santo católico.

Pero Volvamos al Simposio. En el tiempo en que funcionó esta comisión, que como vemos se demoró bastante en no decir absolutamente nada, era Prefecto de la Inquisición, bajo el nombre de Congregación para la Doctrina de la Fe, el ya famoso e intolerante y en su juventud brigadista nazi Cardenal Ratzinger, ahora controvertido Papa, quién en 1990 declaró al respecto : “En la época de Galileo la Iglesia fue mucho más fiel a la razón que el propio Galileo. El proceso contra Galileo fue razonable y justo”.

Con razón, el teológo suizo Hans Küng, quién ha criticado ácidamente al Papa, por sus varias declaraciones extemporáneas y decisiones impopulares para el catolicismo, le ha pedido públicamente que renuncie al papado, para que la iglesia pueda avanzar y no seguir retrocediendo. http://www.psicofxp.com/articulos/filosofia/840432-la-iglesia-catolica-una-secta.html

Ya el cardenal Cottier, el teólogo de la Casa Pontificia, días antes de famoso Simposio de expertos en la Inquisición, nos orientaba como iba a ser esta farsa de perdón con un atraso de cuatro siglos que se trataría en estas jornadas: dejó en claro que «una petición de perdón sólo puede afectar a hechos verdaderos y reconocidos objetivamente. No se pide perdón por algunas imágenes difundidas a la opinión pública, que forman parte más del mito que de la realidad».
En otras palabras, esta autoridad eclesiástica, “experto también”, de “pensamiento libre e independiente” evidentemente, como se supone debían ser los convocados, anticipaba que otra vez veríamos textos retocados y “corregidos” por los eficientes falsificadores del Vaticano, confeccionados a la medida de sus explicaciones.

Esto era claramente perceptible por las cifras anticipadas por el “historiador” Agostino Borromeo, coordinador de la edición de las Actas del Simposio Internacional sobre la Inquisición. Muy suelto de cuerpo este declaraba: Los acusados condenados a muerte fueron del 1,8%, y de ellos el 1,7% fueron condenados en contumacia, es decir, no pudieron ser ajusticiados por estar en paradero desconocido; en su lugar se quemaba o ahorcaba a muñecos»

¿Impresionante no? Hagamos la operación aritmética: 1,8 - 1,7 = 0,1%.- Ese es el porcentaje que entregaron estos ilustrados expertos de los casos de penas de muerte, una décima de porcentaje, según estos experimentados estudiosos, fueron los condenados a muerte en la inquisición. LA NADA MISMA.

Hay que decir, para que entendamos como viene este cuento, que este caballero don Agostino Borromeo, era en esa fecha y debe seguir siendo el Gran Maestre de la Orden de los Caballeros del Santo Sepulcro, poderosa entidad de la iglesia que es la más antigua de las Ordenes de Caballería, cuya misión es conservar la fe en oriente, tiene como superior solamente dentro de la institución a un Cardenal, que es nombrado expresamente por el Papa. En consecuencia tampoco es un participante independiente ni libre en este Simposio, que pretende ser transparente, sino otro infiltrado del Vaticano para el montaje largamente planificado de desvirtuar con este show, la verdad histórica de los sucesos narrados en el medioevo, donde por supuesto, "la inteligencia vaticana", como lo estaban haciendo en este caso del simposio, buscaron todos los subterfugios a su alcance para torcerle la nariz a la verdad. Les dejo la dirección de esta benemérita Orden ultra conservadora del Vaticano. http://www.psicofxp.com/articulos/filosofia/840432-la-iglesia-catolica-una-secta.html


Don Agostino nos dice, con gran desfachatez, que prácticamente la Inquisición fue una especie de juego de niños, un divertimento donde nadie salió dañado y que esos hombres buenos de los inquisidores, para que el jueguito resultase entretenido, quemaban o ahorcaban a muñecos.

No explica este sabio hombre, si estos muñecos eran comprados en el comercio o los hacían las monjitas en los conventos ni tampoco, como es que este golpe noticioso que anunció, no se supo durante cuatrocientos años.

Otra de Borromeo: “El recurso a la tortura y a la pena de muerte fue menos frecuente de lo que se piensa. Muchas veces las penas eran de carácter espiritual: penitencias, peregrinaciones, etc.

¡Menos mal, que no dijo que entre las penalidades estaba hacer 50 tiburones y jugar a las bolitas!

Otras cifras entregadas como resultado de “este profundo examen de la inquisición por estos expertos internacionales, fue que: “Las tres inquisiciones condenaron, durante los tres siglos sobre los que hay documentación fidedigna, un total de 4 brujas en Portugal, 59 en España y 36 en Italia”.

¡Asombroso!, ¿que pasaría en Portugal que solo pudieron matar a cuatro brujas? Me imagino que a esos curas domínicos a lo menos los habrán dejado sin postre.

Otra curiosidad de este evento del Vaticano, que se anunciaba en enero de 1998, a todo bombo, como si se tratase de un favor relevante de la iglesia hacia la sociedad, fue el anuncio que La Congregación del Índice, (ex Congregación del Santo Oficio y ex Santa Inquisición) ahora abría sus archivos al público general. «Esta iniciativa –recuerda el cardenal Etchegaray– demuestra que la Iglesia no teme someter el propio pasado al juicio de los historiadores».

Esta bravocunada del Cardenal, si no fuera porque resulta francamente hilarante, habría que decir que a lo menos es bastante torpe. ¿Cómo es que ahora después de tantísimos años de pavor de la iglesia a tratar el tema, de sacarle el cuerpo, de hacer oídos sordos al clamor internacional al respecto para que se dieran a conocer estos archivos, al papado, repentinamente, en un ataque de valor sino de arrepentimiento, se le quitó el miedo al juicio de los historiadores?

¿Y qué pasa con el juicio de cientos de historiadores que durante más de trescientos años han condenado la criminal masacre de la Inquisición? ¿Hay que olvidarlos?

La respuesta era previsible: quienes iban a juzgar las cifras estadísticas que se mostrarían y los asesinatos luctuosos de los monjes inquisidores, iban a ser SUS PROPIOS HISTORIADORES, sus teólogos, sus Caballeros de Colón, los Jerarcas del Opus Dei, tal vez Los caballeros de San Juan, o los de Malta o los de santo Tomás, vaya uno a saber, y como vimos , hasta el hombre de más jerarquía en el mundo, no sacerdote, el inefable caballero Agostino Borromeo de la mismísima Orden del Santo Sepulcro de Jerusalén había venido a representar su papel en esta misión de salvamento.

La idea , tan astuta como desesperada de la Iglesia, era reescribir otra vez la historia para ver si algún imbécil se tragaba este cuento.

Así fue como la sociedad mundial asistió con una sonrisa comedida a este nuevo representación histriónica de la Iglesia de Roma, en un intento postrero de explicar lo inexplicable. Algo así como convocar a los criminales mas destacados para que emitan un juicio sobre si el delito es el peor mal de la sociedad.

El Vaticano convocaba a un Simposio Internacional sobre la Inquisición, para el 29 al 31 de octubre de 1998, jugando con cartas marcadas. Los archivos escondidos por siglos los mostraban ellos. Ellos decían que éstos eran los verdaderos. También las estadísticas las proporcionaban ellos mismos. Los conferenciantes era sus empleados. Este jueguito ya lo habíamos visto antes, con la Donación de Constantino y los falsos Decretos de Isidoro.

«A ellos – (a los expertos), puntualizaba en las Actas el Cardenal Etchegaray– "no se les pedía otra cosa que exponer, con el máximo rigor metodológico posible, pero también con la máxima libertad, el resultado de sus investigaciones"».

Esta antesala del “complot vaticano”, auguraba cosas predecibles. Otra vez el público internacional –que al parecer la curia considera bastante tonto e inculto-, además de crédulo y sometido, asistiría al repetido acto de contrición donde según su tradicional obstinación, se negaría la verdad y se confirmaría "la pureza del accionar papal".

Para el testarudo teólogo de la Casa Pontificia, cardenal Cottier, « se combatió un mal real, la herejía, que amenazaba la fe y destruía la unidad de la Iglesia». Nació para defender la verdad; el problema fue el recurso a métodos violentos para combatir el mal; se equivocó en los medios.

¡Que elegancia para definir la tortura, las violaciones y aberraciones sexuales de esos inquisidores a las presuntas “brujas”; esos salvajes y cobardes asesinatos de la tropa sicópata del Vaticano llamados en ese tiempo los “Perros de Dios”!.. Y vaya que grande equivocación la de la Iglesia, Apostólica y Romana; usar ese método equivocado de mutilación del cuerpo humano, la horca, la quema de niños, mujeres y viejos en la hoguera santa.
O bien, la famosa y grotesca "prueba del agua", que consistía en atar de pies y manos a las mujeres sospechosas de hacer encantamientos y arrojarlas luego al agua; si se ahogaban eran inocentes, pero si no, quedaba demostrada su identidad de brujas, razón por la cual se las condenaba a muerte.

Escuchemos a esta otra celebridad:
«Los instrumentos utilizados en la época eran los comunes –observa monseñor Rino Fisichella, Vicepresidente de la Comisión Teológico-Histórica–, eran los que la sociedad empleaba».

Nótese con que liviandad el distinguido Vicepresidente de la Comisión, nos dice cómo todo el mundo en esa época usaba el potro, la guillotina, quemaba a sus vecinos en la hoguera, los colgaba del pescuezo, desmembraba sus cuerpos o los mataba a palos. O quizás usaban “el aplasta cabezas,” un instrumento que primero rompía la mandíbula de la víctima, después con la presión se hacían brechas en el cráneo y, por último, el cerebro estallaba y se “escurría” por la cavidad de los ojos y entre los fragmentos del cráneo.

O, el sistema llamado “Las Garras de Gato”. Esta especie de rastrillo de puntas afiladas que arrancaba la carne a tiras de las víctimas desnudas, que colgaban por sus muñecas suspendidas en el aire. O quizás los vecinos utilizaban “La santísima Trinidad”, como se llamaba a un casco de acero, que se calentaba al rojo vivo y luego se ponía a viva fuerza al hereje. en la cabeza.

Según Monseñor Fisichela, casualmente también experto en la Inquisición, otro historiador “independiente”: “estos instrumentos eran muy comunes en la época”.

(Sobre la tortura dijo): “en los tribunales civiles ya se empleaba este procedimiento hasta 1252””... (Consuelo de muchos, consuelo de tontos dice el adagio).“…cuando el Papa Inocencio IV la autorizó, teniendo en cuenta algunos límites, como el de prohibir llegar al extremo de la mutilación o poner en peligro la vida del imputado”.

Buen chiste Monseñor, por eso debe ser que en esos casos, los amables monjes inquisidores, atentos a cumplir la indicaciones del equilibrado Vicario de turno usaban “La cama rompe coyunturas".

Un sádico instrumento donde los verdugos, cumpliendo órdenes del piadoso inquisidor, estiraba poco a poco los miembros del cuerpo del interrogado hasta descoyuntarlos, procedimiento que causaba indecible dolor, pero no la muerte. O bien,la "Tortura del agua", en que las mujeres acusadas de brujería eran inmovilizadas en una dolorosa posición, para echarles agua con un embudo por la boca, unos diez litros, ahogándolas, hasta que la víctima confesase lo que querían los interrogadores.



«En el derecho inquisitorial–puntualizaba el profesor Agostino Borromeo en la entrevista–, la tortura no era un procedimiento para arrancar una confesión, sino, según la mentalidad de la época, un medio de prueba: quien, bajo los tormentos, se afirmaba en sus declaraciones precedentes y continuaba proclamando su inocencia, no podía ser condenado».

Esta “novedad” que nos presenta este profesor es inaudita. No solo justifica torpemente la institución de la tortura, sino que cae en una afirmación estrambótica. Tal vez el docto profesor Borromeo, cuando declaró esta procacidad olvidó que ya en 1184 el Papa Luciano III aprueba un decreto en el que la Iglesia puede aplicar la “inquisitio”, es decir, que la autoridad competente podía acusar por iniciativa propia, sin necesidad de testigos y menos tomando en cuenta solo la versión del acusado.
No me cabe ninguna duda que el distinguido profesor, bajo tortura tipo inquisición, confesaría hasta los lápices que se robó en la primaria. Y además, todos los que no se robó.

¿Cómo no se le va a ocurrir a esta “eminencia” sobre la Inquisición, que ningún humano puede resistir ciertos grados de tortura y que prefiere mentir a seguir siendo torturado? Además, existe variada evidencia escrita por los historiadores y testimonios de la época, que los inquisidores torturaban hasta que la víctima moría, y aún así, se confirmaba su culpabilidad, y que, esa estramótica afirmación que quemaban muñecos, nunca fue cierta, porque en esa época nadie podía arrancarse o evadir el férreo control del estado y el clero y por que no había cómo ni adonde hacerlo, por el soplonaje y el terror instaurado por la Inquisición.

La pesadilla de la Inquisición fue una afrenta para la humanidad. El simposio vaticano donde se esperaba una rectificación de la iglesia pidiendo perdón por sus inconsecuencias, resultó en una burda burla. El corolario de todo esto no puede ser otro que la Iglesia miente.