viernes 27 de enero de 2012

Sabios que no son tan sabios


Comentábamos en el artículo anterior, que la Edad Media sumergió a la humanidad en una etapa oscura, retrógrada, pacata y falsa, donde los adelantos científicos y culturales alcanzados fueron dejados de mano y reemplazados por filosofías y concepciones confesionales erradas o disparatadas, que obligaban a la sociedad medieval a hacerlas suyas so pena de ser declarados herejes, privarles del status de cristiano y ser condenados a la tortura física o ser asesinados ellos y sus familias, por medios totalmente salvajes y deshumanizados como eran el desmembramiento del cuerpo, el empalamiento, la horca, la guillotina o la hoguera.

Ya decíamos que en tales tiempos especialmente en la Europa occidental, la hegemonía del cristianismo y en particular el poder adquirido por la Iglesia Católica y su extremo conservadurismo ideológico, hizo perder o sumir en el olvido los tratados científicos de la antiguedad clásica por el solo hecho que la jerarquía eclesiástica obtusamente se resistía a estudiar los escritos griegos, sino solo aquello que viniera en latín, y las traducciones existentes en este idioma eran muy pobres. Por lo tanto, lo que se conoce ostentosamente como ciencia medieval se refiere solo a los pocos avances que realizaron los monjes mal llamados "sabios" en el campo de la filosofía natural, consistente en las explicaciones que estos mismos "sabios medievales", con sus escasas luces y la vista fija en la Biblia se dieron, para explicar los fenómenos del universo, estudios y teorías, casi todas tendenciosas y dogmáticas que hoy, debido precisamente a su inconsistencia y poco alcance sino total inexactitud, son consideradas absolutamente obsoletas y sin aplicaciones prácticas.
Esto es preciso entenderlo meridianamente. No hay ningún aporte valedero de los sabios católicos en esos quince siglos de historia de la humanidad, salvo tonteritas del campo teológico, que solo sirven para mencionarlas como anéctotas bizarras. Y los que hay y que la Iglesia se adjudica como sus prohombres, corresponden justamente a ex eclesiásticos, hombres cultos e inteligentes, que al exponer sus ideas, fueron perseguidos, condenados y la mayoría quemados en la hoguera santa por herejes, como es el caso de los monjes Roger Bacón y Giordano Bruno, por nombrar algunos de las decenas que fueron inmolados por diferir de la Iglesia.

Roger Bacon (1214-1294), filósofo, científico, alquimista y teólogo franciscano inglés, conocido como Doctor Mirabilis, doctor admirable, que es considerado uno de los primeros pensadores que propusieron el método científico, poniendo en crisis la escolástica, que era la corriente teológico-filosófica dominante del pensamiento medieval.
Cayó en desgracia y fue acusado por la Inquisición de brujería y encarcelado por la Orden Franciscana en 1278 en Ancona por su difusión de la Alquimia árabe y sus protestas por la ignorancia e inmoralidad del clero, permaneciendo diez años encarcelado y privado de contactarse con el mundo exterior, sólo pudo comunicarse con sus colegas intelectuales mediante cartas.
En sus escritos, pedía una reforma de los estudios teológicos. Proponía poner menos énfasis sobre cuestiones filosóficas menores, como el Escolasticismo. Rechazó el seguimiento ciego de las autoridades precedentes, tanto en el campo en el estudio teológico, como en el científico. Lamentó la corrupción de las sagradas escrituras e instó a los teólogos que tenían fama de sabios, a estudiar las lenguas en sus fuentes originales. Urgió a todos los teólogos a estudiar intensamente todas las ciencias y añadirlas a su pobre curriculum universitario. Su frase más famosa fue "la matemática es la puerta y la llave de toda ciencia".
Giordano Bruno, (1548-1600) fue un astrónomo, filósofo, religioso y poeta italiano. Sus teorías cosmológicas superaron el modelo copernicano proponiendo que el Sol era simplemente una estrella, así como que el universo había de contener un infinito número de mundos habitados por seres inteligentes. Fue condenado por herejía por la Inquisición Romana y quemado en la hoguera en 1600.
Al oír la sentencia dijo a los inquisidores "Es posible que vuestro miedo al sentenciarme, sea más grande que el mío al ser sentenciado". En la soledad de su calabozo, poco antes de ser quemado escribía: "Tengo 52 años. Quizás hubiera podido prolongar mi vida otros 20 años de haberme sometido a la voluntad de la Iglesia como otras veces ya lo he hecho. Tendría que admitir como verdaderos los errores de los teólogos, pedirles perdón, solicitar su absolución. !No! esta vez me mantendré firme en mis convicciones".

Por tal razón esta Edad Media, en sus períodos de Edad Media Antigua, Edad Media Clásica y Edad Media Tardía, que duró desde el siglo V al XV dominada estrictamente por la Iglesia romana y sus "sabios", todos ellos eclesiásticos, se conoce como Edad de las Tinieblas, denominándose también como época de "barbarismo", de gran "ignorancia", "oscuridad", o período "gótico", "noche de mil años" o tiempos "sombríos", calificativos absolutamente consecuentes, que por mucho que los pensadores cristianos, teólogos, historiadores, sociólogos y filósofos posteriores, más la cúpula vaticana, herederos por antonomasia de tales sabihondos de mentirijillas, hayan hecho esfuerzos persistentes en los siglos posteriores hasta el presente, por tender un espeso velo sobre el proceso medieval, tergiversando y entregando explicaciones espúreas de tan terrible realidad, nunca lo han logrado.
Y una de las razones que colaboró a fijar en la memoria colectiva este baldón oscuratista, quizás tan poderosa como el desdeñamiento que se hizo de la ciencia y la razón para buscar explicación a los fenómenos atingentes a la naturaleza y al hombre y preferir en cambio la guía de doctrinas, tradiciones y mitos enraizadas en religiones y dioses, fue el apego de la jerarquía eclesiástica por las formas más primitivas de superstición popular ligadas a la magia y brujería.

Y ello porque la brujería, que engloba sinónimos como hechicerías y maleficios malignos, es y ha sido una forma de superveniencia de los ritos y creencias paganas anteriores al cristianismo, que a pesar que jamás ha dejado de tener latencia en el seno de todas las religiones, precisamente por el elemento fantástico y mitológico que conlleva, constituyó la razón del éxito del monoteismo, al combatirlas sangrientamente y concentrar la fe en un solo sentido, reemplazando en cierto modo el cúmulo de supercherías por una sola, la religión única que las contenía a todas, pero modigerándolas, encauzándolas y entregando una explicación cosmogónica a sus seguidores para preferirla.
Resultó pues un grave contrasentido, que siendo las supersticiones fuertemente reprimidas por el cristianismo desde Cristo hasta bien entrado el siglo V, constituyendo el Corpus de la doctrina católica, entregándole estabilidad y credibilidad a la Iglesia y sus patriarcas, de pronto aquello que se combatía y negaba pasó a ser incorporado como parte fundamental del credo, permitiendo el resurgimiento de la doctrina demoníaca, la idolatría y los brujos y con ello, el reconocimiento tácito de la Iglesia, que en esta larga lucha entre el dios todopoderoso y su eterno enemigo, el demonio estaba resultando vencedor.
Ya antes del siglo V, desde el inicio del cristianismo y también en la antiguedad clásica, esta creencia en la existencia de brujas era compartida por la sociedad. La Lex Sálica o Ley Sálica, de origen merovingio que principalmente trataba sobre compensaciones monetarias y leyes civiles, en tiempos del rey Clodoveo (476- 496), decía:
“Una bruja que haya comido carne humana y sea convicta, pagará ocho mil denarios.” El Código de Carlomagno por otra parte, decretaba la prisión para encantadores y brujos no arrepentidos. Entre los personajes que creían en su existencia tenemos a Beocio, el autor de “La Consolación de la Filosofía”; Beda, monje copista inglés, y desde luego el inponderable San Isidoro de Sevilla. Pero esta obsesión con los demonios y las brujas llegó a su cenit cuando el propio Papa de la época Inocencio VIII, con su famosa Bula de 1484, declaró: “Ha llegado a nuestros oídos que miembros de ambos sexos no evitan la relación con ángeles malos, íncubos y súcubos, y que, mediante sus brujerías, conjuros y hechizos sofocan, extinguen y echan a perder los alumbramientos de las mujeres”. "Y con sus encantamientos, hechizos y otros execrables embrujos y artificios, enormidades y horrendas ofensas, han matado niños que estaban aún en el útero materno". .."lo cual también hicieron con las crías de los ganados; que arruinaron los productos de la tierra, las uvas de la vid, los frutos de los árboles; más aun, a hombres y mujeres, animales de carga, rebaños y animales de otras clases, viñedos, huertos, praderas, campos de pastoreo, trigo, cebada y todo otro cereal; estos desdichados, además, acosan y atormentan animales de carga, rebaños y animales de otras clases, con terribles dolores y penosas enfermedades, tanto internas como exteriore; impiden a los hombre realizar el acto sexual y a las mujeres concebir..."

Este mandato del Papa prestando credibilidad a tales imbecilidades y supersticiones, obedecido por reyes y emperadores e incorporado como ley en sus Estados, dió inicio al período de terror mas brutal de la historia humana, con la sistemática pesecución, acusación, tortura y ejecución sumaria por parte del Santo Ofico y sus monjes inquisidores a todos aquellos que fueran encontrados culpables de aquello que San Agustín había descrito como "una asociación criminal del mundo oculto".
El Papa comsionó a los teólogos e inquisores Kramer y Sprenger para que escribieran el resultado de sus estudios, resultando ello en el Malleus Maleficarum, “martillo de brujas”, descrito con razón como uno de los documentos más aterradores de la historia humana. La demonología que el Malleus Maleficarum contenía, presuntamente servía para identificar los poderes de brujas y brujos, sus vínculos con el diablo y las relaciones sexuales de las brujas con los incubos y de los brujos con los sucubos.

Ello dió pábulo a una histeria colectiva que significó la muerte de millones de personas a través de toda Europa. Algunos estudiosos estiman que entre las mujeres hubieron tal vez 9 millones de ejecuciones, todas acusadas de servir al Príncipe de las Tinieblas y no solo fue la Iglesia Católica quién ejecutó tal barbarie sino que además se sumaron a esta caza de brujas su contraparte protestante, quienes hicieron gala de un entusiasta y fanático empeño por quemar en la hoguera santa el mayor número de brujas en el período conocido como Contrarreforma. La misma Biblia aconsejaba: "No dejarás que viva una bruja".

Es importante entender que la prepotencia eclesiástica y la soberbia de la Iglesia de su pretendido saber, provenía de su vida monástica. Mientras la Europa se debatía en guerras y afrontaba plagas que mermaban la población y provocaban profundo desaliento en la sociedad y la clase política se debatía en confusiones socio políticas, básicamente provocadas por sus gobernantes poco preparados para la conducción de sus pueblos, los conventos, monasterios y retiros cristianos fueron los únicos enclaves donde existía un rígido estudio de los libros y escrituras sagradas, junto a reglas durísimas de sacrificios, flagelaciones y renunciamientos para consolidar el celibato, estudios que dogmáticamente daban más prioridad a la fé y a los escritos bíblicos destinados a la salvación de las almas, que al desmenuzamiento o investigación rigurosa de los fenómenos y desafíos que presentaba la naturaleza.

La iglesia había adoptado como verdad oficial las ideas de Tolomeo, astrónomo griego del segundo siglo que vivió en Egipto. Tolomeo había declarado (equivocadamente) que nuestro planeta era el centro del universo. Sin embargo en su teoría había algo correcto, él creía que la tierra era una esfera, tal cual lo habían deducido antes otros sabios de la antiguedad.
Entre otros Aristóteles, quién más de 300 años antes del nacimiento de Cristo, había determinado que el planeta debía ser una esfera después de un eclipse. Él explicaba que sólo un orbe podía proyectar una sombra circular sobre la Luna, claro está que él también, como varios científicos de esa época era partidario de la teoría que la tierra era el centro del Universo.

La religión oficial del segundo siglo aceptó el concepto geocéntrico de Tolomeo, seguidor de Aristóteles, pero finalmente sus teólogos rechazaron su creencia de que la Tierra era esférica porque la Biblia decía lo contrario.
En verdad Tolomeo, basándose en la física de Aristóteles en la cual no tenía cabida una rotación de la Tierra sin que ésta resultase violenta y convulsa, adoptó el modelo de que las estrellas se movían en la noche porque se encontraban encerradas en unas esferas cristalinas giratorias, perfectas y transparentes. Siglos después, como todo en la Edad Media, el modelo geocéntrico de Tolomeo seguía firmemente apoyado por la Iglesia, de tal forma que ayudó a frenar considerablemente el progreso de la astronomía durante los siguientes mil años.
Los teólogos no obstante, a pesar de estar de acuerdo en cierto modo con la teoría de Tolomeo, escogieron basar su doctrina al respecto, apoyando las absurdas afirmaciones geográficas de Topographia Christiana, un tratado del monje egipcio Cosmas Indicopleustes (547), quien decía que el Arca de la Alianza representaba el conjunto del universo, argumentando en su base teológica que la Tierra era plana, un paralelogramo encerrado por cuatro océanos, tal cual Dios le había explicado una vez a Moisés en el Monte Sinaí cuando le ordenó cómo construir exactamente el Tabernáculo.

El Tabernáculo era tanto para los profetas como para los apóstoles según Cosme, una copia fiel del Universo, la imagen misma del mundo visible y por tanto no era extraño para los antiguos judíos que el mundo se pareciera a una tienda de campaña con una base rectangular, con un techo abovedado con el apoyo de pilares. Se acompaña el dibujo de Cosme que aparece en Topografía Cristiana, de su creencia de cómo era la tierra en su interpretación literal de la Biblia.
En total desacuerdo con todos quienes creían en las antípodas, defendía a brazo partido lo que decían las escrituras respecto de una tierra plana, idea sobre la que trabajó muchos años y al igual que muchos fundamentalistas de la época se negaba a creer en la existencia de una parte habitada del mundo separado de la cristiandad por un cinturón tórrido cerca del Ecuador. La teoría de una región, que se encuentra en algunos de los escritos paganos de los antiguos griegos y más tarde en escritos de Macrobio, Isidoro y otros continuadores del pensamiento pagano, eran para él imposibles por dos razones. En primer lugar, la región sería inhabitable debido al calor abrasador. En segundo lugar, los habitantes no podrían ser descendientes de Adán, ya que no tuvieron relación con los únicos supervivientes del Arca de Noé. Indignado, decía: "no se sonrojan al afirmar que hay personas que viven en la superficie inferior de la tierra. . . Pero si uno desea examinar más detalladamente la cuestión de los antípodas, fácilmente se encuentra con que son fábulas de viejas. Porque si dos hombres en lados opuestos colocando las plantas de los pies de cada uno contra cada uno, tanto si deciden estar en la tierra o el agua, el aire o el fuego, o cualquier otro tipo de cuerpo, ¿cómo podrían ser encontrados en posición vertical? No hay duda que uno se encontraría en posición vertical natural, y el del lado contrario cabeza abajo. Estas nociones se oponen a la razón y son ajenos a nuestra naturaleza y condición".

En 1543 el clérigo y astrónomo polaco Nicolás Copérnico, después de muchos años de estudio, más de 25, presentó su tésis que situaba al sol como centro del universo, en donde los planetas, incluida la Tierra, trazaban sus órbitas alrededor del Sol, quedando la tierra degradada a la categoría de un planeta más. Esta teoría fue rechazada inmediátamente por la Iglesia. Para los intelectuales de la edad Media este concepto fue un balde de agua fría y la Iglesia llamó a Copérnico a rendir cuentas sobre tal disparate. Después que Copérnico presentó la prueba a los dirigentes de la educación y la religión, sus teorías recibieron solo burlas y sonrisas irónicas y el fallo de los sabios examinadores fue que todo ese asunto era ridículo. La iglesia oficial por su parte lo calificó de apóstata por desafiar la sabiduría general, incluyéndose su trabajo Revoluciones de los Cuerpos Celestes por la Inquisición, en la lista de libros prohibidos en 1616, donde permaneció en tal calidad hasta 1835. Copérnico murió sin ver su obra publicada.

El sistema heliocéntrico de Copérnico no obtuvo suficiente atención, hasta que Galileo Galilei descubrió pruebas tangibles para defender esta teoría. En 1609, Galileo fue uno de los primeros en observar los planetas a través de un telescopio; pudo comprobar como algunos planetas giraban alrededor del Sol y no de la Tierra. Galileo comenzó entonces a escribir y publicar en favor de la teoría de Copérnico, pero el intento de difundirla le llevó ante un tribunal de la Inquisición, el cual le obligó a renegar de sus creencias y escritos bajo acusación grave de herejía. A pesar de ello, la teoría de Copérnico no pudo ser eliminada. La obra de Copérnico sirvió de base para que, más tarde, Galileo, Brahe y Kepler pusieran los cimientos de la astronomía moderna.
Esta defensa de Galileo de la teoría de Copérnico, fue el comienzo del desmoronamiento que desacreditó ante los ojos del mundo la creencia que la Biblia contenía la verdad por ser la palabra inspirada de Dios. Ahora la gente comprendía que las Escrituras estaban erradas y que por lo tanto ya no podían ser una fuente confiable de legítima autoridad. El conocimiento de que la Tierra no es el centro del universo tardó en ser aceptado. En algunos lugares los dirigentes religiosos se negaron a admitir la nueva verdad por más de 300 años después del descubrimientos de Copérnico. Con sus descubrimientos, Galileo ganó para la ciencia el reino de los cielos despojando a la iglesia de la hegemonía que se había autoadjudicado. Esa fue la razón de la odiosa persecución de la Iglesia en la persona del anciano Galileo que dura hasta el día de hoy, acusándole de hereje y manteniéndolo bajo la custodia de la Inquisición encerrado en sus habitaciones hasta su muerte. Ese fue también el temor de asesinarle como a la miríada de científicos a quienes llevó a la hoguera, porque ahora la óptica de la sociedad había cambiado.

Durante siglos el mundo occidental aceptaba y reconocía La Biblia como la base de todo conocimiento, incluso las ciencias;  más los adelantos científicos y la tendencia humanista dieron origen a dudar de las enseñanzas que el clero católico había impuesto ladinamente, surgiendo un gran escepticismo respecto de su liderazgo al comprender que se encontraban muy atrasados respecto al resto del mundo en el conocimiento básico del universo
Solo al iniciarse el período conocido como Renacimiento, los eruditos y también la sociedad medieval lograron entender, que la mayor parte de sus concepciones sobre el origen del mundo y aquello que les habían obligado a creer como verdades fundamentales, solo eran supercherías.

Solo el sometimiento a una total ignorancia y a una dictadura ideológica tan feroz, sangrienta y caprichosa como la estructurada por la Iglesia Católica, lavando el cerebro de las gentes y sumergiéndolos en falsas deidades y diversas supersticiones, había sostenido un régimen tan negativo y retrógrado en el poder. Los reyes y sus atribuciones terrenales y divinas también se resintieron dando paso a formas más racionales de gobierno. Por fin otro aire soplaba para el mundo occidental, para las artes, la economía, la moral y las ciencias.

Hoy, aún es difícil explicarse tal decaimiento de la sociedad, esa ignorancia impenetrable, esa flojedad moral e intelectual en que cayeron tantos reinos y países al mismo tiempo. Por mucho que se diga que a este tiempo perdido de la humanidad se le llame Edad del Oscurantismo, es necesario interiorizarse en los cómo y los por qué. Baste saber como inicio, para formarse una idea de estos tiempos y explicarse el predominio de un fraile sobre un rey y los cortesanos, conocer que el más grande de los reyes y conquistadores medievales, el todopoderoso Carlomagno, que después incluso fue santificado...no sabía escribir.
Son los tiempos en que San Agustín de Hipona, muy suelto de cuerpo, afirmaba que hay animales que nacen de la tierra, como por ejemplo las ranas y acude para confirmar su aseveración al pasaje del Génesis 1,24 en que Dios ordena a la tierra que produzca animales.
En uno de sus escritos afirmaba en relación a que en la otra mitad del mundo hubiera vida que: "Es demasiado absurdo decir que algún hombre puede haber tomado un barco y viajado a través de todo el ancho océano, y cruzado desde este lado del mundo al otro, y que por tanto incluso los habitantes de esa lejana región puedan descender de ese hombre primigenio"... "sobre la fábula de que existen los Antípodas, es decir, hombres que viven en el lado opuesto de la tierra, donde el sol se levanta cuando para nosotros se pone, hombres que caminan con sus pies opuestos a los nuestros, eso no es creíble en modo alguno".

Por su parte el monje Beda opinaba: "Tampoco hay que creer en las leyendas de los antípodas, ni en la idea de que alguien tenga pruebas (vistas, oídas o leídas) de que sea posible pasar por la intensa calor etíope y, dejando a sus espaldas el sol septentrional, encontrar allí tierras habitables de clima templado".

San Isidoro, siempre tan confuso e inseguro en sus juicios escribía en sus Etimologías (XIV, V, 17): "Además de estas tres partes del mundo hay una cuarta, más allá del océano y en el sur desconocido a nosotros a causa del calor del sol, allí, según las leyendas, se ubican las antípodas habitadas".

En tales tiempo, nadie se perdía los relatos de Odorico de Pordenone (1265-1331) conocido también como Apóstol de los Chinos, escritor y viajero, misionero franciscano, uno de los mentirosos más versátiles de la edad Media, al estilo de Mandeville y sus libros de maravillas, quien haciendo su trabajo apostólico atravesó Asia desde el mar Negro hasta el extremo oriental de China, empleando en el recorrido unos doce años.
Uno de sus relatos, quizás el menos fantasioso, describe la entonces desconocida isla de Ceilán, llena de serpientes, extraños animales y grandes elefantes. Allí asegura, que hay un monte donde Adán lloró cien años por su hijo. En la cima, las lágrimas de Adán y Eva forman un lago de piedras preciosas, pero también de sanguijuelas. De este lago nace un río donde hay gran cantidad de rubíes, diamantes y perlas, que hacía pensar que se estaba en las inmediaciones del Paraíso, en los dominios de Preste Juan.
El rey de la isla no obstante permite a sus súbditos sumergirse y coger tales piedras preciosas del fondo una vez al año. Del lago nace un río donde proliferan los rubíes y diamantes.
Después de visitar la tierra del mítico Preste Juan y del falso Paraíso del viejo de la montaña, Odorico llega a un valle que llama valle peligroso ubicado un poco más arriba del río de las delicias. Cuenta que allí había muchos cuerpos muertos, muchos tormentos y mucho dolor. El valle tiene 8 millas de largo. El fraile curioso, penetra en el valle donde encuentra encima de una montaña una cabeza de muerto que le produce gran pavor. Al subir el monte arenoso encuentra allí mucha plata que se puede coger.
Los rumores sobre sus viajes maravillosos y los milagros póstumos que se le atribulleron, se extendieron como reguero de pólvora por todas partes a mediados de siglo, pero no fue hasta cuatro siglos más tarde (1775) que el Papa Benedicto XIV lo beatificó, siendo hoy otro de los famosos santitos de la Iglesia Católica.

Lucio Cecilio Firmiano Lactancio (245-325), escritor latino y apologista cristiano discípulo del maestro africano de retórica Arnobio, muy conocido por sus obras, entre ellas De Ira Dei (Sobre la Ira de Dios), donde sostiene que la ira es un componente necesario del carácter de Dios que debe repartir justo castigo contra los malhechores. Tiempo después de su conversión al cristianismo y su rechazo de la filosofía griega, calificó de "locura" la idea antípoda, al argumentar que la gente en el otro lado del mundo no "obedecería" a la gravedad. Se preguntaba: "¿Existe acaso alguien tan insensato como para creer que hay personas cuyas huellas están más altas que sus cabezas? ¿Que las simientes y los árboles crecen cabeza abajo? ¿Que las lluvias y las nieves caen hacia arriba hacia el suelo? No tengo palabras para dar a aquellos que, una vez que han errado, perseveran insistentemente en su locura y defienden una cosa vana tras otra."

San Cirilo de Jerusalén (315-386) veía la Tierra como un firmamento flotando en el agua; San Juan Crisóstomo (344-408) creía que una Tierra esférica era contradictoria con el contenido de las sagradas escrituras; Diodoro de Tarso (fallecido en 394) también defendía la idea de una Tierra plana basándose en las escrituras; sin embargo, la opinión de Diodoro solo ha llegado a nosotros a través de una crítica de la misma realizada por Focio.
Severiano, Obispo de Gabala (fallecido en 408), escribió: "La Tierra es plana, y el Sol no pasa bajo ella durante la noche, sino que viaja a través de las zonas del norte, como si estuviera oculto por un muro."
El Obispo Virgilio de Salzburgo (700-784) fue víctima de persecuciones por haber enseñado "una perversa y pecaminosa doctrina... contra Dios y contra su propia alma" acerca de la forma esférica de la Tierra. El Papa Zacarías declaraba que "si resulta claramente comprobado que ha dicho que debajo de la tierra hay otro mundo y otros hombres, y otro sol y otra luna, hay que convocar un Concilio para privarle del sacerdocio y expulsarle de la Iglesia."
Impúdicamente, frente a todas las determinantes pruebas registradas a través de siglos, la Iglesia ha desarrollado una campaña movilizando todas sus influencias y medios para que sus adalides, eclesiásticos, miembros de sus brazos laicos, como el Opus Dei y otras decenas de organizaciones de caballeros cruzados, escritores cristianos, filósofos, historiadores y pensadores, muy bien remunerados y colocados en prestigiosas universidades católicas europeas y norteamericanas, rompan lanzas y desmientan en sus libros que la Iglesia creía en la Edad Media que la tierra era plana; que jamás la Biblia sostiene tal cosa; que los monjes, esos hombres sabios y buenos, no quisieron decir lo que dijeron pués todos los hombres cultos de la época, (¿?) salvo algunos desubicados sabían que la tierra era esférica; que hay una campaña desde el siglo 19 contra la santa Madre Iglesia; y que por el contrario, la Edad Media fue una época progresista y magnífica donde los adalides de las ciencias eran los frailes, utilizando para ello, cómo único argumento, repetido una y otra vez, a la manera de los rezos (por si los incautos caen en el garlito) que tanto en la Biblia como en los dichos por muchos de sus más preclaros hombres santos, se menciona hasta la saciedad que la tierra era circular o redonda. Y aquí viene la mentira: Qué en hebreo antiguo, o en sánscrito o en las lenguas perdidas, a veces, también aquello significaba esférico...

Pero redonda o circular no significa esférico. Desde la más remota edad en que se definieron los cuerpos geométricos ha sido así. Una moneda es redonda, un anillo también lo es, pero una esfera es algo muy distinto. Según la Rae un cículo, es una área o superficie plana contenida dentro de una circunferencia. Y una esfera es un cuerpo geométrico limitado por una superficie curva cerrada cuyos puntos equidistan de otro interior llamado centro de la esfera.
¿Creerán tal vez que la gente es zonza?, ¿Que no lee la historia ni tiene memoria...?

Y una cosa más, estos "estudiosos cristianos" nada argumentan sobre la creencia generalizada medieval y también de otras sociedades anteriores sobre los antípodas. ¿Por que?
Sencillamente, porque cuando se negaba y decía que era insostenible que al otro lado de la tierra hubiera gente de cabeza, como pensaban todos los papas de esos siglos y más del 90 por ciento de los llamados sabios cristianos, o bien, que no podía ser que la planta de los pies de las gentes coincidieran con la planta de los pies de la gente del otro lado de la tierra, ello implica la comprobación más elocuente de la creencia medieval de la tierra plana, por que tal situación no podría producirse si se hablase de una esfera, y así era cómo se dibujaba en los mapas terráqueos y otros documentos y contra ésto tales pensadores no tienen argumentos.

Y claro, como ya lo hemos expuesto en otros artículos, la concepción bíblica, que no ha podido ser negada porque se puede demostrar facilmente que así es, indica que tal cual venía ocurriendo con los sumerios y babilonios y luego con los cristianos, el universo físico era una rodaja de tierra, como un disco plano flotando sobre un campo de agua. Agua por encima, agua por los lados y agua por abajo.
Las columnas que afirmaban este trozo de tierra redondo y plano, estaban profundamente enraízadas en un mar misterioso y abismos insondables y eran el punto de apoyo de las montañas, pero especialmente sostenían la cúpula o bóveda del cielo. Esta era una cúpula dura, metálica, de algún material muy resistente que daba forma al cielo o firmamento. Desde allí se supone que Dios vigilaba su obra y nada escapaba a su ojo inquisidor. En Isaías, en 40:22 se dice que Dios,"se sienta en el círculo de la tierra". En esos tiempos, Dios estaba concebido como un humano, con figura antropomorfa, de grandes poderes que le permitían desplazarse en el tiempo, sentado en un gran trono allí en la bóveda del círculo de la tierra, en su reino acuático.

En este comentario se centra la argumentación cristiana, sus historiadores y defensores para decir porfiadamente que la Biblia sostiene que la tierra es esférica. Pero ya dijimos que eso es una falacia. Ni el círculo puede ser considerado una esfera ni había en este concepto bíblico de cómo Dios creó la tierra nada esférico, sino como vemos solo una bóveda, como una carpa asentada en la tierra plana, que a lo más viene a ser media esfera, la mitad de una esfera. Por tanto esta aseveración no puede ser más falsa e inicua.
Y para mayor abundamiento, ¿cree alguien, que si las escrituras dicen que la tierra era plana, habría algún Papa, Cardenal u Obispo o la sociedad medieval, por mucho que tuvieran alguna ilustración que pensara lo contrario, que fuera en contra de la palabra de Dios?
Allá arriba, por la parte interna de la bóveda estaban las estrellas, el sol y la luna, pegadas a ella como si se tratara de adornos de navidad y además había unas compuertas, que eran las que permitían la filtración de las aguas. Tales aguas eran las que estaban sostenidas encima de la cúpula celeste, sobre el firmamento, llamadas también aguas superiores.
Estas son las aguas sobre el firmamento que se mencionan en el Génesis 1. Por estas compuertas sale la nieve y el agua de lluvia y también las que provocaron el diluvio. Sirvieron además para derramar azufre y fuego sobre las ciudades de Sodoma y Gomorra. Funcionaban por voluntad de Dios y de allí, desde el cielo venían las bendiciones o las desgracias según fuera el estado de ánimo del creador. Si todo iba bien, las lluvias regulares hacían crecer los sembrados, si se desataba su ira, las tormentas y las inundaciones destruían las cosechas y las viviendas y si había negación de agua, los animales morían y las gentes sufrían de sed.
La tierra también drenaba hacia las profundidades el agua sobrante, hacia el inframundo, ese mar inferior donde estaba situado en el lugar más recoleto, la casa de los muertos, un lugar llamado Sheol donde las almas esperaban el día del juicio final, el que después fue identificado como el infierno.
En la antiguedad, el cielo se concebía cercano, a una altura alcanzable por el hombre, dado que el creador podía mirarlos constantemente desde la cúpula o círculo del cielo. De allí nace la leyenda de la Torre de Babel.
En ella se cuenta que los hombres llegaron a un territorio que llamaron Babel y decidieron construir una gran torre, cuya cúspide llegara hasta el cielo, desafiando los límites terrenales que ellos poseían. Esto despertó la ira de Dios, viendo el orgullo y la insolencia que esto significaba, pues se dió cuenta que la razón de su decisión era que hablaban un mismo idioma y que lograrían su cometido. Entonces para confundirlos les dió diferentes lenguas, es decir idiomas. Por tanto estos obreros de la obra no lograron entenderse entre ellos y no pudiendo comprender las órdenes de los arquitectos abandonaron los trabajos. Así los dispersó Jehovah de allí sobre la faz de toda la tierra y se supone que esta es la razón por qué existen tantas lenguas.

Con esta fábula que aparece en Génesis 11:2-9, queda claro que Jehová se arrepintió de haber dado una sola lengua a los hombres y que es un Dios celoso y colérico, que desde luego creía posible que la Torre llegara hasta su territorio celestial y eso es lo que le molestaba, porque si ello fuese una empresa imposible solo le movería a risa o no le importaría un comino. Otra conclusión, es que tal bóveda celeste ostensiblemente estaba muy cerca, sino los hombres no emprenderían la empresa de llegar hasta allí. De hecho, hay una especie de segundo capítulo de esta leyenda que se encuentra en el Libro apócrifo de Baruc 3: 7, que relata que la torre se construyó con el tiempo y los constructores lograron llegar a la parte inferior del cielo y trataron de penetrar a través de la superficie metálica con un tornillo sin fin.
No era para nada extraño que el hombre considerado instruido en la Edad Media fuese siempre un clérigo, cuya erudición comprendía la lengua del latín además de la propia, lo que no obstante reducía su conocimiento de la literatura clásica griega respecto de la fenomenología científica, astronómica, la biología o las matemáticas, ya que las traducciones de que disponía este idioma griego clásico al latín era no solo escasa, sino poblada de errores conceptuales por las torcidas interpretaciones y tergiversaciones realizadas por los monjes copistas que las tradujeron.

No ocurrió así en otras latitudes. Por ejemplo en Oriente Medio y en particular en el mundo islámico la Edad Media se conoce cómo la Edad de Oro, un período de gran ilustración entre los siglos VII y VIII especialmente, que duraría hasta el siglo XV, en que prosperaron la civilización y la sabiduría islámica merced posiblemente a la uniformidad de la lengua árabe, que permitía la comunicación sin necesidad de un traductor, lográndose las traducciones de los textos griegos de Egipto y el Imperio Bizantino así como los textos en sánscrito de la India fluidamente.
Los eruditos islámicos utilizaron los trabajos anteriores en medicina, astronomía y matemáticas como cimientos para desarrollar nuevos campos como la alquimia. En las matemáticas, el erudito islámico Muhammad ibn Musa al-Jwarizmi dio nombre a lo que ahora llamamos algoritmo y a la palabra álgebra (que procede de al-jabr, el principio del título de una publicación suya en la que desarrollaba un sistema de resolución de ecuaciones cuadráticas.
Investigadores como Al-Batni (850-929)) contribuyeron a los campos de la astronomía y las matemáticas, y Al-Razi a la química. Algunos ejemplos de los frutos de estas contribuciones son el acero de Damasco y la Batería de Bagdad. La alquimia árabe resultó ser una inspiración para Roger Bacon, y más tarde a Issac Newton. También en la astronomía, Al-Batani mejoró las mediciones de Hiparco, conservadas a través de la obra de Claudio Ptolomeo Hè Megalè Syntaxis, (El Gran Tratado), que fue traducido al árabe como Almagesto. Alrededor del año 900, Al-Batani mejoró la precisión de las medidas de la precesión del eje de la Tierra, continuando de esta forma la herencia de un milenio de mediciones en su propia tierra ( Babilonia y Caldea - el área que ahora es Irak).
Parecido ocurría en China, donde en el mismo período de letargo intelectual de Occidente bajo la tutela del Catolicismo, en el este de Asia florecía la inventiva y los descubrimientos.
Según el investigador Josepph Needham, los chinos realizaron muchos inventos y descubrimientos primerizos. Algunas innovaciones tecnológicas chinas de importancia fueron los primeros sismógrafos, cerillas, el papel, el hierro colado, el arado de hierro, la sembradora multitubo, el puente colgante, la carretilla, el empleo del gas natural como combusible, la brújula, el mapa de relieve, la hélice, la ballesta y la pólvora y específicamente en la Edad Media el barco de palas, la impresión xilográfica, los tipos móviles, la pintura fosforescente, la transmisión de cadena, el mecanismo de escape y la rueda de hilar.
El cohete de combustible sólido fue inventado en China alrededor de 1150, aproximadamente 200 años después de la invención de la pólvora (que era su combustible principal) y 500 años después de la invención de las cerillas. A la vez que la Era de los Descubrimientos se desarrollaba en Occidente, los emperadores chinos de la dinastía Ming también enviaron barcos a explorar y algunos incluso alcanzaron África y América. Pero aquellas empresas no pudieron seguir financiándose, deteniendo la exploración y el desarrollo posteriores. Cuando las naves de Magallanes llegaron a Brunei en 1521, encontraron una ciudad próspera, que había sido fortificada por ingenieros chinos, y que estaba protegida por un rompeolas. Antonio Pigafetta observó que mucha de la tecnología de Brunei era equivalente a la tecnología occidental de la época. También, había más cañones en Brunei que en las naves de Magallanes, y los comerciantes chinos que estaban en la corte de Brunei les habían vendido gafas y porcelana que eran rarezas en Europa.
Se alega en la actualidad, por aquellos que niegan la existencia de un oscurantismo cultural en Occidente en estos siglos, que fue justamente en esta época donde surgieron las universidades como centros educativos de alta propagación de la cultura, pero estos detractores omiten decir que cuando en el siglo VIII Carlomagno, Rey de los Francos, rey de los Lombardos y emperador de Occidente, encargó a su consejero Alcuino de York, teólogo, erudito y pedagogo anglosajón, hoy venerado como santo por la iglesia anglicana y la católica, hacer todo lo posible por realizar una profunda reforma en la educación europea, este monje, ni corto ni perezoso, desarrolló un programa que buscó revivir el saber clásico pero entregado a la jurisdicción eclesiástica. Esas nuevas escuelas podían ser monacales, bajo la responsabilidad de los monasterios; catedralicias, es decir para funcionar anexadas a las sedes de los obispados; y también palatinas, bajo jurisdicción de las Cortes.

Este programa educativo contemplaba las llamadas siete artes liberales, a saber, el trivium (gramática, retórica y dialéctica) y el quadrivium (aritmética, geometría, astronomía y música). La Iglesia quedó a cargo pues de las escuelas monacales y de las escuelas catedralicias, que fue de dónde salieron en el el siglo XII y XIII la mayoría de las universidades, todas las cuales funcionaban bajo la jurisdicción eclesiástica.
Paradojalmente, esta entrega oficial de la responsabilidad educativa en manos del catolicismo, pese a las buenas intenciones de Carlomagno que justipreciaba el gran decaimiento cultural de su época, fue como entregarle el cuidado de la carnicería al gato. Los sabios y conocimientos de la antigüedad clásica y sus hipótesis astronómicas, mediciones y leyes físicas, logradas tras años de prolija investigación científica, así como las enseñanzas de la historia, fueron reemplazados por hombres de iglesia y la cosmogonía fantasiosa del Génesis. Por su parte la Iglesia utilizó el poder que otorga el control de la educación pública para imponer el criterio de uniformar a todo aquel que pasaba por las aulas de sus universidades y colegios la concepción que el mundo funcionaba gracias a Dios y al clero y que todo aquello que no mencionaba la Biblia era falso, demoníaco o hereje.
Desde el inicio mismo de estas universidades europeas del siglo 12, la Teología fue considerada la "reina de las ciencias" y por lo tanto su enseñanza estaba reservada a los grandes prohombres de la sociedad y la Religión; ponderada como el centro de la realidad, era obligatoria en todos los centros de estudio existentes. A estas universidades desde luego el pueblo no tenía acceso, pues salvo algunos monaguillos por quienes los abades tenían mucho afecto, y a quienes daban clases particulares, el resto de la población jamás tuvo acceso a la cultura, a las escuelas o a estas exclusivas universidades católicas, que desde luego no eran gratuitas y dónde había que demostrar que el postulante era primeramente creyente y su familia pudiente y mejor aún aristócrata, para postular..

Prelados y eclesiásticos que ostentaban títulos de filosofía, teología u otros logrados en las universidades y centros educacionales de la propia Iglesia Católica, pasaron a ser los Consejeros que el Vaticano escuchaba para dictar sus políticas de proselitismo mundial. Los demás asesoraban a los reyes y a los hombres poderosos de cada Condado; eran rectores de los Centros de Estudio, Abades, Obispos y Regentes de los Estados Vaticanos  y las tierras, castillos y propiedades a través de Europa que la Inquisición se encargaba de ir engrosando, de todo aquello que confiscaba, retenía o sencillamente se apoderaba de aquellas familias sospechosas de ser judías, sarracenas o herejes.
Y sus escritos y opiniones debidamente respaldadas por el clero, eran las tesis inamovibles que la Inquisición se encargaba de hacer respetar eliminando a sus detractores.

Por lo tanto tales “profesionales”, abades y Obispos, parientes de los papas de turno o integrantes de los grupos de poder que administraba la Iglesia, pasaron a ser “los nuevos sabios de la humanidad”, quienes interpretando el pensamiento vaticano, concebían el mundo desde el punto de vista bíblico, donde según el cristianismo se encontraba toda la sabiduría necesaria que el hombre debía aprender, puesto que había sido dictada por el mismo Dios, no encontrando nada más apropiado que trasladar las enseñanzas monacales, escritos sagrados y la mitología cristiana como fuente de inspiración educativa a estos centros de estudio

A ello se sumó la popularización de los Evangelios, esas cartas anónimas de algunos cristianos primitivos que con el nombre de Nuevo Testamento fueron incorporadas por el Emperador y primer Papa Constantino El Grande en el siglo tercero, para conformar la nueva religión del Imperio Romano, que hoy se conoce como Catolicismo. Por tanto la Biblia cristiana, que no es otra cosa que la Torá judía, que ahora empezaba a ser conocida como Antiguo Testamento, más estos Evangelios que pasaron a llamarse Nuevo Testamento, se constituyeron en el Alma Mater de la Educación Pública, craso error que desvirtuó el sentido más profundo de la entrega de valores educativos éticos y morales universales, por un esquema valórico mezquino radicado en una doctrina confesional y en leyendas no probadas.

Curiosamente, los “sabios católicos” que mayormente influyeron en este nuevo concepto del mundo impuesto por la Iglesia romana que conocemos como Edad Media, fueron precisamente el Gran Doctor de la Iglesia, teólogo, escritor, filólogo, historiador, en ese entonces arzobispo Isidoro de Sevilla, hoy Santo; y San Agustín de Hipona, también adornado por parecidos títulos logrados de la misma manera y bajo el mismo prisma, poderosos personajes que siglos después fueron premiados por sus aportes a la cristiandad con el status de Santos de la Iglesia y Doctores en reconocimiento a sus grandes conocimientos.
Ya vimos que uno de estos aportes de San Isidoro, fue consagrar la gran tontera de la existencia de seres fabulosos y criaturas de razas extraordinarias, a las que describe y dedica un Capítulo completo de sus Etimologías, obra de 20 tomos sobre varias materias, en verdad una compilación de los temas que preocupaban a la sociedad de ese tiempo, donde Isidoro fija con la autoridad que le entrega la Iglesia lo que es cierto o es mentira y lo que rectamente debe ser seguido al pie de la letra por los buenos cristianos, referido a las creencias que la gente tenía al respecto y que luego la Iglesia, fiel a su estrategia de universalizar su dogma, se las arregló para conceptuarlo como Primer Diccionario Enciclopédico Universal.

Cuando uno lee estas Etimologías o si se prefiere este “Primer Diccionario Enciclopédico Universal”, tiende a perdonar al Santito su gran ignorancia e ingenua credibilidad en seres tan extravagantes como los que tienen el rostro en el pecho, un solo pié, presentan una larga cola y otras imbecilidades como extender a sus congéneres su teoría, explicada y dibujada en mapas de una tierra plana, por entender que era una época donde aún la magia y la superstición primaban sobre el conocimiento y el claro razonamiento humano, por culpa claro está de esa Iglesia cuya doctrina y razón de ser son justamente la creencia en seres sobrenaturales y fantásticos ajenos a la órbita humana
Pero luego, a medida que se avanza en la lectura y continúan los despropósitos, falsedades e inexactitudes y por qué no decirlo, el cretinismo de avanzar respuestas y aceptar como verdades hechos sobre los cuales no se hace el mínimo esfuerzo por comprender en su real naturaleza, no se puede sino no solo dudar de la sapiencia del mentado santito, sino poner en duda su estabilidad mental y la de aquellos que aceptaron sus palabras.

Ya vimos uno de los desastrosos capítulos de su Diccionario Enciclopédico Universal, sobre las razas prodigiosas de las que éste equivocado varón da fe y entrega los argumentos que utilizó el catolicismo por siglos para aseverar que tales razas extraordinarias existían y que lo hacían por voluntad de Dios, aseveración y argumento que a la luz de la modernidad no hace ningún favor a la Iglesia de hoy, la que ha hecho todo lo posible por esconder estos escritos que solo pueden mover a risa, no obstante lo cual, pese a lo ridículo de tal situación, para tapar cualquier crítica y engañar a las generaciones que no estudian la historia, solo coloca en los datos biográficos de Isidoro, "que éste fue uno de los grandes sabios de la humanidad, que su saber fue universal y abarcó todas las materia de las ciencias y las letras afirmando ladinamente que gracias a sus escritos crecieron los orígenes de las actuales naciones de Europa, ahondándose en la esencia de la cultura cristiana. Y que, gracias a él y al Cristianismo, la sabiduría de la Edad Antigua de griegos y romanos y el patrimonio teológico y cultural de los Padres de la Iglesia, se trasvasó a la Edad Media y de aquí a los siglos posteriores, llegándose en la estulticia de ponderarle con el panegírico de El Maestro de la Europa Medieval".

Otro de los famosos "temas universales" de este “erudito” cristiano en su Obra Maestra, trata sobre los Ángeles, que en su concepto al igual que las razas extraordinarias, son seres que existen y que fueron creados por Dios, pero que a diferencia de los primeros habitualmente moran en los cielos, quienes según el santito, han tenido y siguen teniendo una participación de mucho protagonismo entre los humanos.
En este estrambótico Capítulo del sabio católico, posiblemente dejándose llevar por su imaginación desenfrenada y en una interpretación original de los escritos bíblicos donde también la Iglesia le siguió, y de donde viene toda esa creencia confusa de estos seres celestiales que pueblan el cielo, Isidoro crea todo un mundo organizado de seres espirituales, una especie de ayudantes de Dios, criaturas no humanas y al parecer anteriores al hombre que cumplen sus misiones sagradas, intentando heroicamente convencer a sus congéneres que estos millones de seres tenues e invisibles, tienen nombres propios, conforman falanges similares a los ejércitos de la antigüedad y más aún, logra entregarnos en un alarde de información celestial exclusiva, datos exactos de los millares que conforman estas secciones, algunos nombres de sus principales Jefes e incluso las funciones que desempeñan.

Veamos lo que dice este ilustrado filólogo de las criaturas del cielo con sus propias palabras, las que no resumo a pesar que entiendo que es latoso leer sus 33 explicaciones, pero pienso que es absolutamente necesario hacerlo, para comprender meridianamente el grado de enajenación a las que arrastran las cosas de fe, que no precisan pruebas ni explicaciones, lógica ni criterio. Solo basta que las diga una autoridad digna de crédito de la secta, como él lo era, para que se transforme en axioma divino, desafecto de discusión o análisis lógico y se presente a los fieles, como si el tema fuese un manjar exquisito y sus seguidores borregos, como doctrina de la iglesia.

1.- Los "ángeles" reciben este nombre en griego; en hebreo se dice malakot; y en latín se traduce por "mensajeros", porque transmiten a los pueblos la voluntad del Señor.
2.– El nombre de "ángeles" lo reciben de la función que desempeñan, no de su naturaleza: siempre son espíritus, pero, cuando son enviados a una misión, entonces se les llama ángeles.
3.– Precisamente la libertad de los pintores los representa con alas, para poner de manifiesto la rapidez en cumplir cuanto se les ordena, del mismo modo que en las fabulaciones de los poetas se dice que los vientos están dotados de alas, justamente por su velocidad. De ahí que diga la Sagrada Escritura (Sal 104, 3): "Aquél que camina sobre las alas de los vientos".
4.– Las Sagradas Escrituras nos testimonian, además, que son nueve las categorías de los ángeles, a saber: ángeles, arcángeles, tronos, dominaciones, virtudes, principados, potestades, querubines y serafines. Vamos a ir exponiendo las funciones de cada uno a medida que vayamos explicando el porqué de sus nombres.
5.– Los ángeles reciben este nombre porque son enviados desde el cielo para anunciar mensajes a los hombres. Ángel es vocablo griego; en latín se dice "mensajero".
6.– También a la lengua griega pertenece el nombre de arcángeles, que se traduce como "mensajeros principales". Los que transmiten las noticias menores y de poca importancia, son los ángeles; los que comunican las transcendentales se conocen como arcángeles. Y se llaman arcángeles porque tienen la primacía entre los ángeles, ya que, en griego, archós es lo que en latín se traduce por "príncipe". Y, en efecto, son los jefes y príncipes bajo cuyas órdenes se señalan los deberes que debe cumplir cada uno de los ángeles.
7.– Que los arcángeles ocupan un rango superior a los ángeles nos lo atestigua el profeta Zacarías cuando dice: "Y he aquí que el ángel que me hablaba iba a partir, y otro ángel salió a su encuentro y le dijo: “corre y dile al joven lo siguiente”: Jerusalén será habitada sin muros" (2, 3).
8.- Si, en las funciones de los ángeles, los de rango superior no impartieran órdenes a los inferiores, en modo alguno se habría sabido por un ángel lo que el otro debía decirle al hombre.
9.– Algunos Arcángeles son conocidos con nombres propios, para indicar por ese medio qué poder de actuación tienen.
10.– Así, el nombre hebreo Gabriel se traduce en nuestra lengua como "poderío de Dios". Por eso, cuando el poderío y la omnipotencia divina se ponen de manifiesto, es enviado Gabriel.
11.– Y así, cuando llegó el tiempo en que iba a nacer el Señor y a triunfar sobre el mundo, se presentó Gabriel ante María para anunciarle el que se dignó venir en humildad para derrotar a los poderes invisibles.
12.– Miguel significa "quién como Dios". Cuando acontece en el mundo algo de un poder portentoso, se envía a este arcángel. De su misma función le viene el nombre, ya que nadie mejor es capaz de poner de manifiesto lo que Dios puede hacer.
13. – Rafael significa "curación", o "medicina de Dios". Cuando es preciso sanar y curar, Dios envía a este arcángel. Y por eso es llamado "medicina de Dios".
14.– Así, este arcángel, enviado al encuentro de Tobías, le curó los ojos y, librándolo de la ceguera, le devolvió la vista. Por lo que su nombre significa, se conoce también la misión del ángel.
15. – Uriel se traduce como "fuego de Dios"; y así leemos que el fuego apareció en la zarza; y leemos igualmente que el fuego fue enviado desde lo alto y cumplió lo que se le había ordenado.
16.– Los tronos, dominaciones, principados, potestades y virtudes, con los que el Apóstol completa toda la sociedad celestial, expresan los rangos y las dignidades de los ángeles; y, de acuerdo con esa misma distribución de sus funciones, unos se llaman tronos, otros dominaciones, otros principados y otros potestades, de manera que a cada uno se le distingue según una determinada dignidad.
17. – Las Virtudes angélicas llevan a cabo determinadas empresas, por las cuales se producen en el mundo prodigios y milagros. Y por eso se las denomina virtudes.
18. – Las Potestades tienen sometidos a los poderes adversos, y de ahí su nombre de potestades, porque mantienen bajo su control a los espíritus malignos, para que no hagan al mundo tanto mal como desean.
19. – Los Principados son los que están al frente de las milicias angélicas. Y porque organizan a los ángeles que tienen a sus órdenes para cumplir las órdenes divinas, han recibido tal nombre. Y es que unos son los que mandan y otros los que obedecen, según nos dice Daniel (7, 10): "Miles de miles le servían, y diez mil veces cien mil le asistían".
20.– Las Dominaciones son las que están por encima de las virtudes y de los principados, y por "dominar" sobre todos los demás ejércitos angélicos reciben el nombre de dominaciones.
21.– Los tronos ­que en latín se dice "asientos"­ son también huestes angélicas. Y se llaman tronos porque ante ellos está sentado el Creador y al través de ellos se transmiten sus órdenes.
22.– Los Querubines son los que ostentan las más sublimes dignidades de los cielos y ministerios angélicos. Es una palabra hebrea que, en nuestra lengua, se traduce como "plétora de ciencia". Son las jerarquías más elevadas de los ángeles, que, por ocupar un puesto más cercano a la sabiduría divina, están más llenos de ella que los demás; por ello se les denomina querubines, esto es "llenos de ciencia".
23.– Están representados en aquellos dos animales de metal que se ven sobre el arca de la alianza, para poner de relieve la presencia de los ángeles, en medio de los cuales aparece Dios.
24.– Del mismo modo, Serafín es una multitud de ángeles, cuya traducción del hebreo al latín es "ardientes" o "incandescentes". Y se los denomina "ardientes" porque entre ellos y Dios no existen más ángeles; por lo que, al hallarse tan próximos a él, están sobremanera inflamados por la claridad que irradia la luz divina.
25.– Estos velan el rostro y los pies de quien se encuentra sentado en el trono de Dios; y por ello el resto de los ángeles no alcanza a ver por completo la esencia de Dios por taparla los serafines.
26.– Ahora bien, estos nombres de las milicias angélicas pertenecen a cada una de las categorías, pero son también, en parte, comunes a todas ellas. Así, aunque los tronos designan en especial una categoría de ángeles que sirven de sede a Dios, dice el Salmista: (79, 2): "Aquél que se asienta sobre los Querubines".
27.– Es decir, estas categorías de ángeles reciben unos nombres particulares, porque la función encomendada la desempeñan más plenamente en el estamento al que están asignados. Y aunque la misión sea común a todos, estos nombres vienen en realidad a asignar a cada uno su particular categoría.
28. – Como anteriormente se ha dicho, a cada uno de ellos se le ha fijado su propia misión, la que según sus méritos se les asignó en la creación del mundo. Que los ángeles se encuentran presidiendo lugares y hombres se pone de manifiesto en el profeta cuando hace decir a un ángel: "El príncipe del reino de los persas me opuso resistencia"
29.– lo cual evidencia que no hay lugar alguno que los ángeles no presidan. Están, asimismo, presentes en el patrocinio de todas las empresas.
30.– Esta es la jerarquía y gradación de los ángeles que, después de la caída de los malos, se mantuvieron en la pujanza celeste: después que cayeron los ángeles apóstatas, los que permanecieron fieles vieron afirmada la perpetuidad de su felicidad eterna. De aquí que se diga al comienzo de la creación del cielo (Gen 1, 6-8): "Hágase el firmamento, y el firmamento fue llamado cielo".
31.– Poniendo de manifiesto con ello que, después del hundimiento de los ángeles malos, los que se mantuvieron leales y firmes en la perseverancia eterna, no dejándose arrastrar por flaqueza alguna ni cayendo en la soberbia, sino permaneciendo fielmente en el amor y la contemplación de Dios, no poseen otra recompensa más dulce que aquel por quien fueron creados.
32.– Los dos Serafines a los que se hace referencia en Isaías (6, 2) representan figuradamente al Antiguo y al Nuevo Testamento; cubren el rostro y los pies de Dios, porque desconocemos lo que hubo antes de la creación del mundo y tampoco podemos conocer lo que ocurrirá después del fin del mundo, sino que sólo contemplamos lo que acontece entre estos dos extremos.
33.– Cada uno porta seis alas, porque solamente conocemos en esta vida lo que se realizó en los seis días de la creación del mundo; y uno a otro le repite tres veces la palabra "santo", lo cual pone de relieve la existencia, en un solo Dios, del misterio de la Trinidad.

Como el lector puede constatar, aquí solo se interpreta a partir de frases sueltas de hipotéticos hombres que habrían vivido en aquellas remotas épocas según la Biblia judía, a quienes se asigna la calidad de patriarcas, profetas o iniciados, toda una trama fantástica, que debe creerse solo como artículo de fe por los profesantes cristianos, no quedando claro ni siquiera para San Isidoro, si tienen o no alas, pero es cuestión de ver las estampas católicas o los iconos de sus iglesias y allí vemos que todos son seres voladores, con alas chicas o grandes, según la inspiración de los artistas que los llevaron al lienzo, que indudablemente no actuaron por voluntad propia, porque sus obras les fueron encargadas por el clero y remuneradas como señal de satisfacción.
Tampoco la Iglesia podría negar que poseen alas, porque en uno de sus ridículos más sonados, conserva en Roma por supuesto, como una reliquia exclusiva que hay que pagar para verla, una pluma del Ángel San Gabriel, que se desprendió de una de sus alas cuando iniciaba el vuelo.

Esta chifladura Isidoriana de los Angeles, de sus funciones angélicas y su calidad de seres espirituales, que cuidan a la humanidad y que en ocasiones hablaron con algunos iluminados, ha dado pábulo a la mayoría de las supersticiones modernas conocidas como pseudo ciencias tales como la parapsicología, que agrupa al espiritismo, cartomancia, numerología, videncia y otras similares, actividades que para la ciencia no pueden ser demostradas porque carecen de base física o material.
El psicoanálisis, que pretende ser una teoría y técnica terapéutica, pero cuyos métodos son ajenos a la verdadera ciencia, ya que muchos de sus postulados principales son incompatibles con los descubrimientos de la psicología, la antropología y la biología; la astrología, la rhabdomancia y otra cincuentena de actividades francamente inaceptables que rayan lo absurdo, cuya práctica mágica y esotérica, profusamente editada en folletines y campañas de tv chatarra, aspira a conseguir audiencia del elemento analfabeto científico, que se solaza usando frases con palabras como energías, conjunciones, alineaciones, triángulo pitagórico y otras sandeces que por razonamiento lógico y debidamente probado por la investigación científica no conduce a parte alguna.

En otra de sus brillantes disquisiciones, en el Capítulo referido al origen de las lenguas, este filólogo, por supuesto no investiga, ni busca información ni vacila ni se arruga para aseverarle al mundo: “que la diversidad de lenguas surgió en la edificación de la torre después del diluvio. (en clara referencia a la leyenda de La Torre de Babel bíblica) Pues antes que la soberbia de aquella torre dividiera la sociedad humana en diversos sonidos de los signos, una sola fue la lengua de todas las naciones, que se llama Hebrea, que usaron los Patriarcas y los Profetas no solo en sus conversaciones, sino en las sagradas letras”. Por supuesto, para llegar a esta sobresaliente deducción, se apoyó tan solo en el versículo del Génesis 11,1 que reza: "Tenía entonces toda la tierra una sola lengua y unas mismas palabras"
Algunas otras incongruencias de este tratado señalan:
1. La diversidad de lenguas surgió en la edificación de la torre después del diluvio. Pues antes que la soberbia de aquella torre dividiera la sociedad humana en diversos sonidos de los signos, una sola fue la lengua de todas las naciones, que se llama Hebrea, que usaron los Patriarcas y los Profetas no sólo en sus conversaciones, sino también en las sagradas letras. Pero al principio hubo tantas lenguas como pueblos, después más pueblos que lenguas, porque de una lengua salieron muchos pueblos

2. Las lenguas de que hablamos aquí son las palabras que se hacen mediante la lengua, por esa manera de hablar por la que se nombra al que hace por lo que hace, como se suele nombrar la boca en lugar de las palabras y la mano en vez de las letras

3. Tres son las lenguas sagradas: la Hebrea, la Griega y la Latina, que sobresalen mayormente en todo el orbe. En efecto, en estas tres lenguas fue escrita por Pilatos la acusación sobre la cruz del Señor. De ahí que a causa de la oscuridad de las santas Escrituras es necesario el conocimiento de estas tres lenguas, para poder recurrir a las otras si el texto de una lengua ofreciera alguna duda en un nombre o en la interpretación.

Pero donde resulta más espeluznante esta incursión de este "sabio católico" en cuestiones que no sabe ni entiende, es en el capítulo donde trata de medicina. Allí esta eminencia de la iglesia doctamente explica:
"Todas las enfermedades nacen de los cuatro humores, a saber: de la sangre, de la hiel, de la melancolía y de la flema. Por ellos se rigen en efecto los sanos, y por ellos se dañan los enfermos. Pues en cuanto crecen ampliamente fuera del curso de la naturaleza, provocan enfermedades. Y del mismo modo que hay cuatro elementos, así también hay cuatro humores, y cada humor imita a su elemento: la sangre al aire; la cólera al fuego; la melancolía a la tierra; y la flema al agua.

Y los cuatro humores son como los cuatro elementos que conservan nuestros cuerpos. La sangre tomó el nombre de la etimología griega, porque vegeta y se sustenta y vive. A la cólera (bilis) los griegos la llamaron así porque se termina en el espacio de un día, de donde la cólera fue llamada felícula, es decir efusión de hiel. Los griegos en efecto llaman a la hiel colhn. La melancolía se llama así porque está compuesta de las heces de la sangre negra mezcladas con abundancia de hiel. Los griegos, en efecto, al negro lo llaman melan y a la hiel, colhn. La sangre se llama en latín sanguis porque es suave, de ahí que los hombres dominados por la sangre sean dulces y blandos.
Y a la flema la llamaron así porque es fría. Los griegos, en efecto, llaman al frío intenso flegmonhn. Por estos cuatro humores se rigen los sanos y por ellos se dañan los enfermos. Pues en cuanto crecen de más fuera del curso de la naturaleza, producen las enfermedades. Por otra parte, de la sangre y de la hiel nacen los padecimientos agudos, que los griegos llaman oxea. En cambio de la flema y la melancolía proceden los achaques viejos, a los que los griegos llaman cronia (jrónia).


Yo personalmente, que tengo a mi haber la lectura de muchas ignorancias nacidas bajo el pretexto de la fe religiosa, cuando he leído estas barbaridades he quedado estupefacto. Y desde luego no estoy muy cierto que estas sesudas reflexiones de este gran personaje medieval hayan sido un aporte a la medicina de ningún tiempo, al catolicismo o a la humanidad, y que por escribir sandeces se pueda beatificar y luego santificar al idiota.

Y me ha asaltado aún otra reflexión. ¿Habrá habido prelados, monjes o simplemente creyentes, porque médicos si estoy seguro que no lo han hecho, que hayan seguido al pié de la letra ésta y otras muchas enseñanzas que el santito ponderaba en este Capítulo de medicina? Sería bueno saberlo, por qué si tan solo uno en el mundo hubiera sanado con tales prescripciones habría que creer forzosamente en milagros.

Imposible sería continuar con la chocante cantidad de burradas sostenidas por el santo en sus 20 volúmenes, que además de causar vergüenza ajena solo demuestran el daño social y moral y la forma como estas torcidas creencias apoyadas por la autoridad eclesiástica, apelando solo a la buena fe de las personas en una deidad, han retrasado el progreso humano en todo sentido y han producido tal daño que bien podría calificarse como un crimen de lesa humanidad.
En el prólogo de uno de sus biógrafos en la página http://es.scribd.com/doc/23858438/Isidoro-de-Sevilla-Etimologias, de dónde extractamos muchas de estas líneas, encontramos una divertida y apoteósica alabanza de su autor Mariano Arnal, dónde a manera de exagerada presentación, muy común en los escritores católicos expresa: "No despreciemos su pequeñez comparada con la magnitud de la red llamada de internet; pues hasta ahora se encuentra mayor cúmulo de conocimiento humano y de ciencia en las Etimologías de san Isidoro que en toda la red de internet." Curiosa conclusión y sobre todo totalmente improbable, ya que casi todos sabemos que a diario se calcula como promedio, que son más de 872.916.916 millones de personas los que navegan por las páginas de internet, cifra que en ocasiones se dispara al billón de visitantes.
Resulta pues incongruente a mi juicio, por decir lo menos, comparar la entrega del "cúmulo de conocimientos" hecha por San Isidoro, que ya vimos no pasan de ser especulaciones fantasiosas, que ya dije han sido a través de siglos ocultadas y tergiversadas para evitar que la gente se mofe de tan espeluznantes directrices, más aún cuando en ese tiempo ni siquiera había en el mundo esa cantidad de habitantes, con la fenomenal información de toda índole que se puede encontrar en la Red.

También aparece otro párrafo, todos ellos van en latín y castellano y no se explica si son del autor o extractados de alguna parte, que reza:
"La única, absolutamente la única memoria de todo Occidente durante siglos fueron las Etimologías de san Isidoro..."
Esta aseveración, entraña a mi modo de ver mayor realidad y se ajusta mejor a la interpretación que cualquiera puede sacar después de conocer este mamotreto, ya que viene a ser la única explicación viable y con algún sentido, para entender por qué en quince siglos la humanidad estuvo bajo la catalepsia de sujetarse a los mismos cánones científicos, culturales o lo que sea. No había otra cosa que los escritos de Isidoro; no porque los cerebros se hubiesen paralizado o hubiese un agotamiento de la inspiración. Lo que dijo el sabio santito en nombre de la Iglesia no podía ser desdicho por otros sabios. La Iglesia lo mandaba a la hoguera.
Hay un doble standard que no todos aprecian en la sociedad moderna.
En este tiempo en que vivimos, tan tecnológico, emancipado y de ámbito globalizado, podría pensarse que la cultura de nuestra civilización expresada como una unidad informática probada, aunque con errores fraccionales pero conservando un contexto histórico serio, fruto de una investigación exhaustiva, no debiera aceptar paralelismos apócrifos, dogmáticos o inconsecuente de otras fuentes no oficiales, justamente porque hacerlo, viene a ser no otra opinión enriquecedora, sino un mentís que descalifica la probidad histórica, científica, tecnológica, moral o como quiera denominarse tal disciplina vulnerada.
Sin embargo vemos con estupor, que muchos de los acontecimientos que constituyen hechos provenientes de una fuente de conocimiento universal, de donde emana una interpretación formal que está recogida en forma oficial por gobiernos, enciclopedias, compilaciones o manuales docentes, estas son a veces sobrepasados por las interpretaciones de credos confesionales, que referente a un mismo asunto, predican y enseñan en ámbitos educacionales además de sus templos, no solo una interpretación distinta, sofística o claramente tendenciosa, de la historia y otras disciplinas, sino totalmente falsa, caprichosa y engañosa para la opinión pública, que inexplicablemente no es enmendada, prohibida o sancionada por ninguna ley.

Y no solo eso, sino que la desidia y también la complejidad de las normas que rigen el derecho internacional, que se refleja en la Carta Magna de las naciones, a pesar de generar la tipificación de algunas de estas conductas, faltas y delitos en sus leyes nacionales, que paradojalmente nacen bajo la premisa de ser aplicables a personas naturales y jurídicas sin excepción, no consiguen perseguir las conductas de tales trasgresores, que no solo socavan con su persistencia la cultura universal, sino que con sus falacias desestabilizan la confianza ciudadana en las leyes y la justicia, con el solo propósito de llevar aguas a su propio molino.

No es sino cuando se consuma un hecho espantoso donde resultan muchos muertos, el cual es perfectamente previsible dada la paranoia y conocida inestabilidad emocional de estos creyentes fundamentalistas de todo credo religioso, que la autoridad reacciona. Pero solo para contar los cadáveres y relatar a la prensa los detalles el suceso, como es el caso de las llamadas sectas satánicas o supuestas apariciones de la virgen, mandatos divinos para asesinar gentes o profecías apocalípticas de catástrofes bíblicas o de culturas primitivas que aterran a la gente y que devienen en hechos que ocasionan conmociones públicas, guerras religiosas, distorsión mental y daño sicológico irreparable en las personas.
No hay prevención de tal tipo de atentados, ni penas de cárcel para sus co-responsables, que surgen de personas asociadas a credos y sectas que operan sin control alguno, amparadas por legislaciones ambiguas y obsoletas, que en aras de una pretendida libertad de cultos posibilitan el desarrollo del control mental de la población por algunos facinerosos, que disfrazan sus intenciones experimentales con ritos absurdos y deidades sobrenaturales y mágicas que provocan en sus cerebros y personalidades inestables un bombardeo que los conduce a la locura, a creer en cuestiones como la resurrección, diversos tipos de espíritus con los que algunos imbéciles dicen conversar, influencia de los astros en asuntos de amor, de salud o suerte, creencias en médiums, clarividentes, adivinos y brujos que con huesos, bolas, naipes o conjuros entregan sanación y predicen el porvenir, además de aceptar la existencia de entidades que los protegen desde el más allá u otra dimensión y que rigen sus vidas por aspectos numerológicos, oraciones, mandas o sacrificios de diversa índole.

Este gran vacío al que nadie se atreve a intentar poner coto, esta inacción de casos que están a la vista que vienen ocurriendo desde siglos y que por esta impunidad van agigantándose, abre fértil campo e incentiva a estos infractores para que medren, especulen, trafiquen y se beneficien económicamente vendiendo ilusiones de vida eterna, amuletos benditos de sus supercherías y creencias; imágenes y testimonios de santones, vírgenes y chamanes que incitan a imitar extravagantes formas de meditación, ejercicios cabalísticos y posiciones corporales, todo ello dentro del ámbito de la superstición, estando avalados por poderosas castas sacerdotales mendicantes, que conservan de antaño privilegios, aportes de los estados y asistencia económica para su discutible servicio comunitario, y que son vaya ironía, por este solo hecho, ciudadanos privilegiados no afectos a muchas leyes generales.

Y no solo eso, estos privilegios y hasta protección a los sustentadores de estas agrupaciones sobrenaturales, espiritualistas y mágicas, catalogadas las más de las veces como religiones o sectas, son consideradas absolutamente legales y por lo tanto sus prácticas permisibles, abriéndoles la puerta, bajo una pretendida norma democrática de libertad de pensamiento, para que estas enseñanzas oscurantistas, de un mundo inexistente, a veces aberrante e insano, poblado de seres fantasiosos y ritos irracionales que buscan esclavizar las mentes de sus prosélitos con oraciones repetitivas, dogmas y actos de fe ciega acerca de la vida y realidad de tales seres prodigiosos, conducen a la población a confundirse y a la aceptación, como si fuese algo normal, a vivir en un mundo dual. De una parte la vida real y de otra esa otra insustancial, nunca probada, el mundo irreal.
Lo más increíble de todo, es que nadie duda de la falta de pruebas históricas, escasa rigurosidad documental de las religiones y sus dioses, al extremo que hasta sus adeptos las rechazan parcialmente o ignoran o incumplen muchas de sus enseñanzas. Hay católicos por ejemplo, que creen en la reencarnación, van a verse la suerte con las adivinas, creen en dios pero no en la virgen, no creen en la Santísima Trinidad, ni siquiera recuerdan cuáles son los diez mandamientos. Otros no van a misa por años. Se ríen de la pompa y el fasto de la institución vaticana, rechazan las prácticas sodomitas de sus sacerdotes y practican diversas creencias cercanas a otras iglesias orientalistas, pero todos están bautizados y por ello aparecen como miembros del catolicismo, inflando falsamente su estadística.

Todos los credos existentes, tienen ritos y veneran a sus deidades, exactamente como lo hicieron antes las tribus primitivas y luego las paganas. Prácticamente nada ha cambiado de la práctica de antiguos ritos y supersticiones del culto a los muertos y de esas criaturas sobrenaturales que vienen del cielo.
Las mismas castas sacerdotales que dominaron las sociedades incultas, supersticiosas e ingenuas de ayer, con mejores técnicas ahora, son las que sostienen exactos privilegios en la sociedad actual. El chamán que ayer bailaba lleno de colgajos y amuletos mágicos y murmuraba conjuros para expulsar los espíritus malignos alrededor de una fogata, es el sacerdote que hoy con rosario en mano y vestido ceremonial, invoca la asistencia de santos y muertos ilustres, lanza incienso y realiza la magia de reconvertir la sangre y el cuerpo de Jesucristo en forma de ostia, a partir de unas migajas de pan y algo de vino, para ser ingeridos en el ceremonial de la tribu eclesiástica dominical, asegurándoles a sus fieles que ha ocurrido el milagro de que están en ese momento recibiendo en sus gargantas y aparato digestivo, en un acto de antropofagia virtual, la verdadera sangre y el cuerpo de Jesús.

Nada ha cambiado respecto a creencias en buenos y malos espíritus. El acto de fe que se busca, el engaño y la estafa a sus fanáticos, es inculcar el convencimiento que el sacerdote es el intermediario entre el Dios y el hombre, que su palabra está respaldada por el Dios y por lo tanto para conseguir salvación de su alma y vida eterna, debe concurrir al culto y dar dinero y bienes, el diezmo de todo lo que gana. Exactamente igual qu en el medioevo.
Hace falta un control de los textos de las cofradías religiosas, en cuanto difieren de las interpretaciones históricas y alcances de las ciencias. No puede permitirse la tergiversación, usurpación y promoción de ideales y valores falsos. La flagrante invención de biografías de Santos, donde proliferan hechos milagrosos, inaceptables por su ridiculez. Convertir a tales santones en hombres sabios cuando nunca lo fueron. Antes bien, personas muy imperfectas, muchos de ellos criminales o seres inexistentes. La venta indiscriminada de supuestas reliquias, el comercio de índole supersticioso como estampas e iconos que la gente tiende a adorar como cosas sagradas. También deben revisarse los textos educacionales, donde están insertas como material de estudios, casi todas estos fetichismos. Estas y muchas otras prácticas, que están acotadas en las leyes penales y que no se cumplen para con las religiones, debieran ser observadas por los legisladores y contempladas en el ejercicio de las leyes internacionales del futuro..

¿Pero quién pondrá el cascabel al gato?

lunes 19 de diciembre de 2011

PORTENTOS, OSTENTOS, MONSTRUOS, PRODIGIOS Y MARAVILLAS.

"Me has preguntado sobre las tierras incógnitas del mundo y sobre la credibilidad que debe concederse al gran número de monstruos que se dice que viven en las regiones desconocidas de la tierra, en los desiertos, en las islas de los océanos y en los escondrijos de las montañas más lejanas." (Prólogo del "Liber monstrorum" anónimo del siglo VIII)

¿Quién no ha soñado alguna vez con un mundo ideal, donde halla paz y hermandad. Dónde todos sean solidarios y la envidia, el engaño, el sufrimiento y el dolor no existan?
No hay poetas ni grandes líderes que no hallan dejado frases célebres sobre el pacifismo. Todos los credos abundan en la prédica del amor. Y las corrientes políticas sin excepción privilegian en sus doctrinas la búsqueda de la igualdad social.

Sin embargo, la tierra se encuentra manchada de sangre por las luchas fraticidas entre pueblos hermanos. Los conflictos religiosos suman cientos de miles de millones de víctimas a lo largo de la historia de la humanidad. Y la paz, esa químera tan ansiada, no cesa de estar amenazada constantemente.
El hombre lucha por el dominio de territorios, por diferencias raciales, por imponer sus dioses; y la batalla por sobrevivir está presente en las calles y barriadas de cada país, por dinero, por celos, por hambre, por sexo, por la ambición y por el odio, producto de la ofuscación baladí, la desesperación, la falta de recursos y educación, que desemboca en la amargura de no ser ni tener lo que el otro posee en abundancia.
De ahí, que resulte legítima la reflexión, de que ha sido mayoritariamente responsabilidad de los credos religiosos, de su intolerancia y fanatismo, de la gran influencia que algunos de ellos han alcanzado en la conducción política de muchos pueblos, de su soberbia e impiedad para combatir a sus enemigos religiosos, la causa de los mayores males que han afectado a la raza humana.
La guerra, el odio de clases, la discriminación, la pobreza cultural y moral, la superstición y la ignorancia son consecuencias fácilmente atribuibles a las religiones guerreras que por siglos trataron de propagar su ideologia y conquistar para su Dios y su casta todo el planeta. Esa búsqueda torpe y falsa de querer aunar en una sola mano el poder terrenal y espiritual.
Las Cruzadas, la Inquisición, la caza de brujas, las invasiones, conquistas y colonizaciones del viejo y el nuevo mundo, el conflicto palestino israelí, el 11 de septiembre y el ataque a las Torrres Gemelas, la desaparición de las culturas antiguas y el exterminio criminal de las etnias aborígenes, tienen claramente raíces religiosas.
También las decapitaciones, azotes y lapidamientos de mujeres por mostrar un trozo de piel o infidelidad. Barbaries como la castración, infibulación y circuncisión, corte de lengua y todo tipo de linchamientos de blasfemos. La persecución de los judíos a través de los tiempos por la imputación de ser los asesinos de Cristo. Las masacres y persecución a los musulmanes, de serbios y croatas. Las guerras entre católicos y protestantes en Alemania, Inglaterra, Irlanda del Norte y otros países.
¿Qué tiene de extraño entonces, pensar que un mundo sin religiones sería muy distinto? Quizás más seguro, mayormente integrado a valores superiores, exento de xenofobias y mucho más avanzado técnida, moral y científicamente, sin esas lagunas sangrientas de los conflictos bélicos, terroristas suicidas, maffias del armamentismo, ni la búsqueda de mayor espiritualidad mediante sustancias y elixires mágicos como las drogas, cercanías con seres fantasiosos y elitistas de órbitas extraterrestres o celestiales, meditación trascendental, oraciones y rezos inicuos, adoración de imágenes y creencias en dioses que nunca jamás ningún ser humano ha visto, olido ni fotografiado.
La ciencia genética ya ha probado que estamos en cierta medida programados por los genes que nos transmiten nuestros padres y que hay genes que determinan desde el color de los ojos hasta la tendencia a la infidelidad. También la predisposición a las creencias religiosas puede depender de los genes.
El Genetista molecular estadounidense, Dean Hamer, Director de la Unidad de Regulación de la estructura Genética en el Instituto Nacional, ha llegado a la conclusión, después de comparar más de 2.000 muestras de ADN, que la capacidad de una persona para creer en Dios está relacionada con la química cerebral.
A la pregunta ¿Por qué la espiritualidad es una fuerza tan poderosa y universal? ¿Por qué tanta gente cree en cosas que no puede ver, oler, saborear, oír o tocar? Hamer sostiene que la respuesta está en nuestros genes y que la espiritualidad es una de nuestras herencias básicas, un instinto que nos proporciona un sentido de la vida y valor para superar dificultades y pérdidas. Su conclusión es que la tendencia hacia lo espiritual es parte de la configuración genética.
Además, también incrementa nuestras probabilidades de supervivencia reproductiva porque ayuda a reducir el estrés, previene enfermedades y aumenta la esperanza de vida. Este gen, VMAT2, es llamado también el gen de Dios.
El profesor emérito de la Universidad de Cambridge, Robert Rowthorn, se ha planteado otra interrogante: ¿Cómo puede influir el alto nivel de fertilidad entre las personas religiosas en la evolución genética de la humanidad y, por consiguiente, en su composición biológica ?
El término "gen religioso" usado por Rowthorn comprende una combinación de factores genéticos que marcan la predisposición de las personas a ser fieles de alguna religión. Este gen va acompañado también por características personales como el conservadurismo y un espíritu tradicional, tendente a la obediencia.
El científico ha desarrollado una teoría que demuestra que los genes responsables de la inclinación a la religión provienen de las culturas religiosas con alto índice de natalidad. Aunque algunas personas nacidas de padres religiosos renuncian a la fe y se hacen ateos, los genes de la religiosidad que llevan seguirán extendiéndose por la sociedad.
Según la Encuesta Mundial de Valores realizada en 82 países, los adultos que asisten a servicios religiosos más de una vez por semana tienen un promedio de 2,5 hijos, los que asisten una vez al mes un promedio de 2,01 hijos, y los que no asisten un promedio de 1,67 hijos. Los grupos religiosos más ortodoxos tienen hasta cuatro veces más hijos que la media de la población no religiosa.
Robert Rowthorn, defiende la hipótesis que este gen religioso, causaría en un futuro inmediato un importante crecimiento de la población religiosa. Un dato: en los últimos 20 años, la población Amish en los EE.UU. se ha duplicado, pasando de 123.000 en 1991 a 249.000 en 2010. El enorme crecimiento se debe casi en su totalidad a la influencia de la alta fecundidad, que es alrededor de 6 hijos por mujer. A este ritmo, la población Amish llegará a 7.000.000 en 2100 y 44 millones en 2150.
La predisposición a la fertilidad tiene un origen cultural o educacional, pero la predisposición a la religiosidad puede tener un componente genético, según Rowthorn, cuantos más papás y mamás con gen religioso, más probabilidades de que se extienda el gen.
De todas maneras, si los portadores de dicho gen tienen hijos con otros no creyentes, el gen puede pasar al ADN de sus descendientes igualmente. Por eso el científico concluye que incluso si desaparecieran por completo los fieles de confesiones religiosas, la mayor parte de la población tendría el "gen religioso".
Esto nos lleva al tema de las creencias religiosas y supersticiones, que han caracterizado a las sociedades desde ignotos tiempos, con altibajos que tienen que ver con la preeminencia de un mundo donde la autoridad religiosa o chamánica tiene mayor preponderancia.
Las religiones pues, no vienen a ser otra cosa que otra supertición, más elaborada y extendida y sus fieles, sujetos  predispuestos a creer en cualquier cosa, sin importarles mayormente que sea disparatada, imposible de probar o francamente ridícula.

El imaginario tardomedieval y renacentista estuvo repleto de criaturas monstruosas que prosperaban en los espacios periféricos de las obra de arte, en las leyendas, y en las religiones. En la última etapa de la Edad Media su presencia era profusa y constante, aunque casi siempre era el estamento eclesial, la curia, la que encargaba los trabajos, pinturas, tallados o esculturas en los que se prodigaban estas extrañas criaturas. Estas estaban en las iglesias, en los iconos y escenas bíblicas, en los mapas del mundo antiguo, en la explicación del inicio de la humanidad, como cómplices de las fuerzas del mal. Los artistas que las elaboraban ponían en ellas los aspectos más mundanos, lúdicos e imaginativos de su arte. Debían, sin embargo, relegarlas a los espacios secundarios de la obra.
De esta ubicación marginal procede la denominación genérica "marginalia"' con la que se les nombra habitualmente. Por eso los encontramos en los márgenes de los manuscritos ilustrados; en los relieves arquitectónicos de los pórticos y columnas de las iglesias; en los vitreaux; en las sillerías de los coros; en las cornisas de los tejados, en las remotas tierras y océanos descritos en los mapas, y en general, en todos los espacios secundarios del arte en los que el ingenio y la imaginación hacían convivir razas humanas de extraña morfología con animales reales o fabulosos, criaturas híbridas, seres mitológicos y bestias de asombrosa naturaleza.
Aún hoy, conservadas a través de los siglos, es usual encontrar en las grandes catedrales y templos europeos, y por imitación en muchos templos de capitales sudamericanas, estas representaciones en tallados de madera, incrustaciones en piedras y cornisas, siendo las más vistosos y conocidas
las gárgolas y quimeras.

Es común encontrar en las Biblias Judía y Católica especialmente, (ya sabemos que la primera fue adoptada por el cristianismo y que solo después agregaron el llamado Nuevo Testamento) en sus leyendas y mitos de hombres sabios y santos, multitud de seres monstruosos como los dragones alados y la serpiente marina llamada Leviatán, o bien, el ave Fénix, que vivía en el Jardín del Paraíso y anidaba en un rosal. Cuando Adán y Eva fueron expulsados, de la espada del ángel que los desterró surgió una chispa que prendió el nido del Fénix, haciendo que ardieran éste y su inquilino.
Por ser la única bestia que se había negado a probar la fruta del Paraíso, se le concedieron varios dones, siendo el más destacado la inmortalidad a través de la capacidad de renacer de sus cenizas, ave de la mitología cristiana mencionada como existente por varios ilustrados pensadores antiguos como Pablo de Tarso, Epifanio de Salamina y San Ambrosio, criaturas que por supuesto no existen y que solo fueron fruto de la imaginación de quienes crearon los manuscritos bíblicos. Sin embargo, para los fanáticos creyentes, porfiados irreductibles, por el solo hecho de considerarse la Biblia "palabra de Dios", estos seres si existieron.

La representación de los monstruos y prodigios se sustentaba en una amplísima tradición oral y escrita que había cruzado toda la antigüedad y la alta Edad Media sin perder ni un ápice de su vigor. Salieron de antiguas leyendas de los pueblos mesopotámicos, índicos, egipcios y hebreos y de sus respectivas mitologías y religiones; desde allí, se instalaron en el acervo cultural de occidente. Autores clásicos griegos y romanos indagaron en su naturaleza y los situaron en un espacio propio y les esbozaron un paisaje. La tradición cristiana los elevó al rango de criaturas de Dios y les confirió un significado alegórico que permitiera extraer enseñanzas morales. La Baja Edad Media desarrolló en torno a ellos una abundante literatura de aventuras. Al fin, las crónicas y los relatos de viajeros los consagraron y el descubrimiento y exploración de nuevas tierras los condujo al fin del mundo.

A medida que se ampliaban los límites de la tierra conocida y se constataba que allí no vivían estas criaturas, estos monstruos y razas de seres extraordinarios fueron relegados a los siguientes espacios periféricos no explorados. Sucesivamente pasaron a ocupar La India, América, Australia, la Antártida, el centro de la tierra o, modernamente, el espacio sideral. Porque la fantasía humana ha cambiado poco y en cualquier mundo en el que el hombre imagine que puede poner el pie, pone también un monstruo y también un Dios.
No hay duda alguna que durante los varios siglos que duró la etapa del Medioevo, donde el catolicismo regía practicamente los destinos de todos los reinos de la tierra conocidos, y donde se aplicaron reglas durísimas que debían ser obligadamente incorporadas a las normas morales de los habitantes y legalmente sumadas a las leyes en boga, bajo la estricta vigilancia de la Santa Inquisición, hubo una pausa histórica, más bien un detente doloroso de la actividad humana normal; una paralización de la libertad individual y confesional y por ende todo debió funcionar bajo un control central cuyas directrices nacían en el papado, ente monárquico semi divino, conformado por sujetos de dudosa capacidad mental y moral para tales tareas, donde primaban ideas dogmáticas y por sobre todo, de un fanatismo exacerbado que veía en cada acción humana la presencia del demonio incitando al pecado para desplazar a Dios y a sus fieles servidores, la iglesia reinante.

Este estado de cosas disparó el terror en la poblacion oprimida y desencadenó la urgencia por ser gratos a la autoridad eclesiástica para conservar la vida. Todo giraba en torno a la salvación del alma y al estricto cumplimiento de los Mandamientos de Dios y a las citas bíblicas. Cualquiera que se apartase un centímetro de estas materias debía ser denunciado y era inmediatamente juzgado por la Inquisición. La gente debió olvidarse de pensar, crear, construir o inventar pues todo era pecado o herejía y no había familia que no tuviese víctimas que habían parado en la hoguera, la horca o las más horribles torturas aplicadas por los expertos y celosos interrogadores.
Esto implicó que la gente debía aceptar sin restricciones ni suspicacias la palabra y las reglas de los monjes, que estaban presentes en cada acto de la sociedad, vigilando, controlando y encuestando a sus habitantes.
Por tanto se creó el espacio oportuno para hacer creíble todas las enseñanzas de estos mentores. El mundo era plano y terminaba abruptamente. Los mares eran peligrosos porque en las zonas extremas del planeta había un abismo insondable donde los barcos se precipitaban hacia zonas desconocidas de dominio del demonio. Muchos de estos lugares, estaban plagados de criaturas monstruosas, seres infernales que destruían las embarcaciones y devoraban a sus tripulantes. El centro del universo era por designio de Dios la tierra. Alrededor suyo giraban los planetas, el sol y la luna y Dios vivía en la cúpula celeste, lugar donde tenía su reino acuático, desde donde vigilaba su creación. Las brujas eran ayudantes del demonio, quien las usaba para orgías sexuales y los hombres para su dicha, tenían asignado por Dios un ángel guardian. El Paraíso terrenal estaba cerca de India.

El erudito eclesiástico, Santo y Doctor de la Iglesia Isidoro de Sevilla, planteaba en sus Etimologías que cinco eran las palabras con las que se nombraban las cosas asombrosas: Portentos, ostentos, monstruos, prodigios y maravillas. Así se refiere a los seres prodigiosos que habitan la periferia del mundo, la llamada "Terra incógnita".
Según Isidoro "Se conocen con el nombre de portentos, ostentos, monstruos y prodigios, porque anuncian, manifiestan, muestran y predicen algo futuro". Portentos deriva de portendere, que significa anunciar de antemano; ostentos procede de ostendere, que significa manifestarse o manifestar algo que va a ocurrir; monstruos se origina en mostrare, porque designa a algo que se muestra (se manifiesta), y prodigios deriva de praedicere, que significa predecir. "Y éste es su significado propio que se ha visto, no obstante, corrompido por el abuso que de estas palabras han hecho los escritores." (Isidoro de Sevilla, libro XI de Las Etimologías.)

La quinta palabra asombrosa, Maravilla, deriva del verbo mirari que en latín significa admirar, mirar con admiración, asombrarse. De su plural neutro, mirabili, deriva la palabra "mirabilia", generadora tanto de maravilla como de admirable. Con el término mirabilia los hombres de la Edad Media nombraron al conjunto de cosas admirables con las que cada día Dios, por medio de la naturaleza -que lo hace nacer todo, de ahí su nombre-, les sorprendía y asombraba. Para el hombre del Medioevo lo maravilloso no era una categoría mental cargada de interés alegórico; en el mundo de los mirabilia lo importante era el fenómeno, no a su significado, pues las maravillas eran realidades físicas, un universo de objetos con existencia real y material a los que se podía acceder y conocer, pero que no estaban al alcance de la mano.
Debemos a Plinio el Viejo (siglo I) la exitosa incorporación de las maravillas de oriente al imaginario cultural de occidente. En diferentes capítulos de los libros V al VII de su "Historia Natural", que fue durante siglos la principal fuente de información sobre la naturaleza y sus prodigios, describió el repertorio de razas monstruosas, frecuentemente denominadas "razas plinianas", que ya desde entonces poblaron una extensa franja de geografía imaginaria localizada en la periferia del mundo.
Cuenta Plinio que en el helado norte se encuentra (parte en Asia y parte en Europa) la fría e inhóspita región de Escitia. En aquella parte del mundo abundan los pueblos extraordinarios, algunos de ellos, monstruosos. De éstos, el más conocido es el de los arismaspos que, como los cíclopes, son monóculos, "caracterizados por tener un solo ojo en medio de la frente y que están continuamente en guerra por las minas con los grifos". Éstos, los grifos, son fieras aladas, que extraen oro de las entrañas de la tierra, siendo tan admirable su empeño en custodiarlo como el de los arimaspos en arrebatárselo.
También viven en Escitia unos hombres salvajes con las plantas de los pies vueltas hacia detrás de las piernas, que corren a extraordinaria velocidad y vagan de un lado a otro en compañía de fieras. Hay también mujeres con dos pupilas, a las que llaman bicias cuya mirada causa maleficio. Otros tienen las pupilas blancas y son canos desde la infancia. Y es muy maravilloso el pueblo de los andróginos (que también ubica en África) "con características de ambos sexos, que copulan entre sí tomando alternativamente una u otra naturaleza".
La India y la región de los etíopes son especialmente abundantes en prodigios. En la India nacen los seres más grandes. Allí muchos hombres superan los cinco codos de altura, no esputan y no les afecta ningún dolor de cabeza, dientes u ojos. También hay unos hombres con las plantas de los pies vueltas hacia atrás y con ocho dedos en cada pie. En las montañas vive una raza de hombres con cabeza de perro que emiten ladridos en lugar de voz. Uno de los pueblos monstruosos más sorprendentes son los monocolos, que son hombres con una sola pierna y de extraordinaria agilidad para el salto, que también se llaman esciápodas, porque en los mayores calores permanecen tumbados boca arriba en el suelo protegiéndose con la sombra de su único y gran pie.
No lejos de ellos viven los trogloditas y un poco más allá, "hacia occidente, hay unos sin cabeza que tienen los ojos en los hombros". Con estas mismas características habla de otro pueblo que habita los desiertos africanos y que es conocido con el nombre de blemias. Hay pueblos muy salvajes que no tienen voz y sólo gritan y tienen el cuerpo cubierto de pelos, los ojos glaucos y dientes de perro. Y hay uno cuyas gentes, que se llaman esciratas, en lugar de nariz sólo tienen agujeros. Otro, los ástomos, carecen de boca y se alimentan de olores y si el olor es demasiado fuerte o apestoso, mueren. Más allá de todos ellos, por la parte más lejana de las montañas, están los pigmeos o trispítamos, que significa "tres palmos", y se llaman así porque no sobrepasan los tres palmos de altura. De ellos habló ya Homero y dijo que los atacan las grullas. También explicó Plinio que "en primavera, sentados a lomos de carneros y cabras, armados con flechas, descienden en tropel hasta el mar y destruyen los huevos y polluelos de esas aves; la expedición se lleva a cabo en tres meses, de otro modo no resistirían las siguientes bandadas; sus chozas se construyen de barro, plumas y cáscaras de huevo.

Tales criaturas prodigiosas tenían existencia real para la Iglesia Católica e incluso fueron catalogadas por San Isidoro de Sevilla, en sus famosas Etimologías, que según se dice han sido los libros de la antiguedad más copiados después de la Biblia, donde en el Libro XI, Capítulo 3, este gran sabio y figura patriarcal del catolicismo, ponderado como uno de los hombres más erudito de su época, se refiere con gran detalle a estos habitantes de la periferia del mundo, que vivían según sus noticias en la "Terra incógnita", y a quienes denomina como seres prodigiosos.
Explica allí este Santo: "Del mismo modo que en cada pueblo aparecen algunos hombres monstruosos, así también dentro del conjunto del género humano existen algunos pueblos de seres monstruosos."

Los Cynocéfalos deben su nombre a tener cabeza de perro; nacen en la India. También la India engendra Cíclopes que ostentan un ojo en medio de la frente. Se los designa también con el nombre de Agriophagitai porque sólo se alimentan con carne de fieras. Se cree que en Libia nacen los Blemmyas, que presentan un tronco sin cabeza y que tienen en el pecho la boca y los ojos. Hay otros que, privados de cerviz, tienen los ojos en los hombros.
Se ha escrito que en las lejanas tierras de Oriente hay razas cuyos rostros son monstruosos: unas no tienen nariz, presentando la superficie de la cara totalmente plana y sin rasgos; otras ostentan el labio inferior prominente, tanto que cuando duermen, se cubren con él todo el rostro para preservarse de los ardores del sol; otras tienen la boca tan pequeña, que solamente pueden ingerir la comida sirviéndose del estrecho agujero de una caña de avena. Dicen que hay algunas que no poseen lengua y utilizan para comunicarse únicamente señas o gestos.

Cuentan que en la Escitia viven los Panotios, con orejas tan grandes que les cubren todo el cuerpo. (...) En Etiopía viven los Artabatitas, que caminan, como los animales, inclinados hacia el suelo; ninguno supera los cuarenta años. Los Sátiros son hombrecillos de nariz ganchuda, cuernos en la frente y patas semejantes a las de las cabras. (...) Hay quienes hablan de unos hombres que viven en los bosques, y que algunos llaman faunos higueros.
Dicen que en Etiopía existe el pueblo de los Esciopodas, dotados de extraordinarias piernas y de velocidad extrema. Los griegos los denominan Skiópodai porque durante el verano, tumbados de espaldas sobre la tierra, se dan sombra con la enorme magnitud de sus pies.


En Libia habitan los Antípodas, que tienen las plantas de los pies vueltas tras los talones y, en ellas ocho dedos. Los Hipopodas viven en la Escitia, poseen figura humana y patas de caballo.
Se cuenta que en la India existe un pueblo a quien llaman Mkróbioi, que miden doce pies. También en aquel país vive otro pueblo cuya estatura es la de un codo, y a quienes los griegos -por medir un codo precisamente- llaman "pigmeos". De ellos hemos hablado ya. Habitan en las montañas de la India que lindan con el océano. Dicen igualmente que en la misma India existe una raza de mujeres que conciben a los cinco años, y cuya vida no pasa de los ocho".
Quizás fue Ctesias de Cnido, médico de Artajerjes que vivió en el siglo V a. de C., el primero que abrió para occidente la puerta de acceso al lejano oriente y especialmente a la India. Él fue quien con su libro "Historia de la India" introdujo en la cultura griega la idea de una geografía oriental fantástica y con ella la historia de los pueblos monstruosos. Ctesias habló de los pigmeos que luchaban contra las grullas; de los esciápodos, que tenían una sola pierna y un enorme pie; de los cinocéfalos, cuyas cabezas eran de perro; de los acéfalos, que al no tener cabeza, tenían el rostro en el pecho y se les conocía también como Blemmias.

Habló también de hombres de orejas enormes con las que podían envolver y abrigar todo el cuerpo; de gigantes; de hombres con cola y de muchos animales fabulosos que siglos más tarde harían fortuna en los bestiarios. De su obra sólo nos han llegado referencias y algunos fragmentos, pero aún así su influencia fue decisiva para cimentar la mentalidad mágica con la que el hombre occidental se enfrentaría en adelante al maravilloso mundo de oriente. Las expediciones de Alejandro Magno contribuyeron a afianzar la leyenda. Megástenes, en el siglo III a. de C. fue embajador alejandrino en la corte del rey indio Chandragupta y compuso una obra llamada Indica, sobre aspectos geográficos e históricos del extremo oriental del mundo.

Fue cuidadoso y fiable en sus descripciones geográficas, pero cuando se refiere a la etnografía de las zonas remotas, rebosa fantasía. Él sí se dejó llevar por la magia de la imaginación en lo referente a los pueblos monstruosos y a la nómina iniciada por Ctesias, añadió hombres sin nariz, otros sin bocas, otros extremadamente peludos que caminaban reptando, pueblos con un solo ojo, con orejas de perro, con los pies al revés y otras maravillas más.
Cuando los monstruos antiguos se abrieron paso desde la antigüedad a la Edad Media, surgió una gran brecha en la Iglesia, estos monstruos ¿eran bestias o eran hombres? La controversia entre sus pensadores más afamados duró hasta que San Agustín (Aurelius Augustinus) opinó. Este hombre cuya madre era la Santa Católica conocida como Santa Mónica, se convirtió al catolicismo tardíamente, habiendo pasando de una a otra religión y varias escuelas filosóficas sin encontrar la verdad. Antes fue racionalista y escéptico. Escuchando al Obispo Ambrosio, otro de los cuatro grandes doctores de la Iglesia como él mismo lo fue después, renunció al maniqueísmo y abrazó la doctrina católica, siendo bautizado a los 33 años de edad, cobrando prontamente gran popularidad por su inteligencia, obras y oratoria, siendo en esa época una voz muy autorizada de la Inquisición. Agustín y su madre eran nativos del norte de África y sus familias no eran romanas sino bereber y él es el santo más grande de la Iglesia bereber de Argelia.
Agustín hace una defensa de estas razas prodigiosas y de la potestad de Dios en lo que se considera una de sus obras maestras, "La Ciudad de Dios", que sirvió a la Iglesia para justificar y avalar estas creencias nacidas de supersticiones y leyendas dice: ¿Quién sería lo bastante loco para pensar que el Creador se ha equivocado, cuando ignora por qué razón ha hecho eso?
Dios es el creador de todas las cosas, que sabe lo que hace falta crear o aquello en lo que ha faltado, dónde y cuánto, que tiene el sentido de la belleza del universo y que sabe disponer las varias partes de sus relaciones de semejanza o de diferencia.
"¿Por qué Dios no habría querido crear de la misma manera ciertas gentes? ¿por miedo de que creyésemos al ver nacer un monstruo entre nosotros, que la sabiduría que ha dado forma a la naturaleza humana ha errado en su obra?.
Tampoco debe parecernos absurdo que haya en la humanidad razas de monstruos, como hay en cada una monstruos humanos".
En su Libro, de algún modo estableció algunas diferencias distinguiendo dos categorías: Los que al igual que el hombre son criaturas rationalia mortalia; y los que son magis bestias quam homines, por ejemplo los cinecéfalos, hombres por su cuerpo y perros por su cabeza, argumentando que estos últimos, tienen la diferencia con el resto, que tienen como único lenguaje un latratus, un ladrido...
Es interesante acotar que este mito de los hombres con cabeza de perro comprendió casi todo Oriente, Europa, África septentrional y las zonas entorno al báltico, al Cáucaso y las tierras comprendidas entre el Mar Caspio y el Mar de Aral y cuya data es de origen muy remoto.
Upuaut, el dios funerario egipcio fue representado en forma de perro o chacal negro con la cabeza blanca. Los griegos lo interpretaron como un lobo, de donde procede el nombre de Licópolis, su ciudad.
Anubis, representado con cuerpo humano y cabeza de perro dentro de las creencias egipcias, era el "Señor de la Necrópolis", la ciudad de los muertos, que situaban siempre en la ribera occidental del río Nilo. Era el encargado de guiar al espíritu de los muertos al "otro mundo". El registro más antiguo de este dios esta en los textos del Viejo Reino, en el Libro de las Pirámides, donde el dios chacal atiende el entierro del Faraón. Durante este período Anubis dejó de ser la entidad más importante de la muerte y fue reemplazado por Osiris en el tiempo del Reino Medio.
También Hapi, uno de los cuatro hijos de Horus, que acompañaban a las almas de los muertos al juicio, era cinocéfalo.
Según la tradición, San Cristóbal, mártir del siglo tercero muy popular en la Edad Media, habría sido un cinocéfalo miembro de una de las tribus cinocéfalas asiáticas que habitaban las tierras de los escitas.
Una leyenda común en el siglo XIII, daban por hecho que Atila, el rey de los hunos, era cinocéfalo.
Hesíodo (s. VIII a C.), en un fragmento de las Eeas, habla de las tierras de los Masagetas y de los orgullosos Hemikanes, mitad hombres y mitad perros. En la Edad Media, la tribu de los Hundigar en Croacia, eran conocidos salvajes que escondían sus rostros con capuchas que tenía la apariencia similar a la de un perro. Así se fueron creando mitos de los brutales Cinocéfalos, quienes con el tiempo se convirtieron en sinónimo de pagano y enemigo de la cristiandad.
Megástenes el geógrafo describió a los Cinocéfalos en la “Historia de la India”, como cazadores que vendían a los indios el ámbar y purpura que extraían de las plantas a cambio de harina, telas y armas. Estas criaturas eran hábiles con el arco y la jabalina, comían carne, protegían rebaños, bebían leche de cabras y ovejas, dormían en cuevas y vestían pieles curtidas. Anatómicamente los hombres perro tenían cola bajo las nalgas, la cual era muy larga y peluda.
En el siglo XIII, Marco Polo cuenta la existencia de una mítica isla llamada Macumera, ubicada cerca del archipiélago de Andamán en el Golfo de Bengala. Los habitantes de esta isla son humanos con cabeza y dientes de perro; son criaturas crueles y caníbales que comen cuantas personas puedan mientras no sean de su etnia. El teólogo francés Ratramnus del siglo IX escribió una carta “la Epístola de Cynocephalis”, sus palabras cuestionaban si esta etnia tenía los mismos derechos que un humano, citó también al Santo Thomas de Cantimpré, quien afirmaba la existencia de esta raza en “Liber de Monstruosis Hominibus Orientis.
En el siglo XIII, el enciclopedista Vincent de Beauvais describió al Santo patrón Louis IX de Francia como: “un animal con la cabeza de un perro, pero con el resto de miembros de apariencia humana, aunque se comporta como un hombre tranquilo, pero cuando está furioso es cruel y se desquita con la humanidad”.
Los Cinocéfalos aparecen en un viejo poema galés, propio de la fábula Arturiana, donde el Rey y sus caballeros pelean contra estas criaturas en las montañas de Eidyn, Edimburgo. Muchos de los hombres cabeza de perro son liquidados por el guerrero Bedwyr. El poema hace referencia a una pelea contra “Gwrgi Garwlwyd”, nombre que se traduciría como: “Escabroso hombre perro gris”, sin embargo muchos escolares creen que este personaje es un hombre lobo por su descripción.

En la Edad Media, una de las msiones de la Iglesia era expulsar a los moros de España y Portugal. Deshacerse de esos asesinos de Jesucristo. Reconquistar tierra sagrada de manos de los sarracenos. El trabajo sucio, estaba a cargo de los millares de monjes seleccionados especialmente de sus Órdenes monásticas más feroces, entrenados en la tortura física y mental, el brazo ejecutor del papado que solo obedecía sus mandatos, la temida Santa Inquisición.

La tierra era de Dios, no de los reyes que la regían. Dios era quien debía aceptar o rechazar la calidad de regentes. Por tanto, sus legítimos y únicos representantes en la tierra, la Iglesia Católica, Apostólica y Romana, la única religión verdadera aceptada por Dios mismo, era la administradora natural de todos los reinos, los que debían ceder, todos ellos, tierras, los mejores condados de entre sus posesiones, con castillos y siervos incluidos, pagar el diezmo de todos sus ingresos y convertir en cada pueblo al clero en la clase dominante, siendo sus Obispos Consejeros reales y los sacerdotes igualados en regalías con los señores de la nobleza feudal.
Así obtuvieron lo que durante siglos se llamaron Los Estados Vaticanos, cada uno de ellos otro reino de la Europa, regidos por un régimen de monarquía absolutista, donde el rey de reyes era el Papa, cuyo derecho divino le permitía regir los destinos terrenales de la humanidad hasta que su vida se extinguiese.
Por ello también, no duraban mucho. Rápidamente, una conspiración asesinaba al Papa de turno, quienes en verdad nunca fueron merecedores de tales cargos, sino sujetos audaces y sin escrúpulos de vida criminosa e inmoral, a veces incluso no clérigos, o niños de corta edad, que apoyados por pactos políticos de la realeza europea, eran fácilmente reemplazados, por lo que se apresuraban, cuando estaban en el cargo, de robar, asesinar a sus enemigos políticos y consolidar su fortuna y la de su familia, sobornando, vendiendo los cargos de Obispos y Cardenales al mejor postor, tal cual hacían con lo Pases y franquicias religiosas a la vida eterna de las absoluciones y perdonazos de crímenes, siendo la más popular de estas dispensas la indulgencia, que era (y sigue siendo) una franquicia o figura, que administrada por el Papa en nombre de Dios, exime de las penas por pecados cometidos en la vida terrenal, que tiene su efecto en el purgatorio.
Es decir, le proporciona al fiel una especie de blanqueo de sus pecados, para que cuando muera, no tenga que pagar tales pecados en el purgatorio, que era el lugar, según la doctrina católica, donde estos pecadores sufrían indecibles quemazones y torturas por siglos y siglos, antes de estar en condiciones de entrar al cielo, o bien, irse derecho a los infiernos.

Pues bien, este instrumento de la indulgencia, fue usado indiscriminadamente en el medioevo especialmente, y los señores de la nobleza y la Corte entregaban con gusto fortunas a la Iglesia, con tal que sus parientes muertos o ellos mismo pudieran librarse de estos sufrimientos eternos y quedar aptos para ir al cielo. Lo mismo hacía todo aquel que tenía heredades o cualquier tipo de bien, que en el momento de su muerte, asistido por supuesto por un monje, legaba graciosamente a la Iglesia, en abono de su rápido paso por el terrible purgatorio de las almas.
Este subterfugio papal, fue utilizado también para contratar soldados y dineros para las campañas de las cruzadas. Durante siglos, estas indulgencias firmadas por el Papa fueron vendidas por los curas en cada pueblo y fueron objeto de abuso y de tráfico a través de toda la cristiandad, constituyendo el detonante de la reforma protestante, que enfrentó a Lutero con la jerarquía papal, produciendo su mayor cisma.

A pesar que este escándolo sacudió al mundo entero, la Iglesia fue renuente a desprenderse de esta abusiva regla que tanta fortuna le rindió en todas las épocas y por lo tanto aún sigue vigente, un tanto modificado en su descripción con melosas palabras, pero aún conteniendo el disparate que un Papa o un Cardenal, tienen el poder mágico de eximir ante Dios las penas que ameritan los pecadores; es decir, los Papas hacen el trabajo de Dios, otorgando una especie de cheque en blanco para que los fieles vayan al cielo. En la actualidad el Derecho Canónico define la indulgencia como: "La remisión ante Dios de la pena temporal por los pecados, ya perdonados en cuanto a la culpa, que un fiel dispuesto y cumpliendo determinadas condiciones, consigue por mediación de la Iglesia, la cual, como administradora de la redención, distribuye y aplica con autoridad el tesoro de las satisfacciones de Cristo y de los Santos". (Código de Derecho Canónico de 1983, Libro I, Título IV, Capítulo IV, Canon 992). (Cuando uno se entera de estas cosas, no puede sino preguntarse cómo puede existir aún gente que acepte estas patrañas.)

La gente debe hacer peregrinaciones, pagar mandas y concurrir a los lugares sagrados. Los caminos y rutas conducían a Santiago de Compostela, Roma y Tierra Santa y estaban plagados de servicios por los que estos caminantes debían pagar, sea reposar, comer o dejar en custodia sus bestias y valores. Estos servicios por supuesto eran administrados por las Órdenes religiosas.

Los caminos de la tierra conducían al cielo y era necesario recorrrerlos aunque fuese una vez al año. Todos eran viajeros de Dios, religiosos, cruzados, peregrinos y soldados, justificados por la fe. Además las nuevas tierras estaban llenas de maravillas, criaturas celestes guardaban los caminos. Cada cual tendría un Angel de la Guarda. Los santos vigilaban a sus feligreses y la Corte celestial estaba atenta a que todos cumplieran sus obligaciones con Dios, única forma de alcanzar el cielo. En cada parada había adoctrinamiento y consejo de cómo llegar a ser un buen cristiano y conocer la palabra del Hacedor y su divino Hijo en el Sagrado Libro.

La literatura de la época como el texto Roman de Alexandre, donde se narraba las conquistas de tierras desconocidas como La India por Alejandro Magno, y su contacto y aventuras con bestias extrañas y razas humanas deformes, algunas de ellas feroces, hacían furor y eran lectura obligada para estos viajeros.
No había peregrino que a la altura de 1164 desconociera la famosa carta que Preste Juan, supuesto rey-sacerdote de un imperio cristiano situado más allá de los misteriosos dominios del Islam, (que nunca nadie conoció) dirigió al Emperador Bizancio, al Papa y al Emperador Federico Barbarroja. Allí este Obispo daba detalles y descripciones de estas tierras repletas de riquezas, exóticos animales y exhuberante floresta habitada por razas prodigiosas, seres míticos y mujeres hermosas, que semejaban el paraíso terrenal, invitaba a conocer tales tierras y ofrecía su apoyo al Poder papal.
El cronista alemán Otto de Freising, comenta al respecto en su “Chronica sive Historia de Duabus Civitatibus” (Crónica o historia de la dos ciudades) de 1145, que el año anterior se ha reunido con un tal Hugo, obispo de Jabala en Siria, en la Corte del Papa Eugenio II en Viterbo. Este Hugo había sido enviado por el príncipe Raimundo de Antioquía en busca de apoyo de Occidente en su lucha contra los sarracenos tras la caída de Edesa. Se dice que el consejo de este Hugo incitó a Papa Eugenio a llamar a la Segunda Cruzada.

Hugo también explicó a Otto en presencia del Papa, que Preste Juan, un cristiano nestoriano que era a la vez presbítero y rey de un territorio más allá de Armenia y Persia, había recuperado la ciudad de Ecbatana de manos de los reyes persas en una gran batalla no hacía demasiados años. Tras esta primera victoria Preste Juan, decidido a recuperar Tierra Santa, había puesto rumbo hacia Jerusalén, aunque finalmente las aguas del Tigris le habían obligado a desistir y volver a su reino. Preste Juan era un rey rico, como muestra de ello, la gran esmeralda de su cetro, y santo, descendiente de uno de los Reyes Magos.
Lo cierto es, que esta leyenda al igual que las criaturas asombrosas, tuvo a Preste Juan como soberano de muchos lugares, India, Persia, Etiopia, Africa, Portugal y varias más; espacios marginales y desconocidos que el paso del tiempo hacía crecer en vez de disminuir su popularidad. Tanto era su nombradía y prestigio que el Papa Alejandro III le envió una carta con Felipe, su médico personal y emisario, donde se dirige a él como "carissimo in Christo filio Johanni", que por supuesto nunca tuvo respuesta. En algún momento se dijo que era el padre adoptivo de Gengis Khan, el Jefe Mongol Togrul.
La exploración de la costa africana por parte de los portugueses se ve influida por esta leyenda, considerándolo un posible aliado y colaborador. Los portugueses, allá donde van, esperan una y otra vez encontrar a Preste Juan. Vasco de Gama incluso llevaba cartas de presentación para él. Así no es de extrañar que cuando los portugueses establecen relaciones diplomáticas con el emperador etíope en 1520, se refieran a él como Preste Juan, pese a que los etíopes jamás lo habían oído nombrar.

La aventura podía hacerse tanto por mar como por tierra y quienes no tenían dinero podían encontrar trabajo en las escalas del camino para pagar su sustento. Muy populares eran las crónicas de viajes narradas en verso y prosa acompañadas de coloridas imágenes, con todo tipo de historias, las más de las veces imaginadas.
La Iglesia urgía a la sociedad como primera prioridad humana, buscar el camino de la salvación eterna y para ello era imprescindible recorrer los lugares sagrados donde todo comenzó; orar a Dios en el lugar donde fue lapidado y ceucificado, concurrir a los sitios donde los santos habían sido protagonistas de grandes milagros, besar las reliquias de los Padres de la Iglesia. Allí estaba la respuesta.
Por tanto una de las características de la sociedad medieval fue peregrinar, viajar, trasladarse hacia espacios desconocidos y aprender a sobrevivir y a gozarse de ellos, maravillarse de los hechos insólitos de la creación y comprender la gran obra de Dios. Sufrir en carne propia el oprobio, la pobreza, el hambre y la sed.
Por eso los estudiosos dicen que el hombre de la Edad Media era viator, un ser itinerante y viajero y que la mitología judeo cristiana lo empujaba a buscar el Paraíso Perdido, ofeciéndole la recompensa de la eternidad en el único sitio posible donde ésta puede encontrarse, ese lugar selecto de las almas puras, que conviven con los espíritus celestes, los escogidos de Dios. Por tanto esta aventura de la peregrinación, tal cual la conciben todas las religiones y mitologías primitivas es la búsqueda de ese espacio único del tiempo cíclico, que el humano debe aprovechar si realmente desea ser salvo.
La Biblia indica que cerca de la India está situado el Paraíso Terrenal con sus cuatro ríos repletos de leche y miel. Allí hay hombres que para sobrevivir combaten a diario con las grullas y otros deben hacerlo con animales fabulosos como los grifos. Junto al Ganges hay pueblos que solo se alimentan con el aroma de ciertos frutos en montañas de alturas inmedibles que rozan el éter. En ese espacio inexplorado las noticias indican que hay razas felices pero que al llegar a cierta edad se lanzan al fuego para alcanzar pronto el otro mundo. En los ríos está el enidro, que vive enterrado en el barro y cuando encuentra un cocodrilo dormido se introduce en su boca y le devora las entrañas y el basilisco, serpiente con alas y cabeza de pájaro que mata con la mirada. Es la tierra de la Fuente de la Juventud donde hay árboles siempre verdes que dan todo el año frutos exquisitos cuyo aroma perfuma las noches. Algunos como la triaca, tienen la propiedad de curar todas las enfermedades. Están también el árbol del sol y el árbol luna que son parlantes y entregan oráculos a quienes los interpelan. Es la tierra de la célebre Mesa del Sol o de la Abundancia, en que los manjares más placenteros del mundo no cesan de renovarse milagrosamente.
Y qué decir de la fauna, donde coexisten libremente el Ave Fénix y el Unicornio junto a otras bestias compuestas de partes de diferentes animales incluido el hombre.

De hecho, uno de los libros más difundidos en esta época fue el Libro de las Maravillas del Mundo (1356) escrito por Juan de Mandavila (o Mandeville), un personaje inglés ficticio, de una obra titulada "Viajes de Juan de Mandeville", quién relataba sus aventuras por el mundo al estilo de otra famosa obra que le precedió, Divisement dou Monde,El Milione, de Marco Polo, comerciante veneciano que emprende ruta hacia China en 1271, libro apodado "El Millón" precisamente por los numerosos números que ostenta.

Pero hubo muchos otros autores, casi todos eclesiásticos, misioneros y Obispos Católicos, como Jourdain de Séverac, Obispo de Colombo, misionero que parte a Oriente hacia 1320 y su libro Mirabilia; Historia Hierosolomitana de Jacques de Vitry; El Mundo de las Maravillas de Odorico
Cathale; La Flor de Historias de Oriente del príncipe armenio Hayton, que luego se hizo monje; Tractatus de Statu Sarracenorum de Guillaume de Trípoli (sobre las Cruzadas y Tierra Santa). Secreto Fidelirun Crucis de Marinus Sanutus; La gesta Francorum qui Ceperunt Jerusalm, de Robert de Clari y Geoffrey de Ville Hardouin; Itinerario a la tierra de los Mongoles, de Guillermo de Rubruck.
Estas eran quizás las más populares y de facil acceso al grueso público, que daban cuenta de aventuras inverosímiles, pero muy acordes al pensamiento mágico y supersticioso que dominaba todos los ámbitos, plagados de citas de fuentes sobrenaturales como la Fuente de la Eterna Juventud y aquella otra que cumplía todos los deseos; montañas parlantes, ogros y cíclopes que acechaban al extranjero y luchas de cristianos contra seres monstruosos donde la fe y la ayuda de Dios los hacía incólumes a cualquier peligro o tentación, quizás los precursores de lo que conocemos como literatura de aventura y ciencia ficción, pero que por estar muchas de ellas avaladas por la iglesia o estar mencionadas en La Biblia, eran para todos hechos reales y por lo tanto indesmentibles.

Esta desaparición de la visión científica precedente aportada por la cultura clásica, cuyas obras fueron a parar a las bodegas de los monasterios donde se amontonaban sino eran quemadas, dio lugar a un cambio radical en las formas de vida y pensamiento, iniciándose un proceso de revisión de los valores en boga y posterior censura que afectaba todos los parámetros de la vida ordinaria de la población, despreciándose las ideas progresistas y dándose cabida y alentándose doctrinas conservadoras y reglas de piedad religiosa y en especial normas morales trasuntadas de los Mandamientos de la Ley de Dios especificadas en la Biblia.

Como ejemplo citaremos que Parménides (514-450 a. de C.) ya describía la esfericidad de la tierra, eso si situándola en el centro de universo. Luego, Aristóteles ratificó tal aserto explicando: "En cuanto a su forma, la Tierra es necesariamente esférica (...) De un lado, es evidente que si las partículas que la constituyen proceden de todas partes dirigiéndose hacia un mismo punto, el centro, la masa resultante debe ser necesariamente regular, pues si se añade una misma cantidad por todo el entorno, la superficie del cuerpo exterior obtenido forzosamente equidistará del centro. Tal figura es la esfera".

Más aún, calculó la longitud de la circunferencia del planeta en 400.000 estadios, unos 72.000 kilómetros. Poco tiempo después, Dicearco de Mesina (350-290 a. de C.), ajustó un poco más esta cifra a 300.000 estadios y finalmente Eratóstenes de Cirene (276-194 a . de C.), filósofo, astrónomo, matemático, geógrafo y director de la biblioteca de Alejandría, acertó en medir con exactitud la longitud del meridiano terrestre calculando que medía 39.500 kilómetros, con un pequeño márgen de error, teniendose en cuenta que la medida correcta es de 40.000 kilómetros. Lo cierto es que aunque Eratóstenes calculó con acierto, su medición fue corregida por uno de sus discípulos, Posidonio de Rodas (135-50 a. de C.), quien rehizo los cálculos y redujo la medida a algo más de 28.000 kilómetros.

Este error de cálculo, repercutió siglos más tarde, cuando Colón a su vez basándose en ellos, presentó a los reyes de Portugal y España un estudio para descubrir nuevas rutas a las Indias que fue desdeñado por los sabios de la época, ya que reducía la superficie terrestre considerablemente y las distancias que el marino presentaba eran evidentemente equívocas y por lo tanto poco fiables.

Diremos finalmente, que Hiparco de Rodas (190-125 a. C.), perfeccionó la red de paralelos y meridianos, recuperando la división babilónica del círculo en 360 grados, divisibles a su vez en sesenta minutos de sesenta segundos, lo que permitió establecer el sistema de coordenadas para señalar la posición; propuso la proyección cónica para dibujar los mapas, e inventó el astrolabio, conocimientos que permitieron a Crates de Mallus (145 a.C.), dibujar el primer globo terrestre del que tenemos referencias, que asombra por su parecido a los actuales.
Lo más sorprendente de este geógrafo es que viendo que la tierra ocupaba apenas un tercio de la superficie del globo, supuso que más allá de los mares habría otras tierras todavía desconocidas. Con esta idea postuló la existencia de tres continentes más, a los que llamó Periecos, Antípodas y Antecos. Ubicó los dos primeros en el lugar que ocupan América del Norte y del Sur, y el tercero sería un continente austral, opuesto a la tierra entonces conocida y habitada. La presencia de esta tierra austral-incógnita en los mapas, será una constante hasta que el descubrimiento de Australia y de la Antártida lo convirtieron en una realidad, ajustándose al equilibrio y ubicación que Mallus suponía que debían tener tales tierras en los mares.

Consecuentemente, la jerarquía eclesiástica y los sabios de la Iglesia, siglos después, tenían antecedentes de más para deducir que el mundo no era una superficie plana, tal cual describe La Biblia, anclado por dos bases en un lecho marino y cubierto por la cúpula celeste, sino que existían antecedentes probatorios de su esfericidad y dimensión. No obstante, en su tosudez y corta visión medieval, no solo condenaron estas teorías, sino que volvieron a sostener, bajo la letanía de que era herejía pensar lo contrario, ya que la Biblia es palabra de Dios y éste nunca se equivoca, que la tierra era absolutamente plana y por ende ridículo que existiese vida humana en las antípodas.
Así fue como en esta época oscurantista, de negación de la realidad y el avance científico, los mapas de la tierra volvieron a ser esa rodaja circular sobre la que se sostenían los reinos de la humanidad conocidos, con el agravante que fijaban en estos planisferios los mitos y fetichismos populares y también leyendas bíblicas, como el Paraíso Terrenal y los ríos sagrados que brotan de él: Tigris, Eufrates, Geón y Pisón, además de razas de seres extraordinarios y monstruos custodiando los mares y diversas criaturas diabólicas en las zonas desconocidas, todo ello, fruto de supersticiones y creencias en boga, de monjes ignorantes y mitómanos que juraban haber visto y establecido la existencia de estas y otras criaturas portentosas, como aparecen en la mayoría de los mapas de los Beatos, en particular el mapa de Saint Sever que mostramos.
Respondiendo también a la descripción que en su día hiciera el famoso San Isidoro, convertido en lumbrera del Catolicismo, cuyos escritos por muy incongruentes que parecieran eran incorporados a rajatabla como doctrina de la Iglesia, eran mapas orientados, es decir, oriente era el punto cardinal situado en la parte superior del mapa, lugar donde está ubicado el Paraíso claramente reconocible por la iconografía que muestrado a Adán y Eva, el árbol y la serpiente y también más abajo Jerusalén.

La teoría "Isidoriana", describe una tierra plana, tripartita y circular en la que toda la ecumene, la tierra habitable, se ajusta a los tres continentes conocidos, que por supuesto, dado que nada escapaba a los designios del Hacedor, es la heredad de cada uno de los hijos de Noé. Asia está habitada por los pueblos semitas descendientes de Sem. África por los camitas, descendientes de Cam y Europa por los descendientes de Jafet. Aquí no le resultó la coincidencia pues que se sepa Noé no tuvo ningún hijo que empezara con EUR.
Esta influencia de Isidoro, ratificada por el papado, originó en lo que a cartografía se refiere, la aparición de los mapas llamados de "T en O", que son también la línea que siguieron todos los mapas conocidos como de Los Beatos, mapas diagramáticos que como definiera el gran gurú Isidoro en sus Etimologías, representaban casi sin detalles la descripción de la tierra conocida dividida en tres continentes cruzados por dos cursos de agua en forma de T y rodeados por un anillo oceánico, la O.
Esta idea no es suya y probablemente la tomó prestada del mapamundi de Marcus Vipsanius Agrippa del siglo I, cuyo anagrama -TO- tiene que ver con el Círculo de la Tierra, Orbis Terrarum nombre por el que se conoce tal mapamundi.

Siglos después, el propio Colón, que se decía experto marinero y cartógrafo, además de estudioso de los clásicos que abogaban por un mundo esférico y no circular, expresa la creencia que ésta tiene la forma de una pera, porque según los escritos bíblicos a los que era afecto, el Paraíso terrenal se salvó del diluvio porque estaba en la parte más alta de la tierra. Quién busque el Edén -y él en su locura fundamentalista creyó encontrarlo y así lo proclamó oficialmente cuando descubrió la confluencia del río Orinoco con el mar, pensando que era uno de los cuatro ríos sagrados-, necesita, subir, ascender hasta lo que sería la base del pedúnculo de tal fruta, la parte más elevada del planeta.
Por eso es que la mayoría de los mapas de la Edad Media, sin importar que sea la Alta, la Plena o la Baja Edad Media, distinguen estos mapas sectarios colocando arriba en el oriente el Paraíso y saliendo de él los cuatro afluentes sagrados mencionados en las Escrituras, dibujando el Mar Rojo de este color e incluyendo la franja o pasadizo carente de agua por donde Moisés salvó a su gente de la persecución del Faraón y claro está, no olvidando colocar el Arca de Noé, suspendida en los faldeos del Monte Ararat.
Otros mapas de este mismo tiempo, en lo que puede considerarse el colmo de la estupidez medieval cristiana, simplemente hacen figurar en la tierra incógnita del hemisferio sur, el mundo de las antípodas, es decir, todo lo que existe en el mundo conocido, pero patas arriba, ya que la creencia era que ese mundo al revés pertenecía al demonio y que al otro lado de la tierra había un simil de cada ser existente en el mundo conocido y considerado real. El gran dilema de esos tiempos era explicar la zona intermedia, la barrera que necesariamente debía existir entre ambos hemisferios, la cual se definía como zona tórrida.
A este respecto San Agustín, quien negaba cualquier posibilidad de vida al otro lado del mundo declaraba: "No hay razón alguna para creer que hay hombres en las antípodas..." Y defendía su tesis en su libro La Ciudad de Dios, Libro XVI, cap. IX:
"Se dice (en el Libro sagrado) que la palabra de Dios fue predicada en el universo entero. Más como la zona tórrida es inaccesible, esa palabra no pudo llegar a los eventuales habitantes del hemisferio contrario al nuestro. Por lo tanto, no puede admitirse que existan allí seres humanos por la sencilla razón de que si así fuera serían víctimas de una injusticia monumental, al no poder estar sujetos a la Iglesia de Roma".
Por su parte, Nicolás Oresme, un gran pensador del siglo XIV, físico, astrónomo, filósofo, sicólogo, teólogo, Obispo de Lisieaux opinaba que la "tierra es como un cuerpo cuya parte más noble es el rostro" y citando a Aristóteles, recordaba que "la parte habitable de la tierra es como el rostro y el frontal de la tierra".
Es evidente decía, "que solo podemos habitar la parte superior de la tierra, el frontal, es decir, la "parte que mira hacia el frontal del cielo"...
Nosotros dice, estamos en la parte superior del mundo. El Hemisferio que se encuentra por debajo del nuestro está de alguna manera deteriorado, corrompido, porque es el lugar en que Satán se sumió a raíz de su caída..."

Tremendo y amargo resulta comprobar, cómo Esta Edad Media tan controvertida, mantuvo sujeto el progreso de la humanidad durante casi diez siglos sin que variara un ápice el cánon y la filosofía impuesta por el clero.
Qué durante casi la mitad del tiempo de vida de nuestra civilización que registra el calendario occidental, 2011 años, es decir 20 centurias, la mitad de ellas, la raza humana, todos los reinos existentes del mundo conocido, todos los estados, sin importar que tuviesen monarquías u otro tipo de gobierno, estaban bajo la tutela, el capricho y la imposición del Poder Vaticano, a quién había que pagarle el 10% del ingreso país, mantener sus conventos, eximir de impuestos, pagar los salarios de sus monjes y monjas, otorgarle títulos nobiliarios, castillos y señoríos a sus Cardenales y Obispos.
Y además, adecuar sus leyes en consonancia con los dictámenes morales, políticos y filosóficos de este poder mundial subliminal, que autorizaba las conquistas, que regalaba o quitaba territorios, que deponía soberanos o enviaba sus ejércitos a destruir Estados rebeldes. Qué iniciaba guerras de fe contra otras religiones movilizando los recursos de sus reinos súbditos, acumulando posesiones y fortunas gigantescas como ningún imperio nunca tuvo.
En diez siglos, nada cambió en las visiones individuales, literarias, científicas, pictóricas o filosóficas.
Desde el siglo V al XV las representaciones cosmogónicas de la sociedad permanecieron inconmovibles, estáticas, y con ellas, interactuando con la raza humana directamente los seres prodigiosos, los monstruos,las criaturas espirituales, los entes celestiales y divinos, todos ellos apadrinados por la Iglesia Católica, que se eriguió en su máximo defensor, aval y representante.

La mayor parte de estos mapas del medioevo tienen una armazón de carácter simbólico y religioso antes que descriptivo e incorporan una tierra incógnita en el extremo sur del mundo, mostrando animales monstruosos, razas humanas legendarias y elementos iconográficos extractados de la mitología cristiana y profana entremezclados, todo ello carente de utilidad náutica y de escaso interés cartográfico. Al desaparecer de estos mapas los paralelos y meridianos, la tierra aparece distorsionada y apelotonada y no existe sentido alguno de la proporción, por la sencilla razón que fueron dibujados por hombres de Iglesia, Santos y Patriarcas, que poco o nada sabían de estas materia, y que nunca mostraron interés por los itinerarios o rutas de navegación sino solo para mostrar Iglesias relevantes, lugares de peregrinación y antojadizas mitologías y supersticiones ajenas al sentido de un mapa terráqueo serio.
La gran pregunta que todos los intelectuales del orbe alguna vez se han hecho es ¿cómo se pudo llegar a ese estado de cosas? La respuesta parece ser que efectivamente existe el gen de Dios.