martes, 10 de marzo de 2015

Voces del pasado 2. El Calendario, Profetas y el Mito Religioso.

Concilio Vaticano I.
«Entendemos hoy en día por fanatismo una locura religiosa, oscura y cruel. Es una enfermedad que se adquiere como la viruela». Francois - Marie Arouet. Voltaire.

Mucha gente se pregunta porque en todo el mundo, el cálculo del tiempo se mide tomando como punto cero el nacimiento de Cristo. Así, cualquier fecha del pasado es seguida de las letras convencionales a. de C., o bien d. de C., que significan antes de Cristo y después de Cristo. Incluso, es fácil ver en los foros de internet, dónde se aprecia una gran ignorancia del tema, que esta mención es usada por muchas personas como un buen argumento para establecer que Cristo fue tan importante para todas las naciones, que a partir de su nacimiento se estructuró la cultura occidental.
Otros menos informados todavía, opinan que no puede ser de otra manera ya que el mundo empezó a existir desde el nacimiento de Cristo. Y por supuesto están los creyentes delirantes, que nunca entendieron mucho de ningún tema, pero que opinan como si tuvieran la autoridad para hacerlo.

Antes y Después
 No me resisto a poner in extenso la opinión de uno de ellos que se identifica como Franmagnun. No se crea que las tonteras dichas corresponden a un compendio o a varias opiniones. ¡Para este desvarío se las arregla solito!.

“Cristo es un fin y un principio, un abismo de misterios divinos entre los dos períodos de historia humana el antes y el después de Cristo. La Gentilidad y la Cristiandad no pueden soldarse. Antes de Cristo y después de Cristo. Nuestra era, nuestra civilización, nuestra vida comienzan con el nacimiento de Cristo. Podemos investigar y saber lo que hubo antes de Él; pero ya no es nuestro, circunscrito en otros sistemas, no nos mueve. Cristo es ayer y hoy”.

Si cualquiera abre en internet Wikipedia, Monografías.com, o cualquier página con información temática relacionada con las etapas antiguas, Edad Media, Era cristiana, Concilios de la Iglesia, etc., se encuentra con que la historicidad o certeza de los hechos relatados, sean estos relativos a hitos o a personajes históricos, tiene como única fuente la versión eclesiástica.

Toda la información proviene exclusivamente de la repetición que se recoge de Catholic.net, que es la Enciclopedia Católica en línea y otras páginas similares. Prácticamente no hay información de otras fuentes, fenómeno que afecta incluso a diccionarios y academias lingüísticas y páginas de internet destinadas a resolver las dudas educacionales respecto a estos hechos, de estudiantes y maestros, que lógicamente recogen tales datos no solo sesgados, sino que interpretados de acuerdo a la doctrina confesional de esa religión,  interpretación que no siempre es necesariamente la verdad, ni puede representar a otros sectores ciudadanos.
Es como si la historia se hubiese inhibido, los historiadores silenciados y toda mención distinta eliminada.

Y que por tanto, resulta imposible llegar a páginas independientes, serias, con fuentes confirmadas, contrastadas, universales, donde se aprecie otra visión distinta a la cristiana, de autores europeos, asiáticos o de culturas menos comprometidas con aspectos religiosos y por lo tanto no contaminadas de la propaganda sibilina de todo dogmatismo.

Con lo que deviene, que a menos que uno lea obras de autores especializados, o se preocupe de ampliar sus fuentes de lectura con libros de papel, documentales y videos, nunca se enterará que en otras partes del planeta esta mezquina mirada inducida, miope y pacata, no solo es superficial, sino que para nada es compartida por los intelectuales, científicos, historiadores o pensadores que tienen en común justamente coincidir, que el obstáculo más obstinado y persistente para el desarrollo de la cultura de los pueblos, como son su avance tecnológico, científico, moral y filosófico, ha sido esta exageración de aceptar a rajatabla que la cultura occidental, nace, proviene y encuentra su nido en el cristianismo, que irónicamente ha sido y lo sigue siendo, el factor más negativo para el pleno desarrollo de las ciencias sociales y naturales, hoy en plena expansión, cuyos descubrimientos arqueológicos, astronómicos, de gestión administrativa, empresarial y otros, han mejorado ostensiblemente en el último siglo, así como las políticas de exclusión social y la generalización del empleo y la disminución de la  pobreza.

Hace cien años no se soñaba con Tecnologías de la información y redes avanzadas, Biotecnología, Tecnologías limpias y energías renovables y con un listado innumerable de invenciones y avances, que tomamos de internet en su página de recuento del siglo XX, como la Invención de las aerolíneas; llegada de la electricidad a las ciudades; creación y desarrollo de la electrónica el teléfono; la radio; la televisión; el fax; el transistor, los  circuitos integrados; el laser; las computadoras; la conquista del espacio; el desarrollo de electrodomésticos, las computadoras e Internet.
Creación de las armas nucleares;
Vuelo espacial y alunizaje en 1969;
Desarrollo de electrodomésticos: lavadora, frigorífico, horno eléctrico, cocinas eléctricas, microondas, aire acondicionado.
Agua corriente y potable en un alto porcentaje de casas (del primer mundo);
Extensión del alcantarillado de las ciudades.
Enunciación de la teoría de la relatividad y del modelo cosmológico del Bing bang;
Desarrollo de la mecánica cuántica y de la física de partículas;
Descubrimiento de los antibióticos, los anticonceptivos, el trasplante de órganos y avances de clonación; descripción de la estructura química del ADN y desarrollo de la biología molecular;
Creación y desarrollo de las videoconsolas y muchísimas cosas más, que todos los mayores de cincuenta años no conocimos en nuestra primera juventud y que con asombro hemos visto constituyen hoy día útiles tecnologías de uso común.
 


Y que, de no ser por esta actividad científica de estos pioneros que se adelantaron a su tiempo, que experimentaron nuevas fórmulas y estudiaron a fondo los fenómenos que ocurren a nuestro alrededor, a contrapelo del dogma religioso y sus gurús, nuestra civilización no conocería la maravilla del internet, de la aeronáutica, del automóvil, jamás el hombre habría llegado a la luna y por el contrario, si nos hubiésemos atenido a la vida propuesta por las religiones, en este caso el catolicismo, todavía la llamada cultura occidental andaría en coches de tracción animal, las faenas mineras, agrícolas y ganaderas estarían comprometidas por grandes patrones que explotarían tales rubros con mano de obra esclava, con salarios miserables, sin justicia social y en nuestros pueblos la única entretención sería concurrir a las misas dominicales y participar en la semana de las actividades de la juventud católica y por supuesto de las romerías y procesiones celebrando el interminable desfile de santos, patrones y vírgenes de su calendario romano como ocurre en parte en España, México y varios países latinoamericanos, infestados de fiestas religiosas, que han pasado a ser las tradiciones y máximas celebraciones populares, que mueven a creyentes y no creyentes, en una vorágine interminable de farándula religiosa, que retrotraen a este siglo XXI, a sumergirse en esa oscuridad medieval, pagana y enceguecida de supersticiones y tradiciones del mundo antiguo.

Sin contar que la escuela y la universidad serían propiedad del clero oficial, las mujeres no tendrían derecho a voto ni participación laboral y entre las carreras más solicitadas en aquellas familias modestas donde les salió un hijo maricón, sería mandarlo internado a un Seminario. Y a la hija, segregada y por tanto inculta, a fabricar hostias en los Conventos de Monjas. Y si el muchacho salía medio leso y no tenía "cabeza" para la universidad, dependiendo de los medios económicos familiares, como solía ocurrir en la realidad latinoamericana y europea de hace treinta a cincuenta años atrás, iba derecho a una carrera militar, de suboficiales si no había plata, o a una Escuela Militar de alguna rama para ser un oficial de las Fuerzas Armadas.

Por eso fue quizás, que en nuestros pueblos donde el eco de la cultura medieval todavía resonaba en las homilías dominicales, en los púlpitos de las iglesias de aldea y en las aulas de los colegios confesionales, fuimos asolados y lo seguimos siendo, por repetitivas asonadas militares; cruentas guerras civiles; sangrientos golpes de Estado, gobiernos oligárquicos, conservadores y retrógrados; amén de persecuciones a las minorías ilustradas laicas, librepensadora o ateas.

O bien, como dolorosamente nos muestra la historia pasada y reciente, guerras religiosas mesiánicas inacabables y el estigma de millones de abusos deshonestos, tocaciones indebidas a menores, violaciones y corrupción moral de nuestras juventudes, efectuadas con total impunidad por esa casta sacerdotal mojigata y de doble standard moral de comprobada pederastia y homosexualidad, cuya corrupta influencia fue realizada al amparo de sus jerarquía, en monasterios, iglesias, conventos y colegios, donde ha entronizado su poder, para realizar su nefasta acción depredadora.
La Iglesia de las contradicciones.

Y habría que dar por descontado, que esta pomposamente llamada cultura occidental, otra vez, estaría sumergida otros quince siglos en la decadencia, aislamiento y oscurantismo donde los dones de la mente estarían subordinados a los criterios ortodoxos de la sinrazón de esa entelequia llamada fe, que en manos de estos sicópatas fundamentalistas, por arte de magia, pasa de enfermedad mental a religión.

Y por supuesto, viviríamos en una sociedad carente de democracia y derechos, ya que siendo la Iglesia Católica obediente al Estado Vaticano que es la única monarquía absoluta existente en el planeta, no podríamos esperar gobiernos democráticos o electos por votación popular, dado que el ámbito natural de los gobiernos religiosos son las monarquías autoritarias, donde los monarcas o jefes de Estado ejercen la soberanía por derecho divino, porque practican la extravagante concepción que son representantes de Dios en la Tierra, no existiendo mecanismos por los que tal soberano responda por sus actos, sino a dios mismo, cuando se muera claro.

Sin contar que todo exceso sería severamente reprimido, en especial las libertades sexuales, ya que no se debe olvidar que para la Iglesia el acto sexual no puede ser una expresión de libertad femenina ni entretenimiento, pues solo debe estar consagrado a procrear hijos, que deben ser bautizados a temprana edad para que sean salvos y que no reclamen de mayores, excusa para que el proceso del lavado cerebral doctrinario cumpla todas y cada una de sus ya probadas etapas de dominio mental.

Y que decir sobre los derechos de la mujer respecto al machismo, el acoso sexual, el abuso y violencia física y sicológica que no tendrían coto legal ni social alguno en la ley y los códigos, pues la Biblia y la Iglesia no se quedan cortos en frases "inspiradas" por Dios mismo y sus patriarcas, acerca de la minusvalía mental y moral del sexo femenino, el papel rebajado y dependiente del sexo opuesto que deben cumplir en la sociedad, de cómo deben obediencia al hombre de la casa, de cómo deben vivir recatadamente, tapar su cabellera, esconder el rostro, de cómo es de inmundo, pecaminoso y contaminante su período menstrual. Y por supuesto nada de aborto, pildoritas del día después, libertades sexuales o participación de la mujer en las labores productivas, como siempre fue en esos buenos tiempos medievales.
Esta saturación o más bien intervención del catolicismo en los medios informativos, audiovisuales y escritos, desde luego premeditada y que viene desde tiempos pretéritos, tiene dos graves consecuencias. Que la gente esté mal informada con hechos falsos o parciales y carentes de toda realidad. Y que, nuestros textos occidentales, las academias culturales y lingüísticas, los diccionarios y almanaques juntos a los programas televisivos,  aparezcan  guiados en una sola dirección y bajo una sola directriz, en desmedro de la educación pública de numerosos países.

En consecuencia, desde estas líneas volvemos a realizar un llamado a que estas lagunas culturales existentes en los textos de estudio y literatura general, sean analizadas y recompuestas por alguna autoridad, medida necesaria para sumarla al progreso y nivel que han alcanzado tantas disciplinas de las que nos enorgullecemos, pues claramente los lectores se enfrentan a la disyuntiva de conocer los procesos históricos por dos fuentes, aquella vertiente oficial sancionada por los Estados, en el caso de materias y textos educativos y la versión eclesiástica, contrapuesta y más extendida en las redes informáticas, que insufla en la mente de las nuevas generaciones, la superstición, la magia y ese doble mundo sobrenatural inexistente, donde funcionan sus seres de ficción.


Ya algo similar ocurrió durante los casi 17 siglos que el llamado cristianismo y luego catolicismo, monopolizó con mano de hierro, antes, durante y después del período conocido como la Noche Negra de la Historia, ese medioevo donde toda la cultura y las actividades societarias del mundo conocido se sumergieron en la  barbarie de la sinrazón.

Esta noche negra empezó sin duda, a contar del Concilio de Nicea donde nació el catolicismo que hoy conocemos, de la mano del emperador Constantino, su primer Sumo Sacerdote, -doctrina conducida primero bajo la voluntad política de los últimos emperadores romanos y luego retomada por el Papado-, en las postrimerías del siglo IV de nuestra Era hasta el advenimiento del período conocido como El Renacimiento, ese amplio movimiento cultural que despertó a Europa y a Occidente y luego al resto del mundo a partir de los siglos XV y XVI,  período de transición entre la Edad media y el mundo moderno.

Etapa, que como bien interpreta su nombre, significó una resucitación de la cultura en su expresión clásica, griega y latina que se había perdido, reemplazada por los "sabios" católicos por un concepto cavernario de sociedad, creándose un espacio nuevo, un pulmón moral e ideológico diferente, dónde floreció el humanismo, la nueva concepción de las artes, la política, las ciencias y la filosofía, tras siglos de dominio mental, xenofobia y atropello de los derechos humanos, bajo el absolutismo del credo dominante.
Lo curioso es que, -o no se han corregido tales manuales que datan de aquellas épocas-, o que, por ser los sostenedores de estas publicaciones organismos privados e independientes, no han sido afectas a revisiones por los Estados y sus Departamentos de Educación Pública y organismos internacionales que cautelan la cultura universal. O bien, simplemente se ha hecho vista gorda de este problema que es fundamental para una educación correcta e imparcial del suceder histórico de nuestra civilización.

Así es, cómo no obstante el acabado conocimiento que el gran público tiene sobre estos siglos de estancamiento cultural, económico y moral, que significaron un desmedro ostensible y registrado históricamente para Occidente frente a otras culturas, los escritores cristianos siguen en la actualidad, empecinadamente no solo negando los luctuosos hechos de gran barbarie propiciados por la Iglesia Católica, sino tergiversando el suceder histórico, haciendo resaltar facetas positivas del comercio, políticas o sociales de tal época, que las hubo, pero ocultando o disimulando la salvaje represión, terror, intromisión y control extremo en la vida privada de la población, tortura sicológica y física de varias generaciones, que sufrieron estoicamente distintos pueblos de tantos países a manos de estos monjes despiadados e ignorantes.

Hechos que decíamos son tan conocidos y ya sancionados por diversos enfoques sociales como fueron las guerras religiosas, entre ellas las famosas Cruzadas, que no fueron otra cosa que el intento católico de eliminación de otros credos en competencia con el cristianismo, consistentes en una serie de campañas militares planificadas en los Concilios Ecuménicos de la Iglesia que luego, mediante presión y chantaje político, involucraron a los reinos europeos.

Tales ejércitos multinacionales fueron a menudo conducidos a la batalla por varios papas o sus representantes e involucraron a casi toda la Europa latina cristiana encabezada por la Francia de los Capetos y el sacro Imperio Romano, siendo su objetivo específico inicial, el de restablecer el control cristiano sobre Tierra Santa, aunque, amén del fervor religioso que inspiraron, fueron realmente motivadas por los intereses expansionistas de la nobleza feudal, que esperaba obtener el control del comercio con Asia y principalmente el afán hegemónico del papado sobre las monarquías y las iglesias de Oriente.

Este tipo de Guerra Santa llamada Cruzada, en alusión a la Cruz donde Cristo fue supuestamente muerto, corresponde a una concepción política ideada por la Iglesia para conseguir la unión de todos los pueblos y soberanos bajo la dirección de los papas y con ello, incorporar soldados y voluntarios financiados por estos reinos, o como ocurría con los mercenarios y criminales, reclutarlos desde las mazmorras donde purgaban condenas, saltándose las instancias legales, siendo
libertados entre gallos y medianoche, ilusionados por la promesa papal del perdón de los pecados y sus delitos, mediante la indulgencia y obtención de botín, tierra, fortuna y mujeres,

Este "perdonazo" papal, se hacía mediante un ceremonial público donde junto con hacer un voto solemne de lealtad a la Iglesia, cada reo o condenado a muerte o prisión perpetua, o cualquiera otra conducta criminal,- ahora como voluntario, recibía una cruz consagrada de manos del propio Papa o de un Obispo y desde ese momento pasaba a ser un soldado de la Iglesia, bajo privilegio temporal de no ser afecto de leyes como exención de la jurisdicción civil, inviolabilidad de personas o tierras.
Esta indulgencia especial, como suelen ser todas las actuaciones del catolicismo, no entrañaba ningún costo para la iglesia y sin embargo traía a las arcas papales y a su patrimonio cuantiosos intereses, botines de guerra, pactos, servidumbre, castillos incautados, heredades, tesoros, templos de otros credos y sus bienes, poder político, supremacía religiosa y terror psicológico a los enemigos de la Iglesia, sin contar con una armada y un ejército formidables, gratuito y bajo su mando directo, de cientos de miles de fanáticos dispuestos a morir en batalla en la creencia que su guerra era justa, en defensa de Dios y dónde le aseguraban que su alma en caso de muerte alcanzaría la inmortalidad, en reconocimiento al derramamiento de sangre y derrota de los ejércitos del demonio.

Estas cruzadas que fueron ocho, se libraron por un período de casi doscientos años, entre 1095 y 1291 y produjeron, además de dos millones de víctimas, ciudades enteras asoladas por incendios y saqueos descontrolados, pobreza, plagas sanitarias, centenares de huérfanos vagando por Europa y Asia y desestabilización económica de varios estados por efecto del descabezamiento de miles de cabezas de hogar y paralización de faenas de trabajo.

Por supuesto el resultado buscado por el papado fue un completo fracaso que dejó más pobres a los Estados comprometidos.

No solo no recuperaron tierra santa, sino que allí se instalaron para siempre los árabes musulmanes y el islamismo, quienes cerraron la puerta de estos lugares sagrados a judíos y católicos, creándose en esas tierras un eje de conflictos bélicos y religiosos que mantiene al mundo al borde de la repetición de estas guerras santas del pasado y a incursiones bárbaras de sus gobernantes mesiánicos, que han sumergido a sus sociedades en los últimos cien años, en una espiral de sedición, injusticia, conflictos armados y salvajes incursiones guerreras azuzadas por sus monjes fundamentalistas y retrógrados de uno y otro bando, ávidos de sangre, con su mente estacionada en las promesas bíblica de sus antepasados, cuya principal característica es ser contrarios a la paz, el progreso y la modernidad.

Este clímax bélico de que da cuenta la prensa diaria y que recoge la atención de casi todos los gobiernos, tiene sumergido al sector en un área de muerte, con invasiones de territorio, bombardeos inmisericordes sobre la población civil y utilización de un gran poder de guerra, especialmente del bando israelí, del que se abusa para reducir al enemigo, diezmándolo con una guerra sucia y despreciable, sin que las mediaciones de los organismos internacionales produzcan efectos positivos.

En esta guerra sin fin cuyos protagonistas principales son hoy Israel y el Estado Palestino y sus aliados, pero cuyos alcances traspasan ese sector geográfico y sus efectos se dejan sentir en todo el mundo, podemos detectar claramente las secuelas de estas Cruzadas y Guerras Santas de la antigüedad, en particular cuando podemos observar que el conflicto actual se focaliza en la también antigua disputa de los lugares Santos de Jerusalén, en la zona conocida como La Explanada de las Mezquitas, considerado lugar sagrado tanto para judíos, islamistas y católicos, tensiones que sin ser la causa principal o epicentro de los bombardeos, invasiones o incursiones guerreras de sus ejércitos, si son el centro de la hipersensibilidad religiosa de su población y por ende de sus monjes y sectores gobernantes, lo que trae como lógica consecuencia sus mesiánicas políticas beligerantes.

No olvidemos que es precisamente allí donde se rinde culto a los principales hitos religiosos de estas confesiones. Allí se encuentra el área histórica de Jerusalén, que los israelíes denominan Monte del Templo y a su vez los musulmanes conocen como al Haram al-Sharif, donde se ubica la mezquita de Al Aqsa, considerado por el islam como su tercer lugar sagrado después de La Meca y Medina.
En esta explanada se levanta además el Domo de la Roca, donde según el Islam Mahoma, su profeta, ascendió a los cielos, luego de haber sido trasladado desde la Meca por el ángel Gabriel, lo que hizo montado en un Burak, cabalgadura celestial que este mismo ángel le regaló.

Además, en ese preciso lugar se encuentra según todas estas religiones abrahámicas, la roca donde Dios le ordenó al patriarca Abraham sacrificar a su primogénito, según el relato bíblico.
Allí mismo según los judíos, se alzaba el Segundo Templo de Jerusalén, destruido por el Emperador romano Tito, sector donde sus creyentes no pueden orar, lo que hacen en uno de los muros que rodeaban a este templo mítico, conocido como El Muro de las Lamentaciones, dónde estos fundamentalistas aún derraman lágrimas por tal pérdida y elevan rezos a Yahvé, el dios de su pueblo.

Quizás la clave para descifrar este conflicto dónde existe tanta propaganda insidiosa que oculta la verdad, es analizar y preguntarse a la luz de la historia y los hechos comprobables, ¿quiénes han sido los invasores ? ¿Cuál es la proporción de muertos entre los bandos? ¿Quién ha realizado más  bombardeos en territorio enemigo ¿Y en manos de qué bando se encuentra más tierra que no le pertenece legalmente?

Pero, este concepto de cruzada, que tantos beneficios trajo al clero, excedió luego el ámbito de guerra Santa para recuperar lugares de culto, utilizándose idéntico principio para otras campañas guerreras en España y Europa central que duraron hasta bien entrado el siglo XV, como fueron las libradas contra los musulmanes para desalojarlos de España, contra el Califato de Córdoba y luego los reinos de taifas, almorávides y almohodes. También el Papa calificó de Cruzada a la batalla de Las Navas de Tolosa en 1212 y al episodio final de la reconquista la Guerra de Granada 1482-1492.

En el norte de Europa hubo una Cruzada contra prusianos y lituanos y el exterminio albigense fue también una Cruzada decretada en 1209 por el Papa Inocencio III, quien la proclamó con el fin de eliminar la herejía de los cátaros y erradicarlos del sur de Francia. Es decir, fueron ahora usadas contra otros cristianos, sin importar el país, sino su divergencia con la versión oficial de la jerarquía papal.
En el siglo XIII, los papas predicaron cruzadas contra Juan Sin Tierra y Federico II Hohenstaufen, todas ellas por motivos religiosos y luego se centraron en los eslavos paganos, luego contra judíos, cristianos ortodoxos, griegos y rusos, mongoles, cátaros, husitas, valdenses, prusianos y contra todos los enemigos políticos de los papas y movimientos que amenazaran desestabilizar el poderío eclesiástico en Europa, todas las cuales significaron pesar, muerte, destrucción e intolerancia, que afecto a cientos de miles de personas, sino a millones, por los siguientes siglos.

Pero estas campañas del catolicismo, que nunca fueron por el bien común sino para proteger sus intereses o el de sus aliados  y extender su credo y que siempre encubrían operaciones comerciales de alto vuelo donde el Papado resultaba beneficiado, sin importar el costo de vidas e intereses involucrados, no finalizó con estas guerras antiguas.

Mientras el Vaticano sostenía su poder e influencia mundial, provocó nuevas guerras religiosas, como la expedición de Heraclio contra los persas en el siglo VII y la Conquista de Sajonia por Carlomagno. Lo mismo hizo en la Segunda Guerra Mundial donde patrocinó al nacismo alemán y al fascismo italiano, a quienes ayudó a conseguir el poder con la votación católica incitada por la Iglesia a sus fieles, consiguiendo increíbles prebendas, que engrosaron enormemente el Tesoro de Pedro y su influencia en el mundo y luego La Guerra Civil Española, la cual, con el objeto de dar un sentido católico al llamado Movimiento Nacional, fue denominada cruzada oficialmente durante la dictadura de Franco. También se denominó cruzada a la Invasión alemana de URSS.

En este rubro está además el vergonzoso historial del catolicismo con ocasión de su abierta participación y patrocinio de la aventura conocida como "Descubrimiento de América", y la Caza de Brujas del Santo Oficio, con su esclavismo, rapiña de las riquezas de los pueblos conquistados, la eliminación total y en otros casos parcial, de innumerables etnias de todos los países sojuzgados, la explotación  y ultraje sexual de las mujeres e infantes y su asesinato bajo las más atroces y sofisticadas formas por los monjes católicos de algunas de sus órdenes "mendicantes", como los Domínicos y los Franciscanos, dedicadas en los siglos que duró la Santa  y supersticiosa Inquisición, que buscaba "brujas", demonios, conjuros mágicos, ceremonias satánicas y la presencia de súcubos e íncubos en la población a la poca cristiana actividad de desollar a sus víctimas.

Y en otros casos, bajo el predicamento de llevar la palabra de Cristo y convertir a los salvajes y bárbaros en cristianos, siempre con el mismo resultado: torturar, descuartizar, quemar en la hoguera santa, ahorcar, ahogar por agua y desmembrar sus miembros, de millones de seres humanos, con admirable celo.
Muertes, todas de gente inocente, por las cuales la Iglesia  en su cinismo, nunca se ha disculpado ni reconocido ser autora, en este caso de homicidios y magnicidios calificados, con el agravante de haberse agenciado, robado y decomisado, todos sus bienes y valores.

Con indignación, adjunto un párrafo de un espacio de internet que se Titula Comunidad Medieval, donde se lee: "Todos los conceptos asociados a la modernidad, nacen con la edad media, ninguno de los cuales sería entendible sin el previo feudalismo, entendido como sistema económico y político. 
El intercambio cultural se dio entre dos mundos bien diferenciados por la ruptura de la unidad del Mediterráneo: el cristianismo y el Islam, y la cultura latina fue preservada gracias al monacato altomedieval".


Es decir, esta gente  quiere hacernos creer que fue esta Edad Nebulosa la que propició las condiciones para la etapa de la modernidad y que el intercambio cultural de la sociedad occidental se dio porque el cristianismo y el Islam coexistían. Y, que ha sido gracias al monacato altomedieval, que se ha preservado la cultura latina.

Quizás olvidan, que en otras latitudes donde el cristianismo no era conocido, no existió tal Edad Media ni se necesitó el nefasto sistema económico y político originado por el feudalismo, patrocinado y del cual formó parte la misma Iglesia. Y sin embargo, se dio el modernismo con toda naturalidad, prescindiendo de las religiones.
Y para fortuna de estas sociedades, no conocieron por ende el retrógrado sistema monacal medieval, mendicante y explotador, de estos monjes que jamás trabajaron por su sociedad y vivieron siempre a expensas del Estado y de la comunidad, orando y cultivando el viñedo del huerto y los caldos de donde saldría el vino de misa.
Y otros, acumulando riquezas y predios de legados conseguidos en el acto de aplicar el sacramento de la extremaunción, o bien, dedicándose al cultivo y comercio de productos agrarios, con el usufructo de las donaciones y herencias obtenidas por tal espurio método, bienes asignados a la iglesia bajo presión en el lecho de muerte por sus aterrorizados fieles, que creían que con ello sus almas no arderían eternamente en el purgatorio.

No solo la historia nos dice que estos clérigos medievales eran considerados una peste social, sino que también la literatura medieval abunda en esta prédica, especialmente en España que es el escenario que nos ocupa, siendo el objetivo central de las grandes obras de arte de la literatura que han sobrevivido a la quema de libros y ocultamiento intelectual que se hizo por siglos por el catolicismo, destacar la avaricia del clero, su desvergüenza, glotonería superficialidad e inmoralidad, así como la denuncia de la  simonía de sus jerarcas, además de la especulación material en los asuntos espirituales que solían ser transadas en moneda corriente, tradición que empezaba en Roma y se extendía por todo el mundo occidental.
Procesión de disciplinantes de Francisco de Goya. Este pintor compartió la crítica de los ilustrados a las prácticas religiosas "supersticiosas".

Algunos de los cientos de ejemplos que podríamos citar, los encontramos en obras como el Arcipestre de Hita que en un fragmento del Libro del Buen Amor, en castellano antiguo expresa:

Yo vy allá en Roma, do es la santidat,
Que todos al dinero fazian l'omilidat,
Gran onrra le fazían con gran solenidat;
Todos á él se omillan como á la magestat.

Ffazie muchos priores, obispos é abbades,
Arçobispos, dotores, patriarcas, potestades,
A muchos clérigos nesçios dávales denidades,
Fazíe verdat mentiras é mantiras verdades.

Ffazie muchos clérigos e muchos ordenados,
Muchos monges e mongas, rreligiosos sagrados;
El dinero les dava por byen esaminados;
Á los pobres dezían que non eran letrados.

Según Julio Caro Baroja, en su obra El Anticlericalismo en España, "las primeras críticas medievales al clero se dirigieron contra la cabeza misma de la Iglesia, el Papa, y el círculo depravado y corrupto que le rodea en Roma, un rasgo específico del anticlericalismo cristiano y común en todo el Occidente europeo, como lo demuestra el cuento del Decamerón de Bocaccio, en el que se narra la historia y sátira de un judío que viaja a Roma y que cuando vuelve a París se convierte al cristianismo "al considerar que, dada la maldad de los clérigos, y la vida depravada que llevan, desde el Papa y los cardenales, la expansión del Cristianismo debía atribuirse al mismo Espíritu Santo".
Títeres del Imperio Romano

Nos dice Caro Baroja: "En los estados de la Corona de Aragón destaca la Disputa de l'Ase ('La disputa del Asno') escrita en catalán por el mallorquín Anselm Turmeda en 1417 en la que se describen una serie de costumbres de los frailes contrarias a los los valores que se les suponía a los miembros del clero regular: la holgazanería, la envidia, la avaricia, la glotonería, etc. La obra sería puesta en el Índice de Libros Prohibidos por la Inquisición en el siglo siguiente".

"En el siglo XV, de la crítica generalizada del siglo anterior —aunque ésta aún se mantiene en obras como Triumphos de locura de Hernán López de Yanguas en la que hace una crítica feroz de los comportamientos de frailes y monjas— se pasa a la crítica, a veces satírica, de determinados miembros del clero. Es lo que hicieron los castellanos Fernando del Pulgar en sus Crónicas de los reyes de Castilla o Fernán Pérez de Guzmán en sus Generaciones y semblanzas. Así retrata este último al arzobispo Pedro Frías, del que dice:
Fué hombre de mediana altura, de buen gesto, no muy letrado, muy astuto é cauteloso, tanto que por malicioso era habido: no fue muy devoto ni honesto, ni tan limpio de su persona como a su dignidad se convenía; vestíase bien, comía muy solemnemente, dábase mucho al deleite é buenos manjares é finos olores. En su habla é meneo de su cuerpo é gesto, y la mansedumbre e dulzura de sus palabras, tanto parescia mujer como hombre...

La crítica satírica al clero continúa en el Renacimiento con Bartolomé Torres Naharro en su obra Propadalia, impresa en Nápoles en 1517, en su comedia Tinellaria y en Soldadesca, en las que no sólo lanza sus dardos contra los cardenales y prelados sino también contra los frailes. Que sea un clérigo el autor de la crítica no es nada infrecuente en esta época. Así, por ejemplo, un fraile de Burgos criticaba hacia 1520 la vida en los monasterios en una carta que copió íntegra Fray Prudencio de Sandoval en su Historia de la vida y hechos del emperador Carlos V y en la que entre otras cosas decía:
"E porque soy religioso no quiero poner en el olvido los monasterios que tienen vasallos e muchas rentas, sino que cuando se meten en religión debe de ser con celo de servir a Dios e salvar sus ánimas. (...)
 E dánse a comeres e beberes, e tratan mal a los súbditos e vasallos, siendo por ventura mejores que ellos. (...) E los perlados de los monasterios se conciertan los unos con los otros e se hacen uno a otro la barba, porque el otro le haga el copete (como se suele decir), y no miran sus deshonestidades, ni las enmiendan, ni castigan a sus súbditos las culpas, antes las encubren y celan y pasan por ellas (como gato por brasas) (...)
E otros algunos [obispos] tienen respeto a hacer mayorazgos para sus hijos, a quien llaman sobrinos, e así gastan las rentas de la Madre Iglesia malamente, y a los pobres e iglesias no solamente no les hacen bien, antes trabajan de les tomar e robar los cálices que tienen".
Lázaro y el clérigo de Maqueda.
Posiblemente la obra más representativa de la sátira anticlerical sea el Lazarillo de Tormes en el que aparecen personajes como el "clérigo de Maqueda", prototipo de avaricia; del buldero, espejo de farsantes, dejando de contar por algunos respetos lo que al mismo le ocurrió sirviendo a un fraile...

Las aventuras terminan con el matrimonio de Lázaro con la criada del Arcipreste de San Salvador y una vida plácida y llena de complacencias para con el mismo Arcipreste, tanto de la mujer como del marido, al que no asustan las "murmuraciones".
En la segunda parte del "Lazarillo", firmada por H. de Luna aparecía la costumbre de los clérigos de Toledo de amancebarse con mujeres conocidas con el nombre de "mulas del diablo" o los horrores que cometían los servidores de la Inquisición y cómo satisfacían sus pasiones.

Con la Contrarreforma tridentina cuyo principal validador es Felipe II, la crítica anticlerical se suaviza por presión de la Inquisición que considera que la crítica generalizada a los eclesiásticos es "lenguaje de herejes", de la misma forma que determinados comportamientos y costumbres "medievales" de los clérigos se suprimen o se regulan.

En cuanto al secular el objetivo de la Contrarreforma es lo que llama Caro Baroja "deslaificar": "prohibirle que lleve tufos, bigotes, cuellos, espadas, armas que le hacen semejante a cualquier seglar; que baile en las fiestas, que ande abarraganado, que se dedique a actividades profanas, comerciales y de otra índole; que cometa usuras,que celebre con exceso y dispendio las misas nuevas, que no guarde compostura en los bautizos, bodas y mortuorios; que acepte como legítimos ritos que huelen a paganismo, que mantenga a sus hijos cerca de él..."

Sin embargo esta reforma no alcanza al clero regular por lo siguen pululando "los frailes de corte medieval... El fraile conocido sigue siendo el mendicante que corretea por mercados y plazuelas, o el que asiste a convites, yendo a ellos rápido, o el que pronuncia sermones a troche y moche", comportamientos que son denunciados por teólogos, como Melchor Cano, por predicadores como Fray Alonso de Cabrera o Fray Pedro de Valderrama o por escritores místicos como Fray Pedro Malón de Chaide.

Lope de Vega en su correspondencia privada muestra una gran antipatía por los frailes. Pero sus argumentos son los populares. Unas veces insiste sobre la lujuria frailuna
 ["A la fee, Señor, ellos hazen hijos y otros los crían"], otras sobre la avaricia ["tienen más tretas y modos de vivir que mercaderes de mohatras"], otras sobre los peligrosos que resultan como enemigos..
Quevedo, por su parte fue considerado "ateísta" (ateo por sus contemporáneos entre otras razones por lo ridículos que describía a los demonios, lo que daba entender que no creía en ellos. Sin embargo, según Julio Caro Baroja, "aquel hombre que ha dejado fama de que no se mordía la lengua con respecto a la Iglesia era un incondicional o tenía una prudencia exquisita".

Miguel de Cervantes en la segunda parte de El Quijote, retrató de forma "seca, real y vulgar" al capellán de los duques.. Allí dice:
"un grave eclesiástico destos que gobiernan las casas de los príncipes; destos que, como no nacen príncipes, no aciertan a enseñar cómo lo han de ser los que lo son; destos que quieren que la grandeza de los grandes se mida con la estrecheza de sus ánimos; destos que queriendo mostrar a los que ellos gobiernan a ser limitados, les hacen ser miserables".
Frailes, aun de los buenos, los menos.
Gorriones, frailes y abades, tres malas aves.
En el fraile y la mula, la coz es segura.
El fraile en su convento, y bien dentro.
Los frailes entran sin conocerse, viven sin amarse y mueren sin llorarse.
Clérigo, fraile o judío, no le tengas por amigo.
Judío, dona y hombre con corona, jamás perdona.
Monjes y frailes, putas y pajes, todos vienen de grandes linajes.
Clérigos, frailes, pardales y chovas, ¿dónde vais las cuatro royas?
Clérigos, frailes, pegas y grajas, do al diablo tales cuatro alhajas.
Abundan los refranes referidos a la "avaricia" de los frailes:
Ahí va un fraile; no irá en balde.
Gente de sotana, nunca pierde y siempre gana.
Dios proveerá; mas buen haz de paja se querrá.
Quien dijo fraile, dijo alforja y fraude.
En casa de capellán, nunca falta pan.
Frailes, ratas y pardales, nuestros enemigos mortales.
Gente con pie de altar, mucho pedir y poco dar.
Dos cosas no se pueden saciar: los frailes y el mar.
Frailes y monjas, el dinero esponjas.
Fraile que te agasaja, de ti quiere sacar raja.
No hay clérigo pobre, ni casado rico.
Fraile que su regla guarda, toma de todos y no da nada.
Fraile que pide por Dios, pide para dos.
Frailes y monjas, de dinero esponjas.
El fraile descalzo se pone las botas de los demás.
También son muy frecuentes los refranes referidos a la “lujuria” del clero, sobre todo del regular:
A clérigo ni fraile le fíes tu comadre.
El abad que no tiene hijos, es que le faltan argamandijos.
No digas de esta agua no beberé, ni este cura no es mi padre.
A casa del cura, ni por lumbre vas segura.
Por las piernas del vicario, sube la moza al campanario.
Del fraile flaco y cetrino, guardaos, dueños dél, que es un malino.
El fraile, con sol de casa. Fraile que pide pan, toma carne si se la dan.
También los hay que se refieren a la holgazanería y glotonería del clero regular:
Dejar hambre y frío por amor de Jesucristo, es de hombre listo.
Comer y beber y andar por el aire, éstos son los mandamientos del fraile.
Fraile que va merendar, lleva buen andar.
Seis horas cantando, seis comiendo, seis paseando, seis durmiendo, y las demás estudiando.Fraile gordo y casado delgado, ambos cumplen con su estado.
Asimismo existe un anticlericalismo popular más radical expresado en carteles, pasquines y hojas sueltas, como en un cartel que apareció en 1645 en Écija que decía:
Tratado de apuradas verdades. Los clérigos, frailes y teatinos son para usurpar al Rey sus alcabalas y patrimonio. Los clérigos y frailes los mas están amancebados. Los clérigos y frailes son carniceros, taberneros, vendedores de tabaco, ladrones de sal, que aún no la dejan labrar. Con los frailes y clérigos no hay gañan ni quien sirva esta república. Los clérigos y frailes engañan a los bobos en las confesiones, y aun solicitan en ellas. Los clérigos y los frailes son desvergonzados hasta en el púlpito. Los clérigos y frailes de misa solo lo son, que los demás son clérigos y frailes y teatinos de devoción, que se casan y les vemos con hijos. Los clérigos de órdenes menores no son clérigos sino ladrones de alcabalas... Clérigos y frailes hay logreros que buscan a quien dar y prestar dinero con grande ganancia: fuera mejor hacer una leva y llevar toda esta canalla a servir al Rey, y no estarse murmurando en cuadrillas en la plaza de cuantos entran y salen, queriendo gobernarlo todo.limitados, les hacen ser
miserables.
Bien, podríamos escribir muchas páginas con estas críticas sociales del pueblo, refranes populares , libros, pasquines e historietas que recogieron la mayoría de los intelectuales de nota a través de toda Europa sobre la actuación de la curia medieval, pero nos limitaremos a mostrar algunas frases recogidas de entre cientos de autores medievales y la Ilustración, que tal cual ocurre hoy en día, se alinean en una posición crítica y anticlerical, en su calidad de hombres cultos de su época, librepensadores y servidores públicos.

Miguel Ángel 1475-1564, escribe acerca del Vaticano: "Aquí los cálices se convierten en yelmos y espadas y la sangre de Cristo se vende al por menor, y la cruz y las espinas se convierten en lanzas y rodelas y hasta Cristo pierde la paciencia".

Fernando de Magallanes 1480-1521 decía: "La Iglesia dice que la tierra es plana, pero yo se que es redonda, porque vi su sombra en la luna. Y tengo mas fe en una sombra que en la Iglesia".

Miguel de Cervantes 1547-1616. "Desconfía del buey enfrente, de la mula por detrás y del monje en ambos lados.

"Leonardo da Vinci 1452-1519. En sus Profecías, se ríe de las "falsas ciencias mentales", como la teología, y de las confesiones e indulgencias y estigmatiza irónicamente el lujo de la Iglesia.

 
Galileo Galilei 1564-1642. Decía ante sus amigos: "Y si quieres conocer a unos malos hombres, malvados, perversos e inescrupulosos, tu debes conocer a curas y frailes que son llenos de bondad y devoción".

 
Daniel Lefoe  1660-1731 en The True.Born Englishman escribió:. "De todas las plagas que afligen a la humanidad, la peor es la tiranía eclesiástica".

Charles de Montesquieu 1689-1775 escribió en Sus cartas Persas: "En ningún lugar hubo tantas guerras civiles como en el reino de Cristo".
 
Voltaire, 1694-1778 en su Diccionario Filosófico escribió: "Cada hombre juicioso, cada hombre razonable, debe considerar con repugnancia a la secta cristiana.
La superstición nació en el paganismo, la adoptó el judaísmo y contaminó a la Iglesia cristiana desde los tiempos primitivos. Todos los padres de la Iglesia, sin excepción creyeron en el poder de la magia. La Iglesia la condenó siempre, pero creyó en ella, y no excomulgó a los brujos como desquiciados, sino como hombres que tenían tratos con el diablo".

Napoleón Bonaparte 1769-1821. "Me encuentro rodeado por sacerdotes que repiten incesantemente que su reino no es de este mundo, pero ponen sus manos sobre todo lo que pueden alcanzar".

Arthur Schopenhauer 1788-1860 escribió en Parerga y Paralipómena. "La religión es una obra maestra del arte de entrenar animales, porque entrena a la gente sobre como deben pensar".

Edgar Allan Poe 1809-1849. "Los pioneros y los misioneros de la religión han sido la verdadera causa de más desórdenes y guerras de cada otra clase de la humanidad".

Charles Dickens 1812 1870. "Los misioneros son perfectos fastidios y dejan cada lugar peor de como lo encontraron".

Mark Twain  1835-1910, desde Letters from the Earth escribió:"La biblia es muy interesante. Hay noble poesía y unas astutas fábulas, y unas historias ensangrentadas y una buenas morales, y abundante obscenidad, y sobre todo mil mentiras".

Émile Zola 1840-1902. "¡La humanidad no llegará a la perfección, hasta que no caiga la última piedra, de la última iglesia, sobre el último cura!"

Friedrich Nietzsche 1844-1900. En su obra El Anticristo escribe: "Lo que un teólogo siente como verdadero debe ser falso: en esto hay casi un criterio de verdad".

Y también a estos pseudo historiadores se les olvida, que la gota que desbordó el vaso del abuso medieval de la iglesia, fue cuando en 1543, el monje polaco Nicolás Copérnico pidió permiso para publicar el resultado de su trabajo astronómico que demostraba que la teoría geocéntrica era un error, pues los planetas no giraban alrededor de la tierra sino del Sol.
Ello provocó un escándalo al interior de la Iglesia y una hecatombe en el mundo cristiano, pues tal teoría iba en contra de la Biblia y del principal argumento en la que el papado basaba su poder.
Reconocer que la palabra de Dios era un error, que los planetas no giraban en torno a la tierra, destruía la fe en el Libro sagrado y por tanto, todo aquello que se enseñaba en las Escuelas y Universidades a su cargo en toda Europa.

El resultado fue que el papado y sus sabios negaron tal permiso y por el contrario anatemizaron al sacerdote Copérnico al que no solo sacaron de circulación por hereje, sino que su obra De las Revoluciones de las Esferas Celestes, fue prohibida y colocada en el Índex de los Libros prohibidos en 1616, donde permaneció en tal calidad hasta 1835, sin que Copérnico pudiera por tanto ver su obra publicada, ni conociera la sociedad mundial tal suceso, sino doscientos diecinueve años después.

Este hecho demostró palpablemente, que la Iglesia estaba equivocada o mentía, o las dos cosas. Y qué la Biblia no era inspirada ni podía ser la palabra de Dios, porque un Dios no podía ser tan ignorante de su propia obra, lo que hizo perder la confianza en el papado, dando margen a su desplazamiento y pérdida de influencia en todo el mundo occidental.
La obra de Copérnico sirvió de base para que, más tarde, Galileo, Brahe y Kepler pusieran los cimientos de la astronomía moderna.

¿Por qué razón estos historiadores y comentaristas de esta fatídica Edad Media no relatan en sus escritos, cómo fue que esta poderosa Iglesia que gobernaba al mundo occidental conocido, a reyes y Jefes de Estado, que poseía Ejército propio, que estaba enquistada en todos los reinos con Consejeros Religiosos, participaba de los impuestos que se cobraba al pueblo, pertenecía a la nobleza y por tanto poseía privilegios especiales, como títulos nobiliarios, ducados, castillos, tierras, debió repentinamente abandonar esta situación de privilegio?

Y especialmente, por qué la Iglesia Católica, propietaria de los llamados Estados Pontificios, que eran verdaderos reinos dentro de Europa, tal cual el resto, debió devolverlos a sus respectivos y legítimos propietarios, uno por uno y por supuesto contra su voluntad, porque generosos o desinteresados  o caritativos, no han sido nunca?

¿Por qué no pudo seguir teniendo ejércitos, ni ducados, ni impuestos de todos los reinos de Europa, como tenía, ni estas inmensas cantidades de tierra donde eran señores de nobles, de vasallos, animales, valles y montañas, pueblos enteros?

¿Por qué estos historiadores católicos evitan mencionar que esta poderosa y rica Iglesia quedó finalmente solitaria, desprestigiada, moralmente inhibida, arrinconada por años, aislada en el Palacio Vaticano, hasta que Benito Mussolini se los donó a cambio de favores concedidos?
¡Dónde está esta parte de la historia en Catholic.net., en Monografías.com y los cientos de otras páginas propagandísticas católicas que saturan internet?

¿Y finalmente, porque no le cuentan a la opinión pública, exactamente cuáles fueron las Iglesias, los castillos romanos, los bienes, el oro, los territorios y la herencia del Emperador Constantino, que dice la Iglesia qué él les legó? ¿O cómo fue que este clero vaticano se convirtió en la potencia económica que hoy es?

Y especialmente, que el público se entere de la fecha precisa  y de los documentos legales y la oportunidad en que estos bienes fueron traspasados al Papado, como por ejemplo el Palacio Laterano o de Letrán, alrededor de otros veinte palacios y edificios romanos; de cómo obtuvieron los terrenos e instalaciones de sus principales templos en Italia, en particular la fastuosa Catedral de San Pedro.
Y por supuesto, de los pormenores del citado Legado o herencia de Constantino.

¡A que no se atreven!

Bueno, no obstante a este rechazo moral que incluyó todos los reinos y países europeos y sus enclaves coloniales, que dejó al descubierto la falsedad de la moral y doctrina eclesiástica y sus postulados y que posibilitó el término de esta Edad Media y el paso intermedio a la etapa renacentista que llevó a la modernidad, este clero en retirada, en una desafiante declaración emitida en el Primer Concilio Vaticano en 1869 por el Papa Pío IX, ratificó con la altanería proverbial de la gente de iglesia, su desprecio hacia el progreso y la civilización moderna, en la siguiente declaración final del cónclave:
Palacio de Letran, durante mil años residencia papal.
“La revelación divina es perfecta y, por ello, no está sujeta a un progreso continuo e indefinido a fin de equipararla con el progreso humano... Ningún ser humano es libre de abrazar y profesar la religión que crea verdadera, guiado por la luz de la razón...
La Iglesia tiene poder para definir dogmáticamente que la religión de la Iglesia católica es la única religión verdadera...
Es necesario, incluso en el día de hoy, que la religión católica sea considerada la única religión del Estado, excluyendo todas la demás formas de devoción...
La libertad civil para elegir el tipo de fe y la concesión de poder absoluto a todos para manifestar abierta y públicamente sus ideas y opiniones conduce con mayor facilidad a la corrupción moral y mental de las personas...
El Pontífice romano no puede ni debe reconciliarse ni estar de acuerdo con el progreso, el liberalismo y la civilización moderna”.

¿Aprecia el lector en el tenor de esta Bula, humildad, tolerancia, espíritu democrático, coherencia o serenidad de juicio en esta declaración papal,  de un Papa que recién había obtenido la calidad de ser Infalible?
Definitivamente no. Solo arrogancia, ínfulas y complejo de poder sin límites, inconsecuencia, despotismo, desfachatez y desvarío, además de rabiosa fobia al progreso y la modernidad.

¿Tiene derecho un credo religioso a obligar a una sociedad a tomar partido por su religión?
¿Tiene sentido que un credo diga que es el único y verdadero entre todos los existentes?
¿Tiene el poder una religión para obligar al Estado a formar una sociedad y exigir que se excluya al resto de las religiones?
¿Es verdad que cuando uno razona y toma una decisión sufre corrupción moral y mental y que por ello debe dejar tal decisión en manos de la Iglesia Católica?
¿Por que razón el Papa no puede reconciliarse con la sociedad ni estar de acuerdo con el progreso, el liberalismo y la civilización moderna?

A todas estas interrogantes del mencionado Papa y toda su Iglesia NO. Por supuesto que nadie puede aceptar tales premisas, aherrojar su dignidad, independencia y derechos, que son facultades privativas de la persona humana, para convertirse en esclavo o autómata de una religión. NO.
No a ese intento cavernario de aceptar que el libre pensamiento, el ejercicio de la razón y la toma de una decisión personal, debe dejarse en manos de la Iglesia Católica ni en ningún otro credo, por el solo hecho que esta declara, que el ser humano no es capaz de tomar tal decisión porque puede sufrir corrupción moral y mental, pretensión  que a lo menos, resulta inicua e insultante para la inteligencia humana universal.

Y claro, se puede entender muy bien por qué el Papa y con él la Iglesia, no puede reconciliarse ni estar de acuerdo con el progreso, con el liberalismo y la civilización moderna.

Ello ocurre porque la religión católica es una entidad retrógrada, que habiendo fracasado en su aventura medieval, donde la civilización occidental estuvo sumergida casi quince siglos en la noche negra del oscurantismo cultural, no pudo aceptar ayer ni menos hoy, que la mente humana vuelva a encender el ingenio y la luz inspiradora de las artes y las letras;  y que el verdadero espíritu del hombre y de la mujer, que nacieron teniéndolo consigo junto con su evolución, brille nuevamente bajo el intelecto, la inventiva, la pasión y la alegría, que son connaturales a su naturaleza humana.

También sufren de amnesia los autores del párrafo en comento, referente al  mencionado intercambio cultural entre el cristianismo y el Islam. (También estas mismas palabras fueron usadas para decir que la bárbara ocupación de América por las huestes de los reyes católicos y el papado, que concluyó en la destrucción de la cultura de estos pueblos, la matanza indiscriminada de sus habitantes y su esclavitud, fueron "un intercambio cultural entre dos mundos").

Quizás sea oportuno recordarles que este intercambio no fue tal, ya que se dio en condiciones forzadas y absolutamente contra su voluntad,  pues la conquista musulmana de España fue un proceso que duró 15 años de continua guerra, entre el 711  y el 726, en el cual los españoles no estaban para nada contentos ni menos haciendo intercambio de culturas.

Y que esta ocupación musulmana del Califato Omeya, fue de casi todo el  actual territorio de la España peninsular y Portugal continental, más la parte sur de Francia, que debieron rendirse. Ocupación que duró cerca de ochocientos años, dónde fueron los españoles y el catolicismo los favorecidos, pues recibieron un fuerte impacto cultural y lingüístico, recogiendo además novedosas tecnologías y la re introducción del pensamiento griego, que justamente España había perdido, por la poca ilustración de los monjes de los citados monacatos altomedievales, que nunca aprendieron griego y solo conocieron de la literatura mundial y del mundo asiático y otras culturas, aquello que venía en latín, por lo que solo tradujeron en este idioma lo poco que llegó a sus manos.

Monjes de monacato medieval
En cambio la cultura bereber y la árabe en general, solo tuvo retribuciones económicas, no culturales, porque la España del tiempo Antiguo y Medieval bajo la dictadura papal y su política del terror, de la amenaza con la pérdida de la inmortalidad, la cultura del infierno y el diezmo que el bajo pueblo debía obligadamente darles, no tenía mucho que compartir.

Los pueblos que invadieron España no eran bárbaros ni ignorantes. Por el contrario, correspondían a una civilización cultural en alza, que recogía las mejores tradiciones de sus antecesores los reyes sasánidas que fueron por generaciones mecenas de las letras y la filosofía.
Ya en los tiempos de Cósroes I, los trabajos de Platón y Aristóteles fueron traducidos al Pahlevi y se enseñaban en Gundishapur. ( Este pahlavi sasánida o persa sasánida hoy considerado una lengua muerta, era la lengua oficial de ese imperio sasánida (226 d. de C. - 651 d. de C. y también la lengua litúrgica del zoroastrismo durante ese período y posteriormente).

Durante su reinado fueron compilados gran cantidad de anales históricos, de los cuales sólo se conserva el Karnamak-i Artaxshir-i Papakan (Los hechos de Ardacher), una mezcla de historia y romance que sirvió como base para la épica nacional iraní, el Shahnama. Cuando Justiniano I cerró las escuelas de Atenas, siete de sus profesores huyeron a Persia y encontraron refugio en la corte de Cósroes. Con el tiempo, sintieron nostalgia de su tierra, y en los tratados de 533 entre Justiniano y el rey sasánida se estipuló que se permitiera a los sabios griegos regresar a su tierra libres de cualquier persecución.

Bajo Cósroes I, el colegio de Gundishapur, fundado en el siglo IV, se convirtió en "el mayor centro intelectual del mundo", acudiendo a él estudiantes y maestros de todos los continentes. Incluso los cristianos nestoranistas fueron recibidos en Gundishapur, aportando las traducciones al sirio de los trabajos griegos sobre medicina y filosofía. También acudieron a Gundishapur los neoplatónicos, quienes plantaron la semilla del misticismo sufí, así como los eruditos de la India, Persia, Siria y Grecia, que se mezclaron para dar lugar al una floreciente escuela de medicina.

Artísticamente, el período sasánida fue testigo de los mayores avances de la civilización persa, gran parte de los cuales se fundieron con lo que se conoció como cultura islámica, incluyendo la arquitectura y la literatura. En su punto álgido, el Imperio sasánida se extendía desde Siria hasta el norte de la India, pero su influencia llegó mucho más allá de sus límites políticos. Se han hallado motivos sasánidas en el arte de Asia Central y China, en el Imperio bizantino, e incluso en la Francia merovingia. Sin embargo, el verdadero heredero del arte sasánida fue el arte islámico, que asimiló sus conceptos y al mismo tiempo, les insufló nueva vida y un vigor renovado. Como expresa el historiador americano William James Durant:
"El arte sasánida exportó sus formas y motivos hacia el este, dentro de la India, Turkestán y China, y hacia el oeste dentro de Siria, Asia menor, Constantinopla, los balcanes, Egipto y España. Probablemente su influencia ayudó a cambiar el énfasis en el arte griego desde las representaciones clásicas al ornamento bizantino, y en el arte cristiano latino desde los techos de madera a las bóvedas y cúpulas de ladrillo o piedra y los muros apoyados en arbotantes."

Contrariamente, los regentes de la cultura medieval, todos esos monjes de mente obtusa y refractaria a los cambios, recogieron un mínimo de información de lo que ocurría en el resto del mundo, haciéndose especial hincapié, que en aquellos largos siglos, el catolicismo se basaba para la enseñanza en los colegios y universidades católicas,- las únicas permitidas y existentes en Europa-, sólo en la Biblia, expresando que todo aquello que no estuviese contenido allí, no interesaba conocerlo, por que si así fuese, Dios lo habría puesto por escrito en el Libro Sagrado.
Y también, en la Escolástica, que fue la corriente teológico-filosófica dominante del pensamiento medieval impuesta por la Iglesia en sus llamadas escuelas catedralicias, que estaban, por supuesto dentro de las construcciones de sus Templos y a los que nadie que no fuese católico y además adinerado o noble, podía ingresar.

Además, todas las lenguas romances de la península fueron altamente influenciadas por el árabe andalusí, calculándose que tras el léxico de origen latino hay un préstamo de alrededor de 4.000 formas léxicas, sin contar la fuerte presencia de la lengua árabe en la toponimia de la península ibérica, que se aprecia en los apellidos, nombres de calles y ciudades, entre otros.

Claramente entonces, en lo que respecta a la idiosincrasia latinoamericana, bajo dominio español, que sufrió el coletazo cruel de la Inquisición, la reserva de sus tradiciones y raíces eminentemente latinas e indígenas, su carácter e intereses, no fueron cautelados gracias al legado del llamado Descubrimiento de América y su intercambio de culturas, ni menos debido a estos monjes ociosos e indoctos de los monacatos, cuyo mayor pasatiempo era leer las escrituras sagradas que poco colaboraban a su ilustración, sino primero a la heroica resistencia de los pueblos autóctonos de las tierras sojuzgadas que al tratar de rechazar al invasor fueron aniquilados sin piedad y luego a los procesos revolucionarios de las naciones conquistadas, realizados con coraje y derramamiento de sangre de sus soldados, en su lucha contra el invasor para conseguir su independencia nacional.
Monje conservando la cultura latina

Wikipedia misma, que debe su importancia al espacio creado para que el mundo intelectual esbozase allí todas las tendencias, perdió hace tiempo aquello que la distinguía, que era filtrar que entidades interesadas monopolizaran sus contenidos, pues en la actualidad las páginas que hace cinco o diez años recogían otras versiones laicas, independientes y objetivas, han sido objetadas o modificadas por los partidarios del Catolicismo que han recolocado encima, su versión interesada y confesional.

Llama entonces la atención, la errada información, lo incompleto de los textos mencionados, el lenguaje dogmático y fantasioso y lo sesgada que resulta cada referencia, -que si uno investiga con más acuciosidad-, solo viene de los escritos de la Iglesia, de siglos atrás, compilado de sus anales, de sus santos, de sus escritores, de sus libros sagrados y en fin de lo que la Iglesia Católica llama La Tradición, que en buenas cuentas viene a ser “la bolsa de gatos”, donde sus hábiles monjes falsificadores, cambian, interpolan, agregan y hacen coincidir desde la más remota antigüedad, lo que esa gente de hace miles de años pudo escribir y que si vivieran hoy día no podrían reconocer como escritos suyos.

Lo desesperante, es que no hay forma de controlar estos escritos y descubrir todas estas interpolaciones en los dichos de tantos historiadores y personajes del mundo antiguo, sea porque sus obras originales se “perdieron” misteriosamente y solo quedan “dichos”, “comentarios”, “alusiones”, trascendidos, o reconstituciones a partir de otros documentos al respecto, de hombres de Iglesia por supuesto, de copias que la Iglesia dice tener pero que nunca ha mostrado o porque sencillamente provienen de la literatura de sus santos, patriarcas o de sus intelectuales, que indefectiblemente nacen del mismo lugar citado.

Así ocurre con sus Evangelios, de los que jamás nadie ha podido ver sus originales; las explicaciones y justificaciones acerca de las reales razones de la Iglesia Católica para propiciar el llamado “Descubrimiento de América,” que todos sabemos fue casual, porque nunca Colón ni los reyes ni el papado se dieron cuenta que se trataba de un continente, y que tal aventura en verdad fue sólo una operación de despojo de las riquezas de los pueblos sojuzgados a sangre y fuego, a repartir entre el reino de Castilla y el Papado y de eliminación de sus etnias que se negaron a adoptar el cristianismo.

No hay explicaciones sino silencio en los espacios en que el papado y no los historiadores narran el acontecer histórico de nuestra sociedad. Se oculta la destrucción de los grandes monumentos de la humanidad a nivel planetario; la desaparición misteriosa de episodios completos de la historia antigua, medieval y moderna; la quema de templos; de grandes bibliotecas; de obras de arte; persecuciones religiosas de credos cristianos y paganos anteriores al catolicismo; la real existencia de la mayoría de sus personajes bíblicos; la real causa de las más salvajes guerras y conflictos bélicos que han asolado al mundo; la real magnitud de los crímenes de sangre realizados en nombre de Jesús por la Iglesia Católica; las sibilinas estratagemas políticas, tráfico de influencias y distorsión de la historia en los siglos que duró su dominio mundial, hasta llegar a estas pobres opiniones como la presentada del chat del llamado gran público, la gente común, que no acierta sino a repetir las monsergas y explicaciones mistéricas y dogmáticas, carentes de contenido y verdad, que estos monjes tienen preparadas para ocultar el acontecer y desarrollo del hombre y su obra civilizadora en el planeta.
Templo heleno destruido por hordas cristianas
 Sabiendo todo esto, ¿Por qué tendríamos que creerle a esta Iglesia falsa y mentirosa, que es verdad lo que sus historiadores nos cuentan acerca que Constantino en vida les donó palacios y entregó poder?

¿Por qué aceptar su versión acerca que el Obispo Silvestre ni ningún otro Papa fue el autor material de esa gran estafa a nivel planetario, que constituyó el falso legado que fue ratificado por todos sus papas durante siglos para esquilmar a Europa y robarle los territorios donde instaló sus Estados pontificios, cobrar el diezmo de los impuestos, manipular las monarquías, realizar las guerras y matanzas más grandes de la antigüedad y con ello apoderarse de todo lo que hoy constituye su riqueza, el famoso tesoro de Pedro?
¿Por qué debiéramos creer que esta mega estafa fue obra de subalternos, de escribas, de particulares que por su cuenta idearon esta infamia, cuando sabemos que en esa monarquía absoluta, manejada verticalmente desde el papado mismo, dónde los errores, aún los más nimios se pagaban con la vida del infractor, nadie no autorizado se atrevería a introducir un escrito parecido, como documento oficial de la Iglesia?

Estamos hablando de la Donación de Constantino, quizás la falsificación más famosa de la Historia que la Iglesia defendió por siglos como verdadera; que hizo matar a cualquiera que osase decir que tal documento era falso, como ocurrió con Joahann Drandsdorf  a quien quemó  en 1425 en la hoguera sagrada por hereje en Heidelberg,  por poner en duda la validez del documento y como escarmiento a las voces de protesta  que surgían en varios reinos, asesinato papal del que todavía la Iglesia Católica en su soberbia, se niega a ofrecer disculpas.

Nos referimos a este gran fraude de nivel universal, que hizo posible la legalización entre iglesia y estado en la mayoría de los países del mundo, vergonzosa sociedad que aún prima en las naciones, donde el Estado moderno destina millones de dólares o euros que saca del bolsillo de sus habitantes para dárselos a la Iglesia Católica, proceso que tuvo comienzo en el siglo IV de nuestra Era, cuando el propio Constantino así lo pactó en el Concilio de Nicea, política que resultó altamente beneficiosa para el grupúsculo vencedor en ese evento, que pasó a constituirse en religión oficial del Estado, del cual se desprendió el concepto de cristiandad, título que acaparó este movimiento, en desmedro del resto de los grupúsculos cristianos que coexistían en el Imperio y que uno a uno fueron perseguidos, declarados herejes y junto a las otras religiones, bautizadas como paganas por el cristianismo, atacadas por las tropas de Constantino por consejo de los líderes de la nueva religión, resultando sus sacerdotes asesinados, sus templos destruidos o anexados a lo que hoy conocemos como catolicismo, pasando todas sus posesiones y riquezas a su poder, en una sistemática campaña guerrera de aniquilamiento selectivo dirigida personalmente por los monjes más fanáticos y sedientos de sangre de que disponía el clero, que luego pasaron a ser irónicamente, sus Santos, Obispos y papas.
En el año 214 hordas cristianas destruyen cientos de templos paganos.
Sin olvidar que fue en base a esta cristiandad y a esta supuesta Donación de todos los bienes y territorios del Emperador a la Iglesia Católica, que surgió el sistema feudal, que duraría mas de mil años como sistema político bajo el control del catolicismo, propiedades que consistían en casi el ochenta por ciento de la ciudad de Roma y las principales provincias del área occidental del Estado italiano.
Más aún, La "Donación de Constantino" indicaba que el papa Silvestre I, había recibido del emperador romano Constantino I, el derecho de gobernar la ciudad de Roma y sus alrededores de la misma manera que un monarca temporal, sosteniendo además derechos del Papado para intervenir en los asuntos políticos de Italia y del Imperio Romano de Occidente, así como de una sucesión de territorios adicionales (Grecia, Judea, Tracia, Asia Menor, África), formando así una autoridad religiosa dotada de poderes gubernamentales.

Así fue como en el año 756 de nuestra Era, estos Estados papales o Pontificios, pasaron oficiosamente a poder de la Iglesia Católica, sin que esta por supuesto pusiera una miserable moneda por ello, transferencia legitimada con este falso documento, supuestamente firmado y de orden del propio Constantino I, en el cual se concedía todas estas regiones al Papa Silvestre I y a sus sucesores versión que fue creída y avalada primero por los hijos de Constantino y sus generales, que después le sucedieron en el poder, que no podían permitirse prescindir dentro de su gobierno imperial, de esta "ayuda " tan valiosa del clero y sus ejércitos, en la detección de cultos y actividades revolucionarias de conspiradores contra el Imperio, que los espías del clero y sus soplones, graciosamente denunciaban, perseguían y aniquilaban a lo largo y ancho del Imperio Romano.

Y luego, versión creída y aceptada después por los reinos cristianos europeos, que chantajeados por la Iglesia, bajo la prédica de que el mundo entero era posesión de Cristo y por ende de sus administradores en la tierra, -el propio clero-, debían pagar por ello, agradecer esta regencia de tierras de la que usufructuaban y retribuir esta concesión papal con un aporte económico anual, más otras garantías y privilegios.

Por eso, la historia real no registra desde que momento, ni por cual acuerdo, ni debido a que motivo, la Iglesia Católica, usufructuaba de tantos bienes, territorios y valores en ese entonces y ahora.
Jamás nadie ha podido investigar la fuente de estas riquezas, que antes obtenían legitimidad por decirse venían de esta Donación de Constantino, pero que desde el momento en que se estableció que ello era una falsedad, no produjeron el efecto esperado que alguna autoridad judicial, nacional o internacional como ocurre con todo estafador a quien la justicia encuentra culpable, confisque sus propiedades, congele sus cuentas bancarias y condene a la pena correspondiente al infractor o representantes que hayan usufructuado indebidamente de estos valores que no les pertenecen.

Ya mencionamos que esta Donación de Constantino, fue negada por la Iglesia durante siglos y que los escritores cristianos, como todavía es dable encontrar en internet, se burlaban de este hecho calificándolo de una historia falaz surgida de enemigos de la Iglesia, como el comunismo internacional o la Masonería Universal, leyenda negra expresaban, que no tiene ningún viso de verosimilitud.
A quienes aún dudan de este hecho, a esos escritores cristianos y fanáticos que en tantas generaciones sostuvieron esta versión, a los millones de fieles católicos que aún creen que ello no sucedió de esta manera, les invito a leer en internet la página ECWIKI, la Enciclopedia Católica Online, en Español, que contiene solo artículos autorizados sobre la fe católica en http://ec.aciprensa.com/wiki/Donaci%C3%B3n_de_Constantino.

Allí todos estos incrédulos podrán leer este tardío pero finalmente reconocimiento oficial del catolicismo respecto a estos hechos, aunque a continuación hay largas especulaciones que  procuran justificar a quienes fueron sus autores y desviar la atención acerca que no fueron prelados de la Iglesia los creadores de este documento.
Transcribo la primera parte expositiva del documento tal cual está en esta página:
"Donación de Constantino
De Enciclopedia Católica.

Por este nombre se conoce, desde el fin de la Edad Media, un documento falsificado del Emperador Constantino el Grande por el cual, grandes privilegios y ricas posesiones eran conferidas al Papa y a la Iglesia Romana. En el manuscrito más antiguo conocido (noveno siglo) (Bibliothèque Nationale, París, MS. Latin 2777) y en muchos otros manuscritos, el documento lleva el título: "Constitutum domni Constantini imperatoris". Está dirigido por Constantino, al Papa Silvestre I (314-35) y consiste de dos partes. En la primera (titulada "Confessio") el emperador relata cómo fue instruído en la Fe Cristiana por Silvestre, hace una profesión llena de fe, y cuenta su bautismo por ese Papa en Roma, y cómo de este modo se curó de lepra. En la segunda parte, (la "Donatio") Constantino dispone conferir a Silvestre y a sus sucesores los siguientes privilegios y posesiones: el Papa, como sucesor de San Pedro, tiene la primacía sobre los cuatro Patriarcas de Antioquía, Alejandría, Constantinopla, y Jerusalén, también sobre todos los Obispos en el mundo. La basílica de Lateran en Roma, construida por Constantino, mandará sobre todas las iglesias como cabecera, igualmente las iglesias de San Pedro y San Pablo serán dotadas de ricas posesiones. Los principales eclesiásticos romanos (clerici cardinales) quienes también pueden recibirse como senadores, obtendrán los mismos honores y distinciones que éstos. Como el emperador, la Iglesia Romana tendrá funcionarios cubicularii, ostiarii, y excubitores. El Papa disfrutará los mismos derechos honorarios que el emperador, entre ellos, el de llevar una corona imperial, una capa purpúrea y túnica, y en general toda insignia imperial o señales de distinción; pero, como Silvestre se negó a poner en su cabeza una corona de oro, el emperador lo invistió con el superior casquete blanco (frigio).
Constantino, el documento continúa, pone al servicio del Papa, un strator, es decir quien llevará el caballo en que montará el Papa. Es más, el emperador obsequia al Papa y a sus sucesores el palacio de Lateran de Roma y las provincias, distritos, y pueblos de Italia y todas las regiones occidentales (tam palatium nostrum, ut prelatum est, quamque Romæ urbis et omnes Italiæ seu occidentalium regionum provinicas loca et civitates) El documento continúa diciendo, que el emperador ha establecido para sí, en el Este, una nueva capital que lleva su nombre, y allá él quita su gobierno, porque es inoportuno que un emperador secular tenga poder donde Dios ha establecido la residencia de la cabeza de la religión cristiana. El documento, concluye con maldiciones contra todos los que se atrevan a violar estas dádivas y con la certidumbre que el emperador las ha firmado con su propia mano y las ha puesto en la tumba de San Pedro"

Si los lectores prestan atención de esta declaración oficial de la Iglesia, que transcribe gran parte de lo que expresa el documento original guardado en la Biblioteca Nacional de Paris, cuyo contenido es todo completamente falso, y al afirmar esto me refiero a que es falso palabra por palabra y no hay en todo el texto sofismas o una mixtura de verdades y mentiras, como suele ocurrir en otras falacias famosas, se pueden colegir varias conclusiones:

1.- Que efectivamente es una falsedad que el Emperador Constantino El Grande fue instruido en la fe y bautizado por el papa Silvestre, quien lo habría tratado de lepra. Ya sabemos que fue bautizado en su lecho de muerte por el Obispo arriano Eusebio de Nicomedia, a la sazón Obispo de Constantinopla el 22 de mayo de 337, la Capital del Imperio fundada y regida por el mismo Constantino.
Véase la contradicción. Si Constantino hubiese sido católico convencido, el Obispo principal de su Imperio no habría sido el arriano Eusebio de Nicomedia.

2.-Que fue falso que Constantino determinó que el papa como sucesor de San Pedro tiene la primacía sobre los cuatro patriarcas de Antioquía, Alejandría, Constantinopla y Jerusalén y sobre todos los Obispos del mundo, situación que estos por lo demás nunca reconocieron.
Como todos saben, esta lucha por la primacía papal sobre las poderosas Iglesias nombradas, disidentes de esta idea, fue impuesta finalmente por el catolicismo mediante varios siglos de guerras, conspiraciones, excomuniones recíprocas entre los patriarcas y cabezas visibles de estos credos, además de las intrigas y asesinatos que jalonan ese período, siendo este falso documento del legado de Constantino determinante para la consolidación del catolicismo como primera religión. Aún hoy no existe una real consolidación entre el catolicismo ortodoxo y el occidental y no ha pasado mucha agua bajo los puentes, de cuando el primero llamaba al Vaticano, La casa de las falsificaciones.

3.- Que es falso que Constantino haya dicho que la Basílica Laterana mandará sobre el resto de las iglesias como cabecera.  Por tanto esta Basílica Laterana fue la primera iglesia de la que se apoderó ladinamente el catolicismo. Aquí se puede constatar que este palacio Laterano no fue como dijo la Iglesia un presente en vida de Constantino, sino que aparece recién mencionada en este falso legado. Si tal mandato hubiese sido real, el Obispo Silvestre habría sido el titular de la capital del Imperio.

Recordemos que en esos tiempos no existía la Basílica de San Pedro. Son falsos también que se estipularan privilegios, ricas posesiones para las Iglesias de San Pedro y San Pablo, que no existían y cuya donación por Constantino solo está registrada en documentos eclesiásticos, no existiendo fe que así haya sido. Con este falso poder financiaron y dotaron a sus templos del fasto y opulencia que vino de las arcas del Imperio Romano, que desfalcaron o que obtuvieron utilizando este documento falso.

4.- Qué los Cardenales pueden recibirse y equipararse a los Senadores romanos y recibirán los mismos honores y distinciones.
Esto fue una pretensión que la Iglesia siempre quiso hacer realidad, de allí nació su idea de ser universal, de donde devino lo de católica,  pues los senadores romanos eran en verdad representantes de sus provincias ante el emperador del mundo romano, posesiones conquistadas en cruentas luchas y que dependían del Imperio y solo a él se debían. Los Senadores ostentaban una posición de privilegio de primera clase y estaban antes que los patricios y plebeyos.

El Senado dirigía la guerra a través de los cónsules y toda la política de la República. En el tiempo de Constantino, contrario a lo que se cree, el Senado no era propiamente una cámara legislativa. El Senado era el que dominaba en materia de elección y de gobierno, siendo sobre todo un órgano con poder ejecutivo: en él recaía la potestad de nombrar y controlar las más altas magistraturas del estado (consulado y pretura) y controlaba al ejército y llevaba a cabo la política exterior.
Por tanto, queda meridianamente claro, que desde siempre la Iglesia se ajustó a este ideario representado en el falso Testamento de Constantino. Más aún, desde el principio hizo de él una guía práctica a la que ajustó su política eclesiástica. La Iglesia conocía este documento falso desde el principio y fiel a su sistema, lo escondió y sacó a relucir siglos después para apoderarse políticamente de Europa, como lo hizo, y pretender luego, apoderarse del resto del mundo.

5.-El Papa disfrutará los mismos derechos honorarios que el emperador, entre ellos, el de llevar una corona imperial, una capa purpúrea y túnica, y en general toda insignia imperial o señales de distinción; pero, como Silvestre se negó a poner en su cabeza una corona de oro, el emperador lo invistió con el superior casquete blanco.

Cuando se dice los mismos derechos honorarios que el Emperador del mundo, hay que entender que eso era literalmente era lo que esta religión arribista y codiciosa buscaba, incluida corona  imperial y capa púrpura para su Papa. Eso es lo que pretendía la Iglesia, ese era su plan maestro desde siempre. Convertir al Papa en el Emperador del mundo. De ahí, de esa idea, nació su doble corona papal, el poder divino y terrenal en una sola mano.
Obsérvese la cautela para mencionar lo que usa el Papa en la cabeza. Se le dice casquete blanco, que en verdad viene a corresponder al solideo, ese bonete que algunos jerarcas católicos usan en la coronilla y que corresponde a la Kipá (cúpula) que usan los judíos, palabra hebrea que significa solideo y que en idish se llama iarmulke o kopel, que el catolicismo copió de los judíos, no de los romanos u otras religiones antiguas como es el caso de la Mitra, copiada de la religión persa.

Es en Babilonia donde el Sumo Sacerdote del culto a Semíramis, llevaba una mitra como símbolo de Dagón, el dios pez. El título de Pontificex Maximus que lleva el Papa era usado por los emperadores romanos antes de la era cristiana. Pontífice viene de Pons, que significa puente; y Facio significa hacer. Se traduce pues como constructor de puentes. Los emperadores eran considerados como los constructores y guardianes de los puentes de Roma para protegerlos de los invasores.

Cuando el ejército macedonio-persa ocupó Babilonia, se produjo la huida del sumo
sacerdote y sus habitantes a la ciudad de Pérgamo y de allí a Italia, estableciéndose con el tiempo
como religión Etrusca. Este  culto pasó al Imperio y fue Julio Cesar, quien tras ser iniciado en los "misterios babilónicos" el que unifica el poder religioso y político en una misma persona, pasando a ser el propio Cesar la reencarnación de un dios.
Desde entonces los emperadores romanos llevaban la mitra como símbolo del sumo sacerdocio de la religión pagana, llamándose "Pontificex Maximus".
Más tarde, Constantino con su edicto de Milán en el año 313 legaliza la religión cristiana y la instituye como segunda religión oficial del Imperio. Es a partir de él, cuando asume por derecho propio como Pontificex Maximus de esta nueva religión, que los papas conservan el título de Sumos Pontífices y la Mitra como símbolos de su primacía religiosa.
No es como asegura el catolicismo la Mitra, una copia de la que usaba Aarón. Las excavaciones hechas en Nínive, documentadas por la arqueología oficial han sobrepasado toda posibilidad de duda. La mitra del Papa es totalmente diferente a la mitra de Aarón y de los sumos sacerdotes judíos, pues esa mitra era un turbante.
La mitra de dos puntas que usa el Papa cuando se sienta en el trono de Roma para recibir
la adoración de los Cardenales y que usa en las ocasiones más solemnes, es la misma mitra usada por Dagón, el dios-pez de los filisteos y de los babilonios. Entonces, si esta mitra no fue usada por Aarón ni los sacerdotes judíos, ni menos fue usada por Cristo y los apóstoles o específicamente Pedro ¿a quién representa el Papa? Claramente solo a Dagón.

Y la guinda de la torta. Como el modesto Silvestre que al parecer aceptaba solo la capa púrpura y se negó a usar una corona de oro, que era la usada por los emperadores, en reemplazo entonces Constantino le puso el casquete blanco ¡Qué pasada!, como dirían los españoles.

Bonita forma de justificar que copiaron el casquete blanco en forma de pez del sumo pontífice del Dios Mitra y del culto al sol. Por lo demás, el resto de los pontífices católicos no tuvieron los remilgo de Silvestre, usaron siempre la corona de oro, que muy luego fue adornada de piedras preciosas, después fue una doble corona y en la actualidad es una triple corona de oro, o mitra triple, matizada de las más preciosas joyas de la madre tierra, que por su peso y dimensión solo puede ser usada por un corto espacio de tiempo por los papas. ¿Cómico verdad?
6.- Que el Emperador pone al servicio del Papa, un strator, es decir quien llevará el caballo en que montará el Papa.
Aquí olvidan poner en esta versión de la enciclopedia católica, como aparece en la versión genuina, ese alarde grotesco que pretende mostrar la figura de un Emperador de Roma sirviendo como un humilde siervo a un Papa, para resaltar que la dignidad papal está por encima de la de ese gobernante imperial.

Efectivamente en el documento original de este falso Testamento, se expresa que Constantino en persona llevó de la brida el caballo en que montaba el pontífice, haciendo de strator o sirviente, omitido quizás en este reconocimiento por vergüenza eclesial, característica muy poco conocida de la iglesia, pues a pesar de constar esto en el falso documento, nadie en su sano juicio podría creer realmente, que el Emperador del mundo le llevara la brida al caballo del deslucido y poco relevante Obispo de Roma de aquel entonces en el Imperio Romano, un subalterno de grado medio tanto en la Corte Imperial como en el rango eclesial, ya que Constantino era por derecho propio el Sumo Pontífice de la nueva religión, como también del otro culto oficial del Imperio, del Sol y del Dios Mitra.

Hay que decir que esta figura del strator, corresponde al servidor que prepara el caballo, le cuida, le ensilla y ayuda a montar en él a su señor. De más está decir, que todo ello es también otra falsedad.

7.- Es más, el emperador obsequia al Papa y a sus sucesores el palacio de Lateran de Roma y las provincias, distritos, y pueblos de Italia y todas las regiones occidentales (tam palatium nostrum, ut prelatum est, quamque Romæ urbis et omnes Italiæ seu occidentalium regionum provinicas loca et civitates).
Aquí se confirma que efectivamente, como opinábamos, este palacio de Letrán fue ocupado inmediatamente muerto Constantino, lo que ratifica que ya en ese entonces este falso Testamento había sido urdido y que fue falso que este gran palacio hubiese sido regalado por el Emperador a la Iglesia. Simplemente se apoderaron de él durante la confusión que significó su muerte y la asunción de sus hijos como sucesores; nunca les fue donado y jamás lo devolvieron. En cualquier código penal ello no es solo apropiación indebida, es simplemente un robo y una estafa descarada y la calificación que se entrega a los autores de estos delitos es simplemente la de delincuentes.

8.- El documento continúa diciendo, que el emperador ha establecido para sí, en el Este, una nueva capital que lleva su nombre, y allá él quita su gobierno, porque es inoportuno que un emperador secular tenga poder donde Dios ha establecido la residencia de la cabeza de la religión cristiana. El documento, concluye con maldiciones contra todos los que se atrevan a violar estas dádivas y con la certidumbre que el emperador las ha firmado con su propia mano y las ha puesto en la tumba de San Pedro".

Aquí queda demostrado el intento de colocar la idea que Constantino, este modelo de hombre, justo, caritativo y cristiano según el catolicismo, que después sería declarado Santo, -retrato que desde luego no corresponde al sátrapa, sicópata y criminal que fue Constantino-, se humilla ante este Papa Silvestre, al que ni siquiera invitó al Concilio de Nicea ni dio nunca autoridad alguna y tampoco jamás mencionó, y entonces se retira a su nueva sede en Constantinopla, porque le parece inoportuno e indigno disputar el poder terrenal del mundo, con ese otro poder, superior al suyo, que sería el representante legítimo en ella de Dios, el Papa Silvestre. Joder.

No diremos de nuevo que todo esto es falso, porque el peso de la historia nos dice que nada de lo que este  documento apócrifo expresa, ni la menor palabra, ocurrió así, y que calificar de falso algo que todo el mundo sabe que es falsificado, es una redundancia.

Es práctico eso sí agregar, que este reconocimiento tardío del Papado por la Enciclopedia Católica es solo del siglo XX. Antes, desde el siglo IV al XIX, es decir quince siglos de la historia humana, esta Iglesia cínica y mentirosa, falseó la historia, ocultó la verdad y usufructuó de su estafa maestra, que le permitió el sitial que tanto en el pasado como hoy ostenta.

Y qué, también resulta falso, de falsedad absoluta, las maldiciones que dice el documento que corresponden a Constantino, su mención de que tal documento fue firmado por su propia mano, que consta es otra falsedad y es falso finalmente que tal documento inexistente lo haya colocado en la falsa tumba de San Pedro, quien nunca estuvo en Roma; no existe un solo documento ni siquiera de los padres de la Iglesia que lo asevere y menos que en ese tiempo su tumba haya existido jamás en Roma. Ello es un invento reciente, otro más, tan falso como el Testamento de Constantino.

Recordemos que cuando el apóstol Pedro murió, el apóstol Juan todavía vivía y viviría bastantes años más. Si tuviéramos que hacer caso a la versión de Roma, por propia cuestión sucesoria, es Juan quien tenía que haber sido el siguiente “Papa”, y no Lino, como aseguran los romanistas. Por lo tanto ya por ahí, no concuerdan sus cuestiones.
De acuerdo a esta lógica papal, que asegura que Pedro es el primer Papa porque nadie más que un apóstol vivo podría hacerlo, se sostiene que Pedro lo fue, a pesar que ello es una gran mentira. Luego de Pedro dice la Iglesia lo fue Lino.
Por eso preguntamos ¿Y qué pasó con esta lógica y no fue luego de Pedro, Papa el apóstol Juan, ese otro importante apóstol, que se dice vivía con María, la que murió en sus brazos, el mismo Juan que según algunos estudiosos bíblicos es también hermano de Jesús y de quien éste decía era su seguidor más querido? Misterio.

Y menos son ciertas las modernas historias zonzas inventadas referentes a su muerte a manos de Nerón y en compañía de Pablo; que fue sacrificado cabeza abajo, y la aberrante y ridícula historia del descubrimiento de su tumba varios siglos después bajo la misma Catedral de San Pedro.
En una iconografía conocida como marfil Barberini, realizada alrededor del año 500, que se atribuye al Emperador Anastasio, se advierte bajo el caballo una figura que sujeta el estribo donde pone pie su señor. Es el strator imperial cumpliendo sus funciones. Este es el rol que la Iglesia dice que cumplió Constantino con su Obispillo Silvestre.
Cada vez que se interpela al Vaticano y a la Jerarquía eclesiástica, solo hay evasivas y silencio. Su técnica maestra, que le ha dado muy buenos resultados es responder tres, cuatro o cinco siglos después, y como hemos comprobado hasta quince siglos de ocurridos los hechos, cuando un manto de olvido y el cambio generacional ha hecho que los sucesos pierdan la actualidad y el dramatismo que conmocionó a su sociedad. Solo así ha podido subsistir y como los corchos, salir a flote cuando por el tamaño de sus magnicidios, todos creían que tal siniestro credo desaparecería de la faz de la tierra con el desprecio de sus antiguos seguidores.

Un ejemplo de ello, otro más, es una carta poco difundida por un movimiento de cristianos alemanes, una iglesia conformada por  ex sacerdotes y pastores protestantes decepcionados de sus cultos, que dirigieron al Papa Juan Pablo II en el 2000, que incluimos para confirmar a los lectores, que muchos cristianos tienen las mismas prevenciones y desconfianzas nuestras acerca del Catolicismo, de sus reales motivaciones y dolosas actuaciones del presente y el pasado.

                                Cristianos libres por el Cristo del Sermón de la Montaña
                                Max-Braun-Straße 2, 97828 Marktheidenfeld, Alemania
                E-Mail: info@jubeljahr2000.de Johannes Meier Moris Hoblaj Dieter Potzel.
A la atención del Papa Juan Pablo II Ciudad del Vaticano ROMA ITALIA 15 de Marzo de 2000.

Muy respetado Papa Juan Pablo:
Su reconocimiento de culpa que ha hecho en conjunto con algunos cardenales ha provocado por una parte una gran sorpresa y por otra parte una gran decepción. Ha llamado la atención el hecho de que la Iglesia, que se considera infalible, se haya decidido por fin a hacer lo que para un cristiano es lo más natural, es decir, a declarar su culpa.
Lo que ha causado decepción es que haciendo formulaciones aparentemente inofensivas, usted haya evitado referirse a hechos terribles, y que con una inconsciencia enorme inculpe usted simplemente a los «cristianos» del pasado sangriento de su institución.
Quitándole importancia a los hechos cometidos, se burla usted de las víctimas, de sus errores confesados; culpando a los «cristianos» se burla usted de Jesús, de Cristo, pues muchos de sus partidarios, ante todo aquellos que le siguen seriamente, no tienen nada que ver con la Iglesia católica romana y su pasado.
Respetado Papa Juan Pablo, permítanos exponer esto en forma más detallada: Su declaración de culpa bajo el título «Reconocimiento de la culpa al servicio de la verdad», dice: «En ciertas épocas de la historia, los cristianos permitieron algunas veces métodos de intolerancia.»
Esta increíble interpretación de los hechos cometidos le corta a uno la respiración: Lo que usted denomina «algunas veces» duró desde el siglo XI hasta el XVIII. Y en todos estos siglos no se llegó sólo a «métodos de intolerancia», sino que las Cruzadas (del siglo XI al XIII) y la Inquisición (del siglo XIII al XVIII) así como la persecución de las brujas (del siglo XVI al XVIII) condujeron a la eliminación sistemática de millones de personas que fueron torturadas y quemadas.

Y esto no sólo fue «permitido» por cristianos anónimos, sino que fue ordenado y llevado a cabo por los antepasados suyos con la ayuda de miles de creyentes descarriados por su Iglesia, que fueron dominados con amenazas de maldición y promesas de indulgencias. ¿Cómo quiere alcanzar la Iglesia el perdón de Dios y hacer creer que algo así no se repetirá, si su reconocimiento de culpa no confiesa en absoluto los hechos y hace a otros responsables de ellos?
En el confesionario exige usted de cada uno de sus feligreses un reconocimiento sincero, en el que se nombren los pecados de modo concreto. Una confesión, como lo es su reconocimiento de culpa, sería simplemente nula, según la enseñanza eclesiástica. La palabra «matar», que en la historia de la Iglesia reemplazó por mucho tiempo a la palabra «amar», no aparece en ninguna parte en su confesión, sino que la nombra sólo en relación con el aborto, un sector que para usted carece de peligro.
Con ninguna palabra se refiere usted a los muertos de las Cruzadas, a las víctimas de la Inquisición, a las «brujas» quemadas y a los cátaros, valdenses, husitas y baptistas asesinados. Pero ya antiguamente su Iglesia fue más lejos aún, por ejemplo, cuando su antepasado Adriano VI, en el año 1523, declaró que también en la «Santa Sede» han sucedido desde algunos años muchos hechos repugnantes. Él por lo menos no atribuyó los errores de la Iglesia a sus «hijos e hijas».
¿Acaso su Consejo de cardenales no le ha permitido declarar un sincero reconocimiento, como usted trató de mencionar en discursos anteriores? ¿Dónde quedó su reconocimiento sobre la esclavitud de los hermanos y hermanas negros, de los que usted ya habló en 1985, y el reconocimiento de los delitos en contra de los indios, que usted mencionó el año 1992?
En vez de confesar que, por encargo de la Iglesia, misioneros eclesiásticos llevaron a cabo verdaderos baños de sangre entre los nativos «para honrar a Dios», habla usted fríamente de la «lógica de la violencia» a la que «cedieron los cristianos», naturalmente «al servicio de la verdad». En una confesión correcta se reconocería que: «Matamos a los indios, esclavizamos a los negros, robamos a las colonias, quemamos a herejes y brujas y en total asesinamos brutalmente a millones de personas.» Es realmente peligroso como evita usted enfrentarse directamente con el asunto de los judíos: Usted se siente «profundamente afectado» por el comportamiento de todos aquellos que hicieron sufrir a los judíos en el curso de la historia. Parece que en este punto usted reprime totalmente la culpa de la Iglesia, a pesar de que fue ella la que habló de los «asesinos de Dios», estigmatizando así por siglos a los judíos, de manera que Adolfo Hitler, según sus propias declaraciones, llevó a cabo sólo lo que la Iglesia ya había preparado espiritualmente.
¿Quién garantiza a los judíos y a otras religiones rechazadas por la Iglesia que pueden estar realmente protegidos de otras persecuciones por parte de la Iglesia, si ésta demuestra tan poca disposición para reconocer su responsabilidad moral en el holocausto, y en vez de ello habla desvergonzadamente de una «ideología pagana»?
Según la enseñanza católica, para que una confesión sea válida no sólo corresponden el arrepentimiento sincero y el buen propósito de no volver a cometer los antiguos pecados, sino también la reparación. En el Catecismo de la Iglesia católica publicado por usted, en el párrafo 1459 dice: «Muchos pecados causan daños al prójimo. Es preciso hacer lo posible para repararlo (por ejemplo, restituir las cosas robadas, restablecer la reputación del que ha sido calumniado, compensar las heridas). La simple justicia exige esto.»
¿Cuándo devolverá la Iglesia el producto de sus robos, que es la base de su riqueza increíble: La fortuna de los herejes, el dinero de las «brujas», los tesoros robados a las tribus indias, las tierras de las que se apropió indebidamente por medio de documentos cuya falsificación ha sido comprobada?

¿Cuándo vaciará la Iglesia sus depósitos de tesoros para formar un fondo mundial de reparación, para los descendientes de los negros y de los indios «evangelizados» por ella, para las víctimas de la persecución judía y también para las víctimas de las torturas cometidas por los dictadores modernos, que han sido sólo posibles porque la Iglesia, como autoridad moral de occidente, ha demostrado al mundo durante siglos de la manera más cruel cómo hay que tratar a las minorías religiosas, raciales y políticas.
Cuándo se liberará la Iglesia de sus propios maestros de la violencia, por ejemplo, de un «san» Agustín, que proclamaba la tortura como «una cura para el alma», de un «san» Bernardo de Claraval, que hizo quemar a los cátaros, o de «santo» Tomás de Aquino, que condujo a los herejes a los verdugos del Estado?
¿Quiere santificar en serio a un hombre como Pío XII, que apoyó la guerra de Hitler contra Rusia y que calló ante el holocausto? ¿Y qué pasa en el Más allá con los millones de herejes asesinados y enviados a la «condenación eterna»?

Como en su «mea culpa» no se les menciona con ninguna palabra, su destino espiritual permanece incierto. ¿Liberará la Iglesia a estas «pobres almas» de la condenación, para maldecir en su lugar a sus verdugos eclesiásticos?
Nosotros somos cristianos libres que queremos seguir al Cristo del Sermón de la Montaña. Por eso estamos en contra de que la Iglesia haga de su propia culpa, que es enorme, una culpa colectiva de todos los cristianos. Su declaración no tiene nada que ver con el Cristo del Sermón de la Montaña, en tanto la Iglesia no vea la viga en su propio ojo y continúe haciendo responsables a sus «hijos e hijas» de los delitos de papas y cardenales. En ese caso tampoco desaparece el peligro de que la Iglesia vuelva a encender las hogueras que fueron apagadas sólo bajo la influencia del movimiento mundial de los derechos humanos.
Respetado Papa Juan Pablo, nosotros esperamos que esta carta llegue realmente a sus manos y que recibamos una respuesta suya. En tanto esto no suceda, la haremos pública, para dar a conocer después también su respuesta.
Cordialmente
Los Cristianos libres por el Cristo del Sermón de la Montaña.
Johannes Meier. Retomando el tema inicial, debemos decir que nuestro sistema de contar los años en antes de Cristo y después de Cristo, lo debemos indirectamente al monje Dionysius Exigius (o Dionisio el enano o pequeño), seudónimo por el que se le conoció debido a su pequeña estatura. Dionisio, considerado un erudito matemático, fue encargado por el Papa Juan I, (523-526) para obtener una ampliación de las tablas usadas hasta entonces por la iglesia para el cálculo de la fecha de la Pascua, proponiendo un nuevo sistema de numeración de los años para reemplazarlo, dado que con el calendario Juliano vigente, esta fecha sufría variaciones cada año. Como esta fecha pascual dependía de los ciclos lunares, se hacía necesario considerar el período de tiempo en que un número determinado de meses sinódicos de aproximadamente 29,5 días coincidieran con un cierto número de años solares de unos 365,25 días.
Dionisio utilizó el sistema más exacto de su época, el ciclo metónico de 19 años. Aunque Dionisio es famoso porque se le atribuye la introducción de la Era Cristiana como sistema para numerar los años, es solo en el contexto del uso de las tablas pascuales donde Dionisio utilizó la datación basada en la Encarnación y el Evangelio de Mateo, para conseguir la coincidencia entre la Pascua católica y el dato del nacimiento de Cristo y no parece haber tenido la intención que su trabajo se convirtiera en una nueva base cronológica, pero como sea, cumplida su tarea entregó su trabajo al Canciller del Papa y a su vez futuro Papa Bonifacio II, (530-532) donde se pierden las pistas de este estudio.

En cumplimiento a lo ordenado, Dionisio propuso un nuevo sistema de numeración de los años para reemplazar los años dioclecianos que se usaban en las viejas tablas de Pascua, porque no quería continuar usando el calendario Romano impuesto por Nerón, un dictador que había perseguido a los cristianos. Dicho año pasó a ser el año 1 A. D., Anno Domini, año 1 del Señor, pero los años anteriores a éste seguían siendo años a.u.c. (ab urbe condita = desde la fundación de Roma). El problema es que Dionisio se equivocó de 4 a 7, años al datar el reinado de Herodes, deduciendo que Jesús nació el año 753 a.u.c. (ab urbe condita = desde la fundación de Roma), que era la forma de fijar un hito, hecho que debía suceder aproximadamente hacia el 748 a. u. c. Para todos los efectos, Dionisio, homologó el año 1 de la era cristiana con el día 1 de enero del 754 a.u.c.

Entonces, 2 DC es, en realidad, 1 año después del nacimiento de Jesús.
Y 2000 DC es, en realidad, 1999 años después del nacimiento de Jesús.
La base de su error, está contenida en el Evangelio de Mateo 2:16 ya que este evangelio señala: “Herodes entonces, cuando se vio burlado por los magos, se enojó mucho, y mandó matar a todos los niños menores de dos años que había en Belén y en todos sus alrededores, conforme al tiempo que había averiguado de los magos”.
Los expertos han establecido, que en los registros de la época, primero, jamás existió un suceso tan horripilante como la muerte de todos los niños de Belén y alrededores, ni menos buscándose la muerte de tal Mesías. Y que el Gobernador Herodes, falleció en el año 749, por lo que sería imposible que dictara una orden para matar a los niños de las características señaladas en el año 753, que se fijó como el nacimiento de Jesús.

De lo que se desprenden tres cuestiones de meridiana claridad: El evangelio de Tomás es erróneo y el cálculo de la edad de Cristo, realizado por Dionisio el exiguo, es igualmente erróneo. Por tanto, lo expresado en la Biblia que se dice ser infalible porque fue dictado por Dios, es un tercer garrafal error.

También en Lucas 2,1, se observa un importante error: "Por aquellos días salió un edicto de César Augusto para que se empadronara todo el mundo. Este es el primer censo hecho siendo Cirenio (Quirinius) gobernador de Siria".

Esta declaración de Lucas es un craso error; en el Imperio romano el empadronamiento no se conoció, sólo era costumbre confeccionar un censo de los ciudadanos de Roma. Es más, los judíos no estaban comprendidos en ese censo y José y su mujer no eran ciudadanos romanos. Por tanto María no pudo salir de Nazaret que está al extremo de Judea, a pocas millas del monte Tabor y en medio del desierto, para trasladarse e ir a dar a luz en Belén que dista ochenta millas de Nazareth.

Además de todo este embrollo, Tácito y Suetonio eran en ese época los historiadores más detallistas y veraces, sin embargo nada dicen de ese supuesto empadronamiento del Imperio, que sin duda hubiera sido un acontecimiento extraordinario porque nunca lo efectuó antes ningún emperador, el cual ningún otro autor ni siquiera los otros Evangelios mencionan.

Por lo demás, Cirenio no fue Gobernador de Siria hasta el 6 d. de C., cuando Jesús tendría, de haber existido, algo más de diez años de edad. Según Tertuliano fue Santius Saturninus quien  gobernó en Siria del 6 al 9 a. de C.
Cirenio fue Cónsul en el 12 a. de C. y el error pudo estar motivado porque entre el 6 y 5 a. de C. fue Cirenio el Delegado del Emperador de Siria. Como fuese, con todos estos datos puede inferirse que bien este nacimiento de Jesús puede calcularse entre el 8 y el 4 a. de C.

El personaje Cristo, como se sabe, no dejó rastros de su vida en la sociedad donde se supone que nació, ni en su nación. No hay actas de nacimiento, testimonios independientes de gente que le conociera, hechos o inscripciones familiares, nombre verdadero, familia, menciones de historiadores o de su paso por sinagogas judías, algún escrito suyo, libros de terceros de la época donde se le nombre, un retrato que diera cuenta de sus rasgos, en general nada que sirva para conocer su real existencia y personalidad. Solo aparecen datos de su niñez en algunas pocas menciones en los evangelios de Mateo y de Lucas, que ya dijimos no son escritos de apóstoles o personas contemporáneas de este Jesús histórico, sino relatos muy posteriores a su muerte, los que además tienen datos contradictorios y difieren entre sí. Por supuesto ni Mateo ni Lucas fueron los autores de estos evangelios, como asegura o aseguró la Iglesia.

Más datos hay en algunos de los Evangelios considerados apócrifos por la Iglesia, varias de cuyas menciones, a pesar que en principio fue negado, no se colocaron sino parcial y tardíamente en los textos considerados dentro de la Tradición de la Iglesia, porque en tales apócrifos se cuenta una historia diferente de la personalidad de Jesús y no solo eso, distinta a los cuatro Evangelios del Nuevo Testamento, que están coordinados para suplirse entre ellos, confirmar uno lo que dice otro y parchar las falencias de que adolecen y sobre todo subsanar aquellos vacíos e incoherencias que los falsificadores vaticanos no han podido hacer coincidir totalmente a pesar de los siglos que le han dedicado a este espurio oficio.

Algunos datos referidos a su nacimiento e infancia los encontramos exclusivamente en el Evangelio de Mateo 1,18-23  y en Lucas 1,5-2,52. En los otros Evangelios, de Marcos y Juan no hay relatos al respecto. Por tanto, ateniéndose a estos datos, los cristianos sabían desde siempre que la más probable fecha del nacimiento de Jesús, según se desprende de tales Evangelios era Septiembre, a pesar que había otras teorías. Y por supuesto esto era claro para la jerarquía de la Iglesia.
El cálculo que hizo Dionisio fue por lo tanto lo que estaba en boga, tomando como fuente fidedigna la Biblia, que ya sabemos es para los creyentes palabra de Dios. El Evangelio de Lucas en 1:5-14, dice que en el momento del nacimiento de Juan el Bautista, Zacarías, su padre, sacerdote del grupo de Abdías, oficiaba en el Templo de Jerusalén y, según Lucas 1:24-36, que Jesús nació aproximadamente seis meses después, Juan, 1 Crónicas 24:7-19.

Siguiendo esta hipótesis, si los embarazos de Isabel y su prima María fueron normales, Juan nació en Marzo y Jesús en Septiembre, comprobándose además que Juan el Bautista era primo de Jesús y de casi su misma edad. Curiosamente, la Biblia relata que María apenas supo que su parienta Isabel, que para confundir también llaman Elisabet estaba embarazada, corrió a visitarla. Eso habla de cercanía tanto parental como geográfica. Sin embargo en el episodio del bautismo de Jesús por Juan, la Biblia da a entender que no se conocían.

¡Cómo puede ser esto cierto si eran parientes y vivían cercanamente y además Jesús y Juan era casi de la misma edad. Y estamos hablando de localidades pequeñas, aldeas en medio del desierto, donde todo el mundo se relaciona y conoce y que por añadidura era primos!
También en el Nuevo Testamento, algunos pasajes mencionan que Jesús tenía hermanos. En concreto, se mencionan los hermanos 2 veces en el Evangelio de Mateo, 2 en el Evangelio de Marcos, 1 en el Evangelio de Lucas y 2 en el Evangelio de Juan.

Es decir, hoy a la luz de miles de documentos existentes al respecto, donde los estudiosos bíblicos desmenuzan los términos lingüísticos y sus giros idiomáticos; lo que quieren decir y el alcance de tal significado; su transliteración o traspaso de un idioma a otro, sean estos arameo, hebreo, griego, latín o cualquiera, ya es imposible insistir, como argumenta la Iglesia antojadizamente, que una palabra significa otra cosa.

Los expertos de las academias y países del idioma original dicen que la palabra usada en el original griego de donde fue traducida por Jerónimo fue adelphos que significa hermanos de sangre o carnales. Tal palabra, fue malamente traducida por Jerónimo, quien fue el primero que la interpretó como refiriéndose a parientes o primos.
Estos mismos expertos dicen que la palabra griega que define la calidad de parientes o primos es anepsios.
La Iglesia insiste que sus expertos, es decir algunos sacerdotes que estudiaron ese idioma extranjero les dicen que el término significa parientes o primos.

No obstante en los Evangelios hay diversos párrafos donde esta interpretación es desmentida. Así en escritos de Pablo de Tarso se menciona dos veces a los hermanos de Jesús en sus cartas.
La primera es en Gálatas I,19. Allí dice: "Y no vi a ningún otro apóstol, sino a Santiago, el hermano (adelphos) del Señor".

Luego en 1era. Corintos IX, 5, leemos: "No tenemos derecho a llevar con nosotros una mujer cristiana, como los demás apóstoles y los hermanos (adelphos) del Señor y Cefas."

Ahora veremos otro fragmento donde Pablo se refiere específicamente a un "primo". Lo importante de ello es que aquí justamente Pablo usa para referirse a él la palabra griega anepsios, es decir la correcta para mencionar a un primo. Esto es importante pues establece el error de la Iglesia y deja al descubierto su falacia de ocultar a los hermanos y hermanas carnales de Jesús, para proteger su otra ridícula falacia de la calidad inmaculada de María.

El párrafo está en Colosenses IV, 10 y dice: " Os saludan Aristarco, mi compañero de cautiverio, y Marcos, primo (anepsios) de Bernabé..,"
Como podemos establecer, en los tres segmentos que citamos Pablo y su comunidad usan el vocablo correcto para mencionar a los hermanos de Jesús y al primo. Solo Jerónimo en su traducción, que luego apoya la Iglesia, interpreta erróneamente o intencionalmente tal palabra griega, traduciendo adelphos, que significa hermanos, como parientes o primos.

Pero estos no son los únicos párrafos de la Biblia que desmienten a la Iglesia. Marcos III, 33-35, Estaba mucha gente sentada a su alrededor. Le dicen: "¡Oye!, tu madre, tus hermanos y tus hermanas (adelphos) están fuera y te buscan".

Marcos VI, 3, "¿No es éste el carpintero, el hijo de María y hermano de Santiago, José, Judas y Simón? (adelphos) ¿Y no están sus hermanas aquí entre nosotros?"

Aquí Mateo, copia a Marcos. Mateo XIII, 55-56, "¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos (adelphos) Santiago, José, Simón y Judas? Y sus hermanas, ¿no están todas entre nosotros?"

La versión de la Iglesia como se sabe, es que en estos versículos, la referencia no es a hermanos carnales sino a hermanos de fe.

Pero es también el Evangelio de Juan el que echa un balde agua fría a esta torcida interpretación eclesiástica, cuando en Juan 7:3-5 se expresa: "Entonces sus hermanos le dijeron: Sal de aquí, y vete a Judea, para que también tus discípulos vean las obras que haces. Pues nadie hace algo en secreto cuando procura darse a conocer. Si estas cosas haces, manifiéstate al mundo. Porque ni aun sus hermanos creían en Él.

Y luego dice en Juan 7:10: "Pero cuando sus hermanos habían subido, entonces Él también subió a la fiesta, no abiertamente, sino como en secreto.
Si sus hermanos carnales no creían en él y por lo tanto no compartían su fe, malamente podemos inferir que estos párrafos se refieren a otros fieles y menos que específicamente Jesús se estaba refiriendo a compañeros de fe, porque sus hermanos y probablemente su madre María, sencillamente no creían en él.

El historiador judío del siglo I Flavio Josefo, también menciona en su Obra Antigüedades Judías a Santiago, como hermano de Jesús.

Hegesipo, Padre de la Iglesia del segundo siglo, menciona en algunos de sus escritos a los parientes de Jesús, en particular al hermano (adelphos) del señor, Santiago, quien era llamado por todos, el Justo, quien fuera después el principal líder del movimiento cristiano en Jerusalén, después de muerto Jesús.
Hacemos aquí una digresión para aclarar que no fue Pedro como en los últimos años asegura la Iglesia, sino este Santiago, hermano de Jesús quien aglutinó a los seguidores de Cristo y presidió lo que después se estimó llamar pomposamente La Iglesia de Jerusalén, entidad que en ese tiempo jamás existió, salvo ese grupúsculo de cristianos primitivos, que aún como judíos seguían concurriendo a la sinagoga, cuya lucha era demostrar que Jesús era el Mesías que el pueblo judío estaba esperando y su reclamo, la injusta acusación que determinó su muerte.

De la Historia Eclesiástica, Libro 2 de Eusebio de Cesárea, extractamos algunos párrafos muy decidores, tanto por su palabra autorizada como Obispo y Padre de la Iglesia, como por ser además considerado el Padre de la Historia de la Iglesia. Esto hace que podamos establecer un símil entre su persona y Josefo el Historiador Judío, porque sus escritos están entre los primeros relatos de la historia del cristianismo primitivo.

2. "Luego, estaba también Santiago, al que llamaban hermano del Señor, porque fue llamado hijo de José. Sin embargo, el padre de Cristo era José y con él estaba desposada la Virgen; pero «antes que se juntasen se halló que había concebido del Espíritu Santo», como enseña la Santa Escritura de los Evangelios. Así pues, este Santiago, al que los antiguos pusieron el sobrenombre de Justo por la excelencia de su virtud, se da cuenta que fue el primero en recibir el trono episcopal de la iglesia de Jerusalén."

3. "Clemente, en el libro VI de las Hypotyposeis, sostiene lo siguiente: «Dicen que Pedro, Jacobo y Juan, después de la ascensión del Salvador, no consideraron para ellos mismos este honor, aunque eran los más estimados por el Salvador, sino que ordenaron obispo de Jerusalén a Santiago el Justo».

4. En el libro VII de la misma obra, el autor añade lo siguiente acerca de Santiago: «El Señor, después de su ascensión, entregó el conocimiento a Santiago el Justo, a Juan y a Pedro; éstos a su vez lo entregaron a los otros apóstoles y a los setenta; entre ellos se hallaba Bernabé.»

5. En efecto, había dos Santiagos: uno, el Justo, que fue lanzado desde el pináculo del templo y azotado hasta morir con un garrote batanero, y el otro, que fue decapitado. Igualmente Pablo menciona a Santiago el Justo cuando dice por escrito: «Pero no vi a ningún otro de los apóstoles, sino a Jacobo el hermano del Señor».

 
Supongo que con estas citas de Eusebio de Cesárea, este historiador de la Iglesia, contemporáneo del Emperador Justiniano El Grande, su Consejero incluso y participante por derecho propio al famoso Concilio de Nicea, no quedará duda alguna que la aseveración de la jerarquía eclesiástica moderna y sus falsificadores vaticanos mienten, al asegurar que Pedro presidió esta primera comunidad de Jerusalén. Y si mienten en esto, mienten también cuando aseveran que fue por esta circunstancia justamente el Primer Papa de la Iglesia, y en consecuencia, malamente pudo haber estado en Roma y morir junto al apóstol Pablo, en los tiempo de Nerón.
 
En el libro VII de la misma obra, el autor añade lo siguiente acerca de Santiago: «El Señor, después de su ascensión, entregó el conocimiento a Santiago el Justo, a Juan y a Pedro; éstos a su vez lo entregaron a los otros apóstoles y a los setenta; entre ellos se hallaba Bernabé.»
Para corroborar estos dichos, citamos una página de Wikipedia, donde se lee textualmente: http://es.wikipedia.org/wiki/Per%C3%ADodo_Apost%C3%B3lico
"De acuerdo a diversos estudiosos, los seguidores de Jesús estaban formados principalmente por sectas judías apocalípticos durante la época del Segundo Templo del siglo I. Algunos cristianos primitivos eran estrictamente judíos, como los Ebionitas y los primeros líderes de Jerusalén, siendo todos ellos llamados colectivamente judeocristianos. Durante este período eran liderados por Santiago el Justo."

A pesar que la Iglesia realiza una fuerte incursión en todos los escritos públicos, para borrar aquellos párrafos donde aparezca Santiago como hermano de Jesús, todavía en algunas publicaciones católicas, como Monografía.com, sus colaboradores caen en la herejía de difundirlo así. Dejo como ejemplo la siguiente dirección::
http://www.monografias.com/trabajos96/cristianismo-y-judaismo-causas-su-separacion/cristianismo-y-judaismo-causas-su-separacion.shtml#elmartiria. donde en el punto 11, todavía aparece como subtítulo EL MARTIRIO DE SANTIAGO, EL HERMANO DE JESUS y en uno de sus párrafos la leyenda que confirma el liderazgo de Santiago que expresa: ["Santiago había liderado la comunidad de hebreos cristianos de Jerusalén en los años del 42 al 62 d.C. y estaba entre aquellos que habían tratado de aminorar el nuevo universalismo de Pablo. Su propia iglesia hebrea cristiana, que incluía seguidores conservadores y apóstoles de Jesús, estaba furiosa por la misión de Pablo hacia los gentiles".]
[" En su desesperación le pidieron a Santiago que hablara a la multitud en el templo y les dijera que Jesús no era el hijo de Dios. En lugar de ello pronunció una elegía sobre "el Hijo del Hombre", que en vez de calmar a la multitud, la incitó aún más. Esto enfureció a los judíos sobremanera y reaccionaron con violencia. Llamaron a Santiago para que cuente acerca del sermón que había dicho y, aunque ellos no podían ejercer castigo capital alguno porque eso era prerrogativa del gobernador romano, a la señal del sacerdote supremo Anás asesinaron a Santiago y a varios de sus seguidores"].

En su lista de Concilios, mañosamente la Iglesia señala que esa cita o reunión de Pablo con el grupo cristiano de Jerusalén al que denominan ladinamente Concilio, que lideraba Santiago el Justo, fue Pedro quien lo presidió, y con esta maniobra dicen que era el Jefe de la Iglesia de su tiempo, su primer Papa, lo que constituye otra falacia de la Iglesia, que no ha cejado de tratar de posicionar a Pedro falsificando historias y dichos, para darle méritos y asiento a su otra construcción falsa, de que Pedro fue a Roma, que luego murió en el período de César junto a Pablo y que en algún período fue el primer Papa Católico, todo ello un gran montaje al que ha dedicado mucho esfuerzo y que constituye una monstruosa falsedad. Y no solo eso, también una estafa a la fe pública, en particular a sus seguidores, que pacientemente y con gran voluntad, han ido aceptando estas variaciones y adecuaciones de leyendas infundadas que de tanto repetirse a través de los siglos, a muchos ya le parecen una gran verdad.

¿Si realmente Pedro era el elegido de Jesús para ser su representante en la tierra y dirigir al resto de sus discípulos, cómo es que en Mateo 18:1, se cuenta que los discípulos interesados en zanjar esta cuestión tan vital le preguntaron a Jesús quién de ellos sería el mayor?
¿Si Pedro era su representante y el mayor de sus discípulos, entonces cómo es que Jesús no lo expresó así en esta oportunidad? Recordemos que no dio respuesta directa a este interrogante y sólo predicó a sus discípulos acerca de la humildad que debía ser característica de todo seguidor suyo.
¿Murió así el apóstol Pedro realmente?
Pedro nunca recibió ningún nombramiento, título o exaltación de parte de sus compañeros apóstoles, como son los usuales para esta categoría, como Príncipe de los Apóstoles, Obispo , Cabeza de la Iglesia, Sumo Pontífice u Obispo de Obispos. Solo fue llamado apóstol y siervo 1Pedro 1:1, y también anciano 1 Pedro 5:1.

¿Fue Pedro infalible, como sostiene la Iglesia?

Si lo fue, entonces Pablo estaba equivocado cuando le llamó severamente la atención, porque era de condenar: Galatas 2:11-14." Pero cuando vi que no andaban rectamente conforme a la verdad del evangelio, dije a Pedro delante de todos: Si tú, siendo judío, vives como los gentiles y no como judío, ¿por qué obligas a los gentiles a judaizar?

¿Y cómo podía ser Papa si esta denominación solo se instauró en el siglo segundo de nuestra Era? ¿Tiene la Iglesia potestad divina para otorgarle una infalibilidad con efecto retroactivo? ¿Cuándo recibió la Iglesia este poder?

¿Era católico Pedro? La información existente nos dice que no lo fue, tanto porque el catolicismo arranca como religión después del siglo tercero, como porque Pedro era un judío igual que Cristo y el resto de los apóstoles, cuya misión específica ordenada por Jesús era predicar la buena nueva a los judíos. Es decir era un sostenedor de la incipiente doctrina judeo cristiana, presente en el cristianismo primitivo.

¿Fue Pedro el fundador de la Iglesia en Roma? No, nunca pudo ser esta la realidad de lo ocurrido.
No olvidemos y ya lo decíamos antes, que la iglesia que se estructuró en Roma, primero no era Católica tal cual se conoce hoy día, sino solo cristiana, un denominador común que recogía más que nada conversos gentiles. Por tanto esta primera iglesia romana se caracterizaba, como lo sostiene la mayoría de los estudiosos bíblicos, por ser de origen gentil.

Ahora, si tenemos en cuenta que el escrito bíblico enseña y deja en claro que el ministerio de Pedro no fue ir a predicarle a los gentiles, sino a los judíos  , (Gálatas 2:7-9). podemos colegir que los judíos cristianos fueron siempre minorías. Casi no había judíos conversos en Roma, ni en ninguna gran ciudad del imperio, sino más bien gentiles, es decir idólatras y paganos que de acuerdo a la costumbre de la época siempre aceptaron a todos los dioses que se adoraban en su sociedad, fuesen helenos, egipcios, romanos o de otras latitudes.
 La comunidad judía de esos tiempos reaccionó indignada contra esta minoría de sostenedores de que Cristo era el Mesías  y los marginó de sus sinagogas y no permitió su entrada a ninguno de sus lugares de oración, expulsando públicamente a estos predicadores, apedreándolos y acusándoles ante sus autoridades de traidores. La misma Biblia da cuenta en especial de como Pablo fracasó en su misión evangelizadora, fue perseguido, denostado, atacado y puesto varias veces en las cárceles justamente por tratar de convencer a sus antiguos correligionarios judíos, tanto, que este finalmente decidió predicar a los gentiles. Tanto es así, que su muerte se debió justamente a una condena que Roma ejecutó por instancia del Sanedrín por traidor.
El apóstol de los gentiles fue Pablo y no Pedro. (Romanos 11:13).

Según la Tradición católica, Pedro fue Papa durante 25 años. Ya sabemos que la Iglesia llama Tradición a un ente que se equipara en importancia a la palabra de Dios y que incluso a veces no le importa que la palabra de Dios sea tapada por los dichos de su famosa tradición.
Vemos por ejemplo que en Mateo 23:9 se prohíbe expresamente la denominación de "padre" para cualquier hombre como un título de honor religioso, no obstante los Papas católicos ostentan tal nombre en abierta violación a este mandamiento de Jesús, su Dios. Y que decir de la clara y manifiesta falsificación que hace el catolicismo del segundo Mandamiento bíblico.
Allí, en Éxodo 20: 3 ,4 y 5 en cualquier Biblia leemos cual fue el segundo Mandamiento de las leyes de Dios.
 "No tendrás dioses ajenos delante de mí".
"No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra".
"No te inclinarás a ellas, ni las honrarás; porque yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen,"

No obstante la religión católica enseña en su catecismo que el segundo mandamiento de Dios es:
 No tomarás el nombre de Dios en vano. Los lectores podrán comprobar, que esta frase inicua no dice nada parecido al verdadero Mandamiento bíblico. Sencillamente y también impunemente, lo tergiversó.

Como es fácil comprender este segundo mandamiento  del Éxodo prohíbe dos cosas: 1) la adoración del Dios verdadero de una manera falsa. Esto está refrendado por la frase. No te inclinarás ante ellas ni las honrarás; y 2) prohíbe expresamente la fabricación de imágenes. Es decir, si trasladamos esto a lenguaje moderno, estamos hablando de los ídolos, imágenes, íconos, muñecos y estatuas, sean de oro, plata, mármol, yeso, vidrio, cobre, plata u otros materiales, que engalanan profusamente los templos y que todos sabemos, constituyen precisamente uno de los más antiguos y preciados negocios de la Iglesia católica, que se lucra vendiéndolos a sus fieles.
Esta prohibición, como se debe entender, está referida a los ídolos e imágenes destinados a la adoración de un Dios. No tiene nada que ver con otro tipo de arte, donde las representaciones, son con sentido artístico o cultural. Y  su práctica está duramente señalada y prohibida en innumerables pasajes de la Biblia.
No obstante la Iglesia decretó en el Concilio IV de Constantinopla, 869-870 de nuestra Era, vale decir ocho siglos después de la muerte de Cristo y la consolidación de su religión, el Canon II, que a la letra dice:

“Si alguno, pues, no adora la imagen de Cristo Salvador, no vea su forma en su segundo advenimiento. Asi mismo honramos y adoramos la imagen de la Inmaculada Madre suya, y las imágenes de los santos…los que así no sientan, sean anatema”.
Como es habitual, cuando se increpa a la Iglesia y se le pide explique esta contradicción tan abismante, utiliza su típico lenguaje engañoso, un cantinfleo como se dice en México, o más bien un Langue de bois , que es una expresión francesa que significa literalmente lengua de madera, que se refiere a la utilización de un lenguaje vago, impreciso, pomposo o engañoso para desviar la atención del público de los asuntos verdaderamente importantes, maquillar la realidad, ocultar las verdaderas opiniones del hablante o eludir sus responsabilidades.

Pongo como ejemplo, la justificación de este tema que la Iglesia Católica hace en su página Apologética Católica http://www.apologeticacatolica.org/Imagenes/Imagen14.htm
Allí, como los lectores interesados podrán verificar, se hace uso de varias falacias explicativas para disimular, ocultar y enredar el asunto, sin contestar la pregunta real.
En la parte que nos interesa se expresa:

"Aquí hay que aclarar que es un problema terminológico y no dogmático; “venerar” y “adorar” tienen el mismo significado en griego: “proskyneo” (se sabe que todos los evangelios fueron escritos en griego).
Debiera hablarse de que si bien el concepto está claro, la Iglesia va comprendiendo más y mejor el dato revelado a lo largo de los siglos. Es lo que Newman ha llamado Desarrollo de la doctrina Cristiana. El dato no cambia, la Iglesia crece en su comprensión y con ello va precisando su terminología.
Es bueno aclarar estos puntos:
1. El verbo griego que se empleaba para adorar es el mismo que para venerar.
2. Este verbo es proskyneo. El diccionario de la lengua griega Montanari que es uno de los más completos que se han publicado recientemente, elenca las siguientes acepciones para este verbo: (1) saludar con afecto, abrazar; (2) adorar, venerar; (3) postrarse, considerar con respeto o veneración; (4) conjurar, tratar de aplacar suplicando; etc... Con ello queda claro que un mismo verbo griego que es el que usa en Constantinopla IV- se emplea para adorar y para venerar.
3. Con todo, el IV concilio de Constantinopla, a pesar de echar mano de proskyneo para la adoración de la imagen Cristo y de la Virgen y de los ángeles y santos, establece una clara y sutil distinción entre los cuatro. En el caso de Cristo se dice que esa adoración es similar a la adoración de los evangelios y eso no se dice de la Virgen, de los ángeles ni de los santos; por otro lado, en el caso de Cristo se emplea el verbo proskyneo, venerará de modo fuerte, absoluto.


¿Por qué la Iglesia Católica no respeta los mandamientos originales de Dios?
En los otros tres casos se echa mano de dos verbos y no solamente de adorar, sino que se dice: honramos y adoramos; a este honrar y adorar se le llama hoy venerar. La gradación de estos cuatro grupos tampoco es casual: el culto reservado a María es privilegiado respecto de los otros dos; por ello figura antes que ellos y el concilio da el motivo: es Madre de Dios, cosa que no encarnan los ángeles ni los santos".

¡Pero, señores católicos, expertos o eclesiásticos, si lo que se les dice es otra cosa!
Nadie pide explicaciones de sinónimos de determinada palabra donde se origina el verbo, sino de su significado y en particular de la contradicción existente Y en este caso, sea que signifique adorar, honrar, venerar o lo que a ustedes se les ocurra, la palabra de Dios, aquella que se dice ÉL MISMO, grabó o esculpió en la Tablas de la Ley ante Moisés, que este transmitió y que aparecen en el Tanaj y también en esa copia que hizo el catolicismo y que se conoce como Antiguo Testamento, dicen claramente como vimos:
"No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra".
"No te inclinarás a ellas, ni las honrarás;

Queda pues, a nuestro entender absolutamente claro, que el catolicismo honra, adora y venera imágenes, porque ellos mismos aclaran que esos son sus sinónimos. Y que se inclina, reza y pide favores a estas imágenes, sean estampas, íconos, estatuas o símbolos.

Pero, fíjense bien hasta donde llega el cinismo de estas explicaciones. Veamos de nuevo lo que dice el Segundo Mandamiento de Dios según la Biblia, ese que el catolicismo oculta en su Catecismo.
"No tendrás dioses ajenos delante de mí".
"No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra".
"No te inclinarás a ellas, ni las honrarás; porque yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen,"

Se entiende por supuesto, que quién dicta este mandamiento, esta orden perentoria es el Dios Padre, Jehová, el Dios de los judíos
 
Pongamos atención a la primera frase: No tendrás dioses ajenos delante de mi
Y a la que dice : No te inclinarás a ellas, ni las honrarás; porque yo soy Jehová tu Dios...

¿En qué parte de la explicación oficial del catolicismo se menciona a este Dios Padre?

La respuesta católica en su engañosa langue de bois, se refiere  solo a un problema terminológico y no dogmático, que tiene que ver con que los evangelios fueron escritos en griego. Todos los Evangelios.(Cuando dice esto desea dar a entender que toda la Biblia está escrita en griego, pero eso no es así)

¿Pueden ustedes ver lo que esconden estas frases sibilinas?
Ya decíamos, el mandamiento está ordenado por Jehová, el Dios Padre. ¿Dónde? En el Antiguo Testamento. ¿En que lengua está escrito el Antiguo Testamento? En hebreo y Arameo.
Y entonces porque el catolicismo nos "enbolina la perdíz"  y trata de confundirnos,  hablando de los Evangelios, que fueron escritos cuatro o cinco siglos después y escritos en griego.

Y ojo, esta explicación católica nunca menciona al autor del Mandamiento, a este Dios Padre o Jehová. Solo se refiere a Cristo, a la Virgen, a los Santos y hasta a los Ángeles. Es como si este Dios Padre no existiese para ellos.
Y es claro, como puede desprenderse de todas las lecturas de las páginas católicas que el Dios ensalzado es Jesucristo y que el culto más popular y cultivado por la Iglesia es el de su madre María. De Jehová, ni una palabra.

Ahora miremos la primera frase de este Mandamiento de Jehová: "No tendrás dioses ajenos delante de mí".

¿No será por esto que la Iglesia Católica omite este mandamiento en su Catecismo; porque Jesucristo es un Dios ajeno a Jehová, ya que éste ni la Virgen, ni los santos, ni la Iglesia, ni el catolicismo, ni sus Papas aparecen mencionados en la Biblia?

Estamos hablando de la Biblia del Dios Padre, del Dios Judío, del Antigüo Testamento, del autor de los Mandamientos. De este Viejo Testamento que adoptó el catolicismo, que hizo suyo, con Dios Padre incluido.

El otro Testamento, el Nuevo, basa toda su doctrina en el Antiguo Libro, hilvana todas sus historias a partir de las leyendas y mitos de estos libros antiguos, pero crea otros dioses en paralelo. Ya no es Jehová el único Dios, ahora son tres: El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Y al igual que hace con este segundo Mandamiento, que inhibe, esconde y transforma, para que sus fieles acepten los nuevos engaños, inventa una explicación, extraña, enredada, sibilina, inicua, tirada de las mechas, que llama Trinidad, de la que hablaremos más extensamente en otros capítulos y que se deriva de la imposición del creador del cristianismo tal cual lo entendemos hoy día, el Emperador romano Constantino, que dejó expresadas las líneas de como hacer de Jesucristo un Dios en el Concilio de Nicea.

Eso hace que hoy la Iglesia sude sangre tratando de explicar tal galimatías. Y finalmente al parecer, su equipo de sabios más destacados ha llegado a la siguiente y sesuda conclusión, con la que pretenden entregar claridad a este acertijo chino y convencer a sus fieles que todavía razonan por si mismos y que no terminan de creerse este cuento.
Estos teólogos nos dicen:
1.- Qué en primer lugar esto es un misterio. Por lo tanto, todo lo que se diga al respecto es misterioso.
2.- Qué esta Trinidad significa que en Dios hay TRES Personas iguales, pero realmente distintas entre sí.
3.- Qué en Jesucristo hay DOS naturalezas, una humana y otra divina.
4.- Pero que a su vez, en Jesucristo hay UNA sola persona que es divina, ya que es el hijo de Dios.
Espero que a todos nos haya quedado esta explicación absolutamente clara, porque no hay forma de saber más de los sabios del catolicismo, que luego de este esfuerzo mental quedaron agotados de por vida. El último recurso es preguntarle directamente a Dios, qué diablos significa para Él esta Trinidad que se inventó la Iglesia varios siglos después de la muerte de Cristo, su hipotético hijo. A ver que contesta.

Tal Tradición del catolicismo suele ser además de extraña muy flexible; tanto, que cada cierto tiempo, quizás por algún tipo de malabarismo monacal sino milagroso, las frases, palabras o dichos de sus gurús, santos, patriarcas, así como de sus profetas agoreros, doctores y padres de la iglesia misteriosamente se transforman, se modifican, se recortan, aparecen otras nuevas que cambian el sentido de una más antigua y lo más admirable es qué calzan al dedillo con los objetivos modernos de sus jerarcas. A eso se llama derechamente las Falsificaciones Vaticanas y ya hemos hablado de algunas de ellas.
Curiosamente, no hay ni dentro ni fuera de la Iglesia ningún testimonio serio que diga que Pedro fue todo ese tiempo Papa. No lo dicen los historiadores romanos ni los historiadores judíos ni ningún historiador conocido. Solo la Iglesia y su Tradición.

Por el contrario la Iglesia sostiene en forma oficial, como doctrina, que no vacila en enseñar desde su catecismo, bajo el sistema de preguntas y respuestas que el Papa ... es el obispo de Roma y Vicario de Cristo en la tierra. Es la cabeza visible de toda la Iglesia Católica ...
Su catecismo dice:
¿Quién fue el primer Papa? San Pedro, quien fue hecho Papa por Jesucristo mismo ...
¿La autoridad de Pedro murió con él? No, ella fue transmitida a hombre llamado Lino, y después que murió, fue transmitida a otro, y así sucesivamente durante los últimos 2000 años ...
¿Requiere Jesús que nosotros sigamos al Papa en los asuntos religiosos? Si, porque la obediencia y lealtad al Papa están entre los principales requisitos del Plan de nuestro Señor para la unidad en Su iglesia.

Se pretende que Pedro fue a Roma por el año 41. D.C. y fue martirizado en el 66 D.C., sin embargo no existe un solo documento que haga constar que Pedro estuvo en Roma, y es muy significativo que el Nuevo Testamento, que recoge todos los hechos registrados por los evangelistas en aquel tiempo no señale que Pedro algo tan importante como que fuera Papa o estuvo en Roma.
Cuando Roma era la capital del imperio y era la ciudad más importante del mundo conocido, Pedro mismo declara que escribió su primera carta desde Babilonia. (1 Pedro 5:13.)
El argumento católico de que Pedro usó la palabra “Babilonia” como referencia críptica a Roma es infundado y zonzo. La verdadera Babilonia existía en los días de Pedro y este no necesitaba utilizar referencias crípticas, que dada su escasa instrucción y siendo tan lerdo como relatan algunos de sus colegas apóstoles, no podría saber ni siquiera el significado de esta figura que le achaca la Iglesia. Además, en Babilonia había una gran comunidad judía y dado que Jesús dio a Pedro la asignación de predicar particularmente a los judíos circuncisos, es muy razonable creer que Pedro visitó Babilonia con ese propósito.
No olvidemos que a pesar que también la Biblia señala  que los apóstoles luego de la muerte de Cristo huyeron despavoridos hacia diversos lugares, también luego dice que su única actividad era convencer a las comunidades judías de que Jesús era el Nuevo Mesías.

Otras absurdas explicaciones de los católicos enseñan que Pedro sufrió martirio en Roma después de un Papado de veinticinco años. Pero si aceptamos la versión de ellos mismos, que el año 66, en tiempos de Nerón sufrió martirio y le restamos los veinticinco años de su ministerio nos da el año 41DC.
No obstante, se nos dice que el año 44 DC Pedro se hallaba en el concilio de Jerusalén. (Hechos  15); cerca del 53 Pablo se reunió con él en Antioquía (Gálatas 2:11), cerca del 56 Pablo escribió su carta a los cristianos de Roma, en la cual Pablo saluda a mas de 27 personas, todas dignidades de la Iglesia romana, no obstante no menciona a Pedro el cual según la Iglesia era el Sumo Pontífice, lo que no es lógico pues Pablo no iba a cometer la descortesía, error u olvido imperdonable de no saludar al personero más importante de la Iglesia de Roma y saludar en cambio al resto de los eclesiásticos destacados.
 
 Única vez que San Pedro ha estado en el Vaticano.
Para cualquier estudioso de la historia y de la Biblia, resulta obvio que Pedro nunca fue obispo ni Papa de Roma y que probablemente ni siquiera estuvo en Roma en esa u otra fecha, ni menos que fue crucificado boca abajo junto a Pablo. Y que, tampoco el oficio Papal fue instituido jamás por Cristo. que por el contrario siempre abominó de una estructura que le rindiera culto. Queda flotando entonces la pregunta de, ¿cuál es el origen de tal oficio si la Biblia ni Jesucristo lo menciona?¿Cuál fue el origen real que tiene este Papado ampuloso y mercantil del presente?

Por lo pronto y contestando la inquietud de si Pedro fue o no el Primer Papa de la Iglesia, me remito a la palabra maciza y contundente de un preclaro Príncipe de la Iglesia el Obispo Joseph Georg Strossmayer, sujeto excepcional, valiente y honrado, que fue actor principal  del voto de minoría en contra de aprobar la infalibilidad papal del Papa Pío IX en el Primer Concilio Vaticano, el evento católico de nivel mundial más importante del catolicismo de 1869, cuya segunda versión conocida como Concilio Vaticano II, que como sabemos solo pudo prosperar en 1959 cuando el Papa Juan XXIII presidió la primera sesión en el otoño de 1962, no pudiendo este papa concluir este Concilio pues falleció en junio de 1963, por lo que las tres etapas restantes fueron presididas por su sucesor el Papa Pablo VI. 

Fue en este Concilio Vaticano I, que fue a su vez el XX Concilio Ecuménico de la Iglesia Católica donde se aprobó como dogma de fe la doctrina de la infalibilidad del Papa en la última y cuarta de sus sesiones celebrada el 18 de julio de 1870, que concluye con la aprobación de la Constitución Dogmática Pator Aeternus sobre la Iglesia de Cristo que declara el dogma de la infalibilidad papal.
Es justamente en este debate final, donde antes de procederse a la votación que decidirá la infalibilidad del Papa pide la palabra el Obispo de Bosnia, Eslavonia y Srijem Georg Strossmayer ya nombrado, quien en su curriculum registra haber sido ordenado sacerdote católico en 1838, Doctor en Filosofía, graduado en Budapest en 1840. Doctor en Teología, graduado en Viena en 1842. Profesor de Ley Canónica en la Universidad de Viena. El 18 de noviembre de 1849 nombrado obispo de Diakovar, con el título oficial de Obispo de Bosnia, Eslavonia y Srijem. Administrador papal de Belgrado.
Dejemos que sea él, desde esa alta tribuna, como privilegiado testigo y actor de su tiempo de tan magno evento, quien nos ayude a dilucidar estos temas de Iglesia y que el trató junto a sus iguales y en presencia y contradiciendo la opinión mayoritaria, presidida por el propio Papa Pío IX, que abogaba por una infalibilidad papal, que como veremos, nunca antes fue consentida, ni practicada por la Iglesia; y que por el contrario había sido inveteradamente rechazada por muchos pontífices, en concordancia con los dichos bíblicos y la propia tradición eclesiástica.
He aquí algunos de los párrafos más relevantes, de su intervención, que dicen duró tres horas.

 Venerables Padres y Hermanos:

No sin temor, pero con una conciencia libre y tranquila ante Dios que vive y me ve, tomo la palabra en medio de vosotros, en esta augusta asamblea.
Desde que me hallo sentado aquí con vosotros, he seguido con atención los discursos que se han pronunciado en esta sala, ansiando con grande anhelo que un rayo de luz, descendiendo de arriba, iluminase los ojos de mi inteligencia y permitiese votar los cánones de este Santo Concilio Ecuménico con perfecto conocimiento de causa.

Penetrado del sentimiento de responsabilidad, por lo cual Dios me pedirá cuenta, me he propuesto estudiar con escrupulosa atención los escritos del Antiguo y Nuevo Testamento y he interrogado a estos venerables monumentos de la verdad, para que me diesen a saber si el Santo Pontífice, que preside aquí, es verdaderamente el sucesor de San Pedro, Vicario de Jesucristo e Infalible doctor de la Iglesia.

Para resolver esta grave cuestión me he visto precisado a ignorar el estado actual de las cosas y a transportarme en mi imaginación, con la antorcha del Evangelio en las manos, a los tiempos que ni el Ultramontanismo ni el Galicanismo existían, y en los cuales la Iglesia tenía por doctores a San Pablo, San Pedro, Santiago y San Jorge, doctores a quienes nadie puede negar la autoridad divina sin poner en duda lo que la Santa Biblia, que tengo delante, nos enseña y la cual el Concilio de Trento proclamó como la regla de la fe y de la moral.

He abierto, pues, estas sagradas páginas: y bien, ¿me atreveré a decirlo..?

Nada he encontrado que sancione próxima o remotamente la opinión de los ultramontanos. Aún es mayor mi sorpresa, porque no encuentro en los tiempos apostólicos nada que haya sido cuestión de un Papa sucesor de San Pedro y Vicario de Jesucristo, como tampoco a Mahoma que no existía aun.

Vos, monseñor Manning, diréis que blasfemo; y vos, monseñor Fie, diréis que estoy demente. ¡No, monseñores, no blasfemo, ni estoy loco! Ahora bien, habiendo leído todo el Nuevo Testamento, declaro ante Dios con mi mano elevada al gran Crucifijo, que ningún vestigio he podido encontrar del Papado, tal como existe ahora.

No me rehuséis vuestra atención, mis venerables hermanos, y con vuestros murmullos e interrupciones justifiquéis a los que dicen como el padre Jacinto, que este Concilio no es libre, porque vuestros votos han sido de antemano impuestos. Si tal fuese el hecho, esta augusta asamblea, hacia la cual todas las miradas del mundo están dirigidas, caería en el más grande descrédito.

Si deseáis ser grandes, debemos ser libres. Agradezco a su excelencia, monseñor Dupanloup, el signo de aprobación que hace con la cabeza. Esto me alienta y prosigo. Leyendo, pues, los santos Libros con toda la atención de que el Señor me ha hecho capaz, no encuentro un sólo capítulo, o un versículo, en el cual Jesús dé a San Pedro la jefatura sobre los apóstoles, sus colaboradores.


San Pedro, cabeza de la Iglesia. 
Si Simón, el hijo de Jonás, hubiese sido lo que hoy día creemos sea su Santidad Pío IX, extraño es que no les hubiese dicho: "Cuando haya ascendido a mi Padre, debéis todos obedecer a Simón Pedro, así como ahora me obedecéis a mí. Le establezco por mi Vicario en la tierra”.

No solamente calla Cristo sobre este particular, sino que piensa tan poco en dar una cabeza a la Iglesia, que cuando promete tronos a sus apóstoles, para juzgar a las doce tribus de Israel (Mateo, 19:28), les promete doce, uno para cada uno, sin decir que de entre dichos tronos uno sería más elevado, el cual pertenecía a Pedro.

Indudablemente, si tal hubiese sido su intento, lo indicaría. ¿Que hemos de decir de su silencio? La lógica nos conduce a la conclusión de que Cristo no quiso elevar a Pedro a la cabecera del colegio apostólico. Cuando Cristo envió a los apóstoles a conquistar el mundo, a todos dio la promesa del Espíritu Santo. Permitidme repetirlo: si El hubiese querido constituir a Pedro en su Vicario, le hubiera dado el mando supremo sobre su ejército espiritual.

Cristo, así lo dice la Santa Escritura, prohibió a Pedro y a sus colegas reinar o ejercer señorío o tener potestad sobre los fieles, como hacen los reyes gentiles. (Lucas, 22, 25, 26). Si San Pedro hubiese sido elegido Papa. Jesús no diría esto; porque según vuestra tradición, el Papado tiene en sus manos dos espadas, símbolos del poder espiritual y temporal.

Hay una cosa que me ha sorprendido muchísimo: Resolviéndola en mi mente me he dicho a mi mismo: si Pedro hubiese sido elegido Papa, ¿se permitiría a sus colegas enviarle con San Juan a Samaria para anunciar el Evangelio del Hijo de Dios? (Hechos, 2:15).

¿Que os parecería, venerables hermanos, si nos permitiésemos ahora mismo enviar a su Santidad Pío IX, y a su eminencia monseñor Plautier al Patriarca de Constantinopla para persuadirle a que pusiese fin al cisma del Oriente?

Más, he aquí otro hecho de mayor importancia. Un Concilio Ecuménico se reúne en Jerusalén para decidir cuestiones que dividían a los fieles. ¿Quien debiera convocar este Concilio si San Pedro fuese Papa? Claramente San Pedro ¿Quién debiera presidirlo? San Pedro o su delegado. ¿Quien debiera formar o promulgar los cánones? San Pedro.
Pues bien, ¡Nada de esto sucedió! Nuestro apóstol asistió al Concilio, así como los demás, pero no fue quien reasumió la discusión sino Santiago y cuando se promulgaron los decretos se hizo en nombre de los apóstoles ancianos y hermanos. (Hechos, 15).

¿Es esta la práctica de nuestra Iglesia? Cuanto más lo examino, ¡Oh venerables hermanos! tanto más estoy convencido que en las Sagradas Escrituras, el hijo de Jonás no parece ser el primero.

Ahora bien; mientras nosotros enseñamos que la Iglesia está edificada sobre San Pedro, San Pablo, cuya autoridad no puede dudarse, dice en su epístola a los Efesios, 2:2o, que “está edificada sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Cristo mismo”.Este mismo apóstol cree tan poco en la supremacía de Pedro, que abiertamente culpa a los que dicen: "somos de Pablo, somos de Apolo (1º. Corintios 1:12) ; así como culpa a los que dicen: "somos de Pedro".

Santiago, El Justo.
Si este último apóstol hubiese sido el Vicario de Cristo, San Pablo se habría guardado bien de no censurar con tanta violencia a los que pertenecían a su propio colega. El mismo apóstol Pablo, al enumerar los oficios de la Iglesia, menciona apóstoles, profetas, evangelistas, doctores y pastores.

¿Es creíble, mis venerables hermanos, que San Pablo, el gran apóstol de los gentiles, olvidase el primero de estos oficios del Papado, si el Papado fuera de divina institución? Este olvido me parece tan imposible como el de un historiador de este Concilio que no hiciese mención de su Santidad Pío IX. (Varias veces: ¡Silencio, hereje, silencio!

Calmaos, venerables hermanos, que todavía no he concluido. Impidiéndome que prosiga, manifestaríais al mundo que procedéis sin justicia, cerrando la boca de un miembro de esta asamblea.

Continuaré: el apóstol Pablo no hace mención en ninguna de sus epístolas, a las
diferentes iglesias, de la primacía de Pedro
. ¿Si esta primacía existiese, si, en una palabra, la Iglesia hubiese tenido una cabeza suprema dentro de sí, infalible en enseñanzas, podría el gran apóstol de los gentiles olvidar el mencionarla? ¡Que digo! Más probable es que hubiese escrito una larga epístola sobre esta importante materia.

Entonces, cuando el edificio de la doctrina cristiana fue erigido ¿podría, como lo hace, olvidarse de la fundición, de la clave del arco? Ahora bien; si no opináis que la Iglesia de los apóstoles fue herética, lo que ninguno de vosotros desearía u osaría decir, estamos obligados a confesar que la Iglesia nunca fue mas bella más pura, ni mas Santa que en los tiempos en que no hubo Papa. (Gritos de: ¡No es verdad!)

¿No es verdad? No. Digo monseñor Laval, "No", Si alguno de vosotros, mis venerables hermanos, se atreve a pensar que la Iglesia que hoy tiene un Papa por cabeza, es más firme en la fe, más pura en la moralidad que la Iglesia apostólica, dígalo abiertamente ante el universo, puesto que este recinto es un centro desde el cual nuestras palabras volarán de polo a polo.

Prosigo: ni en los escritos de San Pablo, San Juan o Santiago se descubre traza alguna o germen del poder Papal.
San Lucas, el historiador de los trabajos misioneros de los apóstoles, guarda silencio sobre este importantísimo punto.
El silencio de estos hombres santos, cuyos escritos forman parte del canon de las divinamente inspiradas Escrituras me parece tan penoso e imposible si Pedro fuese Papa, y tan inexcusable como si Thievs, escribiendo la historia de Napoleón Bonaparte, omitiese el título de emperador.

Veo delante de mí un miembro de la asamblea que dice señalándome con el dedo: "¡Ahí está un obispo cismático, que se ha introducido entre nosotros con falsa bandera".

No, no, mis venerables hermanos; no he entrado en esta augusta asamblea como un ladrón por la ventana sino por la puerta, como vosotros; mi título de obispo me dio derecho a ello, así como mi conciencia cristiana me obliga a hablar y decir lo que creo sea verdad.

Lo que más me ha sorprendido y que, además, se puede demostrar es el silencio del mismo San Pedro. Si el apóstol fuese lo que proclamáis que fue, es decir, Vicario de Jesucristo en la tierra, él, al menos, debiera saberlo. Si lo sabía ¿como sucede que ni una sola vez obró como Papa?

Podría haberlo hecho el día de Pentecostés, cuando predicó su primer sermón, y no lo hizo; en el Concilio de Jerusalén, y no lo hizo; en Antioquia, y no lo hizo; como tampoco lo hace en las dos epístolas que dirige a la Iglesia.
¿Podéis imaginaros un tal Papa, mis venerables hermanos, si es que Pedro era Papa?
Resulta, pues, que si queréis sostener que fue Papa, la consecuencia natural es que él no lo sabía.Ahora pregunto a todo el que tenga cabeza con que pensar y mente con qué reflexionar: ¿son posibles estas dos suposiciones? Digo, pues, que mientras los apóstoles vivían, la Iglesia nunca pensó que había Papa. Para sostener lo contrario, sería necesario entregar las Sagradas Escrituras a las llamas o ignorarlas por completo. Pero escucho decir por todos lados: "Pues qué, ¿no estuvo San Pedro en Roma? ¿No fue crucificado con la cabeza abajo? ¿No se hallan los lugares donde enseñó, y los altares donde dijo misa, en esta ciudad eterna?

La Ciudad de Dios
Que San Pedro haya estado en Roma, reposa, mis venerables hermanos, sólo sobre la tradición; más aún, si hubiese sido obispo de Roma ¿cómo podéis probar con su episcopado su supremacía?
Scaligero, uno de los hombres más eruditos, no vacila en decir que el episcopado de San Pedro y su residencia en Roma, deben clasificarse entre las leyendas ridículas.("Repetidos gritos: ¡Tapadle la boca; hacedle descender del púlpito).

Venerables hermanos, estoy pronto a callarme, más ¿no es mejor en una asamblea como la nuestra, probar todas las cosas como manda el apóstol y creer todo lo que es bueno?.

Pero, mis venerables amigos, tenemos un dictador ante el cual todos debemos postrarnos y callar, aún su Santidad Pío IX, e inclinar la cabeza. Ese dictador es la historia.
Esta no es como un legendario que puede reformar el estilo con que el alfarero hace su barro, sino como un diamante que esculpe en el cristal palabras, indelebles. Hasta ahora me he apoyado sólo en ella, y no encuentro vestigio alguno del Papado en los tiempos apostólicos; la falta es suya; no es mía.

¿Queréis quizá colocarme en la posición de un acusado de mentira? Hacedlo si podéis.
Oigo a la derecha estas palabras: "Tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi Iglesia" (Mat. 16: 18). Contestaré esta objeción después, mis venerables hermanos; más, antes de hacerlo, deseo presentaros el resultado de mis investigaciones históricas.

No hallando ningún vestigio del Papado en los tiempos apostólicos, me dije a mí mismo: quizá hallaré al papa en los cuatro primeros siglos y no he podido dar con él. Espero que ninguno de vosotros dudará de la gran autoridad del santo obispo de Nipona, el grande y bendito San Agustín. Este piadoso doctor, honor y gloria de la Iglesia católica, fue secretario en el Concilio de Melina. En los decretos de esa venerable Asamblea, se
hallan estas palabras: "Todo el que apelase a los de otra parte del mar, no será admitido en la comunión por ninguno en el África”.

Los obispos de África reconocían tan poco a los obispos de Roma que castigaban con excomunión a los que recurriesen a su arbitrio. Estos mismos obispos en el sexto Concilio de Cartago, celebrado bajo Aurelio obispo de dicha ciudad, escribieron a Celestino, obispo de Roma, amonestándole que no recibiese a los obispos, sacerdotes o clérigos de África; que no enviase más legados o comisionados y que no introdujese el orgullo humano en la Iglesia.

Que el patriarca de Roma había desde los primeros tiempos, tratado de atraerse a sí mismo toda autoridad, es un hecho evidente; y lo es también igualmente, que no poseía la supremacía que los Ultramontanos le atribuyen. Si la poseyese, ¿osarían los obispos de África, San Agustín entre ellos, prohibir apelaciones a los decretos de su supremo tribunal? Confieso, sin embargo, que el patriarca de Roma ocupaba el primer puesto.

Una de las Leyes de Justiniano dice: "Mandamos, conforme a la
definición de los cuatro Concilios, que el Santo Papa de la antigua Roma sea el primero de los obispos, y que su alteza el arzobispo de Constantinopla, que es la nueva Roma, sea el segundo".

Inclínate, pues, a la supremacía del Papa, me diréis.

No corráis tan apresurados a esa conclusión mis venerables hermanos, porque la Ley de
Justiniano lleva escrito al frente: “del orden de sedes patriarcales". Procedencia es una cosa, y el poder de jurisdicción es otra. Por ejemplo: suponiendo que en Florencia se reuniese una asamblea de todos los obispos del reino, la procedencia se daría naturalmente al primado de Florencia, así como entre los occidentales se concedería al patriarca de Constantinopla y en Inglaterra al Arzobispo de Canterbury. Pero ni el primero, segundo o tercero, podría aducir de la asignada posición una jurisdicción sobre sus compañeros.

La importancia de los obispos de Roma procede no de un poder divino sino de la importancia de la ciudad donde está la Sede.
Monseñor Darvoy no es superior en dignidad al arzobispo de Avignón; más, no obstante, París le da una consideración que no tendría, si en vez de tener su palacio en las orillas del Sena se hallase sobre el Ródano.
Esto que es verdadero en la jerarquía religiosa, lo es también en materias civiles y políticas. El prefecto de Roma no es más que un prefecto como el de Pisa; pero civil y políticamente es de mayor importancia aquel.

He dicho ya que desde los primeros siglos, el patriarca de Roma aspiraba al gobierno universal de la Iglesia; desgraciadamente casi lo alcanzó; pero no consiguió ciertamente sus pretensiones, porque el emperador Teodosio II hizo una Ley, por la cual estableció que el Patriarca de Constantinopla tuviera la misma autoridad que el de Roma.

Los padres del Concilio de Calcedonia, colocan a los obispos de la antigua y de la nueva Roma en la misma categoría de todas las cosas, aun en las eclesiásticas. (Can. 28).
El sexto Concilio de Cartago prohibió a todos los obispos que se abrogasen el título de príncipes de los obispos u obispos soberanos.



En cuanto al título Obispo Universal, que los Papas se abrogaron más tarde Gregorio I, creyendo que sus sucesores nunca pensarían en adornarse con él, escribió estas notables palabras: "Ninguno de mis antecesores ha consentido en llevar este título profano, porque cuando un Patriarca se abroga a sí mismo el nombre de universal, el título de patriarca sufre descrédito. Lejos esté pues de los cristianos, el deseo de darle un título que cause descrédito a sus hermanos". San Gregorio dirigió estas palabras a su colegio de Constantinopla que pretendía hacerse primado de la Iglesia.

El Papa Pelagio II llamaba a Juan, obispo de Constantinopla, que aspiraba al sumo pontificado, impío y profano. "No se le importe", decía, "El título universal" que Juan ha usurpado ilegalmente, que ninguno de los patriarcas se abrogue ese nombre profano, porque ¿cuantas desgracias no debemos esperar si entre los sacerdotes se suscitan tales ambiciones?
Alcanzarían lo que se tiene predicho de ellos: "El es el rey de los hijos del orgullo". (Pelagio" Lett. 13).

Estas autoridades, y podría citar cien más de igual valor, ¿no prueban con una claridad igual al resplandor del sol en medio del día, que los primero obispos de Roma no fueron reconocidos como obispos y cabezas de la Iglesia, sino hasta tiempos muy posteriores?

Y por otra parte ¿quién no sabe que desde el año 325, en el cual se celebró el primer Concilio de Nicea, hasta 580, año en que fue celebrado el segundo Concilio Ecuménico de Constantinopla, y entre más de 1,109 obispos que asistieron a los primeros seis Concilios Generales, no se hallaron presentes más que 19 obispos de occidente?
¿Quién ignora que los Concilios fueron convocados por los emperadores, sin siquiera informarle de ello, y frecuentemente aun en oposición a los deseos del obispo de Roma?
O,¿que Osio, obispo de Córdova, presidió el primer Concilio de Nicea y redactó sus cánones? El mismo Osio, presidiendo después el Concilio de Sárdica, excluyó al legado de Julio, obispo de Roma. No diré más, mis venerables hermanos, y paso a hablar del gran argumento a que me referí anteriormente para establecer el Primado del obispo de Roma.

Por la roca (pétrea), sobre que la Santa Iglesia está edificada, entendéis que es Pedro.
Si esto fuera verdad, la disputa quedaría terminada; más nuestros antepasados, y ciertamente debieron saber algo, no se oponían sobre esto como nosotros, San Cirilo, en su cuarto libro sobre la Trinidad, dice: "Creo por la roca debéis entender la fe inmóvil de los apóstoles".
San Hilario, obispo de Poitiers, en su segundo libro sobre la Trinidad, dice: "La roca (pétrea) es la bendita y sola roca de la fe confesada por la boca de San Pedro"; y en su sexto libro de la trinidad dice: "Es sobre esta roca de la confesión, de la fe, que la Iglesia está edificada".
"Dios, dice San Jerónimo, en el sexto libro sobre San Mateo; ha fundado su Iglesia sobre esta roca, y es de esta roca que el apóstol Pedro fue apellidado". De conformidad con él, San Crisóstomo dice en su Homilía 53 sobre San Mateo: "Sobre esta roca edificaré mi Iglesia, es decir, sobre la fe de la confesión".
Ahora bien, ¿cuál fue la confesión del apóstol? Hela aquí: "Tu eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente".

Ambrosio, el santo arzobispo de Milán, sobre el segundo capítulo de la Epístola a los Efesios; San Basilio de Selencia y los padres del Concilio de Calcedonia, enseñan precisamente la misma cosa.

Entre todos los doctores de la antigüedad cristiana, San Agustín ocupa uno de los primeros puestos por su sabiduría y santidad. Escuchad, pues, lo que escribe sobre la primera epístola de San Juan: "¿Que significan las palabras edificaré mi Iglesia sobre esta roca, sobre esta fe, sobre eso que dices, tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente"?

En su tratado 124 sobre San Juan, encontramos esta muy significativa frase: "Sobre esta roca, que tu has confesado, edificaré mi Iglesia, puesto que Cristo mismo es la roca".

El gran obispo creía tan poco que la Iglesia fuese edificada sobre San Pedro, que dijo a su grey en su sermón 13: "Tú eres Pedro y sobre esta roca (pétrea) que tú has confesado, sobre esta roca que tú has reconocido: "Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente. La edificaré sobre mí mismo, y no sobre tí"

Lo que San Agustín enseña sobre este célebre pasaje, era la opinión de todo el mundo
cristiano en sus días; por consiguiente, reasumo y establezco:
1o. Que Jesús dio a sus apóstoles el mismo poder que dio a Pedro.
2o. Que los apóstoles nunca reconocieron en San Pedro al Vicario de Jesucristo y al infalible doctor de la Iglesia.
3o. Que los Concilios de los cuatro primeros siglos, mientras reconocían la alta posición que el obispo de Roma ocupaba en la Iglesia por motivo de Roma, tan sólo le otorgaron una preeminencia honoraria, nunca el poder y la jurisdicción.
4o. Que los Santos padres en el famoso pasaje "Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia", nunca entendieron que la Iglesia estaba edificada sobre San Pedro, sino sobre la roca, es decir, sobre la confesión de la fe del apóstol.

Concluyo victoriosamente, conforme a la historia, la razón, la lógica el buen sentido y la conciencia cristiana, que Jesucristo no dio supremacía alguna a San Pedro, y que los Obispos de Roma no se constituyeron soberanos de la Iglesia, sino tan sólo confesando uno por uno todos los derechos del episcopado. (Voces: ¡Silencio! insolente. Protestante. ¡Silencio!)

¡No soy un protestante insolente! La historia no es católica, ni anglicana, ni Calvinista, ni Luterana, ni Armeniana, ni Griega Cismática, ni Ultramontana. Es lo que es decir, algo más poderoso que todas las confesiones de la fe, que todos los Cánones de los Concilios Ecuménicos.



Escribid contra ella si osáis hacerlo, más no podréis destruirla, como tampoco sacando un ladrillo del Coliseo, podríais hacerlo derribar. Si he dicho algo que la historia pruebe ser falso, enseñádmelo con la historia; y sin un momento de titubeo, haré la más honorable apología. Más tened paciencia, y veréis que todavía no he dicho todo lo que quiero y puedo y aun si la pira fúnebre me aguardase en la Plaza de San Pedro, no callaría, porque me siento precisado a proseguir.

Monseñor Dupanleup, en sus célebres "Observaciones" sobre este Concilio Vaticano, ha dicho, y con razón, que si declaramos a Pío IX infalible, deberemos necesariamente, y de lógica natural, vernos precisados a mantener que todos sus predecesores eran también infalibles. Pero, venerables hermanos, aquí la historia levanta su voz con autoridad, asegurándonos que algunos Papas erraron. Podréis contestar contra esto o negarlo, si así os place; más yo lo probaré.

El Papa Víctor (192) primero aprobó el montanismo y después lo condenó. Marcelino (296 a 303) era un idólatra. Entró en el Templo de Vesta y ofreció incienso a la diosa. Diréis que fue acto de debilidad, pero contesto: Un Vicario de Jesucristo muere, más no se hace apóstata.
Liberio (358) consintió en la condenación de Atanasio; después hizo profesión de Arianismo para lograr que se revocase el destierro y se le restituyese su sede.
Honorio (625) se adhirió al monotolismo
; el padre Gatry lo ha probado hasta la evidencia.
Gregorio I (578 a 590) llama Anticristo a cualquiera que se diese el nombre de Obispo Universal; y al contrario, Bonifacio III (607 a 608) persuadió al emperador parricida, Phocas a que le confiriera dicho título.
Pascal II (1088 a 1099) y Eugenio III (1145 a 1153) autorizaron los desafíos, mientras que Julio II (1599) y Pío IV (1560) los prohibieron.
Eugenio IV (1431 a 1439) aprobó el Concilio de Basilea y la restitución del cáliz a la Iglesia Bohemia, y Pío II (1458) revoca la concesión.
Adriano II (867 a 872) declaró válido el matrimonio civil; pero Pío VII (1800 a 1823) lo condenó.
Sixto V (1585 a 1590) compró una edición de la Biblia y con una bula recomendó su lectura; más Pío VII condenó su lectura.
Clemente XIV 1700 a 1721) abolió la Compañía de los Jesuitas, permitida por Pablo II, y
Pío VII la restableció.

Más, ¿a que buscar pruebas tan remotas? ¿No ha hecho otro tanto nuestro santo padre que está aquí, en su bula, dando reglas para este mismo Concilio, en el caso de que muriese mientras se halla reunido, revocando cuanto en tiempos pasados fuese contrario a ello, aun cuando procediese de las decisiones de sus predecesores?

Y, ciertamente, si Pío IX ha hablado ex cátedra, no es cuando desde lo profundo de su tumba impone su voluntad sobre los soberanos de la Iglesia.

Nunca concluiría mis venerables hermanos, si tratase de presentar a vuestra vista las contradicciones de los Papas en sus enseñanzas; por lo tanto, si proclamáis la infalibilidad del Papa actual, tendréis que probar o bien que los Papas nunca se contradijeron, lo que es imposible, o bien tendréis que declarar que el Espíritu Santo os ha revelado que la infalibilidad del Papado es tan sólo de fecha 1870.

¿Sois bastante atrevidos para hacer esto? Quizá los pueblos estén indiferentes y dejen pasar cuestiones teológicas que no entienden y cuya importancia no ven; pero aun cuando sean indiferentes a los principios, no lo son en cuanto a los hechos.
Pues bien, no os engañéis a vosotros mismos. Si decretáis el dogma de la infalibilidad Papal, los protestantes, nuestros adversarios, montarán la brecha, con tanta más bravura cuanto tienen la historia de su lado, mientras que nosotros sólo tendremos nuestra negación que oponerles.

¿Qué les diremos cuando expongan a todos los obispos de Roma, desde los días de Lucas hasta su Santidad Pío IV? ¡Ay! Si todos hubiesen sido como Pío IX triunfaríamos en toda la línea; más, ¡desgraciadamente no es así! (Gritos de: ¡Silencio, silencio! ¡Basta, basta!)


¡No gritéis, monseñor! Temer a la historia es confesaros derrotados. Y, además, aun si pudierais hacer correr toda el agua del Tíber sobre ella, no podrías borrar ni una sola de sus páginas. Dejadme hablar y seré tan breve como sea posible en este importantísimo asunto.

El Papa Virgilio (538) compró el papado a Belisario, teniente del emperador Justiniano. Es verdad que rompió su promesa y nunca pagó por ello. ¿Es esta una manera canónica de ceñirse la tiara?
El segundo Concilio de Calcedonia lo condenó formalmente. En uno de sus cánones se lee: "El obispo que obtenga su episcopado por dinero, lo perderá y será degradado". El Papa Eugenio III (1145) imitó a Virgilio.
San Bernardo, la estrella brillante de su tiempo, reprendió al Papa, diciéndole:" ¿Podrás enseñarme en esta gran ciudad de Roma alguno que os hubiere recibido por Papa sin haber primero recibido oro o plata por ello?
Mis venerables hermanos: ¿será Papa el que establece un banco a las puertas del templo, inspirado por el Espíritu Santo? ¿Tendrá derecho de enseñar a la Iglesia la infalibilidad? Conocéis la historia de Formoso demasiado bien, para que yo pueda añadir nada.
Esteban VI hizo exhumar su cuerpo vestido con ropas Pontificales; hizo cortarle los dedos con que acostumbraba dar la bendición y después lo hizo arrojar al Tíber, declarando que era un perjuro e ilegítimo.
Entonces el pueblo aprisionó a Esteban lo envenenó y lo agarrotaron. Más, ved cómo las cosas se arreglaron. Romano, sucesor de Esteban, y tras él, Juan X, rehabilitaron la memoria de Formoso.

Quizá me diréis, esas son fábulas no historia. ¡Fábulas: Id, monseñores, a la librería del Vaticano y leed a Platina, el historiador del Papado, y los anales del Baronio (897). Estos son hechos qué, por honor de la Santa Sede, desearíamos ignorar; más cuando se trata de definir un dogma que podría provocar un gran cisma en medio de nosotros, el amor que abrigamos hacia nuestra venerable madre la Iglesia Católica, apostólica y Romana, ¿deberá imponernos el silencio?
Prosigo, El erudito cardenal Baronio, hablando de la corte Papal, dice: .....
Haced atención, mis venerables hermanos, a estas palabras. "¿Que parecía la Iglesia Romana en aquellos tiempos?
¡Que infamia! Sólo las poderosísimas cortesanas gobernaban en Roma. Eran
ellas las que daban, cambiaban y se tomaban obispos; y, ¡horrible! es relatarlo, hacían a sus amantes, los falsos Papas, subir al trono de San Pedro". (Baronio, 912).

Me contestaréis: esos eran Papas falsos, no los verdaderos. Séalo así, más en este caso, si por cincuenta años la Sede de Roma se hallaba ocupada por anti - Papas, ¿cómo podréis reunir el hilo de la sucesión Papal?
¡Pues qué! ¿Ha podido la Iglesia existir, al menos por el término de un siglo y medio sin cabeza, hallándose acéfala?

¡Notad bien! La mayor parte de esos anti-Papas se ven en el árbol genealógico del Papado y, seguramente, deben ser éstos los que describe Baronio, por que aun
Genebrardo el gran adulador de los Papas, se atrevió a decir en sus crónicas (901): "Este centenario a sido desgraciado, puesto que por cerca de ciento cincuenta años los Papas han caído de las virtudes de sus predecesores y se han hecho apóstatas más bien que apóstoles".


Bien comprendo porqué el ilustre Baronio se avergonzaba al narrar los actos de obispos romanos.
Hablando de Juan XI (931), hijo natural del Papa Sergio y de Marozia, escribió estas palabras en sus Anales: "La Santa Iglesia, es decir la Romana, ha sido vilmente atropellada por un monstruo.
Juan XII (956), Elegido Papa a la edad de 18 años, mediante las influencias de las cortesanas, no fue en nada mejor que su predecesor".
Me desagrada, mis venerables hermanos, tener que mover tanta suciedad. Me callo tocante a Alejandro VI padre y amante de Lucrecia; doy la espalda a Juan XXII (1219) que negó la inmortalidad del alma y que fue depuesto por el Santo Concilio Ecuménico de Constanza.
Algunos alegarán que este Concilio sólo fue privado. Séalo así; pero si le negáis toda clase de autoridad, deberéis deducir como consecuencia lógica, que el nombramiento de Martín V (1417) era ilegal. Entonces, ¿donde va a parar la sucesión Papal? ¿Podréis hallar su hilo? No hablo de los cismas que han deshonrado a la Iglesia. En esos desgraciados tiempos la sede de Roma se halla ocupada por dos y a veces hasta por tres competidores. ¿Quién de estos era el verdadero Papa?
Resumiendo una vez más, vuelvo a decir que, si decretáis la infalibilidad del actual obispo de Roma, deberíais establecer la infalibilidad de todos los anteriores, sin excluir a ninguno. Más, ¿podréis hacer esto cuando la historia está allí probando con una claridad igual a la del sol mismo, que los Papas han errado en sus enseñanzas? ¿Podréis hacerlo y sostener que Papas avaros, incestuosos, homicidas, simoniacos, han sido Vicarios de Jesucristo?¡Ay, venerables hermanos!, mantener tal enormidad sería hacer traición a Cristo peor que Judas; sería echarle suciedad a la cara. (Gritos: ¡Abajo del púlpito! ¡Cerrad! la boca del hereje)

Mis venerables hermanos, estáis gritando. ¿Pero no sería más digno pesar mis razones y mis palabras en la balanza del santuario? Creedme, la historia no puede hacerse de nuevo; allí está y permanecerá por toda la eternidad, protestando enérgicamente contra el dogma de la infalibilidad Papal. Podéis declararla unánime, ¡pero faltaría un voto, y ese será el mío. Los verdaderos fieles, monseñores, tienen los ojos sobre nosotros, esperando de nosotros algún remedio, para los innumerables males que deshonran la Iglesia. ¿Desmentiréis sus esperanzas?

¿Cuál no será nuestra responsabilidad ante Dios, si dejamos pasar esta solemne ocasión que Dios nos ha dado para curar la verdadera fe?

Abracémosla, mis hermanos; amémonos con un ánimo santo; hagamos un supremo y generoso esfuerzo. Volvamos a la doctrina de los apóstoles, puesto que fuera de ella, no hay más que horrores, tinieblas y tradiciones falsas. Aprovechemos de nuestra razón e inteligencia, tomando a los apóstoles y profetas por nuestros únicos maestros, en cuanto a la cuestión de las cuestiones:
"¿Que debo hacer para ser salvo? Cuando hayamos decidido esto habremos puesto el fundamento de nuestro sistema dogmático, firme e inmóvil como la roca, constante e incorruptible de las divinamente inspiradas Escrituras. Llenos de confianza, iremos ante el mundo y como el apóstol San Pablo en presencia de los libres pensadores, no reconoceremos a nadie "más que a Jesucristo y éste Crucificado".

Conquistaremos la predicación de la "locura de la Cruz", así como San Pablo conquistó a los sabios de Grecia y Roma, y la Iglesia Romana tendrá su glorioso 89. (Gritos clamorosos: ¡Bájate. ¡Fuera el Protestante, el Calvinista, el traidor a la Iglesia)…

Vuestros gritos, monseñores, no me atemorizan. Si mis palabras son calurosas, mi cabeza está serena Yo no soy de Lutero, ni de Calvino, ni de Pablo, ni de apóstoles, pero si de Cristo.

(Renovados gritos: ¡Anatema! ¡Anatema al apóstata). ¡Anatema, monseñores, anatema!

Bien sabéis que no estáis protestando contra mí, sino contra los santos apóstoles, bajo cuya protección desearía que este concilio colocase a la Iglesia!

¡Ah!, si cubiertos con sus mortajas saliesen de sus tumbas, ¿hablarían de una manera diferente de la mía? ¿Que les diríais cuando con sus escritos os dicen que el Papado se ha apartado del Evangelio del Hijo de Dios, que ellos predicaron y confirmaron generosamente con su sangre?

¿Os atreveríais a decirles: "preferíamos las doctrinas de nuestros Papas, nuestro Belarmino, nuestro Ignacio de Loyola a la vuestra?" No, mil veces no!
A no ser que hayáis tapado vuestros oídos para no oír, cubierto vuestros ojos para no ver, y embotado vuestra mente para no atender.

¡Ah! Si el que reina arriba quiere castigarnos, haciendo caer pesadamente su mano sobre nosotros, como hizo a Faraón, no necesita permitir a los soldados de Garibaldi que nos arrojen de la ciudad eterna. Bastará con decir que hagáis a Pío IX un Dios, así como se ha hecho una diosa a la bienaventurada Virgen.
¡Deteneos!, ¡deteneos! venerables hermanos, en el odioso y ridículo precipicio en que os habéis colocado. Salvad a la Iglesia del naufragio que la amenaza, buscando en las sagradas escrituras solamente la regla de la fe que debemos creer y profesar.


He dicho ¡Dígnese Dios asistirme!.

Hago presente que este dramático llamado del Obispo Joseph Strossmayer no fue escuchado y el Concilio Vaticano I aprobó finalmente la tal infalibilidad papal, que como muy bien vaticinó Strossmayer, ha sido permanente fuente de desencuentros con la sociedad mundial, pues no es reconocido como tal por ninguna autoridad gubernamental ni credo o secta del planeta, salvo aquellas comunidades religiosas que orbitan y viven de las prebendas de la Iglesia Católica y es una fuente inagotable de bromas y ridículos a cargo de la Iglesia, presente en películas, comedias, obras de teatro, chistes y anécdotas jocosas.