domingo, 16 de enero de 2011

De Pan y de Circo...

“Ante las atrocidades hay que tomar partido, la posición neutral ayuda siempre al opresor, nunca a la víctima. El silencio estimula al verdugo, nunca al que sufre.”
-Elie Wiesel, Sobreviviente del Holocausto, Premio Nobel de la Paz, 1986.


La frase, antigua y manoseada, reza originalmente «Panem et circenses», (literalmente, «pan y juegos del circo») locución latina que hace referencia principalmente a las malas prácticas políticas de gobiernos populistas y también de facto, que recurren a la fácil pero efectiva receta de proveer a las masas, al pueblo, al populacho generalmente desinformado y empobrecido, de alimentos y granjerías gratuitas y entretenimiento de baja calidad, para mantenerlos tranquilos y leales como aliados para sus ladinos proyectos.

Tal expresión peyorativa deviene del siglo I y pertenece al poeta romano Décimo Junio Juvenal y se encuentra en su famosa “Sátira X”, donde describe la costumbre de los emperadores de regalar trigo y entradas para los juegos circenses, para mantener al pueblo distraído de la política y equivale en la actualidad a los reclamos de “pan y fútbol”, “pan y toros”, “pan y religión” o “pan y realities”, que los intelectuales de todos los tiempos han representado a las autoridades, en la búsqueda de fórmulas serias, constructivas e inteligentes para forjar los valores de la sociedad, en vez de la degradante escalada de mal gusto y de encomio a los antivalores y superficialidades que algunas doctrinas, medios de comunicación y gobiernos predican, promueven y financian.

Julio César, al que se le atribuye la frase dicha a Marco Junio Bruto, su antiguo amante, “Tú también Bruto, hijo mío”, en la conspiración de marzo de 44 a. de C. que le costó la vida, mandaba distribuir trigo gratuitamente a unos 200.000 ciudadanos. Tres siglos más tarde todavía Aureliano (270-275), seguía con la costumbre y repartía panes diariamente a cerca de trescientas mil personas. Esta asistencia, como bien saben estos sátrapas, era y sigue siendo muy valorada entre los desposeídos, que no entienden ni les interesa la verdadera intención del donante. Para ellos ese pan, a veces el único alimento para sus hijos, es vital y lo agradecen sin hacer preguntas. Y ese agradecimiento significa corresponder con el voto, porque el hambre no tiene sentido de clase y el hambriento no tiene tiempo de analizar si tras esa acción hay intenciones retorcidas.

Los reyes, los emperadores, los demagogos y los dictadores precisan el favor popular y la única forma de alcanzarlo es regalando a título personal, pero a costa del erario del Estado estas granjerías. ¡Y qué mejor que algo que acalle el hambre producida por sus mismas administraciones; y para las murmuraciones negativas de la gente, un poco de contentamiento, de diversión gratuita!
En la Roma antigua, más de la mitad de la población no trabajaba ni percibía dineros por la práctica de un oficio esporádico. Vivían en feudos de sus señores o eran parcialmente mantenidos por ellos. Aquellos que trabajaban quedaban libres después del mediodía por lo que había mucho tiempo para el ocio, lo que preocupaba a la clase gobernante porque eso implicaba que la gente pensase en su situación y reclamase políticas públicas, condenase la vida privada de los servidores imperiales, escuchase a los enemigos del estado o desprestigiase a sus gobernantes.

Ello explica el celo de todos los emperadores romanos y de los tribunos y aspirantes al senado de potenciar las dádivas al bajo pueblo, usando si era necesario su dinero particular, para entregarles espectáculos y comida como una forma de ganar prestigio y conseguir votos. Lo hacían con gran generosidad y sobre todo con espectacularidad.

Los Romanos eran los dueños del mundo, sus conquistas eran interminables y los Generales y Patricios victoriosos recibían como paga por su servicio al Estado la administración de países, comarcas y feudos. No olvidemos que Roma, en su apogeo llegó a abarcar desde Gran Bretaña al desierto del Sahara y desde la Península Ibérica al Eufrates, provocando un importante florecimiento cultural en cada lugar en el que gobernó, gracias a su gran flexibilidad para aceptar y hasta adoptar las formas de vida de los pueblos conquistados.
Las actividades agrícolas y la mayoría de los oficios estaban a cargo de sus esclavos y siervos, por lo que el dinero abundaba y el tiempo sobraba
Lo que se intentaba permanentemente demostrar por los Tribunos más sobresalientes, era su inclaudicable devoción a su Emperador y a los dioses de Roma, pero sobre todo se buscaba honores y prestigio, para ser merecedores de un cupo en el Foro, en el Senado Romano.Toda esta parafernalia tenía ocurrencia y se manifestaba en los Circos, enormes construcciones del Estado, destinadas a los espectáculos. En Roma había 165 días de fiesta al año y muchas de estas celebraciones duraban semanas y hasta meses. La inauguración del Coliseo, en verdad el anfiteatro Flavio, por el Emperador Tito, el mayor de los cientos de anfiteatros esparcidos por el imperio, que tenía capacidad para 45.000 espectadores, duró cien días consecutivos y el primer día se exhibieron en su majestuoso ruedo 5.000 fieras importadas especialmente de África. Durante esas memorables fiestas fueron sacrificados 9.000 animales que entraron en lucha con cientos de hombres, esclavos, criminales y enemigos del Imperio, espectáculo que emocionaba a los romanos que aplaudían a rabiar a sus favoritos, hombres o bestias, por su valor, destreza en la lucha y forma de morir.El Circo romano llegó a ser era una de las instalaciones lúdicas más importantes de las ciudades romanas, en las que participaban desde el Emperador hasta el último de los ciudadanos. Junto con el Teatro y el Anfiteatro formaba la trilogía del ocio y la cultura romana por antonomasia.

Trajano, en el año 107, celebró el triunfo sobre Dacia, la actual Rumania, con unas fiestas que duraron 4 meses, en las que intervinieron 11.000 fieras salvajes importadas de diferentes selvas del mundo, que lucharon contra 10.000 hombres. Ríos de sangre mancharon las arenas del gigantesco ruedo, antecesor de las hoy tan populares Plazas de Toros. Se sabe, que todos los animales perecieron, pero no hay registro de las bajas humanas, lo que da una idea de la escasa importancia que las personas tenían para esa sociedad corrompida.
Gran parte de los criminales y de los presos de guerra eran destinados a estas luchas sanguinarias. Existían empresas especiales que proporcionaban partidas de gladiadores y Escuelas de lucha que los adiestraban en estas artes, así como también corporaciones que controlaban las apuestas. Esto último, era una fuerte actividad comercial, muy del gusto del pueblo romano, que producía pingües ganancias.

Con el tiempo, la actividad de gladiador dejó de ser exclusivamente para condenados, prisioneros de guerra o esclavos que buscaban su libertad y pasó a ser un derecho de cualquier ciudadano romano. La diferencia estribaba en que algunos eran obligados a hacerlo para servir de diversión a la plebe y otros tenían la opción de hacerlo libremente. Muchos nobles y soldados fueron famosos en el ruedo e incluso varios Emperadores, abiertamente o de incógnito participaron en estas luchas. Calígula, a veces disfrazado de soldado, gustaba de rematar de su propia mano a los heridos y moribundos, acto que le producía gran placer. Cómodo, se atribuyó más de 700 victorias luchando con los más renombrados gladiadores de la época, apostando cada vez, fuertes sumas de dinero a su favor. Obviamente, siempre salía victorioso.

En contra de la creencia popular, también existían mujeres gladiadoras. En el museo Británico, se encuentra un relieve proveniente de Halicarnaso, donde figuran dos gladiadoras famosas conocidas como Achilia y Amazona.

El historiador Tácito, menciona en sus escritos como el Emperador Nerón gustaba de los espectáculos donde quienes luchaban eran mujeres y en sus “Anales”, refiriéndose a los Juegos organizados por éste, donde participaban mujeres nos dice: “sin embargo, muchas mujeres distinguidas y senadores, aparecían en el anfiteatro deshonrándose a sí mismos.”
Por su parte, Petronio, a quien Nerón obligó a suicidarse habla en su "Satiricón”, acerca de una mujer que luchaba en el circo subida en un carro, al igual que los hombres. Y Dion Casio el senador y escritor , nos informa que durante los Juegos celebrados para divertir al rey de Armenia, Nerón ideó una exhibición de Gladiadores con la participación de etíopes, donde figuraban hombres, mujeres y niños. También, que Domiciano, el hermano menor de Tito, a quien sucedió, incluyó en los Juegos que le tocó organizar a mujeres gladiadoras: “El, celebró cacerías de animales salvajes, combates de gladiadores por la noche a la luz de las antorchas y no solo combates entre hombres, si no también combates entre mujeres..” , e incluso, “algunas veces hacía que se enfrentasen enanos y mujeres…”


La base de la alimentación entregada por las grandes escuelas de entrenamiento de gladiadores consistía en una dieta vegetariana alta en proteínas, o bien solo carne. Así conseguían engordar y dar peso y volumen a los cuerpos a los luchadores para otorgarles gran masa muscular como escudo protector contra las heridas profundas y las fracturas que podían sufrir en combate. Otra base esencial de su entrenamiento estaba dada en los ejercicios, masajes y baños diarios. La noche antes del combate los gladiadores eran homenajeados por las más altas autoridades del Imperio en verdaderas orgías donde estos podían cumplir sus más ansiados deseos y placeres.


El espectáculo comenzaba con una marcha a través de la arena. Todos aquellos que combatirían ese día se formaban ante la tribuna Imperial para gritar a viva voz la fórmula tradicional de «Ave, César Imperator, morituri te salutant» (Salve, César emperador; los que van a morir te saludan).


Los emperadores dieron gran solemnidad a las carreras. Ellos hicieron que los Juegos comenzaran con una procesión que dirigía el magistrado que los presidía, pero que a partir de Calígula dirigió el Emperador. En esta procesión figuraban los magistrados, la flor y nata de la juventud y sociedad romana, los Aurigas, los Gladiadores, cerrando la comitiva los sacerdotes y las corporaciones religiosas, las cuales portaban las imágenes de los dioses romanos, con sus símbolos y atributos. Los gladiadores combatían a pie, a caballo y en carros y se les hacia luchar en parejas o en grupos. Generalmente habían de enfrentarse hombres que tuvieran armas diferentes. Entre los gladiadores se distinguían los samnitas, que se presentaban casi desnudos, y llevaban un gran escudo cuadrado y un sable corvo; los mirmillones, armados como los legionarios; los hoplitas, cubiertos de hierro como los caballeros de la Edad Media; los tracios, cubierta la cabeza con casco de anchas alas; y los reciarios, armados solamente con una red de pescar y un tridente.

Luego se iniciaban combates cuerpo a cuerpo, o grupos contra grupos. Las luchas de Gladiadores tenían un morbo atractivo por la sangre humana que se derramaba. Si uno de los contendientes caía gravemente herido, su vida quedaba al arbitrio del público asistente. Si cerrando el puño levantaba el dedo pulgar hacia arriba, era señal de clemencia. Volverlo en dirección a la yugular significaba la muerte del desgraciado. Esta decisión debía ser ratificada por el Emperador, que generalmente decidía no contrariar al público.

Un aspecto desconocido para el grueso público se refiere a las prácticas mágicas, los encantamientos, las maldiciones y los envenenamientos con que frecuentemente los aurigas debían lidiar.
Como en toda sociedad a través de la historia, sin excepción, la maldad humana unida a la ignorancia y la superstición influyeron poderosamente en estas competencias de fuerza, habilidad y barbarie, donde el precio a pagar era para una gran mayoría, -en particular los profesionales del ruedo-, ser muertos en batalla por otros gladiadores o terminar entre las fauces de un tigre.


El culto por el derramamiento de sangre, el sadomasoquismo presente en la lidia del circo romano, las gruesas apuestas envueltas en cada función, dieron cabida a un submundo de envidias, odios y pasiones que finalizaron en la búsqueda de venganzas y asesinatos como desquite por la muerte o derrota de sus seres queridos. Paralelamente, todos los esfuerzos de la familia, seguidores y amigos para evitar que fuesen derrotados, desembocaron en el oscuro universo de la hechicería. Por tanto, era frecuente que los aurigas mismos o los más allegados a su círculo, tuvieran fama de brujos o de envenenadores, la que se acentuaba si tenían reiterados éxitos, tanto así, que la creencia popular creía que la sangre de los gladiadores tenía poderes mágicos y que curaba enfermedades como la epilepsia.
Esto traía de inmediato su contrapartida, es decir, que sus rivales, los grupos de apostadores o el público fanatizado, contratara las artes de otros expertos hechiceros para dar vuelta el resultado de las próximas justas, sin importar que fuera con trampas, con engaños, acción de sicarios, asesinato o la ayuda de los seres demoníacos.

Tales prácticas y maldiciones, estaban orientadas contra los equipos tradicionales de aurigas, en sus distintos colores de blanco, verde, rojo y azul, como hacia los caballos, aurigas o gladiadores y el efecto buscado era delicadamente expresado como “debilitar, incitar y retardar a los caballos ( “in curriculis equos debilitare, incitare, tardare”). Si esto no resultaba, se buscaba los medios, sin escatimar en gastos, para filtrar venenos en el alimento de las bestias o en la comida de los participantes.
Este tipo de maldición era conocida como devotio y consistía en fórmulas mágicas conformadas por palabras esotéricas, griegas o latinas, que llamaban a las fuerzas subterráneas a desarrollar “el mal”, las que a veces eran acompañadas de dibujos y caracteres enigmáticos, que se grababan en una pequeña lámina de plomo, material favorable a Saturno, divinidad de la que se creía odiaba a los hombres, lo que hacía esta fórmula mas eficaz. Luego, esta lámina, debidamente enrollada se colocaba bajo una tumba, para que el muerto la vigilara, realizándose en el lugar ciertos pases mágicos y rituales para asegurarse de su cooperación.

Se conservan muchas de estas maldiciones en forma de tablillas encontradas en diferentes tumbas. Una de ellas, hallada en la tumba de un infante en Túnez, es una lámina de plomo de 11 por 9 centímetros grabada por ambos lados que dice: "te conjuro, demonio, quienquiera que seas, y te pido que desde esta hora, desde este día, desde este momento, tortures y mates a los caballos de los Verdes y de los Blancos, y hagas chocar y mates a los aurigas Claro, Félix, Prímulo y Romano, y no dejes ni el espíritu para ellos; te conjuro a través de éste que te desligó para siempre, el dios del mar y del cielo."

De la otra cara se ve un demonio parado sobre un barco pequeño, que tiene una cresta de gallo sobre su frente. En su diestra tiene un vaso y en la mano izquierda una lámpara. En su pecho ostenta una inscripción “Baitmo /rbit/to” y a su espalda se leen varias palabras mágicas: Cuigeu / censeu / cinbeu / perfleu / diarunco / deasta / bescu / berebescu / arurara / baxagra. Los espertos opinan que se trata de la maldición de un auriga, que recurre a un demonio para eliminar a los aurigas de la competencia. Importa decir que estas artes de hechicería estaban vedadas y que la pena para los infractores era la muerte.

Con razón, el gran historiador alemán Mommsen, autor de una Historia de Roma, ha podido escribir que estas luchas de gladiadores eran "la manifestación y al mismo tiempo, el fomento de la más crasa desmoralización del mundo antiguo…, un espectáculo de caníbales…, la sombra más negra que pesa sobre Roma".

Los aurigas se veían colmados de privilegios y honores si vencían. Si el auriga era un esclavo, con frecuencia recibía la ansiada libertad. En general, los aurigas salían de su condición humilde y recaudaban grandes fortunas gracias a las primas que recibían de los magistrados o del propio emperador y del elevado salario que exigían a los dueños de las cuadras (domini factionum) bajo la amenaza si no se aceptaban sus condiciones, de fichar por otra factio, tal como hacen hoy los futbolistas, jinetes y otros “deportistas”. Por tanto la leyenda que estos triunfadores solo recibían una palma o una corona de laureles no siempre resultó así, siendo quizás tal la tradición de los primeros tiempos.
Los aurigas más famosos de los que se tiene registro, en especial, aquellos que obtuvieron la victoria en más de mil ocasiones fueron Escorpo, que venció 1.042 veces, Pompeyo Epafrodito 1.467, Muscloso 3.559 y el famoso Diocles unas 3.000 veces con bigae y 1.462 con quadrigae o carros de más tiro. De este último se sabe que ganó más de 35 millones de sestercios. Estos héroes eran ensalzados por los poetas, su retrato aparecía en joyas y jarrones y las damas patricias los querían en sus fiestas y salones.

Curiosamente, en septiembre de 2009 la revista Forbes atribuyó el título de la celebridad deportiva más adinerada a Tiger Woods. El golfista estadounidense fue proclamado el primer atleta cuya fortuna había logrado superar la meta de los 1.000 millones de dólares.

Sin embargo, un año después, el profesor Peter Struck, de la Universidad de Pennsylvania (EE. UU.), presentó resultados de una investigación que privaron de ese título honorífico a Woods.

Struck probó que el deportista más rico de todos los tiempos fue Gaius Appuleius Diocles, el conductor de carros más famoso de la Roma Antigua. Durante su carrera logró ganar 35.863.120 sestercios, lo que equivaldría hoy en día a unos 15.000 millones de dólares.

El término gladiador viene del latín gladius (espada), de ahí Gladiator o portador de la espada. A pesar que muchos de estos competidores alcanzaron gran fama y fueron considerados como héroes, algo equivalente a la denominación de “estrellas” del fútbol por ejemplo, primaba un sentimiento de odio y de desprecio hacia ellos entre el pueblo, debido a la pésima reputación, la vida disoluta y los escándalos y abusos que cometían dada su condición de privilegio y las grandes fortunas que acumulaban, conociéndoseles innumerables aventuras amorosas, fenómeno bastante usual también en nuestros tiempos..


En los ocho juegos que dio Augusto durante su reinado lucharon y murieron unos 100.000 hombres, y otros tantos en los extraordinarios de Trajano a que antes aludíamos. Los autores antiguos, especialmente el biógrafo Suetonio, dan muchos detalles de los combates de Gladiadores y de la intervención que en tales fiestas tomaron algunas veces los emperadores.

Por ejemplo Nerón hizo pelear un día en el anfiteatro a cuatrocientos senadores y doscientos caballeros. En ocasiones, se llegaron a poner en escena auténticas batallas navales. Así Augusto organizó con ocasión de la dedicación del Marte Vengador (Mars Ultor), una naumaquia, para lo cual hizo construir un lago, dentro del cual combatieron 30 naves de guerra con 6.000 soldados. Es preciso añadir que estos combates no eran figurados, sino que se hacían de veras, con objeto de fomentar los bajos sentimientos de los espectadores, como si se tratara de un "divertimento" macabro. Tan en serio eran estos combates, que el agua estaba infectada de cocodrilos e hipopótamos, para asegurarse que nadie escapase de la lucha y que los heridos que cayesen al agua brindaran más espectáculo al ser devorados, a los alucinados espectadores.

Tales festejos se celebraban en el teatro, en el circo y en el anfiteatro y solían empezar muy de mañana para finalizar a la puesta de sol. Cuando asistía el Emperador o las fiestas eran financiadas por él, se repartían sorpresas, golosinas y vino. En los Teatros se representaban comedias, tragedias, farsas y pantomimas. En el Circo había carreras de carros y de caballos.


En Roma estaba el circo Máximo, que tenía cupo para trescientos mil espectadores y estas celebraciones se consagraban generalmente a sus dioses.
Estos circos eran construcciones gigantescas, con una planta en forma de paralelogramo alargado, cerrado por un lado en semicírculo; una especie de cancha de fútbol más ancha, de casi un kilómetro de extensión, dividida al medio en casi todo su largo por un murete llamado espina. Los contendores de la prueba corrían con sus carros a ambos lados y las carreras consistían en dar siete vueltas a la pista. En un extremo estaba la gran puerta triunfal que daba paso a los competidores y las gradas de los espectadores ocupaban tres lados de la construcción.


No solo había carreras de cuadrigas, en verdad esos eventos estaban matizados con exhibiciones de destreza hípica mezcladas con acrobacias, carreras de atletas y las competiciones donde se lucían los famosos aurigas, conduciendo sus carros tirados por dos, tres, cuatro y hasta ocho o diez caballos en un mismo tiro, espectáculo que hacía rugir de entusiasmo al público que repletaba las aposentadurías y que gozaban cada vez que estos carros chocaban entre ellos, volcaban y se despanzurraban tanto animales como competidores, atropellados por los cascos de los caballos y las ruedas de los carros siguientes.

Mientras más sangriento y cruel resultaba el espectáculo, más aullaban y se contentaban las masas fanatizadas por estas presentaciones, durante las cuales libaban y cogían comida colocada allí por cuenta del anfitrión de turno. Había días en que la pista se convertía en lago, y entonces se daban batallas navales rememorando sucesos épicos de la antigüedad, las cuales registraban centenares de muertos; había otros tipos de programas denominados Bestiarios, donde el público sabía de de inmediato que versaría sobre luchas a muerte entre guerreros que mostrarían su valor, o prisioneros que defendían su vida contra fieras salvajes y hambrientas. También había días especiales en que se llevaban al anfiteatro los condenados a muerte cuya pena era ser devorados por tigres y otras fieras hambrientas. Este cruel espectáculo, cuyos protagonistas eran en general delincuentes rematados, complotadores, esclavos y prisioneros de guerra incontrolables, de diversas nacionalidades, era esperado con ansiedad, ya que tales sujetos no tenían armas para defenderse y por lo tanto perecían por horrendas heridas inflingidas por estas bestias y luego eran devorados en el lugar.

Los restos de los animales y hombres esparcidos en la arena, eran rápidamente sacados por esclavos que cumplían esta función de aseo. Había otros con paramentos alusivos al
Dios Mercurio, que estaban encargados de verificar la muerte de los participantes. Para ello tocaban con un fierro candente los cuerpos inanimados desparramados por el ruedo. Los heridos debían continuar luchando, pero aquellos cuya gravedad se lo impedía, eran rematados por estos guardias que le clavaban la espada corta desde el cuello hasta alcanzar el corazón. Los gladiadores que morían en la arena eran arrastrados al Espoliario por otros esclavos que estaban al servicio del anfiteatro, los cuales se valían de un garfio de hierro y los sacaban por la puerta llamada de la Muerte.

El Spoliarium era una dependencia donde se amontonaban los cadáveres que iban muriendo en el ruedo, para despojarlos de sus armas y vestiduras. De este acto nació el concepto de expoliar y la palabra expolio. Si los cadáveres no eran reclamados, eran arrastrados a los fosos de las bestias mediante estos ganchos para servirles de alimento.

Esta sanguinaria actividad era esperada con ansias por el público, que aplaudía y hacía jocosos comentarios cada vez que un herido era rematado o algún cadáver era arrastrado hacia los fosos.
El público romano era exigente y no se contentaba con cualquier fiera. Por eso, abundaban los leones, los tigres y los cocodrilos traídos de África que eran comedores de carne por excelencia. .

Unas cifras nos sitúan mejor en este contexto. En los juegos del Emperador Severo (222-235), que duraron siete días, fueron sacrificadas 700 fieras. No se contabilizaban las vidas humanas que caían destrozadas por estos animales. Nerón lanzó una vez una división de pretorianos contra 400 osos y 300 leones, entre los que se entabló una de las luchas más bárbaras que presenció el circo romano, donde fueron muy pocos los sobrevivientes. En Pompeya, se jactaban de la muerte de diez mil soldados en solo ocho inolvidables jornadas donde arrojaron al ruedo 20 elefantes, 600 leones y 400 leopardos, Los soldados solo tenían dardos para defenderse y acabar con las bestias.

Los emperadores a su vez, se esmeraban por que estas presentaciones fuesen cada vez más fastuosas, mejores y más comentadas que las de sus antecesores, no vacilando en programar las más exorbitantes ocurrencias de sus consejeros, similarmente como ocurre hoy con las competencias entre emisoras televisivas, donde los directores artísticos y sus “creativos” se disputan el dudoso mérito de obligarnos a ver sus deleznables creaciones sadomasoquistas llamadas RealitySshow y los famosos programas de farándula.

Estos realities tan de moda, el símil moderno del circo romano, así como ese fisgoneo periodístico en la vida privada de los famosos, donde se busca el enganche masivo de la teleaudiencia ya cautiva; esa que no precisa de ninguna campaña especial para ser atraídos; que constituyen un publico siempre dispuesto para sufrir con telenovelas lloronas; que sienten veneración por los programas rosa y los culebrones de adivinos, tarotistas, numerólogos. astrólogos y otras sandeces producto de la ignorancia más supina, obligan al televidente ordinario que solo busca sana entretención, a tener que saber en detalle la grosera intimidad de gentes que no conoce, que no le interesan y que generalmente encuentra idiotas, sin posibilidad de escape, salvo apagar el televisor.

Esta arbitraria imposición equivale a retroceder al pasado más oscuro del espectáculo del divertimento, convirtiendo el living de la casa en las gradas del circo romano.
Pero ahora, ya no en un colosal anfiteatro para ver una lidia a muerte entre esclavos y fieras, sino para enterarse de la ropa interior que usan las estrellas de cine, de sus infidelidades, de sus vicios secretos, o bien, condenados a ver durante meses las contingencias más retorcidas de ese encierro demencial del Reality de moda, filmado por entrenados sicópatas segundo a segundo, en el excusado, en la cama, fornicando, borrachos, traicionando a sus amigos, defecando, siendo los momentos cumbres aquellos más promiscuos, degenerados o indecentes de esos humanos en exhibición, que simula las jaulas de las bestias cautivas.

Allí, prostitutas o en vías de serlo, homosexuales en ciernes, enfermos mentales, ex delincuentes e hijitos vagos de padres ricos y famosos, así como los más variados especimenes de la rareza humana, nos transmiten sus bajezas y miserias morales, para el gozo y diversión de los fisgones, generalmente gente ociosa, insegura y tormentosa, que en su aburrimiento, sigue estos bodrios televisivos con pasión digna de mejor causa.

Lo más alarmante de este circo mediático, es que estos estrambóticos personajes, escogidos cuidadosamente por sus antecedentes psiquiátricos o conocidas alienaciones, se convierten en “celebridades”, “rostros televisivos” que pasan a engrosar el jet set criollo merced a las elevadas sumas de dinero, spots o propagandas donde son incluidos, constituyéndose en los futuros protagonistas usados por la fabulosa industria de la farándula, para cubrir sus comentarios de escándalos sexuales, de drogas y otros delitos que nutren la prensa y medios de información amarillistas, que son el lógico colofón para estos pobres seres, que pasan de una vida común y superflua a ser astros y figuras públicas, ricas por añadidura, presión que sus naturalezas por fuerza nunca logran racionalizar.

La apuesta televisiva ya no se juega por la cultura, el arte, las maravillas de la naturaleza ni los valores humanos. La constante es “facturar” dinero rápido con el escándalo, el rating, el fisgoneo, los engaños amorosos y las bajas pasiones en toda su degradante diapasón, tal cual como se hacía en la Roma antigua.

Si un tipo es idiota rematado, se le asigna un rol determinado: galán si es chico y feo. Si tiene voz de pito, pues cantante. Si es poco agraciado, inseguro, tartamudo o inculto, se le convence que puede ser un humorista de nota; si fea y poco agraciada ¿ por qué no vedette?. Si estos seres robóticos no generan “noticia”, se les inventa aventuras y deslices. El lema de estas actividades se basa en el antiguo y maquiavélico axioma de “mentir que algo queda” o la insulsa ambigüedad de achacar estas falsedades a fuentes misteriosas como son los “rumores de fuentes confiables…”.

Para eso sirven esa pléyade de sujetos, que a imitación de los Paparazzi de medios de prensa extranjeros, pero en un nivel nacional más deteriorado, corren tras los vehículos desaforados buscando un par de frases y una foto de la “estrella”, que nunca logran.

Paparazzo, en plural paparazzi, para que lo sepan estos aspirantes a cazanoticias, es una palabra de origen italiano, que se usa para denominar al que tiene una conducta de fisgón entrometido, sin escrúpulos, mientras ejerce su oficio de fotógrafo. El nombre es debido al personaje Paparazzo de la película de Federico Fellini La Dolce Vita, y solo después de esta cinta se denomina así a los cultores de la denominada prensa rosa, hoy farándula.

En su esfuerzo por ser también algún día “famosos”, estos pseudo Paparazzi, hacen largas e inútiles esperas en los aeropuertos, en los hoteles, a la salida de los canales televisivos, macilentos y exhaustos, pero dispuestos a demostrar a sus empleadores, que a pesar de no ser todos periodistas ni comunicadores, pueden cubrir esos discutibles acontecimientos a costa de jadeos, mucho sudor o muertos de frío en las madrugadas de insulsa vigilancia.
Después, a pesar del nulo resultado, el canal responsable anunciará pomposamente que “poseen importantes revelaciones de sus enviados especiales”…

Se juega con los sentimientos de estos desgraciados, con los pseudo paparazzi y con las pseudo “figuras”. A estos últimos se les lanza al ruedo y se orquestan contratos muy jugosos, que se pactan entre quienes más tarde los usarán para fabricar los escándalos donde serán primeras figuras. Ellos se creen estos roles y van de escenario en escenario donde representan sus papeles y llegan a creerse galanes, artistas o comediantes, gozando sus minutos de gloria. Todos sabemos que lo hacen pésimo, pero la gracia es reírse de lo ridículo, del contrasentido de escuchar chistes tan insípidos, canciones sin sentido, ver gente tan grotesca e ingenua... creyéndose divos…

Sus creativos, esos genios de la anticultura, saben que durarán poco. Que su destino natural es agotar su irreal personaje y ver fracasar todas sus ilusiones. En el momento que se derrumben, serán esos mismos programas los que se encargarán de hundirlos, sin piedad, de destrozarlos, rematarlos y conducirlos al foso de las bestias de donde nunca regresarán.

Estos monstruos salidos del laboratorio farandulero, construidos con celo y paciencia por estos iluminados del negocio televisivo, constituyen hoy el símil del ruedo pagano y ventilado del pasado, el caldo de cultivo de donde beben tantos jóvenes que ya no quieren instruirse, esforzarse ni ser gente de bien. Para qué, si tantos infames, tarados y torpes gentes, han demostrado hasta la saciedad que en esta sociedad displicente no se necesitan méritos académicos para vivir en la cresta de la ola social; que han logrado fama y se han enriquecido solo mostrando sus desequilibrios emocionales y desenfrenos en pantalla, esos mismos que hicieron que fueran expulsados de sus escuelas básicas, que enloquecieron a sus padres y causaron el rechazo de sus vecinos.

Hoy, muchos de ellos, en base al despliegue farandulesco son considerados ídolos, estrellas, una especie de prototipo de la sociedad de hoy, de la nueva inteligencia artificial del mundo loco y displicente que algunos quieren, figuras por supuesto absolutamente falsas y engañosas. A todos estos héroes de papel, es fácil encontrarlos tratando de hilvanar un par de malas ideas en cualquier centro nocturno de moda, donde venden una hora de permanencia en el lugar, por solo sacar a relucir algunos pelambrillos.


Y si esto fallase, pues todavía los “cerebros” de la pantallita idiota tienen para esta juventud desorientada más opciones; les dicen que pueden ser héroes y enriquecerse como futbolistas, como toreros, raperos, delincuentes arrepentidos o exhibicionistas eróticos de algún antro de moda narrando sus vidas. Y claro, como adivinos, chamanes, tarotistas, yerbateros… Lo que no calculan, es que toda esa venta de quimeras, no es oficio ni profesión, es solo especulación y moda decadente.., Circo.

Hay Circo en la televisión cuando se quiere vender una idea, un dogma, y también cuando se utiliza esta herramienta de comunicación masiva para darle verisimilitud a las supersticiones populares y las superchería en boga. Una cosa es presentar un esquema de los cultos religiosos existentes y otra cosa es aceptar que uno de estos credos transmita sus ceremonias, misas o actividades. Es obvio que si se acepta que un credo transmita sus enseñanzas, todos los demás pueden hacerlo. Se coopera con la educación pública cuando se reseñan los mitos urbanos o los grupos esotéricos, místicos y sectarios, pero nunca cuando se les cede tribuna para proselitismo.


Personalmente catalogo como degradada y mala televisión, cuando en ella hay espacios para esos vendedores de ilusiones, como sacerdotes, adivinos, predicadores, tarotistas o delincuentes. Ninguno de ellos puede enseñarnos nada valioso y sus prédicas salvíficas y experiencias de vida, solo persiguen el diezmo que cobrarán a sus nuevas víctimas, por esas efigies, amuletos y filtros de amor, que desde luego no han sido encantados merced a los efluvios y vibraciones de la alineación positiva de las conjunciones planetarias, ni tienen el poder que les asignan estos charlatanes.


2 comentarios:

Fidel Castro Ruz dijo...

actualmente el imperio yankke fiel imitador de roma es el encargado de dar circo mas no pan a las masas ignorantes de borregomatrix del mundo las cuales olvidan sus deprimentes y pateticas vidas miserables con la television el cine y el espectaculo y estai ahi para que no piensen no armen escandalo y siga asi el estatus Q.

Lo cual es bueno para mi eso me beneficia.

Fidel Castro Ruz dijo...

El pan que le dan al pueblo en la actualidad si bien no es regalado como antiguo si biene inmplementado en la sociedad de consumo como la coca cola, las hamburguesa y demas comida basura que le meten al borregomatrix para tenerlo obeso y tarado.