lunes, 8 de noviembre de 2010

Descubriendo a Cristóbal Colón. Parte 4.-

En el corredor izquierdo de la monumental Basílica de San Pedro en Roma, destinada a los sepulcros de los papas, se encuentra la tumba de Inocencio VIII, Giovanni Battista Cybo, que falleció el 25 de Julio de 1492. Extrañamente una placa de mármol negro adosada a su sepultura tiene grabado el siguiente epitafio: “NOVI ORBIS SUO AEVO INVENTI” (“SUYA ES LA GLORIA DEL DESCUBRIMIENTO DEL NUEVO MUNDO”) . Y bajo la imagen del pontífice se lee “Obit an. D.ni MCDXCIII”. Muerto en 1493.
¿Cómo es esto posible..? ¿Qué tiene que ver este Papa con el llamado Descubrimiento del Nuevo Mundo si murió ocho días antes que Colón embarcara de Puerto de Palos? ¿Y si es así, cómo pudo saber anticipadamente que un Nuevo Mundo se descubriría un mes y medio después de fallecer? ¿Y cómo se explica que habiendo muerto en 1492, se señale en su tumba que falleció en 1493, un año después?

¿Por qué las carabelas de Colón tenían cosidas a sus velas la Cruz templaria, la enseña de la Orden de Los caballeros Templarios?

¿Por qué en 1523, cuando Fernando, su hijo natural viajó a Italia a buscar datos sobre Colón en los archivos oficiales, el Emperador Carlos V le prohibió que continuara sus investigaciones?

¿Cómo es que nadie en España escribió oficialmente de y sobre Cristóbal Colón cuando aún estaba vivo ni después de fallecido? ¿ Ni historiadores, ni la Monarquía, ni novelistas o divulgadores de grandes acontecimientos?

Debieron pasar doscientos ochenta y siete años, casi tres siglos, para que un Monarca español, Carlos III, se preocupara en 1779 de buscar a alguien que recopilara y ordenara los documentos existentes, para que el gran público conociese la vida y la Obra del Descubridor de América. De este tiempo nació la “versión oficial”, tijereteada, acomodada, distorsionada, filtrada a partir del esbozo del cronista valenciano Juan Bautista Muñoz

El misterio de todo lo relacionado con Colón no solo alcanza a su real personalidad, a su origen, a su familia, a su verdadero nombre y rostro, a la manera cómo firmaba, a su nacionalidad, su forma de vida, ni cómo llegó a las islas caribeñas que visitó con anticipación al descubrimiento oficial de las mismas, sino que también se extiende a las personas que se relacionaron con él. Enigma que incluso como veremos, ha persistido hasta después de su muerte, ya que actualmente aún no se sabe donde está enterrado su cuerpo, a pesar que hay varias naciones que aseguran que yace en sus territorios./strong>

La responsabilidad de estas incógnitas afecta a Fernando e Isabel, los Reyes Católicos y a La Corona de Castilla. Al reino de Portugal, a la Iglesia y al Papado; a sus confesores y amigos los sacerdotes franciscanos del Monasterio Santa María de la Rábida. A quienes financiaron sus viajes y sus primeros cronistas, funcionarios de la Corte Real, que construyeron esa endiosada y prolija versión oficial que se enseña en las escuelas; aquella de un Colón católico, íntegro y visionario, que apostaba por una tierra esférica y no plana como opinaba la mayoría, cuestión nunca planteada en verdad por Colón.

¡O bien, cómo al lúcido marino que con sólidos argumentos científicos destruyó la opinión de los asesores del reino!, que tampoco ocurrió, pues el voto de tales asesores de la Corona fue negativo, discrepando diametralmente de los cálculos sobre la dimensión de la tierra y las distancias calculadas por el Almirante.

También como un idealista que pudo financiar su primera expedición con las joyas personales donadas generosamente por la reina Isabel, historia sin asidero documental.
Y finalmente como un hombre piadoso, desinteresado, honrado y culto, que conquistó para España un Nuevo Mundo, argumentos todos falsos y ya suficientemente descalificados a la luz de la historia y de los documentos encontrados posteriormente, que han revelado que todo esto fue una gran patraña.

Es evidente que todos los nombrados fueron cómplices por diversas razones con el ocultamiento de estos datos, enmascarando a Colón; dándole una fisonomía y una personalidad nueva que no era la suya, encubriéndolo, como si estas mentiras piadosas, esta ficción, no tuviera relevancia frente al otro elemento en juego, algo tan trascendente y vital para el destino de Castilla y el interés de la monarquía, que no solo era necesario preservar sino salvar a costa de cualquier otra situación menor, como si se tratase de un asunto vital, de vida o muerte, el descubrimiento.

Para tratar de percibir la verdad y esclarecer meridianamente tantas incógnitas e interrogantes, además de los antecedentes expuestos, hay que ir más lejos en la búsqueda de las claves y códigos que nos acercarán a la respuesta correcta. Esto significa conocer de más cerca los sucesos y acontecimientos que marcaron esos tiempos revueltos, las intrigas palaciegas, el control político que ejercía la iglesia, su impresionante espionaje de todo lo que ocurría en el mundo, lo que permitía al Papa mover las piezas de su ajedrez diplomático para evitar conflictos entre sus siervos y corderos dispersos en todos los reinos cristianos que comandaba.

Veremos entonces que todo encaja como una operación aritmética. Si el Papa era el dueño del mundo, los reinos y países debían pagar renta por la tierra que ocupaban, impuestos; y también dar granjerías a la Iglesia en su calidad de administradora universal, el famoso diezmo.

Si se descubrían nuevas tierras, lo más seguro era que sus naturales no conociesen al verdadero Dios, por lo tanto había que adoctrinarles y esa era una obligación cuyos costos corrían por cuenta de los descubridores. Estos bárbaros infieles, -algunos de ellos solo humanoides-, ante el riesgo que se sumasen a los infieles de otras latitudes, debían elegir entre adorar a Jesús o morir en la hoguera, como todos los herejes. El beneficio de ello para el Papado, era que tendría nuevos reinos, más poder, más súbditos que pagaban impuestos y más prosélitos de su religión. Ganancia redonda.
Es preciso por tanto conocer la Ley Suprema que dirigía el juego, la Regla de Oro que fijaba la ruta de los reinos y el comportamiento de la sociedad alineada en la dirección señalada por la Iglesia Católica medieval: sus Decretos Imperiales, conocidos como Bulas. Para el caso en comento las llamadas Bulas Alejandrinas.

Recordemos que el Catolicismo, después de la caída del Imperio Romano, sobre todo desde el año 313, se declaraba heredero directo de los emperadores, basando sus aspiraciones en un supuesto documento del Emperador Constantino en el que este cedía el poder civil del mundo conocido al Papa de Roma, junto a Italia y todos los reinos occidentales. La realidad es que el documento de la donación de Constantino es una falsificación del siglo VIII realizado mañosamente por la Iglesia, el cual, si bien durante la Edad Media fue puesto en duda, no es hasta el Renacimiento que se descubre la total falsedad de la Donación de Constantino.

Españoles y portugueses, luchaban antes y después de siglo XV tenazmente por la hegemonía Atlántica, por una expansión que anexara nuevos territorios a sus reinos, que permitiera nuevos ingresos que tonificaran su economía.
Los españoles, merced a Títulos entregados por el Papa a Luis de la Cerda, ocuparon las Islas Canarias y otras islas menores que a pesar de ser conocidas desde la antigüedad nunca habían sido claramente identificadas ni descubiertas oficialmente, lo que dio a España una leve ventaja sobre otras Armadas que competían por el control de la Mar Océana.

No obstante, la destreza marítima de los portugueses, su audacia como exploradores les hizo llegar a nuevas islas y tierras, apresurándose a asegurarse su exclusividad, acudiendo al Papa para que al igual que lo hizo antes Clemente VI con Luis de la Cerda, certificase su titularidad en su calidad de dueño del mundo.
Así fue como con fecha 8 de enero de 1455 Portugal obtuvo la Bula Romanux Pontifex y el 13 de marzo de 1456 la Inter Caetera, con las cuales ratificaron su primacía sobre la conquista del cabo Bojador al noroeste de África, hacia la india y el Lejano Oriente.

De esta manera Portugal acaparaba por derecho de conquista y por ratificación papal, rutas exclusivas bajo su control para llegar a la especiería, por lo que el campo de acción español quedaba limitado hasta su posesión de Canarias, quedando fuera del intercambio comercial más importante del momento con la Indias y sus codiciados productos, siendo su única esperanza tratar de navegar el Atlántico hacia el poniente, adentrarse en el Mar Tenebroso, lo que en ese entonces se consideraba una locura.

Pero antes de acotar otros antecedentes, hay que tener claro que el papel del Papa no era solo el del buen padre que media entre sus hijos para evitar rencillas; o del buen vecino que llama a la cordura y a la paz a dos amigos en discordia. El Vicario de Cristo era más que eso.

Como representante de Dios en la Tierra, era por sucesión divina el dueño material del mundo entero. El Jefe Poderoso que disponía qué dinastía debía regir cada una de sus posesiones. Tenía poder para destituir Reyes o lanzar ejércitos en su contra y para unirlos en Guerra Santa contra los infieles, aquellos que se negaban a aceptar a Dios como Patrón del Cielo y reconocer a su hijo Jesucristo como el Dios viviente.
Por ende, todos aquellos remisos a aceptar la autoridad papal, no sólo eran grandes pecadores frente a las leyes de Dios, sino que enemigos declarados de la Iglesia Católica Apostólica y Romana a los que había que destruir necesariamente.
Esos eran los renegados, los idólatras, los bárbaros, los paganos, los infieles. A estos se sumaban los ateos, esos despreciables hijos del diablo que como engendros de la oscuridad complotaban en las sombras, alentando y potenciando a las brujas y hechiceros, que junto a las comadronas, permitían el nacimiento de criaturas diabólicas, espantos que asolaban los pueblos, cuyas maldiciones arrastradas por el viento, llegaban a los confines más remotos del reino sembrando la enfermedad y la muerte.

Todos estos eran los servidores de Satán, los hijos del mal, que en su nefanda ceguera, se negaban a reconocer la potestad del Papado y por lo tanto, y esto era lo más indignante, a pagar el diezmo, donar sus heredades, entregar tierras y dignidades al alto clero, pagar tributos al rey y a la iglesia, hacerse cargo del coste de las mismas y el sueldo de los frailes y monjas, así como mantener los conventos y abadías.

El devenir de esta Edad Media o Edad Oscura, generó el desarrollo cada vez más potente de la figura de Cristo y la veneración a María y algunos Santos, figuras que resultaron más creíbles y rentables a la iglesia, de quienes los fieles compraban medallitas, escapularios, cruces y libros de rezos. Las iglesias relumbraban con el destello de las velas de oración que los creyentes compraban en las sacristías donde también estaba la oferta de tumbas, y los frailes urgían desde el púlpito más sacrificios, mayores “mandas” y más cánticos. Dios estaba insatisfecho.
Las ánimas sufrientes clamaban piedad desde los azules, rojos y amarillos violentos de los vitraux de los ventanales. Desde las escenas dantescas de los cuadros colgados de las paredes de los templos, pedían más novenas, homilías y peregrinaciones. Por cada misa que se rezaba en el altar, se sacaba un ánima del purgatorio. Nadie estaba libre del juicio de Dios. El demonio cosechaba almas. Cada muerto era disputado por ellos. Dios trataba de salvarlos a todos, pero había que “ayudar”. Lo primero era yacer en “tierra sagrada”. El cura solo bendecía aquella que estuviera dentro del recinto de los cementerios católicos. Había ofertas para todos los gustos, el simple hoyo y una cruz, la tumba formal o la cripta estilizada. Había que bautizarse, hacer la primera comunión, confirmarse, ir a misa todos los domingos a dejar el diezmo para el señor, casarse y morirse dentro de las normas de Dios. Todo tenía su precio. Ese era el camino de la “salvación”.
La cultura del miedo penetraba el espíritu religioso y las feligresas llegaban a sus casas directamente al escondite de sus ahorros, para llevar salvación a estos hermanos que se quemaban por millones. Los más pudientes llamaban al Notario y canalizaban legados piadosos para la iglesia para adelantar misas y oraciones para estos difuntos, pero especificando que primero, los dineros de estos bienes, debía destinarse a misas y oraciones por su propia salvación y la de su familia.

Poco a poco ese dios impersonal, vengativo, invisible y lejano, ese padre celestial sin rostro, fome y aburrido siempre sentado allá arriba en el arco del cielo, iba quedando en la trastienda de la fe. Los fieles pedían favores a la madre de Dios, la salvación de su alma al hijo de Dios y solo de tarde en tarde la curia se acordaba del Dios viejo, de ese supuesto creador de todas las cosas, esa deidad tan imperfecta como los humanos hechos a su semejanza, y tan injusto como la incontable variedad de males que afectan al hombre.
Y también fue un tiempo de definiciones de estos grandes y nuevos pecados que iban perfilándose, en especial en esta etapa de descubrimientos, relativos a los infieles, herejes y cismáticos.
Así, se llama infiel a quien no cree en la divinidad de Jesús o quién no ha sido bautizado en el rito cristiano. En este contexto caen todas las otras religiones existentes y sus seguidores así como los nativos de todo el orbe que no conocen el catolicismo, y en el caso particular del descubrimiento de América “los Indios”, como los bautizó Colón.

Hereje es aquella persona que no obstante creer en la divinidad de Jesús, posee además creencias de otras fuentes que contradicen los dogmas católicos, como es el caso de los cristianos supersticiosos, o que abrazan simultáneamente ciertas creencias de otros credos.

Y un cismático, es aquel individuo que no posee creencias contrarias a los dogmas católicos, pero que niega la autoridad de la Iglesia Católica, como son la mayoría de las corrientes separatistas del catolicismo, reformistas y particulares que creen en Dios, Jesucristo o la virgen María, pero no en el aparataje eclesiástico.

Hay que hacer presente, que para la Iglesia, piadosa como ella sola, ejemplo de justicia y equidad, todos eran igualmente pecadores, por lo que, por intermedio de su brazo vengador el Santo Oficio de la Inquisición, mandaba a la hoguera por igual, a infieles, herejes y cismáticos.

En abril de 1493 cuando Colón les comunicó a Fernando e Isabel, haber pisado tierras del Gran Khan en las Indias, estos, temerosos que Portugal las reclamase debido a los Títulos conseguidos con el Papa, cuyos límites encerraban las islas descubiertas, recurrieron secretamente y de inmediato al Papa español Alejandro VI.


Este Papa, junto a sus parientes, son conocidos en la historia como una de las familias más sanguinarias de todos los tiempos, disipados, complotadores y degenerados. Famosos por su afición a usar veneno en los cócteles que ofrecían a sus invitados.

Apenas asumió Rodrigo de Borgia y Borgia, bajo el nombre de Alejandro VI, de inmediato mostró el nepotismo que le caracterizaría en todo su nefasto reinado, involucrando a sus numerosos hijos, amantes y familiares en altos cargos vaticanos con rentables ministerios, arreglando matrimonios de interés de sus vástagos, casi todos naturales, en todas las cortes europeas; chantajeando a los reyes, para conseguir que éstos obtuviesen títulos, honores y tierras y asesinando a varios cardenales y príncipes de la iglesia que pudieran desestabilizar su mandato, con el indudable objetivo político de apoderarse de Europa

Algunos de sus hijos conocidos eran Girolama, Isabel y Pedro Luis (de madre desconocida). De su amante permanente de cuando era Cardenal, Vanozza Attanei, que luego llevó como regenta al Vaticano, nacieron Lucrecia, César y Godofredo. Fue amante de Rosa, una de las hijas de Vanozza, con la que tuvo cinco hijos. Con otra de sus amantes estables, Julia Farnesio, a la que también mantuvo viviendo en la Santa Sede cuando Papa, tuvo otros dos hijos. A todos ellos los utilizó en el desarrollo de sus planes políticos, especialmente a César, que era el ejecutor de sus campañas militares y a su hija Lucrecia, que también fue su amante, cuya hermosura y atractivo usó como señuelo para varias infamias y matrimonios de conveniencia de corto tiempo, para sellar alianzas políticas.
Rodrigo Borgia, tenía una antigua y estrecha relación con Isabel y Fernando desde 1472, cuando como legado papal se les había reconocido como herederos al trono castellano. Habiéndose casado ilegalmente en 1469 los primos hermanos Fernando de Aragón e Isabel de Castilla, los futuros Reyes Católicos, para conseguir la legalización de su matrimonio a finales del verano de 1472 se reunieron en Tarragona sede del arzobispo Urrea. Fue Rodrigo de Borja (futuro Papa Alejandro VI) quien solicitó al papa Sixto IV la Bula que permitiría el matrimonio de los reyes de Aragón y Castilla. De otra manera no habrían podido ser reyes, antes bien, arriesgaban la excomunión.


Por supuesto, estas franquicias no fueron gratis y habían significado una cuantiosa fortuna que fue a parar a los bolsillos de Rodrigo Borgia, su nombre castellanizado. En base a “este favor”, además, por exigencia del mismo Rodrigo, pero ahora como Papa Alejandro VI, los reyes católicos nombraron Duque de Gandía a su hijo Pedro Luis en 1485. Otorgaron el Arzobispado de Valencia para su otro hijo César en 1492; y el otorgamiento de “la mano” de María Enríquez, la prima del Rey, para su hijo menor Juan en 1493.


Por lo tanto, cuando los reyes acudieron a él para buscar astutamente algún ardid que impidiera a los portugueses ocupar estas tierras por corresponderles por tratados anteriores, Alejandro VI, a cambio de otro gran saco de dinero, otorgó apresuradamente las famosas cuatro Bulas Alejandrinas, que se iban complementando entre sí. Dichos documentos, por supuesto necesitaron adulterar sus fechas de expedición, poniendo el Papa a estas Bulas fechas con efecto retroactivo, para que fuese una antes del descubrimiento, la otra para hacerlas coincidir con la llegada de Colón, etc.

En estas bulas se concede el dominio sobre tierras descubiertas y por descubrir en las islas y tierra firme del Mar Océano, por ser tierras de infieles en las que el Papa, como vicario de Cristo en la Tierra, tiene potestad. La concesión se hace con sus señoríos, ciudades, castillos, lugares y villas y con todos sus derechos y jurisdicciones para que los Reyes Católicos tuviesen tal dominio "como señores con plena, libre y absoluta potestad, autoridad y jurisdicción.

La bula en cuestión decía:
"Nos hemos enterado en efecto que desde hace algún tiempo os habíais propuesto buscar y encontrar tierras e islas remotas y desconocidas y hasta ahora no descubiertas por otros, a fin de reducir a sus pobladores a la acción de nuestro Redentor y a la profesión de la fe Católica, pero, grandemente ocupados como estabais en la recuperación mismo del reino de Granada, no habíais podido llevar a cabo tan santo y laudable propósito; pero como quiera que sea recuperado dicho reino por voluntad divina y queriendo cumplir vuestro deseo, habéis enviado al amado hijo Cristóbal con navíos y con hombres convenientemente preparados, y no sin grandes trabajos, peligros y gastos, para que un mar hasta ahora no navegado buscasen diligentemente unas tierras remotas y desconocidas.

Estos navegando el mar océano con extrema diligencia y con auxilio divino hacia occidente, o hacia los indios, como se sabe, encontraron ciertas islas lejanísimas y también tierras firmes que hasta ahora no habían sido encontradas por otros, en las cuales vive una inmensa cantidad de gente se según se afirma van desnudos y no comen carne…. " haciendo uso de la plenitud de la potestad apostólica y con la autoridad de Dios omnipotente os donamos concedemos y asignamos perpetuamente, a vosotros y a vuestros herederos y sucesores en los reinos de Castilla y León, todas y cada una de las islas y tierras predichas y desconocidas que hasta el momento han sido encontradas por vuestros enviados, y las que se encontrasen en el futuro y que en la actualidad no se encuentran bajo el protectorado de ningún otro señor cristiano, junto a todos sus dominios, ciudades fortalezas, lugares y villas con todas sus jurisdicciones correspondientes y con todas sus pertenencias, y a vosotros y a vuestros herederos".

"Nadie pues se atreva en modo alguno a infringir o contrariar con animo esta deputación, mandato, inhibición, indulto, extensión, ampliación, voluntad y decreto. Si alguien pues se atreviese, que sepa que incurre en la ira de Dios omnipotente y de los bienaventurados Apóstoles Pedro y Pablo.

Dado en Roma. San Pedro, en el año de la encarnación del señor, mil cuatrocientos noventa y tres, el día quinto de las nonas de mayo, primero de nuestro pontificado."

La Bula, por tanto, aunque no lo manifestaba expresamente, contenía intrínsecamente la gran amenaza de privar a los infractores de este Decreto Universal, del goce de su alma en el paraíso, es decir, decretaba la excomunión para todos aquellos que osasen viajar a las Indias por el Oeste sin autorización de los reyes de Castilla. La única contrapartida de la donación era la obligación correspondiente a los reyes, de evangelizar las tierras concedidas.

Seguidamente, el Papa que no deseaba que su negocio se malograse, decidió dividir al mundo en dos mitades, para lo cual, luego de algunos pequeños cálculos trazó una simple línea en un mapamundi, de polo a polo. ( ¡para eso el mundo le pertenecía y el hacía lo que quisiera con él..! ). Luego, graciosamente le asignó una mitad a Portugal cuidando que fuera donde estaban sus descubrimientos y la otra a España, con la precaución de dejar en tal sector las tierras del Nuevo Mundo recién descubiertas. Salomónicamente, dicha división consistía en separar los dominios españoles y portugueses con una línea imaginaria de Norte a Sur. España se quedaría con las tierras del lado Oeste mientras que Portugal obtendría las del lado Este.
Este último reino no quedó insatisfecho con este acuerdo; recordemos que Colón de vuelta de su primer viaje pasó a saludar primero al rey de Portugal, no se sabe si para buscar algún negocio mejor que el ofrecido por los Reyes Católicos, o solo para burlarse en venganza de la poca fe tenida en su ofrecimiento. Pero el caso es que Juan II consideró vulnerado el Tratado de Alcacovas-Toledo, firmado en 1479, e incluso amenazó con una guerra, por lo que debió pactarse un nuevo acuerdo, que se llamó Tratado de Tordesillas, de 7 de junio de 1494.

Portugal Consiguió con su alegato mover la línea a su favor 370 leguas al Oeste de las islas del Cabo Verde. Gracias a este nuevo acuerdo, Portugal se estableció en América en el vasto territorio que ahora conocemos como Brasil. Si alguien no comprendía por qué los brasileños son los únicos en Sudamérica que hablan portugués en vez de castellano, ahora pueden colegir el motivo y razón de ello.


Estas Donaciones Papales, trajeron desde el primer momento una polarización de las opiniones de muchos expertos y eruditos extranjeros, muchos de ellos eclesiásticos, que por ello fueron en su mayoría expulsados de sus órdenes, confinados en casas de retiro o desterrados de sus países. A su vez, Inglaterra, Francia y Holanda, no lo consideraron nunca válido, principalmente porque se quedaron fuera de este caprichoso reparto y desafiaron al Papa a que les mostrase "el documento en el que Dios firmaba esta declaración".

Domingo Muriel, jesuita paraguayo expulso del Río de La plata, publica en Venecia su "Rudimento Juris Naturae et Gentium", donde se pregunta : ¿ Con qué derecho puede el pontífice romano ejercer su autoridad y poder sobre aquellos que rechazan el evangelio que nunca han admitido y no son, por consiguiente, súbditos suyos?

Esta opinión en ese tiempo era muy arriesgada pues ponía en entredicho el poder papal y no solo amenguaba esta medida sino que llamaba a rechazarla.

Cornelio de Pauw, 1739-1799, un holandés escritor, filólogo, filósofo y diplomático en la Corte de Federico el Grande de Prusia, a pesar que no tenía buena idea de los “indios” americanos, en sus "Recherches Philosophiques", califica el tema de la Donación Alejandrina diciendo “que las Bulas son un monumento a la extravagancia humana y que estas solo son fruto del oportunismo papal”.

Según él, Alejandro VI, “con el propósito de ganarse el apoyo español para colocar a uno de sus bastardos como Emperador de Alemania, no ahorró bajeza para congraciarse con Fernando e Isabel, a los que se apresuró a regalarles América, sin sabe siquiera donde se encontraba…” “Si no estuviéramos habituados a los atentados y pretensiones de los papas –comenta- quedaríamos admirados de ver como un eclesiástico ultramontano podía dar de un plumazo los estados de trescientas naciones diferentes, a un pequeño príncipe europeo”.

También el abate Guillermo Tomás Raynal, escritor francés de la corriente enciclopedista, emplea artillería gruesa para calificar a las Bulas y refiriéndose a la navegación hispanoportuguesa afirma en su "Histoire Philosophique et Politique des Etablissements et du Comerse des Européens dans les deux Indes" que: "para prevenir un conflicto entre las ambiciones de ambos Estados, la Santa Sede delimitó en 1493 la zona de expansión de cada uno, haciendo uso de ese poder universal y ridículo que los pontífices de Roma se habían arrogado desde hacía siglos y que la ignorancia idólatra de dos pueblos igualmente supersticiosos prolongaba todavía para asociar el cielo a su avaricia”.

En carta a Simón Bolívar, el mismo abate Raynal expresa: "Tres siglos ha, dice V., que empezaron las barbaridades que los españoles cometieron en el grande hemisferio de Colón. Barbaridades que la presente edad ha rechazado como fabulosas, porque parecen superiores a la perversidad humana; y jamás serían creídas por los críticos modernos, si constantes y repetidos documentos no testificasen estas infaustas verdades…”

El historiador inglés William Robertson, Capellán Real de Jorge III, Rector de la Universidad de Edimburgo y Moderador de la Asamblea General de la Iglesia de Escocia, agrega que “Alejandro VI, originariamente vasallo de Fernando e Isabel y deseoso de obtener su favor en pro de sus ambiciones personales, realiza un acto de liberalidad que no le cuesta nada y que, por el contrario, le sirve para afianzar el poder papal y por ese acto los reyes católicos adquieren un Título nulo, pero que les parece de valor incontestable”.

También el peruano Lorenzo de Vidaurre aborda el tema de las Bulas en varios escritos escalonados a partir de 1810. Recurriendo a la historia de su país, relata cómo al enterarse Atahualpa de la Donación Alejandrina y sin más iluminación que la luz de la razón preguntó: “¿Pues, que estos reinos son del Pontífice?”
“Ni la predicación del evangelio ni el quebrantamiento del derecho natural - sostiene Vidaurre-, fueron causas legítimas para la Donación. Los Pontífices no podían dar reinos que no eran suyos y que por ningún título les pertenecían. Alejandro VI tuvo la misma potestad para trazar una línea divisoria, que un geógrafo para dividir la tierra o un astrónomo los cielos..”

Colón se mostró siempre como un gran empresario y como tal celebró su Capitulación. Incluso en su propio testamento se aprecia como, para el cuidado de su alma, dejó lo estrictamente necesario, en tanto que por otra parte, el legado más pobre fue para su hermano Diego, explicando que no le dejaba más “porque es de la iglesia.”
En su testamento fechado el 19 de mayo de 1506, sostuvo que “allende de poner el aviso y mi persona para el descubrimiento, Sus Altezas no gastaron ni quisieron gastar para ello, salvo un cuento de maravedíes, e a mi fue necesario de gastar el resto…” (un cuento corresponde a un millón de maravedíes).







domingo, 17 de octubre de 2010

DESCUBRIENDO A CRISTÓBAL COLÓN. Parte 3.-

“Y es lógico denominarlo un nuevo mundo, porque ninguno de estos países fue conocido para ninguno de nuestros antepasados, y para todos aquellos que oigan hablar de ellos serán totalmente nuevos... He descubierto un continente." Américo Vespucio.

Vespucio fue el primer navegante conocido en registrar la corriente ecuatorial. Descubrió los ríos de La Plata y el Amazonas. En 1504 escribió su famoso "Mundos Novas", que solo en el primer año tuvo 12 ediciones y al año siguiente se publica la aún más célebre Carta donde habla de cuatro de sus varias expediciones. La información recogida no deja dudas de la continentalidad de ese Nuevo Mundo, que pasó desapercibido para Colón.

La impresión de sus contemporáneos, fue que pese a que el Almirante llegó un poco antes, fue Américo Vespucio quien recorrió y cartografió sus costas y entregó al reino de Castilla la seguridad que no solo se trataba de algunos islotes cercanos al Asia, sino de un inmenso continente desconocido y por lo tanto su mérito era muy superior a Colón.
Recordemos que Colón creyó siempre estar en costas asiáticas, en La India, y por ello bautizó como indios a los nativos, de la palabra india y el gentilicio indio, que a su vez viene de indo, nombre de un río que nace en el Tíbet y que fluye principalmente por el oeste de ese país, hoy Pakistán. A pesar de este error conceptual de Colón, el mote de llamar indios a los habitantes originarios o autóctonos del Nuevo Mundo, se quedó para siempre.

Fue en esta perspectiva que en 1507, por encargo del imprentero Gauthier Lud, el cartógrafo Martín Waldseemüller, dos años después del fallecimiento de Colón, reescribe las cartas de Vespucio, y añade un planisferio en honor del explorador florentino que incluía los países descubiertos, completamente separados de Asia, como un Cuarto Continente.

En esta "Quattuor Americi Navigationes", más su propia "Cosmographiae Introductio" como anexo al "Atlante" de Ptolomeo, la obra geográfica de referencia de esa época, el alemán sugirió que el continente del Sur se denominara tierra Americus, o América, para seguir la tradición de nombres femeninos de Europa, Asia y Africa, colocando este nombre y el retrato de Vespucio en el nuevo planisferio, que ya nunca fue cambiado.

A la sazón, Vespucio trabajaba para uno de los más destacados comerciantes florentinos del momento en Andalucía Juanoto Berard, representante de los intereses de la familia de los Médicis, capitales que tenían fuertes inversiones en los viajes de Colón a Las Indias, en particular el tráfico de esclavos.

Vespucio y Colón por lo tanto eran amigos y tenían negocios en común. Se cree que uno de los viajes explicitados en sus cartas por Vespucio, fue como tripulante de la segunda flota de Colón en ruta hacia Las Indias Occidentales, cautelando los intereses comerciales de su empresa, que partió de Cádiz el 25 de septiembre de 1493. Y en 1494, Berard y Vespucio finiquitaron con Bartolomé Colón, hermano del Almirante, los términos comerciales del viaje con la carga de esclavos negros que planeaban realizar en Abril.

De los viajes a las entonces llamadas Indias que hizo Vespucio no existen constancias documentadas y sus detalles solo se conocen a través de sus Cartas. En la primera de ellas, que dirige a Lorenzo de Pier Francesco, en mayo de 1503, cuenta su viaje bajo pabellón portugués. Da cuenta de haber salido de Lisboa el 14 de mayo de 1501, pasado el Cabo Verde y desembarcado sobre “Tierra Firme” (entre Venezuela y Brasil). Allí expresa su impresión de encontrarse frente a un Nuevo Mundo.
La segunda carta del 4 de septiembre de 1504 la dirige a Piero Solderini, Magistrado supremo de la República Florentina. Le describe, con lujo de detalles cuatro viajes hacia el Nuevo Mundo: Los dos primeros al servicio de los Reyes Católicos, y los otros dos al del rey Don Manuel I de Portugal. Estos viajes fueron:

Desde Cádiz, 18 de mayo de 1497 - 15 de octubre de 1498: Vespucio afirma haber tocado la Tierra Firme en los 16° N - 90° O, (lo que retiraría a Cristóbal Colón la primacía del descubrimiento del continente americano). Pero los relevamientos no corresponden a ningún punto de la costa sino a un lugar que se encuentra en el interior de Honduras.
Desde Cádiz, 16 de mayo de 1499 - 8 de septiembre de 1500: Esta expedición coincide con la de Ojeda que pasa por Trinidad y Honduras.
Desde Lisboa, 10 de mayo de 1501 - 7 de septiembre de 1502: Es el viaje que describe en "Mundus Novus" donde habría sido el Piloto de la expedición. Según esta versión, el objetivo del viaje era la búsqueda de un pasaje al sudoeste en una latitud que estaría cerca del estrecho de Magallanes.
Desde Lisboa, 10 de mayo de 1503 - 18 de junio de 1504: Este viaje no es fácil de identificar. Tal vez corresponde al de Gonzalo Coello.

El contexto general de estas cartas, comparándolas con las enviadas a Lorenzo de Pier Francesco presentan varias confusiones de fechas, que no se corresponden; sin embargo los historiadores, los astrónomos y los eruditos que las estudiaron, coinciden en afirmar que estas contienen informaciones tales como el uso de la coca por los indígenas, de hamacas donde dormían, combates contra tribus caníbales y descripciones de animales desconocidos hasta entonces que luego fueron confirmados, que no dejan lugar a dudas de la veracidad de su presencia en esas latitudes.
A fin del año 1504, Vespucio se encuentra en Sevilla pero toda ha cambiado. Su amigo Cristóbal Colón cayó en desgracia y ha sido devuelto a Castilla cargado de cadenas, al igual que sus dos hermanos y despojado de todos sus poderes; la reina Isabel la Católica está muerta. Fernando continúa empeñado en conseguir un corredor marítimo que conduzca sus naves a las tierras del Gran Khan y al corazón de las sedas y especias y organiza expedición tras expedición, que a partir de la ruta cubierta por Colón amplía el conocimiento del área descubierta, produciéndose un intenso tráfico de cabotaje trayendo sus riquezas.

En febrero de 1505, el rey de España nombra a Vicente Yáñez Pinzón y Américo Vespucio, capitanes de una próxima expedición hacia las Indias. Durante un año los dos hombres preparan el viaje, pero en noviembre de 1506 el rey Fernando muere y el proyecto es abandonado. En 1512 muere Américo Vespucio.

Colón, como Virrey y Almirante de las Indias occidentales, (en verdad solo los territorios e islas aledaños a Cuba), se mostró claramente como un déspota ambicioso y cruel, preocupado solo de su riqueza y poder personal, descuidando el cumplimiento de sus promesas, en especial su sociedad comercial con la Corona.
Tales abusos de poder, provocaron las críticas y la insurgencia entre sus gobernados, altamente disgustados porque las riquezas no alcanzaban sus bolsillos. Varios miembros del cuerpo de evangelizadores no podían ocultar su horror frente a la masacre de nativos y estas noticias llegaron prontamente a oídos de los reyes Católicos.


Fue tal el escándalo que la reina envío a Francisco de Bobadilla con plenos poderes para investigar, deponer a Colón y quedarse en su reemplazo.
Uno de los ángulos más relevantes de este escándalo, fue la forma despiadada de tratar con las tribus aborígenes, que fueron abusadas y explotadas sin ninguna restricción por los invasores. Algunos autores sostienen que Colón no solo fue despiadado con los “indios”, sino que se comportó siempre como un hombre egoísta y sin ningún principio de honor con sus más cercanos colaboradores y sus fieles marinos y amigos con quienes inició la aventura.

La instrucción que el Rey Fernando envió a Diego Colón, Almirante y Gobernador, desde Valladolid, a 3 de mayo de 1509 no señalaba estos malos tratos:
“Y ten, por quanto nos con mucho cuydado deseamos la conversion de los yndios a nuestra santa fe catolica, como arriba digo, y sy alla fuesen personas sospechosas en la fe podrian ynpedir algo a la dicha conversion, no consyntays ni deys lugar a que alla pueblen, ni vayan moros, ni herejes, ni Judios, ni rreconciliados, ni personas nuevamente convertidas a nuestra santa fe, saluo sy fueren esclauos negros o otros esclauos que hayan naçido en poder de xristianos nuestros subditos e naturales y con nuestra espresa liçençia.”

Las cadenas de Colón y el trato degradante recibido, eran una clara señal de la Corte Real que no deseaba la esclavitud de los naturales conquistados, que luego se tradujeron en la desgraciadamente tardía legislación indiana protectora de las libertades individuales de los indios.

Ya el Almirante había dado muestras de su desmedida ambición y celoso egoísmo con Rodrigo de Triana. Cuando llegó el momento de cobrar la recompensa consistente en una pensión de 10.000 maravedíes ofrecida por Decreto Real al primero que divisara tierra, que según como recoge la historia y el mismo Diario de Colón fue a las 2 de la madrugada del 12 de Octubre, fue el Almirante quien la cobró, exponiendo que en la noche del día 11, como a las 10 de la noche, vio una luz que “era como una candelilla de cera que se alzaba y se levantaba”.
Colón aseguró que por lo tanto él fue el primero en ver tierra y que esta pensión le pertenecía, situación de doble falsedad ya que solo dijo haber visto luces, (sin que hubiera testigos del hecho), cuando el Decreto decía claramente ver tierra y no otras señas.
Según la versión trascendida de los tripulantes, ese día 12 de octubre a las dos de la mañana Rodrigo de Triana grita: ¡Tierra, tierra, tierra! ¡Hemos llegado!
¡Enhorabuena, Rodrigo de Triana, os habéis ganado los 10.000 maravedíes que la reina ofreció le comentan sus compañeros! Colón se acerca y le dice, ¡sois un mentiroso incorregible... Mucho antes de que dieseis el grito ya observaba el fuego de la tierra que ante vosotros tienen vuestras mercedes! El premio de la reina es por consiguiente mio. Los 10.000 maravedíes son de mi propiedad y ay de aquel que me lo discuta. Al regresar a España el 15 de marzo de 1493, Rodrigo de Triana, perseguido por Colón, se vio obligado a refugiarse en Tánger y nunca más se supo de su suerte.

Colón durante todo el período de su administración solo busca oro en las islas a las que arribó, o perlas y tesoros. Cuando agota la explotación de estas fuentes se dedica a la esclavitud y a la entrega de tierras y “encomiendas a sus colaboradores para acallar sus reclamos”. Los indios son para él “oro humano”, una mercancía barata que le significa importantes ingresos. Sus hombres secuestran indios de toda comarca explorada, los cuales ofrece a 1.500 maravedíes “la pieza” en Europa, asegurando a sus compradores que esta era una ganga, ya que con el producto de “su trabajo” cada esclavo se pagaba pronto a si mismo. Tan seguro estaba de ello que los “fiaba” a condición de recibir la paga cuando produjeran: “Y la paga sea de los mesmos de los primeros dineros que de ellos salieren”.
En uno de sus “negocios” habla con entusiasmo de un lote de 4.000 indios, que a lo menos valdrían 20 cuentos y 4.000 quintales de brasil. Otra vez le piden siete mujeres como esclavas y manda a sus hombres que le traigan “siete cabezas”, como si se tratase de ganado.
Sus más cercanos colaboradores aseguraban que a Colón le podían arrancar el corazón pero no la bolsa y que si alguien osaba interferir en sus negocios lo fulminaba sin piedad. A los indios que se daban a la fuga o que se rehusaban a trabajar como esclavos les hacía cortar las orejas y la nariz.
Para encontrar a los indios renuentes que se refugiaban en los bosques o disuadir a aquellos que no le pagaban impuestos, tenía una cuadrilla de perros amaestrados, bravos canes que podían descuartizarlos a mordiscos o matarlos en pocos minutos.
Tampoco vacilaba en la traición o el engaño para conseguir sus propósitos. Cuando se percató que no podría dominar por la fuerza al cacique taíno de las Antillas Mayores Canoabo, envió a su teniente Alonso de Ojeda con instrucciones de tenderle una emboscada. “Invitad al indio Canoabo amigablemente, a que venga a nuestro campamento para hacer con el un arreglo amistoso, y tan pronto llegue, capturadlo…”

Desde que Cristóbal Colón llevó algunos indios a España en calidad de esclavos, el problema de la libertad y de la esclavitud fue un tema muy candente que mantenía dividida a la opinión pública y que penetró en la conciencia de todos los españoles y que urgía a una acción esclarecedora de los Reyes Católicos. Colón, además de ser el descubridor de América, era para muchos, el culpable de la esclavitud de los indios como negocio generalizado, pero no existía jurisprudencia para juzgar estas materias y estos hechos ocurrían en un lugar muy lejano y todavía aislado.

El primer demócrata que se alzó en América contra esta tiranía fue Francisco Roldán, antiguo criado del Almirante, que se sublevó a la cabeza de 75 hombres. Ojeda, su teniente de confianza también contribuyó al levantamiento, prestando todo su apoyo.
La pugna entre partidarios de la esclavitud y aquellos que tenían un sentido más caritativo y piadoso estaba declarada.

Los cronistas de aquel tiempo nos describen los matrimonios de los indígenas como un sacrilegio. Su único deseo –según el testimonio de testigos oculares– es comer, beber, adorar ídolos y cometer obscenidades.
Hay quienes los pintan libidinosos, idólatras y veleidosos. En un discurso pronunciado en 1525 ante el Consejo de Indias, el ilustre domínico Tomás Ortiz declaraba:
«En el continente comen carne humana fresca. Son más dados a la sodomía que cualquier otra nación. No existe justicia entre ellos. Van desnudos. No tienen consideración ni al amor ni a la virginidad. Son estúpidos y tontos. No tienen respeto por la verdad, salvo cuando es su beneficio. Son inestables. No tienen conocimiento de lo que significa previsión. Son desagradecidos y mudables. Hacen alarde de embriagarse con unas bebidas que fabrican con ciertas hierbas. Son brutales. Entre ellos no existe la obediencia. Son incapaces de aprender. Traidores, crueles y vengativos, nunca olvidan.
Muy hostiles a la religión, perezosos, deshonestos, abyectos y viles, en sus juicios no son fieles a la ley. Mentirosos, supersticiosos y cobardes. No ejercen ninguna industria o arte humano. No quieren cambiar de costumbres. No tienen piedad con los enfermos, y si alguno cae gravemente enfermo, sus amigos y vecinos se lo llevan a las montañas para que se muera allí.»


El primer indicio que encendió la polémica secular de la libertad como derecho inalienable de los indios fue en la propia isla La Española cuando el domínico fray Antonio de Montesinos en 1511, desde el púlpito y en referencia a las palabras de San Juan “Yo soy la voz que clama en el desierto”, expresó apasionadamente:

“... Para os los dar a conocer (los pecados contra los indios) me he subido aquí, yo soy voz de Cristo en el desierto de esta isla y, por tanto, conviene que con atención no cualquiera, sino con todo vuestro corazón y con todos vuestros sentidos la oigáis; la cual será la más nueva que nunca oísteis, la más áspera y dura y más espantable y peligrosa que jamás pensasteis oír... Esta voz dice que todos estáis en pecado mortal y en él vivís y morís, por la crueldad y tiranía que usáis con estas inocentes gentes. Decid ¿con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre aquestos indios? ¿Con qué autoridad habés hecho tan detestables guerras a estas gentes que estaban en sus tierras mansas y pacíficas, donde tan infinitas de ellas, con muertos y estragos nunca oídos, habéis consumido? ¿Cómo los tenéis tan opresos y fatigados, sin darles de comer ni curarlos de sus enfermedades, que de los excesivos trabajos que les dais incurren y se os mueren, y por mejor decir los matáis por sacar y adquirir oro cada día? ¿Y qué cuidado tenéis de quien los doctrine, y conozcan a su Dios y Criador, sean bautizados, oigan misa, guarden las fiestas y los domingos? Estos, ¿no son hombres? ¿No tienen ánimas racionales? ¿No sois obligados amallos como a vosotros mismos? ¿Esto no entendéis, esto no sentís? ¿Cómo estáis en tan profundidad, de sueño tan letárgico, dormidos? Tened por cierto, que en el estado en que estáis, no os podéis más salvar, que los moros o turcos que carecen y no quieren la fe de Jesucristo”.
En la misa del domingo siguiente, este valeroso fraile negó la absolución en la confesión a los encomenderos y oficiales de La Española, la más poderosa clase social de la isla, a menos que se comprometieran a proteger a los indios taínos. La respuesta de la autoridad gubernativa fue la prohibición de predicar en la isla a la Orden de Los Domínicos y considerarlos personas no gratas, bajo riesgo de ser expulsados en cualquier momento de La Española.

Entre los presentes en la misa donde fray Antonio de Montesinos expuso su famosa perorata, había un joven soldado, que antes había sido buscador de oro, quien quedó muy conmovido de este lenguaje tan poco usual en aquellos tiempos. Como era común entre los que habían participado en campañas contra los indios, a pesar de su juventud era "encomendero", es decir, poseía tierras y esclavos indios, pero sintiéndose con vocación religiosa, viajó en 1507 a Roma donde recibió órdenes sagradas menores al sacerdocio, siendo su estado actual el de Presbítero. Sabiéndolo, el domínico Antonio de Montesinos, en la Misa del siguiente Domingo, le negó también la absolución luego de la confesión. Este hombre se llamaba Bartolomé de Las Casas.

Las autoridades de La Española denunciaron a la Corona la actitud y el emplazamiento hechos por fray Antonio de Montesinos, por ver en ellas la negación del derecho de Castilla a conquistar y dominar los territorios ultramarinos recién descubiertos y a someter a sus habitantes.

Este “jaque mate al rey”, que lo obligaba a responder la pregunta si era legítima o no la presencia castellana en Indias, inquietó profundamente a la Corona y el tema dio lugar a un minucioso estudio en el nivel de los sabios doctores de las universidades, que concluyó a instancias del propio Fernando, en la convocatoria de una Junta de eminentes políticos, teólogos y juristas, que debían debatir en Burgos en 1512 el tema de “Los Justos Títulos”, como se llamó.

Las tesis propuestas y aceptadas, como se esperaba fueron lapidarias y concluyentes.
“Sólo en el Papa, como Vicario de Cristo y cabeza de la Iglesia, reside el poder sobre los infieles”;
“Todos los reinos están obligados a acatar la soberanía del Papa”;
“La Iglesia por sí misma, o a través de algún príncipe católico, puede hacer la guerra a los infieles y dominarlos si no se acepta la autoridad del papado”;
“Los reyes de España, gracias a las bulas alejandrinas, tenían el derecho de dominar, esclavizar y exigir todo tipo de servidumbres y bienes a los infieles indios”.


Conclusión: “Así pues, este planteamiento justifica el derecho de los reyes castellanos sobre América, por delegación de la autoridad papal”.

Posteriormente, en 1513, otra Junta convocada en Valladolid, acordó que:
“Para la realización de nuevas conquistas con autorización del Papa, sería suficiente saber que sus habitantes eran idólatras”;
“La licitud de la guerra vendría dada por la lectura previa del “Requerimiento”, que pedía a los indios que obedecieran al Papa como representante de Cristo, y se sometieran al rey español”;
“Si los indios se resistían se les podía hacer esclavos y disponer de sus bienes”.


Estas conclusiones, sirvieron para conformar las llamadas Leyes de Burgos que fueron las primeras leyes y Ordenanzas que la Monarquía Hispánica aplicó en América para organizar su conquista.

Ahora quizás mucha gente comprenda, que las conquistas portuguesas y españolas al menos, ya que ha habido otros pueblos que también han cruzado el mar para someter, saquear y asesinar a los generalmente pacíficos naturales de las tierras que han usurpado, solo han podido ser posible, con las características que tuvieron estos "descubrimientos" que comentamos, gracias al timo, a la gran estafa de la iglesia Católica y Romana, que primero engañó a toda la humanidad falsificando uno de sus Papas el testamento de Constantino, para apoderarse de tierras, bienes y servidumbres a través de toda Europa.
Y luego, a partir de esa mentira gigantesca, de hacer creer a la cristiandad y al resto de las religiones del mundo conocido, que eran los legítimos herederos del imperio romano, con aquella falsa potestad que habría otorgado Constantino en su lecho de muerte, de reconocer en la figura del Papa, al Vicario de Cristo en la Tierra, en calidad de único y absoluto representante directo del Dios verdadero.
Ese embuste tan burdo y desvergonzado y hasta criminal, les permitió erigirse por sobre reyes y gobernantes y arrebatar a cada reino porciones de tierras para crear sus Estados Pontificios y para lanzar una y otra vez su Ejército Vengador, aquel de Las Cruzadas, en guerras fraticidas que escondían el mezquino interés de liquidar las religiones que podrían hacerle competencia y sobre todo robar sus tierras, sus bienes y sus castillos.

Así fueron esas sangrientas Guerras de Dios, comandadas por los Papas mismos, para las cuales, en su afán de conseguir combatientes sin costo para el papado, usaban esa otra mentira, donde invocando un supuesto poder divino otorgado directamente por Dios, condonaban todos sus crímenes a los más salvajes criminales y mercenarios venidos de toda Europa, bajo la promesa de conseguir un lugar de privilegio en el cielo, además de permitírseles quedarse con los tesoros, las mujeres y los siervos de los enemigos que matasen en campaña.

Así fue como mataron millones de personas en distintas épocas, a los cátaros y albigenses, a los sarracenos y a los judíos.Así fue como después de agotarse las Cruzadas, al darse cuenta los reinos que todo era una vil mentira y esclarecerse que la Iglesia Católica y sus jerarcas habían falsificado ese documento madre, del legado del último Emperador romano de la historia, Constantino El Grande, los reyes europeos recuperaron sus tierras de los Estados Pontificios relegando al Papa y la curia a esa pequeña porción de tierra italiana que conocemos con el pomposo nombre de Estado Vaticano, dejando desde ese momento la Iglesia de usar el apellido usurpado de "romana."

Pero estamos hablando ahora del siglo XV, donde aún la Iglesia, tenía la credibilidad de las monarquías europeas, acerca de que TODA LA TIERRA PERTENECIA A DIOS Y POR LO TANTO LOS UNICOS QUE PODIAN DISPONER DE ELLA ERAN SUS REPRESENTANTES, LA BENDITA IGLESIA CATÓLICA Y ROMANA.


Esto, más el terror impuesto a través del último de sus monstruos, el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición, permitía este triste espectáculo que estamos comentando relativo a los descubrimientos españoles y portugueses, que constituyeron y que siguen siendo, los vergonzosos principios jurídicos, la doctrina y las normas y regulaciones que rigieron para domeñar un continente entero....en nombre de Dios.

Y fue entonces en base a esa calidad moral inexistente, a ese mandato divino inexistente, a esa prerogativa de repartir el mundo a su amaño inexistente, como se gestó esta comedia de los JUSTOS TITULOS, que mejor debieran denominarse de los TITULOS FALSOS, llamada a constituirse como acabamos de ver, en una instancia jurídica inapelable, para asumir esa ridiculez que en las estructuras jurídicas y morales de la modernidad solo mueve a risa, y que son, de cara a los derechos humanos inalienables de las personas, no solo inaceptables sino aberrantes, como que "solo en el Papa, reside el poder sobre los infieles. Qué todos los reinos están obligados a aceptar la soberanía del Papa".

Y que decir de esa solapada y soberbia amenaza de que "la iglesia por si misma o a través de algún príncipe católico, puede hacer la guerra a los infieles" (no creyentes).

Y esa otra majestuosa idiotez de: "y dominarlos si no se acepta la autoridad del papado..."
Qué la simple autorización del Papa, ante el evento que los conquistados fuesen idólatras, bastaría.
Qué primero había que preguntarles a los indios si querían obedecer al Papa "como representante de Cristo" y luego si deseaban ser dominados por los españoles. Si decían que no, guerra para ellos.
Y la guinda de la torta: Si se resistían, se les podía hacer esclavos y disponer de sus bienes
.

No explican estos sabios ¿si se resistían a qué? ¿A ser dominados por los extranjeros, o por no obedecer al representante de Cristo en la tierra? ¿O por las dos cosas?
También se les escapó a estas eminencias, ponerse en el supuesto de extrapolar en su elevada categoría de selectos abogados, teólogos y juristas del reino, que en estas otras tierras que estaban invadiendo sus tropas, había otros dioses a los que los naturales adoraban inocentemente. Y que por lo tanto, sin quererlo, pasaban a ser automáticamente idólatras. Es decir, ¿entonces a qué preguntarles. A qué perder el valioso tiempo de esos soldados que solo querían oro, preguntando imbecilidades?

¡De más está tratar de buscar subterfugios y engañarse respecto a quienes favorecían estas manipuladas y torpes conclusiones. O de buscar un átomo de piedad, un hálito de justicia o quizá simple sentido común en esos paladines del intelecto castellano. Jamás lo encontraríamos!

Si hoy el cura Ratzinger, heredero actual de la tan deteriorada Vicaría de Cristo, se asomase a la Plaza de San Pedro desde su curioso balcón y en su exhortación dijese tan solo una de estas frases que hoy suenan tan inicuas, como por ejemplo: -QUE SOLO EN EL PAPA RESIDE EL PODER DE LOS INFIELES-, o que, -TODOS LOS REINOS ESTAN OBLIGADOS A ACEPTAR LA SOBERANIA DEL PAPA-. Y mejor aún, -QUE LLAMARÁ A UNA NUEVA CRUZADA CONTRA LOS INFIELES APOYADO POR LOS EJÉRCITOS DE ALGUN PRINCIPE CATÓLICO-, en la media hora siguiente a más tardar, estaría con una guapísima camisa de fuerza color púrpura, en algún secreto manicomio monacal y su Iglesia Universal, ya bastante descalabrada con tantos escándalos a su haber, se caería a pedazos.

Pero, aún no nos hemos referido a otras joyas conceptuales acordadas por esta alta tribuna del intelecto humano. A esos dos preceptos draconianos engarzados en el collar de perlas del famoso acuerdo de Burgos:
“La licitud de la guerra vendría dada por la lectura previa del “Requerimiento”, que pedía a los indios que obedecieran al Papa como representante de Cristo y se sometieran al rey español”;
“Si los indios se resistían se les podía hacer esclavos y disponer de sus bienes”.

Como muy bien dice no sin sarcasmo, el conocido periodista y escritor uruguayo Eduardo Galeano en sus "Opiniones sobre el Descubrimiento de América: "Muy convincente resultaba la lectura del Requerimiento, que en vísperas del asalto a cada aldea explicaba a los indios que Dios había venido al mundo y que había dejado en su lugar a San Pedro y que San Pedro tenía por sucesor al Santo Padre y que el Santo Padre había hecho merced a la reina de Castilla de toda esta tierra y que por eso debían irse de aquí o pagar tributo en oro y que en caso de negativa o demora se les haría la guerra y ellos serían convertidos en esclavos y también sus mujeres y sus hijos. Pero este Requerimiento de obediencia se leía en el monte, en plena noche, en lengua castellana y sin intérprete, en presencia del notario y de ningún indio, porque los indios dormían, a algunas leguas de distancia, y no tenían la menor idea de lo que se les venía encima"..

Pese a que hubo reformas después de este alto debate, no mermaron los abusos contra los indios, el maltrato y la expropiación. No tanto ya la esclavitud, pués practicamente ya no había indios, y los existentes, se encontraban en los bosques en franca rebeldía contra el invasor.

Habían pasado cerca de cincuenta años de cruenta conquista y expolio y todavía no había justicia con los los aborígenes dueños de estas islas y nuevamente el tema en el tapete de la Corona, era el dilema y la discusión sobre el trato y naturaleza humana de los indios, que con el transcurrir de los años habían logrado importantes defensores para su causa.
Efectivamente, entre agosto y septiembre de 1550, Vallalodid era escenario de otro enfrentamiento parecido. Esta vez, este debate de los Justos Títulos, conocido mejor ahora como "Polémica de los naturales", consistió fundamentalmente en una Junta de Teólogos, que tuvo como contendores dos grandes figuras de la época, Juan Ginés de Sepúlveda, humanista, filósofo, jurista e historiador y de otra parte Bartolomé de las Casas, fraile domínico, cronista, teólogo, obispo de Chiapas, filósofo, jurista y apologista de los indios, el mismo que años antes quedó tan impresionado por las palabras de Antonio de Montesinos y quien arrepentido de su vida anterior, se deshizo de sus encomiendas y siguió su vocación, convirtiéndose en el más claro defensor de los indígenas, llamando la atención de la Corona, por el exterminio, esclavización y pauperización de los indios, por parte de los españoles.

El tema era de por si delicado, teniendo en cuenta ciertas afirmaciones teológicas de que los indios eran amentes, como los calificara el Papa Pablo III en 1537, “faltos de razón como para considerarlos integralmente humanos."

El primero, defendía la justicia de la guerra contra los indios, argumentando que las conquistas eran necesarias para el adelanto cultural de España, ya que la diferencia entre las civilizaciones equivalía al derecho del dominador sobre el dominado para evangelizarlo y elevarlo a su misma altura. Y el segundo, reprobaba los métodos de explotación que sufrían los indios y exigía un cambio de legislación que protegiese a estas etnias. El indio era al igual que el español un hombre libre.

"Con perfecto derecho los españoles imperan sobre estos bárbaros del Nuevo Mundo e islas adyacentes, los cuales en prudencia, ingenio, virtud y humanidad son tan inferiores a los españoles como niños a los adultos y las mujeres a los varones, habiendo entre ellos tanta diferencia como la que va de gentes fieras y crueles a gentes clementísimas.
¿Qué cosa pudo suceder a estos bárbaros más conveniente ni más saludable que el quedar sometidos al imperio de aquellos cuya prudencia, virtud y religión los han de convertir de bárbaros, tales que apenas merecían el nombre de seres humanos, en hombres civilizados en cuanto pueden serlo.
Por muchas causas, pues y muy graves, están obligados estos bárbaros a recibir el imperio de los españoles [...] y a ellos ha de serles todavía más provechoso que a los españoles [...] y si rehusan nuestro imperio podrán ser compelidos por las armas a aceptarle, y será esta guerra, como antes hemos declarado con autoridad de grandes filósofos y teólogos, justa por ley natural.
La primera [razón de la justicia de esta guerra de conquista] es que siendo por naturaleza bárbaros, incultos e inhumanos, se niegan a admitir el imperio de los que son más prudentes, poderosos y perfectos que ellos; imperio que les traería grandísimas utilidades, magnas comodidades, siendo además cosa justa por derecho natural que la materia obedezca a la forma"
.


De Las casas insistía en que había una impresión equivocada de los naturales del nuevo mundo.
"Dios creó a este sencillo pueblo sin maldad y sin artificio. Son de lo más obediente y fiel a sus señores naturales y a los cristianos que sirven. Son de lo más sumiso, paciente, pacífico y virtuoso. No son pendencieros, rencorosos, ni querellosos o vengativos. Sin embargo, son más delicados que unos príncipes y mueren fácilmente de trabajo o enfermedad. No poseen, ni desean poseer, bienes terrenos. Seguramente esta gente sería la más santa del mundo si adorasen al verdadero Dios".

"Menor razón hay para que los defectos y costumbres incultas y no moderadas que en estas nuestras indianas gentes halláremos nos maravillen y, por ellas, las menospreciemos, pues no solamente muchas y aun todas las repúblicas fueron muy más perversas, irracionales y en prabidad más estragadas, y en muchas virtudes y bienes morales muy menos morigeradas y ordenadas. Pero nosotros mismos, en nuestros antecesores, fuimos muy peores, así en la irracionalidad y confusa policía como en vicios y costumbres brutales por toda la redondez desta nuestra España".


Para Ginés de Sepúlveda (1547), los “bárbaros del Nuevo Mundo” estaban más cerca del mono que del hombre, y eran por lo tanto “siervos por naturaleza”. Someterlos para civilizarlos era hacerles un bien, pero la mayor justificación de la esclavitud se cifraba en la necesidad de enseñarles el Evangelio -obligación que pesaba sobre el encomendero- y que venía a justificar el despojo y la explotación despiadada.

Gonzalo Fernández de Oviedo
, connotado escritor, cronista y colonizador español que en 1507 fue nombrado notario público y secretario del Consejo de la Santa Inquisición, quien también tenía serias diferencia ideológicas con De Las Casas, escribía en referencia a las consecuencias que habían tenida las guerras de conquista, que solo en la isla La Española (hoy Haití y República Dominicana) desde 1492 al actual 1548, la población de indios había disminuido de un millón de indios de todas las edades a una cifra cercana a las 500 individuos.

De los indios, decía despectivamente: [...]naturalmente vagos y viciosos, melancólicos, cobardes, y en general gentes embusteras y holgazanas [...] Idólatras, libidinosos y sodomitas [...] viles e de poca memoria e de ninguna constancia.[...]tienen el entendimiento bestial y mal inclinado"
¿Qué puede esperarse de gente cuyos cráneos son tan gruesos y duros que los españoles tienen que tener cuidado en la lucha de no golpearlos en la cabeza para que sus espadas no se emboten?
Tales opiniones eran compartidas por muchos conquistadores, que intentaban convencer a las autoridades del reino por su propia conveniencia, pues la irracionalidad de los indios y su incompetencia en las mas simples tareas, justificaba la permanencia del sistema de la encomienda", la esclavización por medio de estas "guerras justas" y la continuidad de las conquistas.

Conocidas figuras contemporáneas de diversos reinos y países del mundo, interesados en las noticias que corrían en las cortes de europa, opinaban desde los más ignotos lugares:
Voltaire diría que en la selva amazónica existen cerdos con el ombligo en la espalda y leones calvos y cobardes. Así Buffon, Kant y Hegel “concibieron a América como el territorio de la inmadurez, de la fatalidad geográfica y la pura marginalidad irredimible. Territorio en el que hasta los pájaros cantan mal, porque no lo hacen como la alondra”. También Montesquieu, Bacon, De Maistre y Hume se negaron a reconocer como semejantes a los hombres degradados del Nuevo Mundo.

"Antonio Pigafetta, uno de los 18 sobrevivientes de un total de 265 que acompañaron a Magallanes en el primer viaje que circunnavegó la Tierra (versión italiana de 1800) entre otras muchas otras maravillas, contó en su libro "Primer viaje alrededor del Globo" que llegó a ser un best seller de todos los tiempos, que había visto unos pájaros sin patas cuyas hembras empollaban en las espaldas del macho, y otros como alcatraces sin lengua cuyos picos parecían una cuchara. Contó que había visto un engendro animal con cabeza y orejas de mula, cuerpo de camello, patas de ciervo y relincho de caballo. Contó que
al primer nativo que encontraron en la Patagonia le pusieron enfrente un espejo, y que aquel gigante enardecido perdió el uso de la razón por el pavor de su propia imagen.

Los ojos de todo el mundo contemporáneo estaban puestos en la aventura de Colón y había muchas versiones y especulaciones de los sucesos que llegaban a saberse, pero nadie acertaba a lo que estaba ocurriendo realmente. Todos estaban equivocados, el primero de ellos Cristóbal Colón, quien obsesionado por sus razonamientos bíblicos, -principal fuente de sus conocimientos-, abrazaba la quimera de la Nueva Jerusalén, el Jardín de las Delicias, el Hogar eterno de la Gente de Dios.

Tanto era así, que en su Tercer viaje, cuyo intento era demostrar definitivamente que estaban en costas asiáticas, al llegar a las cercanías del Orinoco y encontrar una corriente de agua dulce muy poderosa que desembocaba en la mar, no se ocurrió que este fenómeno solo podía provenir de aguas de un Continente, sino que solo acertó a pensar que había descubierto... El Paraíso Terrenal, que según la Biblia, estaba situado entre los ríos Eufrates y Tigris, apresurándose a escribirle al Rey la buena nueva:

"Grandes indiçios son estos del Paraíso Terrenal, proqu'el sitio es conforme a la opinión d'estos sanctos e sacros theólogos. Y asimismo las señales son muy conformes, que yo jamás leí ni oí que tanta cantidad de agua dulçe fuese así adentro e vezina con la salda; y en ello ayuda asimismo la suavíssima temperançia. Y si de allí del Paraíso no sale, pareçe aún mayor maravilla, porque no creo que se sepa en el mundo de río tan grande y tan fondo".
NO SE DA CUENTA que se encontraba realmente ante un Continente, pues ninguna isla podría contener un río como aquel, que lanzaba sus aguas dulces muchos kilómetros mar adentro. Sigue costeando y llega a la Península de Paria , a la que le da el nombre de "ISLA SANTA", que luego se lo cambia por el de "ISLA DE GRACIA". Piensa de nuevo en el enorme río y solo se le ocurre que se trata del Ganges. En ese minuto, Colón perde la oportunidad de ser recordado como el real descubridor de América, en vez del usurpador, que medio mundo cree que es.

En su cuaderno de Viajes escribía:
"Torno a mi propósito referente a la Tierra de Gracia, al río y lago que allí hallé, tan grande que más se le puede llamar mar que lago, porque lago es lugar de agua, y en siendo grande se le llama mar, por lo que se les llama de esta manera al de Galilea y al Muerto. Y digo que si este río no procede del Paraíso Terrenal, viene y procede de tierra infinita, del Continente Austral, del cual hasta ahora no se ha tenido noticia; mas yo muy asentado tengo en mi ánima que allí donde dije, en Tierra de Gracia, se halla el Paraíso Terrenal".

Sigamos escuchando a Galeano:

"...Y como estaba seguro de haber entrado al Oriente por la puerta de atrás, creyó que eran indios de la India. Después, durante su segundo viaje, el almirante dictó un acta estableciendo que Cuba era parte del Asia".
"...El documento del 14 de junio de 1494 dejó constancia de que los tripulantes de sus tres naves lo reconocían así; y a quien dijera lo contrario se le darían cien azotes, se le cobraría una pena de diez mil maravedíes y se le cortaría la lengua. El notario, Hernán Pérez de Luna, dio fe. Y al pie firmaron los marinos que sabían firmar".


..."Los conquistadores exigían que América fuera lo que no era. No veían lo que veían, sino lo que querían ver: la fuente de la juventud, la ciudad del oro, el reino de las esmeraldas, el país de la canela. Y retrataron a los americanos tal como antes habían imaginado a los paganos de Oriente. Cristóbal Colón vio en las costas de Cuba sirenas con caras de hombre y plumas de gallo, y supo que no lejos de allí los hombres y las mujeres tenían rabos. En la Guayana, según sir Walter Raleigh, había gente con los ojos en los hombros y la boca en el pecho. En Venezuela, según fray Pedro Simón, había indios de orejas tan grandes que las arrastraban por los suelos. En el río Amazonas, según Cristóbal de Acuña, los nativos tenían los pies al revés, con los talones adelante y los dedos atrás, y según Pedro Martín de Anglería, las mujeres se mutilaban un seno para el mejor disparo de sus flechas. Anglería, que escribió la primera historia de América pero nunca estuvo allí, afirmó también que en el Nuevo Mundo había gente con rabos, como había contado Colón, y sus rabos eran tan largos que sólo podían sentarse en asientos con agujeros..."

Fray De las Casas
por esos tiempos denunciaba:
"Entraban los españoles en los pueblos y no dejaban niño ni viejos, ni mujeres preñadas que no desbarrigaran y hacían pedazos. Hacían apuestas sobre quién de una cuchillada abría a un indio por medio o le cortaba la cabeza de un tajo. Tomaban las criaturas por las piernas y daban con ellas en las piedras. Hacían unas horcas de trece en trece en honor de Jesucristo y los doce Apóstoles. Los quemaban vivos, para mantener a los perros amaestrados traían muchos indios en cadenas y los mordían y los destrozaban y tenían carnicería pública de carne humana y les echaban los pedazos a los perros. Yo vi todo esto y muchas maneras de crueldad nunca vistas ni leídas" .
De las Casas, es considerado como "El Apóstol de los Indios", siendo mayormente conocido por dos de sus varias obras: La historia de las Indias, que empezó en 1552, cuando tenía 78 años y mucho que contar y que concluyó en 1561 cinco años antes de morir.

Decepcionado de no haber logrado el objetivo de su extenuante lucha por los derechos de los indios y seguramente coaccionado por la Iglesia y la monarquía, dejó expresado en su testamento que esta obra debía quedar en custodia del Colegio de San Gregorio de Valladolid y no ser leída ni publicada hasta pasados cuarenta años de su muerte. Fue publicada no obstante en 1874. Su obra jurídica también dormiría hasta 1822, cuando algunos de sus Tratados fueron publicados en Paris por el ilustrado exiliado Juan Antonio Llorente, en su contexto de apoyo a las independencias americanas.

Su otra obra importante su "Brevísima Relación de la Destrucción de la Indias", dirigida al príncipe Felipe (futuro Felipe II) entonces encargado de los Asuntos de Indias
tuvo mejor suerte. Su violento contenido de denuncias la hizo pronto instrumento político de primera clase, y a partir de 1578 fue insistentemente reeditada casi en todos los idiomas, convirtiéndose en uno de los panfletos de éxito más duradero y versátil que se conocen.

Por haber sido escrito en el siglo XV, constituye el primer informe moderno de derechos humanos de la historia. En el se describen las atrocidades a las que fueron sometidas los indígenas de las Américas por los conquistadores españoles. Copiamos aquí algunos párrafos, que el lector podrá completar leyendo directamente esta Brevísima en la dirección electrónica: http://www.ciudadseva.com/textos/otros/brevisi.htm

Primer párrafo dirigido a Felipe:

"Descubriéronse las Indias en el año de mil y cuatrocientos y noventa y dos. Fuéronse a poblar el año siguiente de cristianos españoles, por manera que ha cuarenta e nueve años que fueron a ellas cantidad de españoles; e la primera tierra donde entraron para hecho de poblar fué la grande y felicísima isla Española... parece que puso Dios en aquellas tierras todo el golpe o la mayor cantidad de todo el linaje humano...gentes a todo género crió Dios los más simples, sin maldades ni dobleces, obedientísimas y fidelísimas a sus señores naturales e a los cristianos a quien sirven; más humildes, más pacientes, más pacíficas e quietas, sin rencillas ni bullicios, no rijosos, no querulosos, sin rencores, sin odios, sin desear venganzas, que hay en el mundo".

"En estas ovejas mansas, y de las calidades susodichas por su Hacedor y Criador así dotadas, entraron los españoles, desde luego que las conocieron, como lobos e tigres y leones cruelísimos de muchos días hambrientos. Y otra cosa no han hecho de cuarenta años a esta parte, hasta hoy, e hoy en este día lo hacen, sino despedazarlas, matarlas, angustiarlas, afligirlas, atormentarlas y destruirlas por las extrañas y nuevas e varias e nunca otras tales vistas ni leídas ni oídas maneras de crueldad, de las cuales algunas pocas abajo se dirán, en tanto grado, que habiendo en la isla Española sobre tres cuentos de ánimas que vimos, no hay hoy de los naturales de ella docientas personas.

La isla de Cuba es cuasi tan luenga como desde Valladolid a Roma; está hoy cuasi toda despoblada. La isla de Sant Juan e la de Jamaica, islas muy grandes e muy felices e graciosas, ambas están asoladas. Las islas de los Lucayos, que están comarcanas a la Española y a Cuba por la parte del Norte, que son más de sesenta con las que llamaban de Gigantes e otras islas grandes e chicas, e que la peor dellas es más fértil e graciosa que la huerta del rey de Sevilla, e la más sana tierra del mundo, en las cuales había más de quinientas mil ánimas, no hay hoy una sola criatura.

Todas las mataron trayéndolas e por traellas a la isla Española, después que veían que se les acababan los naturales della. Andando en navío tres años a rebuscar por ellas la gente que había, después de haber sido vendimiadas, porque un buen cristiano se movió por piedad para los que se hallasen convertirlos e ganarlos a Cristo, no se hallaron sino once personas, las cuales yo vide.
Otras más de treinta islas, que están en comarca de la isla de Sant Juan, por la misma causa están despobladas e perdidas. Serán todas estas islas, de tierra, más de dos mil leguas, que todas están despobladas e desiertas de gente".

Algunos otros párrafos:
...La causa por que han muerto y destruído tantas y tales e tan infinito número de ánimas los cristianos ha sido solamente por tener por su fin último el oro y henchirse de riquezas en muy breves días...

...Una vez vide que, teniendo en las parrillas quemándose cuatro o cinco principales y señores y dos o tres pares de parrillas donde quemaban otros y porque daban muy grandes gritos y daban pena al capitán o le impedían el sueño, mandó que los ahogasen, y el alguacil, que era peor que el verdugo que los quemaba (y sé cómo se llamaba y aun sus parientes conocí en Sevilla), no quiso ahogarlos, antes les metió con sus manos palos en las bocas para que no sonasen y atizoles el fuego hasta que se asaron de despacio como él quería...

...Y porque toda la gente que huir podía se encerraba en los montes y subía a las sierras huyendo de hombres tan inhumanos, tan sin piedad y tan feroces bestias, extirpadores y capitales enemigos del linaje humano, enseñaron y amaestraron lebreles, perros bravísimos que en viendo un indio lo hacían pedazos en un credo, y mejor arremetían a él y lo comían que si fuera un puerco. Estos perros hicieron grandes estragos y carnecerías. Y porque algunas veces, raras y pocas, mataban los indios algunos cristianos con justa razón y santa justicia, hicieron ley entre sí, que por un cristiano que los indios matasen, habían los cristianos de matar cien indios....

...Después de acabadas las guerras e muertes en ellas, todos los hombres, quedando comúnmente los mancebos y mujeres y niños, repartiéronlos entre sí, dando a uno treinta, a otro cuarenta, a otro ciento y docientos (según la gracia que cada uno alcanzaba con el tirano mayor, que decían gobernador)...Y la cura o cuidado que dellos tuvieron fué enviar los hombres a las minas a sacar oro, que es trabajo intolerable, e las mujeres ponían en las estancias, que son granjas, a cavar las labranzas y cultivar la tierra, trabajo para hombres muy fuertes y recios. No daban a los unos ni a las otras de comer sino yerbas y cosas que no tenían sustancia; secábaseles la leche de las tetas a las mujeres paridas, e así murieron en breve todas las criaturas...

...Atado a un palo decíale un religioso de San Francisco, sancto varón que allí estaba, algunas cosas de Dios y de nuestra fe, (el cacique nunca las había jamás oído)...si quería creer aquello que le decía iría al cielo, donde había gloria y eterno descanso, e si no, que había de ir al infierno a padecer perpetuos tormentos y penas. Él, pensando un poco, preguntó al religioso si iban cristianos al cielo. El religioso le respondió que sí, pero que iban los que eran buenos. Dijo luego el cacique, sin más pensar, que no quería él ir allá, sino al infierno, por no estar donde estuviesen y por no ver tan cruel gente. Esta es la fama y honra que Dios e nuestra fe ha ganado con los cristianos que han ido a las Indias.

...En tres o cuatro meses, estando yo presente, murieron de hambre, por llevarles los padres y las madres a las minas, más de siete mil niños...

Este gobernador y su gente inventó nuevas maneras de crueldades y de dar tormentos a los indios, porque descubriesen y les diesen oro. Capitán hubo suyo que en una entrada que hizo por mandado dél para robar y extirpar gentes, mató sobre cuarenta mil ánimas, que vido por sus ojos un religioso de Sanct Francisco, que con él iba, que se llamaba fray Francisco de San Román, metiéndolos a espada, quemándolos vivos, y echándolos a perros bravos, y atormentándolos con diversos tormentos.

"Otra vez, este mesmo tirano fue a cierto pueblo que se llamaba Cota, y tomó muchos indios he hizo despedazar a los perros quince o veinte señores y principales, y cortó mucha cantidad de manos de mujeres y hombres, y las ató en unas cuerdas, y las puso colgadas de un palo a la luenga, porque viesen los otros indios lo que habían hecho a aquellos, en que habría setenta pares de manos; y cortó muchas narices a mujeres y a niños".

"Así que, desde la entrada de la Nueva España, que fué a dieciocho de abril del dicho año de dieciocho, hasta el año de treinta, que fueron doce años enteros, duraron las matanzas y estragos que las sangrientas e crueles manos y espadas de los españoles hicieron... de la ciudad de Méjico...a cuchillo y a lanzadas y quemándolos vivos, mujeres e niños, y mozos, y viejos, de cuatro cuentos de ánimas, mientras que duraron lo que ellos llaman conquistas, siendo invasiones violentas de crueles tiranos, condenadas no sólo por la ley de Dios, pero por todas las leyes humanas, como lo son e muy peores que las que hace el turco para destruir la iglesia cristiana.

Entre otras matanzas hicieron ésta en una ciudad grande, de más de treinta mil vecinos, que se llama Cholula... acordaron los españoles de hacer allí una matanza o castigo (como ellos dicen) para poner y sembrar su temor e braveza en todos los rincones de aquellas tierras.
Así que enviaron para esto primero a llamar todos los señores e nobles de la ciudad... luego eran presos... Habíanles pedido cinco o seis mil indios que les llevasen las cargas; luego e métenlos en el patio de las casas...vienen desnudos, en cueros, solamente cubiertas sus vergüenzas e con unas redecillas en el hombro con su pobre comida; pónense todos en cuclillas, como unos corderos muy mansos... echan mano a sus espadas y meten a espada y a lanzadas todas aquellas ovejas, que uno ni ninguno pudo escaparse que no fuese trucidado. A cabo de dos o tres días saltan muchos indios vivos, llenos de sangre, que se habían escondido e amparado debajo de los muertos iban llorando ante los españoles pidiendo misericordia..ninguna misericordia ni compasión hubieron, antes así como salían los hacían pedazos"


Como siempre ocurre con los que simpatizan con los tiranos que aherrojan al pueblo, asesinan a sus contrarios y roban el patrimonio nacional; como ha ocurrido también con los grandes magnicidios como el holocausto judío a manos del nazismo, las horrendas matanzas a manos del Santo Oficio de la Inquisición y todas las aventuras conquistadoras que se han apropiado de territorios a sangre y fuego a través de la historia, esclavizando a sus habitantes primigenios, exterminándolos deliberadamente y explotando las riquezas de los pueblos asaltados, no faltan aquellos sujetos acomodaticios, genuflexos ante el poder, interesados en conseguir prebendas y también aquellos que se sienten interpretados por estos villanos que se llenaron las manos con sangre inocente, que salen en su defensa, con el manido cuento de la Leyenda Negra.

Estos desmentidos a destiempo, por personeros que si los escarbásemos solo un poco veríamos que actúan por interés y que procuran convencer a la opinión pública si los muertos son mil, decir que son solo tres, caen en gran desprestigio solo por decir las inconsecuencias que publican.
Para el caso en comento, de muestra un botón:
JULIÁN JUDERÍAS 1877-1918, historiador, sociólogo, crítico literario, periodista, traductor e intérprete del Ministerio de Estado español. en su op. cit., págs. 227-228, opinó lo siguiente: "Pero, triste es decirlo. El iniciador de esta campaña de descrédito, el que primero lanzó ¡las especies que tan valiosas iban a ser para las filosóficas lucubraciones de nuestros enemigos, fue un español: el Padre Las Casas. Un español había sido el calumniador de Felipe II; un español el que describió los horrores de la Inquisición; un español el que pintó la conquista de América como una horrenda serie de crímenes inauditos. Habría que decir como don Francisco de Quevedo: '¡Oh, desdichada España..!

Cuando uno conoce este tipo de opiniones, de estos afianzadores mandados por sus patrones idelógicos, que se escudan tras el término despectivo de "Leyendas Negras" para mostrar sus criterios reaccionarios y defender conceptos como dignidad, patria, moral, trayectoria y otros valores desde la óptica del mas puro y atrofiado conservadurismo, no se puede dejar de pensar, ¿qué es lo que esperaba en este caso este crítico?

¿Quizás que quien hiciera estas denuncias fuese extranjero? ¿Tal vez alguien que no fue testigo presencial y primer actor como aconteció con Las Casas? ¿Qúe mintiera, para excusar a España, la monarquía y al Papado, de las barbaridades de un puñado de mercenarios, que otra cosa no fueron la mayoría de los "conquistadores"?

¿Acaso fray Las Casas no puso sus reclamos por escrito y se lo hizo saber directamente a la Corona, sin intermediarios, valientemente, de frente a la verdad?

¿Y no eran justamente los responsables de todo lo denunciado justamente el Virrey Cristóbal Colón y sus hermanos Bartolomé y Diego, como Gobernadores de estos territorios? ¿Eso es lo que se desea ocultar, disimular, lavar la imagen del héroe de la versión oficial?

Lo más seguro es que le habría gustado que ninguno de estos crímenes y abusos hubieran salido a la luz pública. Puede que eso lo conidere honorable, correcto, moralmente aceptable.

¿O tal vez supuso Juderías u otros como él, que estos hechos narrados por tantos testigos presenciales no ocurrieron? Y una última disquisición: ¿Pensaría tal vez este honrado súbdito español que los genocidios tienen justificación o atenuantes y que los bárbaros victimarios de estas crueldades deben ser excusados ante la historia?

Hay que recordar que Bartolomé de las Casas, no fue el único fraile que denunció y se horrorizó de estos asesinatos. Fueron muchos los eclesiásticos que levantaron su voz y se opusieron con fuerza a estos desmanes. Fueron principalmente hombres de iglesia los que denunciaron los tratos inhumanos de los naturales, las vejaciones y el barbarismo de la soldadesca. Ellos arriegaron mucho con sus opiniones y también fueron los más decepcionados con las políticas acomodaticias de la jerarquía del Catolicismo y la Monarquía.

Si hay que nombrar algunos, allí están Fray Antonio de Montecinos, el domínico fray Francisco de Vittoria, profesor de teología y sus discípulos Melchor Cano, domínico, teólogo y Obispo. Domingo Báñez, dominico, filósofo y teólogo, Domingo de Soto, dominico, profesor de teología en la Universidad de Salamanca; Francisco Suárez, teólogo, filósofo y jurista; Pedro de la Gasca, sacerdote, político, diplomático y militar, Caballero de la Orden de Santiago y consejero del Tribunal del Santo Oficio. Bartolomé Carranza de Miranda, Arzobispo y teólogo navarro, Nombrado en 1546 presidente de la Real Audiencia de Lima y tantos otros, españoles en su mayoría, que es imposible colocar aquí, que fueron el soporte argumental que a la postre posibilitó un cambio de mentalidad y que en distintas responsabilidades y escenarios hicieron fuerza para afianzar lo expuesto por De las Casas.

En 1542 el misionero franciscano Toribio de Benavente, "Motolinia", advertía sobre los españoles: “…se hacen servir y temer como si fuesen señores absolutos y naturales, y nunca están contentos; a doquiera que están todo lo enconan y corrompen, hediondos como carne dañada y no se aplican a hacer nada sino mandar; son zánganos que comen miel que labran las pobres abejas, que son los indios”.

Germán Arciniegas en 1937 ya había escrito que "los españoles no descubrieron América, porque no es posible considerar como descubridores a quienes obligaron a callar el misterio a velar el encanto del hombre de América. En realidad dice Arciniegas, aquel fue el tiempo de los conquistadores, de los asesinos, de los antidescubridores, que ya en su misma tierra se afanaban en suprimir los escandalosos restos de la cultura árabe, quemando bibliotecas enteras".

No obstante , como es costumbre de la Iglesia Vaticana, cada cierto tiempo, sus Vicarios arrojan espesas nubes de humo, para que estas gestas horripilantes y criminosas, donde la Iglesia tuvo roles decisivos y protagónicos en su permanante búsqueda de riqueza y poder temporal, se vuelvan nebulosas y ojalá se olviden.
Respondiendo consultas sobre este tema, el Papa Benedicto XVI (2008) señaló en Brasil que: “el anuncio de Jesús y de su Evangelio no supuso, en ningún momento, una alienación de las culturas precolombinas, ni fue una imposición de una cultura extraña”. Agregando que “Cristo era el Salvador que anhelaban (los indígenas de América) silenciosamente...”