domingo, 4 de enero de 2009

Sal si Puedes, el Reino de la Patagonia y la Masacre de Nepalpí, ejemplos de barbarie en el cono sur de América.

“Cuando vinieron,
ellos tenían la Biblia y nosotros teníamos la tierra.
Y nos dijeron: cierren los ojos y recen.
Cuando abrimos los ojos,
nosotros teníamos la Biblia y ellos tenían la tierra.

Marici Weu (Guardianes de la tierra) Pueblo Mapuche

De todos los procederes vergonzosos y sangrientos protagonizados por la sociedad humana, sobresale sin duda alguna desde el principio de los tiempos el afán de exterminio sobre los pueblos originarios de territo- rios conquistados por potencias foráneas.
Y foráneos fueron los conquistadores españoles, portugueses ingleses, americanos y una variopinta de países del mundo entero, que protagonizaron episodios que por su naturaleza salvaje e inhumana, rayana en la locura homicida, marcaron la conducta, que no ha variado mucho, del trato que se ha dispensado sin excepciones a los habitantes primigenios de todos los continentes.

Y como si ello no bastase, la barbarie se contagió a los prohombres conductores de los países nacientes, a sus hijos ilustres, a sus próceres, manchando a la sociedad de esa época, a su clase política, al clero evangelizador y a los aventureros de ilimitada ambición que entraron a los territorios conquistados a sangre y fuego, para imponer otra cultura, nuevas leyes, distintos usos y costumbres y que vinieron para quedarse con todo, sin repartir migajas.

Es lo que ocurrió en Uruguay, cuando su sociedad daba los primeros pasos para convertirse en una República independiente, que como casi todas en el América del Sur de entonces, se zafaba del dominio español, pero se quedaba con los problemas internos y uno de ellos, quizás el más apremiante era domeñar a las tribus originarias para que abandonaran la peregrina y absurda idea que todo les pertenecía : los animales salvajes, cazar en el bosque, recoger los frutos de la floresta y pescar los peces en los arroyos, el escoger donde pernoctar y atravesar a campo traviesa con sus tolderías sin respetar las vallas y los hitos que delimitaban “la propiedad privada” y del Estado que se habían agenciado los nuevos colonos, en especial el loteo de las mejores tierras, antes ocupadas por estas tribus desde tiempos inmemoriales, pero que ahora, dado el nuevo orden, ya eran propiedad del país naciente y de quienes le servían, los caudillos, el clero, los generales, los negociantes y la parentela de la clase política.

Los indios Charrúas, una etnia de cazadores nómades que durante siglos se había desarrollado en el área y que se movía en la zona geográfica colindante a lo que hoy constituye soberanía de Brasil, Uruguay y Argentina eran los pobladores originales del territorio. No solo eran los más numerosos, sino que también quienes mayormente se resistían a las huestes colonizadoras, que colocaba banderas en sus tierras señoriales, poniendo empalizadas y muros allí donde antes solo existían sendas de caza.
Otros grupos indígenas, como los guaraníes, se habían doblegado tempranamente al conquistador y luego a los independentistas y eran utilizados por el ejército como sirvientes y carne de cañón a cambio del usufructo del botín de guerra y ya la historia había registrado numerosas matanzas de charrúas a manos de esta combinación de fuerzas, donde estos aborígenes habían masacrado y pasado a cuchillo poblados enteros de niños y mujeres, por lo que naturalmente eran enemigos declarados del pueblo Charrúa, lo que implicaba que ésta poderosa etnia no tenía aliados y luchaba solitaria contra el invasor y el resto de la población tribal.


Como en la llamada Batalla del Yi en 1702, en que alrededor de dos mil guaraníes, después de matar alrededor de doscientos guerreros charrúas, apresaron más de quinientos sujetos, entre mujeres, ancianos y niños y los condujeron a “las misiones”. Allí “los tapes”, guaraníes que vivían en estas misiones, azuzados por las autoridades y los jesuitas de quienes dependían, se lanzaron como fieras sedientas de sangre sobre sus víctimas sin dejar sobrevivientes.

Los Charrúas eran pues personas non gratas para los españoles, el resto de razas indígenas y los colonos y claramente eran sindicados como los responsables de todo tipo de tropelías y delitos que afectaban a la incipiente población uruguaya.
Por ello, el propio primer Presidente de la República , General Fructuoso Rivera, de acuerdo con los miembros de su gobierno, decidió inaugurar su gestión realizando un castigo ejemplarizador. Para tal efecto se planificó cuidadosamente una trampa. Se trataba de hablar con los Jefes de las Tribus y citarlos a una Cumbre de Conversaciones para plantearles una operación de robo de ganado en gran escala en territorio brasileño, donde se les ofrecería pingües ganancias y protección oficial, quedando estable que esta masiva reunión pacífica de todas las tribus con los máximos representantes del Gobierno se efectuaría en la Puntas del Queguay, en los potreros del arroyo SALSIPUEDES el 11 de Abril de 1831. Uno de los requerimientos era que este encuentro debía ser sin armas, las que quedarían a buen recaudo en un sitio determinado, dado que habría comida y bebidas alcohólicas en el festejo. Los anfitriones serían el propio Presidente de la República, General Rivera y su sobrino el Coronel Bernabé Rivera, a cargo de las tropas. Por los Charrúas sus principales Caciques llamados Polidoro, Rondeau, Brown, Juan Pedro y Venado.

Singular -mente pocos riachuelos del mundo ostentan un nombre tan amenaza - dor y lúgubre como el de SALSIPUEDES, arroyo ubicado a unos 300 kilómetros al norte de Montevideo. No obstante éste del Uruguay, de muy triste fama, reúne el paradigma de hacerse eco de su nombre al servir de sitio perfecto para una maquiavélica emboscada y teñirse un día de sangre aborigen en tal proporción que hizo crecer desmesuradamente su cauce llevándose consigo para siempre, más bien haciendo desaparecer de la faz de la tierra, una etnia aborigen completa, la raza de los Charrúas.
Para mejor comprensión, de este vergonzante y cobarde acaecimiento, gestado en la cúpula ejecutiva del Gobierno y llevado a cabo personalmente por el Presidente de la Nación, nos remitimos a la versión de Eduardo Acevedo Díaz, según apuntes del Brigadier General Antonio Díaz, (abuelo del anterior) donde da cuenta del episodio:

“[ ...pero, el Presidente Rivera llamaba en voz alta de “amigo” a Venado y reía con él marchando un poco lejos; y el Coronel que nunca les había mentido, brindaba a Polidoro con un chife de aguardiente en prueba de cordial compañerismo. En presencia de tales agasajos, la hueste avanzó hasta el lugar señalado, y a un ademán del cacique todos los mocetones echaron pie a tierra. Apenas el general Rivera, cuya astucia se igualaba a su serenidad y flema, hubo observado el movimiento, dirigióse hacia Venado, diciéndole con calma: “Empréstame tu cuchillo para picar tabaco”. El cacique desnudó el que llevaba en la cintura y se lo dio en silencio. Al cogerlo, Rivera sacó una pistola e hizo fuego sobre Venado. Era la señal de la matanza. El cacique, que advirtió con tiempo la acción, tendióse sobre el cuello de su caballo dando un grito. La bala se perdió en el espacio. Venado partió a escape hacia los suyos. Entonces la horda se arremolinó y cada charrúa corrió a tomar un caballo. Pocos sin embargo lo consiguieron, en medio del espantoso tumulto que se produjo instantáneamente. El escuadrón desarmado de Luna, se lanzó veloz sobre las lanzas y algunas tercerolas de los indios, apoderándose de su mayor parte y arrojando al suelo bajo el tropel varios hombres. El segundo regimiento buscó su alineación a retaguardia en batalla con el Coronel Rivera (Bernabé, sobrino del presidente) a su frente; y los demás escuadrones, formando una grande herradura, estrecharon el círculo y picaron espuelas al grito de “carguen”. Bajo aquella avalancha de aceros y aun de balas, la horda se revolvió desesperada cayendo uno tras otro sus mocetones más escogidos. El archicacique Venado, herido por muchas lanzas, fue derribado en el centro de la feroz refriega. Polidoro sufrió la misma suerte. Otros quedaron boca abajo, con el rejón clavado en los pulmones. En algunos cuellos bronceados y macizos se ensañó el filo de las dagas, pues no había sido en vano el toque sin cuartel; y al golpe repetido de los sables sobre el duro cráneo indígena, puede decirse que voló envuelta en sangre la pluma del ñandú, símbolo de la libertad salvaje. No fueron pocos los que se defendieron arrebatando las armas a las propias manos de sus victimarios. El teniente Máximo Obes y ocho o diez soldados pagaron con sus vidas en ese sitio la inhumana resolución del general Rivera. El Cacique Perú al romper herido el círculo de hierro, le gritó al pasar “Mirá Frutos (apelativo de Fructuoso Rivera) tus soldados, matando amigos”]…

Importa resaltar que este ataque traicionero resultó en la muerte de a lo menos quinientos charrúas entre hombres, mujeres y niños, a pesar que algunos autores aseguran que fueron más de mil y que los sobrevivientes, fueron hechos prisioneros y llevados a pie, encadenados uno al otro y con las manos atadas a la espalda a casi trescientos kilómetros de distancia hasta la ciudad de Montevideo. José Ellauri, Ministro de Gobierno del General Rivera fue el encargado de repartirlos, bien entre amigos que no tenían como comprar esclavos o entre los capitanes de barco surtos en el puerto. El mismo, reservó para sí dos indios jóvenes. Quién recibía una india joven, debía también aceptar a una vieja y no se admitían devoluciones. Así terminaron los charrúas. Con este genocidio se acababa su etnia, su lengua, su modo de vida. No obstante, esto no significó su extinción, pero si su desaparición como pueblo cultural.

Aquí reproducimos algunos párrafos del largo Parte Oficial del combate de Salsipuedes del día 2 de abril de 1831 emitido por el Cuartel General justificando esta acción.

“Después de agotados todos los recursos de prudencia y humanidad, frustrados cuantos medios de templanza, conciliación y dádivas pudieran imaginarse para atraer la obediencia y la vida tranquila y regular de las indómitas tribus de los charrúas, poseedoras desde una edad remota de la más bella porción del territorio de la República; y deseoso por otra parte el Presidente General en Jefe de hacer compatible su existencia con la sujeción en que han debido conservarse para afianzar la obra difícil de la tranquilidad general… […neutralizados por el desenfreno y la malicia criminal de estas hordas salvajes y degradadas. En tal estado y siendo ya ridículo y efímero ejercitar por más tiempo la tolerancia y el sufrimiento, cuando por otra parte sus recientes y horribles crímenes exigían un ejemplar y severo castigo, se decidió a poner en ejecución el único medio que ya restaba, de sujetarlos por la fuerza. Más los salvajes, o temerosos o alucinados, empeñaron una resistencia armada que fue preciso combatir del mismo modo….[ Fueron en consecuencia atacados y destruidos, quedando en el campo más de cuarenta cadáveres enemigos, y el resto con trescientas o más almas en poder de la División de Operaciones. Los muy pocos que han podido evadirse…. [son vívamente perseguidos por diversas partidas que se han despachado en su alcance y es de esperarse que sean destruidos también si no salvan las fronteras del Estado. En esta empresa, como ya tuvo el sentimiento de anunciarlo el Eximo. Gobierno, el Cuerpo ha sufrido la enorme y dolorosa pérdida del bizarro joven Teniente D. Maximiliano Bes, que como un valiente sacrificó sus días a su deber y a su patria; siendo heridos a la vez el distinguido Teniente Coronel D. Gregorio Salvado y los Capitanes D. Gregorio Berdum, D. Francisco Estevan Benítez y seis soldados más…


De los prisioneros sobrevivientes, un pequeño gupo fue enviado a Francia para "ser estudiados". La idea aceptada por el gobierno, provino de Francisco Curel, Director del Colegio Oriental de Montevideo. Los elegidos fueron tres hombres y una mujer, Senaqué, Tacuabé, Vaimaca Perú y Guyunusa, esposa de Tacuabé.

Allí fueron exhibidos por varias temporadas en el Museo del Hombre de París, como ejemplares de una raza exótica en extinción.
Guyunusa tuvo una hija y su padre Tacuabé logró escapar con ella, perdiéndose su rastro. El cacique Vaimaca fue a su muerte momificado y siguió siendo exhibido.

El día 16 de Julio de 2002, ante el clamor popular, fueron finalmente repatriados sus restos, llegando a la ciudad de Montevideo-

El cacique Vaimaca acompañó en su lucha por la independencia del Uruguay al máximo prócer nacional José Artigas.

El Diario El País, en su versión digital del 23 de febrero de 2008, titulaba una columna escrita por César Bianchi que rezaba: EL DIFICIL DESCANSO DE VIAMACA PERU.

Su primer párrafo indicaba:

"Vaya si ha dado que hablar el cacique Vaimaca Perú (1780-1833), en lo que va de este siglo. Desde su repatriación al Uruguay en 2002, previsto por ley en septiembre de 2000 como urgencia nacional, sus restos han levantado una polémica que continúa hasta la actualidad. Tal como lo quisieron los legisladores, descansa en el Panteón Nacional del Cementerio Central, al lado de prohombres de la vida social y política del país como José E. Rodó, Eduardo Acevedo o Juan Zorrilla de San Martín..."

3 comentarios:

Vivianne dijo...

Una bestialidad al igual lo sucedido en nuestro país y pensar que somos raza de unos asesinos aberrantes, abrazos!!

Roberto dijo...

Bueno, no estoy de acuerdo. Nunca existió genocidio charrúa alguno ni los conquistadores españoles eran malos, sino gente de bien que forjó un Imperio glorioso. ¡Arriba la Hispanidad! ¡Viva Cristo Rey!
Los conquistadores son eso: conquistadores no foráneos; ellos forjaron nuestras naciones. ¿O crees Enrique, que los uruguayos somos indios acaso? No, ¡somos los conquistadores que tanto odias!
A Vivianne le digo: es mentira que somos una "raza de asesinos aberrantes", pues asesinos hay en todas las razas, incluyendo en la nuestra (la blanca) y en la de los indios. ¿Crees que los indios eran buenitos y no se mataban entre ellos en guerras y haciendo sacrificios humanos a sus "dioses"? ¿Quiénes fueron los que prohibieron los sacrificios humanos, el canibalismo y demás rituales paganos? ¡Ah! ¡los "malvados" españoles! ¿Quiénes fueron los que introdujeron la verdadera fe en estos pueblos? ¿Quiénes fueron los evangelizadores y pacificadores? ¿Quiénes forjaron nuestras naciones? ¡Los españoles! ¿Artigas era indio acaso? ¡No, era criollo, era español! ¡Somos uruguayos! ¡Somos hispanos! Y no tenemos que avergonzarnos de nuestra historia ni de nuestros antepasados, sino todo lo contrario.
Bueno, esta es mi humilde opinión. Espero no haberlos incomodado. ¡Saludos!

cesar dijo...

Si nadie se averguenza porque se esconde la verdad y no me enseñaron esto en la escuela ...Rivera genocida y traidor Espero no haberlos incomodado yo tampoco..